viernes, enero 16, 2026

Annie Oakley— aprendió a disparar porque la otra opción era pasar hambre.

 




A los 13, tomó un rifle para alimentar a su familia; a los 15, ya superaba a cualquier hombre del Oeste y se convirtió en una leyenda imposible de ignorar.

13 de agosto de 1860. Una casa rural en el condado de Darke, Ohio. Phoebe Ann Moses —más tarde conocida en todo el mundo como Annie Oakley— aprendió a disparar porque la otra opción era pasar hambre.
Su padre murió cuando ella tenía seis años, dejando a su madre con siete hijos y una hipoteca que no podía pagar. Phoebe fue enviada a la granja-asilo del condado, y luego a una familia que prometió cuidarla, pero le dio servidumbre. Durante dos años, fue maltratada, pasó hambre y trabajó hasta que le sangraban las manos. Ella los llamó “los lobos”.
A los diez años, escapó.
Caminó de vuelta a la cabaña de su madre descalza, más sombra que niña, y tomó una decisión que lo cambiaría todo: nunca volvería a estar indefensa.
El viejo rifle de su padre colgaba sobre la puerta. Phoebe lo bajó.
Aprendió a disparar sola, mirando, practicando, fallando y volviendo a intentarlo. Cazaba codornices, conejos y faisanes —lo que pudiera vender en el mercado local. En poco tiempo, llevaba suficiente dinero para ayudar a levantar a su familia. Y su fama empezó a correr.
A los quince, Phoebe Ann Moses ya era la mejor tiradora de la zona. En Cincinnati, los compradores se quedaban con cada ave que traía porque sus balas entraban limpias —sin carne dañada, sin producto desperdiciado. Su nombre se volvió una leyenda silenciosa entre cazadores que no podían creer que una adolescente estuviera superando a hombres hechos y derechos.
Entonces llegó el desafío que lo cambió todo.
En 1875, un tirador ambulante llamado Frank Butler llegó a Cincinnati, ofreciendo 100 dólares a quien pudiera vencerlo en una competencia de tiro. Era un profesional, un showman, un hombre que casi nunca perdía.
Lo enfrentaron contra la favorita local: una chica de quince años con un vestido sencillo, que apenas hablaba.
Phoebe acertó 25 blancos.
Frank acertó 24.
Perdió. Y entonces se enamoró.
Al año siguiente, se casaron. Poco después, ella se unió a su acto. Con el tiempo, ella fue la estrella y Frank se convirtió en su asistente y representante, un papel que asumió con orgullo durante el resto de su vida.
Tomó el nombre artístico de Annie Oakley, y lo que vino después fue pura leyenda.
Podía disparar a una moneda lanzada al aire, partir una carta de naipes de canto y acertar a objetivos mirando a un espejo. Podía apagar velas con una bala y reventar bolas de vidrio en el aire antes de que tocaran el suelo.
Actuó para la reina Victoria, y conquistó a públicos que no daban crédito a lo que veían.
Dicen que le quitó la ceniza a un cigarrillo sostenido por el káiser Guillermo II de Alemania (años después, ella bromeaba con “repetir el tiro”, esta vez apuntando más arriba, antes de la Primera Guerra Mundial).
Recorrió durante años el espectáculo del Oeste Salvaje de Buffalo Bill, y se convirtió en una de las mujeres más famosas del mundo. Los artistas nativos la llamaron “Pequeña Tiradora Infalible”. Y el propio Sitting Bull la adoptó simbólicamente como hija.
Pero Annie nunca olvidó de dónde venía.
Enseñó a miles de mujeres a disparar, convencida de que toda mujer debía saber defenderse. Donó a orfanatos y pagó la educación de muchos niños. Cuando estalló la guerra, se ofreció para ayudar a entrenar a tiradoras y también para enseñar a soldados a mejorar su puntería. Le dijeron que no, pero ella siguió enseñando de todos modos.
En 1922, un accidente de coche la dejó con secuelas. Los médicos dijeron que nunca volvería a actuar.
Les demostró lo contrario. Al poco tiempo, estaba de vuelta en los escenarios, recuperándose y volviendo a hacer lo que sabía hacer.
Annie Oakley murió el 3 de noviembre de 1926, a los 66 años. Frank Butler, su esposo y mayor apoyo, murió 18 días después, devastado sin ella.
Había pasado de niña explotada y maltratada a la tiradora más famosa de la historia. Demostró que la habilidad, la determinación y la garra valen más que el tamaño, el género o las circunstancias. Vivió una vida que el cine luego intentaría contar, y aun así costaría creerla.
Pero fue real.
En el escenario, Annie Oakley parecía no fallar el blanco.
Ni una vez.
Nunca.
Fuente: PBS American Experience ("Biography: Annie Oakley", sin fecha disponible)

