jueves, enero 08, 2026

Un joven obrero alemán llamado Heinz Stücke




En noviembre de 1962, un joven obrero alemán llamado Heinz Stücke tomó una decisión que le cambiaría la vida para siempre.

Odiaba su trabajo. Cada mañana se levantaba antes del amanecer para coger el tren hacia la fábrica de herramientas donde trabajaba. La monotonía lo asfixiaba. Las paredes de su pequeño pueblo, Hövelhof, sentía que se le venían encima.
Así que un día, Heinz hizo algo con lo que la mayoría solo sueña.
Dejó el trabajo, se subió a una sencilla bicicleta de tres velocidades y se alejó pedaleando de todo lo que conocía, con casi nada de dinero, sin patrocinadores y sin un plan detallado.
Su objetivo inicial era modesto: ver Europa, quizá llegar a Tokio para los Juegos Olímpicos de 1964.
Llegó a Tokio en 1971, siete años tarde.
Para entonces, Heinz ya había entendido algo que le cambió la vida: no quería parar. Cada frontera le descubría otro país que deseaba explorar. Cada desconocido que lo acogía le devolvía la fe en la humanidad.
Así que siguió pedaleando.
Los días se convirtieron en meses. Los meses se estiraron en años. Los años se volvieron décadas.
A través de desiertos abrasadores y tormentas de nieve. Por zonas de conflicto y pueblos tranquilos. Sobre puertos de montaña y a lo largo de costas interminables.
Le robaron la bicicleta varias veces y siempre la recuperó. La soldaron y remendaron una y otra vez. Sobrevivió a un atropello en el desierto de Atacama, a un disparo en el pie en Zambia y a una paliza de soldados en Egipto.
Y aun así, Heinz nunca se rindió.
Para financiar su viaje, tomó fotografías: más de 100.000. Hizo cuadernos artesanales y postales, y los vendía a esos mismos desconocidos que muchas veces acababan siendo sus amigos.
«Confío en todo el mundo», dijo una vez, «porque si no, simplemente no podrías dar la vuelta al mundo».
En 1995, los Récords Guinness lo reconocieron por haber viajado en bicicleta más ampliamente que nadie.
Pero a él los récords nunca le importaron demasiado.
Lo que importaba era la lección que aprendió de aldea en aldea, de país en país: que la gente, en todas partes, comparte las mismas esperanzas, la misma bondad, las mismas ganas de conectar.
Los titulares muestran un mundo dividido. Heinz vivió uno unido.
Tras más de medio siglo, más de 600.000 kilómetros y casi 200 países, Heinz por fin volvió a Hövelhof, el pequeño pueblo del que se había ido tantos años atrás.
Hoy, con 85 años, vive tranquilo en un apartamento modesto, y su bicicleta —ya parte de la historia— se conserva con cariño.
Cuando le preguntan si se arrepiente de algo, su respuesta es siempre la misma: de nada.
Vio el mundo tal y como lo soñó. Vivió la vida completamente a su manera. Y nos demostró algo profundo a quienes miramos desde la barrera:
Los muros más grandes a los que nos enfrentamos no están en ningún mapa.
Son los miedos, las dudas y las excusas que levantamos dentro de nuestra propia cabeza.
Heinz Stücke no solo recorrió el mundo en bicicleta.
Nos enseñó que el camino siempre está abierto, para cualquiera que se atreva a dar la primera pedalada.
Fuente: Wikipedia ("Heinz Stücke", sin fecha)

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