Durante nueve días, Estados Unidos esperó para saber si volvería con vida.**
En julio de 1939, lo que comenzó como una caminata familiar común se convirtió en una de las historias de supervivencia más extraordinarias de la historia estadounidense.
Un niño de doce años llamado Donn Fendler desapareció en la naturaleza salvaje del monte Katahdin y, durante nueve días agonizantes, todo un país contuvo la respiración.
EL DÍA EN QUE EL SENDERO DESAPARECIÓ
El 17 de julio, Donn partió con su padre, dos hermanos y amigos de la familia para escalar la cumbre escarpada del Katahdin, de 1.606 metros de altura. Era verano. El ánimo era alto. Donn era joven, enérgico y ansioso por demostrar que podía seguir el ritmo de los adultos.
Como muchos chicos de su edad, se adelantó corriendo.
Entonces la montaña cambió.
Una niebla espesa y repentina cubrió la cima: fría, densa, cegadora. El sendero desapareció. Los puntos de referencia se disolvieron en una nada gris. Incluso el sonido parecía ser tragado por la bruma.
En contra de todas las reglas de supervivencia en la naturaleza, Donn hizo lo que muchos niños asustados hacen.
Intentó encontrar a su familia.
En cambio, cada paso lo llevó más lejos.
Cuando la niebla se disipó, la montaña ya se lo había llevado.
SOLO EN UN MAR DE ÁRBOLES
Donn estaba completamente solo en una de las zonas más remotas del este de Estados Unidos.
Sin brújula.
Sin mapa.
Sin comida.
Sin zapatos.
Solo bosque interminable.
Lo que siguió no fue una mala noche, sino nueve días de supervivencia constante.
Donn recorrió una distancia estimada de entre 130 y 160 kilómetros, abriéndose paso entre densos bosques de abetos, pantanos que le atrapaban las piernas, rocas afiladas y arroyos helados. Dependió de fragmentos de conocimiento que su padre y su formación como Boy Scout le habían enseñado.
Una regla era más importante que todas:
Seguir el agua cuesta abajo.
Los arroyos pequeños llevan a corrientes.
Las corrientes llevan a ríos.
Los ríos llevan a personas.
Esa idea se convirtió en su salvavidas.
HAMBRE, FRÍO Y MIEDO
La comida era casi inexistente.
Donn sobrevivió comiendo fresas silvestres y bayas del bosque, racionando cada puñado como si fuera oro. El hambre no lo abandonaba. La debilidad se acumulaba.
Al cruzar un arroyo, ocurrió el desastre.
La corriente lo derribó.
Sus zapatos desaparecieron.
Luego sus pantalones.
Luego su camisa.
De repente estaba descalzo, medio desnudo y a kilómetros de cualquier lugar seguro.
Las noches eran lo peor.
Las temperaturas bajaban casi hasta el punto de congelación. Los insectos lo cubrían. Las sanguijuelas se aferraban a su piel. Dormía sobre el suelo del bosque, encogido, temblando hasta el amanecer. En un momento encontró un saco de arpillera abandonado y se envolvió en él como si fuera una manta: una protección mínima contra una naturaleza implacable.
Escuchaba osos moviéndose a lo lejos. Ciervos salían del matorral sin aviso. Cada sonido podía ser peligro.
Tenía doce años.
Y siguió caminando.
UNA NACIÓN LO BUSCA
En casa, el pánico se extendió.
Lo que empezó como la desaparición de un niño se convirtió rápidamente en uno de los mayores operativos de búsqueda en la historia de Maine. Cientos de voluntarios, guardabosques, pilotos y soldados recorrieron la zona. Aviones sobrevolaron el área. Perros siguieron rastros que se perdían en la nada.
Periódicos de todo el país publicaron titulares día tras día.
Muchos temían la verdad que nadie quería decir en voz alta.
LA LÍNEA QUE LE SALVÓ LA VIDA
El 25 de julio, tras nueve días de agotamiento, hambre y miedo, Donn vio algo antinatural atravesando los árboles.
Un cable telefónico.
Delgado. Recto. Humano.
Lo siguió paso a paso hasta que lo condujo a un campamento de caza remoto cerca de Stacyville, Maine.
Cuando Donn salió del bosque, apenas era reconocible.
Había perdido más de siete kilos.
Estaba deshidratado.
Cubierto de picaduras y arañazos.
Apenas podía mantenerse en pie.
Pero estaba vivo.
Contra todo pronóstico, había logrado salir caminando de la naturaleza salvaje.
DE NIÑO PERDIDO A SÍMBOLO NACIONAL
La supervivencia de Donn Fendler fue noticia en todo el país. Se convirtió en un símbolo de resistencia en un momento en que Estados Unidos se acercaba a tiempos difíciles.
Ese mismo año recibió un reconocimiento nacional al valor juvenil. Más tarde, coescribió Lost on a Mountain in Maine, un libro que se convirtió en lectura obligatoria para generaciones de escolares en Maine, enseñando calma, perseverancia y respeto por el poder de la naturaleza.
UNA VIDA MÁS ALLÁ DE LA MONTAÑA
Esos nueve días no definieron a Donn Fendler.
Lo formaron.
Sirvió a su país durante la Segunda Guerra Mundial y llevó una vida plena y discreta, siempre humilde respecto al niño que una vez salió solo del Katahdin.
Donn Fendler falleció en 2016, a los 90 años.
Pero su historia sigue viva: en los bosques de Maine, en los senderos de los excursionistas, en las aulas y en cada momento en que el coraje se enfrenta al miedo.
POR QUÉ SU HISTORIA SIGUE IMPORTANDO
Donn Fendler no sobrevivió porque no tuviera miedo.
Sobrevivió porque siguió pensando cuando entrar en pánico habría sido más fácil.
Porque recordó pequeñas lecciones cuando todo lo demás había desaparecido.
Porque dio un paso y luego otro, cuando detenerse habría significado rendirse.
Nos recuerda que la supervivencia no depende solo de la fuerza.
Depende de la claridad bajo presión.
De la esperanza sin garantías.
Y de la silenciosa decisión de no rendirse, incluso cuando nadie te ve.
Doce años.
Perdido en la naturaleza.
Y lo bastante fuerte como para volver al mundo.
Fuente: National Geographic ("The remarkable survival of Donn Fendler", fecha no especificada)
La Casa del saber.