Sharon Stone





Fue una de las estrellas de cine más famosas del mundo… hasta que despertó en el suelo frío del baño y no pudo recordar su propio nombre.

Septiembre de 2001.
Sharon Stone se desmayó en su casa. No fue por estrés ni por agotamiento. Fue una hemorragia cerebral masiva, un derrame tan grave que los médicos advirtieron a su familia que quizá no sobreviviría.
Tenía 43 años. Estaba en la cima de su carrera. Fama, dinero, poder, la admiración de millones.
Y en una sola mañana, todo lo que sabía sobre sí misma desapareció.
No podía caminar.
No sabía leer.
Le costaba formar frases.
A veces no podía recordar ni su propio nombre.
La mujer que el mundo asociaba con inteligencia, belleza y control pasó semanas en una cama de hospital, aprendiendo a hablar como una niña.
Solo unos meses antes, Sharon Stone era intocable.
Instinto básico la convirtió en un ícono mundial. Millones de dólares por película. Nominaciones, portadas, atención constante.
Pero cuando enfermó gravemente, la industria no dudó en reemplazarla.
El teléfono dejó de sonar.
Los papeles fueron para otros.
Las invitaciones desaparecieron.
Más dolorosa que la pérdida del trabajo fue la pérdida de las personas.
Amigos que llenaban su casa en los estrenos de pronto “no tenían tiempo”. El círculo que giraba a su alrededor cuando era exitosa se fue disolviendo. Más tarde diría que la soledad dolía más que el dolor físico.
Mientras aprendía de nuevo a caminar, hablar y pensar con claridad, lo hacía casi sola.
Durante dos años, su vida fue terapia: fisioterapia, logopedia, rehabilitación cognitiva. Tareas simples como leer una página o mantener una conversación requerían un esfuerzo agotador.
Tenía problemas de visión. Perdía el equilibrio. Las migrañas parecían no terminar nunca.
Y, al mismo tiempo, la vida que había construido se derrumbaba.
Las facturas médicas se acumulaban. El seguro no cubría todo. Los millones ganados desaparecieron más rápido de lo que imaginaba. La seguridad glamurosa que creía haber construido resultó ser frágil.
Se miraba al espejo y no se reconocía. No solo físicamente, sino existencialmente.
¿Quién era sin su carrera?
¿Sin atención?
¿Sin la identidad que el mundo le devolvía desde hacía décadas?
Esa pregunta casi la destruyó.
Y entonces algo cambió.
Sin la fama ni el impulso constante, empezó a ver con claridad. Muchas relaciones eran puramente transaccionales. Muchas amistades dependían de lo que podía ofrecer, no de quién era. La lealtad de Hollywood duraba solo mientras ella fuera útil.
Lo que quedó tenía un valor mucho mayor.
Las enfermeras que se quedaban más tiempo.
Los terapeutas que acudían cada día.
Unas pocas personas que no se fueron cuando ya no había nada que ganar.
Ellos le enseñaron cómo se ve realmente la bondad.
Cuando volvió a actuar, todo fue distinto. Papeles más pequeños. Un ritmo más tranquilo. Sin fingir que nada había pasado. Habló abiertamente de lo rápido que la industria olvida, de lo desechables que se vuelven las mujeres, de cómo la fama desaparece en el momento en que te conviertes en una preocupación.
Algunos admiraron su honestidad. A otros les incomodó.
A ella ya no le importaba.
Había perdido la capacidad de recordar su propio nombre.
“Tuve que morir para aprender a vivir”, diría más tarde.
La Sharon Stone que creía que la fama tenía el mismo valor que la vida no sobrevivió al derrame.
La que salió de allí era más serena, más lúcida, libre de ilusiones.
Empezó a dedicarse seriamente a la pintura: exposiciones, ventas, reconocimiento fuera de Hollywood. Se convirtió en una defensora de la salud cerebral y de la recuperación tras un derrame, hablando con claridad, sin discursos vacíos de inspiración.
Sigue trabajando, pero en sus propios términos. Elige proyectos por interés, no para validar su estatus.
Hoy tiene 67 años.
No es la mujer más poderosa de Hollywood.
No la fotografían a diario.
No está rodeada por la industria que una vez la reclamó como suya.
Pero sigue viva.
Sobrevivió a un derrame cerebral.
Sobrevivió al olvido.
Sobrevivió a la pérdida de la identidad que el mundo le había dado.
Y al perder todo eso, encontró algo mucho más sólido.
A sí misma.
No un ícono.
No una fantasía.
No la mujer que la industria quería ver.
Una mujer que sobrevivió.
Esta no es una historia de regreso.
Es una transformación.
Y ocurre mucho menos a menudo que la fama.

Libertad para los Doctores secuestrados en Gaza.


 

LA DESAPARICIÓN EN HATO MAYOR DE LOS DIRIGENTES DE LA UNER




En Hato Mayor, desaparecen para siempre el 15 de enero de 1970, el obrero Juan Zorrilla y los hermanos Serafín y Amado Santana Vilorio, estos últimos dirigentes de la Unión de Estudiantes Revolucionarios, UNER.


Hoy 15 de enero se cumplieron 56 años del secuestro y posterior asesinatos de los hermanos Serafín, Amado (Malé) y su compañero de infortunio Juan Zorrilla, tres prominentes jóvenes del movimiento revolucionario, que nació en Hato Mayor después del golpe de Estado contra el profesor Juan Bosch.


Desde que el doctor Joaquín Balaguer ascendió al poder en las elecciones de 1966 hasta el 2005, fecha en que fueron asesinados los motoconchistas Mario Julio Castro Tolentino y Justino Sosa Vilorio, unos 10 crímenes y muchas desapariciones de personas han quedado impunes en esa ciudad.


La causa principal de que no se hayan establecidos responsabilidades en esos hechos, podemos atribuirlo sin quizás a las debilidades e imperfecciones que aún hacen la democracia dominicana un sistema no garante del clima de libertad y de seguridad ciudadana.


Creemos que el miedo a enfrentarse a sectores de poder y, aún más, la falta de decisiones o voluntades reales y concretas para llegar hasta las últimas consecuencias en los crímenes espeluznantes o desapariciones en las últimas décadas, dar con sus autores y llevarlos a juicios oral, público y contradictorio, sigue siendo y será por muchos tiempos un caldo de cultivo para que al paso del tiempo esos repudiables hechos sigan produciéndose en esta ciudad y los autores intelectuales y materiales sigan exhibiéndose como perros por sus casas, por las calles de Hato Mayor.


Ningún caso ha dolido tanto y hecho recordar con horror a los hatomayorenses como el secuestro y posterior asesinatos de los hermanos Serafín, y Amado (Malé) Santana Vilorio y Juan Zorrilla, ocurrido el 15 de enero de 1970.


Salieron con un presunto amigo que más tarde los entregó a quienes ejecutaron el horrendo y triple crimen.


Jhonny Abud o Pedro Muñoz Escarramán fue el agente parapolicial utilizado por el gobierno de Balaguer como trampolín, para sacar a los jóvenes de la ciudad y luego asesinarlos.


Antes de asesinarlos, sus captores sometieron a intensos “interrogatorios” a nuestros muchachos, que para entonces militaban en el Movimiento Popular Dominicano (MPD), y que se infiltraron o escudaron en el PRD, para poder desarrollar sus actividades revolucionarias.


Se ha dicho que entre los “interrogatorios” a que fueron sometidos los hermanos Santa Vilorio y su amigo Juan Zorrilla estaban: Una golpiza con una tabla que tenía muchos clavos cruzados, retorcimientos en sus extremidades superiores y la extracción con agujas de todas la sangre de sus cuerpos.


Informaciones aparecidas en los periódicos nacionales de la época, destacan que los jóvenes fueron torturados y extraída la sangre en el hospital “Señorita Elupina Cordero”, de Sabana de la Mar, y que el médico que cometió tan abominable hecho, de apellido Severino, lo hizo atendiendo órdenes de jefes militares y policiales de la época.


Juan, Malé y Serafín habrían muertos momentos después de haberle “chupado” la sangre de sus cuerpos y trasladados sus cuerpos a matorrales, a unos cuatro kilómetros, por la carretera que comunica a Sabana de la Mar con Miches.


Los cadáveres aparecieron putrefactos a los 29 días. Fueron descubiertos por el mal olor que ya expedían y el volar despejado del águila de rapiña conocida como “Laura”.


El día que aparecieron los cadáveres el presidente Balaguer se encontraba en la ciudad de Hato Mayor del Rey, indagando sobre la desaparición de los jóvenes y en actividades políticas. Al ser informado del hallazgo de los cadáveres se le recomendó retirarse de la ciudad.


La emisora Radio Comercial, que para la época era de los hermanos Brea Peña fue la que enteró a los hatomayorenses y al resto del país del hallazgo. El descubrimiento de los cuerpos sin vida de Juan, Amado y Serafín, provocó una tan grande actividad de protesta en el pueblo que los cuerpos castrenses del gobierno de Balaguer tuvieron que militarizar todos los barrios y salidas de la comarca.


Cientos de efectivos mixtos de la Policía y el Ejército Nacional fueron traídos a esta ciudad, procedentes de Higüey, El Seibo y San Pedro de Macorís, con el objetivo de contener la furia de un pueblo horrorizado por el triple crimen. Aún así hubo enfrentamientos entre estudiantes y agentes policiales en la cercanía del liceo César Nicolás Penson, donde estudiaban las víctimas.

Los cadáveres de Juan, Malé y Serafín no fueron vistos por sus familiares.


No se sabe que hizo el régimen de Balaguer con los cuerpos, nunca se los entregaron a los familiares.


Durante los sangrientos 12 años del sátrapa Joaquín Balaguer Ricardo, se asesinó a muchas gentes por causas políticas. Se asesinaron dirigentes de partidos con orientación Marxista-Leninista-Maoísta, y de toda la oposición; dirigentes de clubes culturales, deportistas y porque a un jefe le caía mal un vecino.


Tras la desaparición de los jóvenes, los maestros y estudiantes del liceo César Nicolás Penson, donde estudiaba Amado Santana, paralizaron la docencia demandando la aparición de los jóvenes.

Jhonny Abud o Pedro Rodríguez Escarramán, era nativo de Fantino, Cotui, un municipio ubicado al nordeste del país.


Muchos de estos crímenes tuvieron resonancia en la opinión pública nacional e internacional, pero sin más nada, ya que en todos lo casos no se hizo justicia a los culpables de esos asesinatos políticos.


Hato Mayor debe rendir un tributo a los tres desaparecidos, gestionando ante las autoridades la construcción de una plaza con las efigies de Juan, Malé y Serafín, a quienes consideró paradigmas del movimiento revolucionario en la región Este.


Ángel Vladimir Bencosme.

LOS VEDDA Y EL ARCO QUE SOLO DISPARA CUANDO EL BOSQUE ASIENTE





En las selvas secas y colinas de Sri Lanka viven los vedda, uno de los pueblos más antiguos de la isla. No construyeron templos de piedra ni dejaron crónicas escritas. Dejaron algo más difícil de rastrear: una ética de caza donde el silencio decide.
Kiri tenía doce años cuando su padre le entregó el arco por primera vez. No fue un gesto solemne. No hubo palabras grandes. El arco estaba gastado, suave por el uso. Antes de tensarlo, el padre apoyó la mano en el tronco de un árbol y cerró los ojos.
—Espera —dijo.
Esperaron.
No a que apareciera un animal, sino a que el lugar respondiera. Entre los vedda, disparar sin sentir esa respuesta es un error grave. No porque el tiro falle, sino porque rompe la relación.
Kiri no entendía qué esperaba su padre. El bosque parecía igual. Los insectos seguían. El viento apenas se movía. El tiempo se alargó.
—Ahora no —susurró el padre—. Hoy no quiere.
Volvieron a casa sin cazar. Nadie se quejó. Nadie se sintió menos hábil. Para los vedda, regresar con las manos vacías no es fracaso; es lectura correcta.
Los vedda creen que los ancestros —los nae yaka— habitan el territorio y actúan como mediadores entre humanos y animales. No son dioses que conceden permisos arbitrarios. Son memoria del lugar. Si el bosque “no asiente”, cazar ese día traerá consecuencias: no como castigo, sino como desequilibrio.
Al día siguiente, regresaron al mismo claro. El padre volvió a apoyar la mano en el árbol. Esta vez, el viento cambió apenas. Un ave calló. El padre abrió los ojos.
—Ahora sí.
El disparo fue limpio. Rápido. Sin celebración. El animal fue agradecido con palabras breves y precisas. La carne se repartió. Nada se desperdició. La historia terminó ahí.
Con el tiempo, Kiri aprendió que la caza vedda no es técnica, sino tempo. No se trata de puntería, sino de saber cuándo no insistir. Esa misma lógica gobierna sus decisiones cotidianas: moverse, quedarse, hablar, callar.
Cuando llegaron los parques nacionales y las prohibiciones, muchos vedda fueron expulsados de sus territorios tradicionales. Les dijeron que cazar era ilegal. Les ofrecieron trabajos fijos y raciones. Algunos aceptaron. Otros se perdieron en un orden que no entendía el “espera”.
Kiri creció viendo cómo la prisa entraba en su pueblo. La caza se volvió escasa no solo por las leyes, sino por el ruido. Los jóvenes ya no sabían leer el asentimiento. Disparaban cuando podían, no cuando debían. Los accidentes aumentaron. Las discusiones también.
Un funcionario preguntó a Kiri por qué insistían en prácticas “irracionales” en tiempos modernos.
Kiri pensó un momento y respondió:
—Porque ustedes deciden con el papel. Nosotros decidimos con el cuerpo.
No era romanticismo. Era método.
Los vedda no separan ética y supervivencia. Saben que cuando una decisión se toma sin escuchar, el costo aparece después, en formas que no siempre se pueden corregir. Por eso su ley más fuerte no está escrita: si dudas, no dispares.
Años más tarde, Kiri se convirtió en uno de los pocos que enseñan a los niños a sostener el arco sin tensarlo. Les pide que caminen, que respiren, que sientan si el lugar está “abierto” o “cerrado”. No les promete comida. Les promete no romper.
—El bosque no siempre dice sí —les dice—. Y aprender a aceptar el no te salva más veces de las que imaginas.
En un mundo que mide el éxito por resultados inmediatos, los vedda guardan una lección incómoda y precisa: que la habilidad verdadera incluye la renuncia. Que la fuerza sin escucha se vuelve torpe. Y que hay decisiones que solo funcionan cuando el entorno también participa.
El arco de Kiri sigue colgado en la pared. No dispara todos los días. No hace falta. Para los vedda, sobrevivir no es ganar siempre.
Es saber esperar hasta que el bosque asienta.

ULISES CERÓN PERDOMO





El 12 de enero, el pueblo dominicano recuerda el ejemplo imperecedero de valor y sacrificio revolucionario de “Los Palmeros” al conmemorarse el 54 aniversario de su caída en combate, ocurrida en el año 1972. Amaury Germán Aristy, Virgilio Perdomo Pérez, Ulises Cerón Polanco y Bienvenido Leal Prandy (La Chuta), resistieron con valentía los gobiernos de Balaguer, una de las etapas más terribles de terror vivida.
Nacido en San Carlos el 14 de enero de 1938, hijo de Arquímedes Cerón Perdomo y de Rosa Amelia Polanco González, Ulises creció en un hogar humilde, pero digno. “Éramos pobres pero con un padre de principios que nos enseñó a compartir lo poco. Era maestro constructor y ebanista”, cuenta su hermana Gladys.
Los demás hermanos, Pilar, Alberto Antonio (Titico), César Augusto y Freddy sufrieron los rigores de la persecución balaguerista. La madre fue apresada como rehén en interminables allanamientos, Titico estuvo preso largos años y en más de una ocasión fue vejado a pleno sol, frente a doña Rosa.
Afectado por tanto abuso, don Arquímedes sufrió un infarto que le ocasionó la muerte. “Son heridas que no se cierran, aunque han pasado muchos años”, expresa Gladys.
Ulises Arquímedes formó ese carácter resuelto contra las injusticias quizá inspirado en la conducta de su padre, que comentaba los atropellos de Trujillo.
El abuelo materno, Domingo Polanco, era horacista “y Trujillo le quitó la hacienda Caracol, en Bonao”. Por eso, apenas graduado de bachiller en el liceo Juan Pablo Duarte, Ulises se integró a los jóvenes que se enfrentaron a los remanentes de la tiranía derribada.
Desde Bonao, donde fue a identificar calieses, lo trajeron preso en un vehículo de los llamados “Colepato”. En la lucha política Fue uno de los fundadores del Partido Revolucionario Dominicano y luego pasó al 14 de Junio como miembro de Buró Militar. Estuvo entre los fundadores del sindicato del Ayuntamiento, donde trabajó, y “cuando Peña Gómez llamó el pueblo a las calles a defender la democracia, en abril de 1965, Ulises desapareció por una semana y regresó armado de ametralladora y con una herida en la frente.
Estuvo en el bombardeo del Puente Duarte “y en un comando cercano al cementerio de la Máximo Gómez entre los que estaban Flavio Suero, Titico, Homero Hernández, Arnulfo Reyes y un guardia apodado Guandulito que se unió a los constitucionalistas, entre otros”.
Fue miembro del comando de la Sánchez número uno, recuerda Gladys, y se mantuvo “protegiendo la aduana del Puerto hasta que los americanos la quemaron.
Estuvo en el asalto a la fortaleza Ozama que dirigió Homero Hernández, y en el que estuvieron también Amaury Germán, Bienvenido Leal (Chuta),...”. Refiere que su hermano tendió la mano a un militar que se ahogaba y éste “prefirió hundirse, pensando que lo ejecutarían, eso afectó mucho a Ulises, que era un gran ser humano”. “De ahí salió afectado de la audición pues estaba colgado de un tanque, y cuando tiraron sorpresivamente todos cayeron.
No oía casi nada de un oído”, manifiesta. En su viaje de entrenamiento a Cuba le curaron esta afección y una cojera que le dejó la caída de un tercer piso. Otra acción en la que participó en esos convulsos días fue en el asalto a la fortaleza de San Francisco de Macorís por lo que fue apresado y golpeado hasta romperle un brazo, que le curaron, al mes, en una clínica privada. A los tres días de dado de alta volvió a la zona constitucionalista.
Concluida la contienda de abril, Ulises continuó la lucha contra la represión balaguerista, oculto, pues desde que Joaquín Balaguer inició su mandato lo acusaron de un robo en la Lotería Nacional. Jamás lo encontrarían pues ningún organismo de seguridad sospecharía cuál era su refugio: una casa justo al frente del Palacio Nacional.
Después se ocultó en la de un sobrino y “nos mandaba a buscar, nos abrazaba y besaba, era el querendón de la familia”. Al poco tiempo, recuerda, se publicó una lista con fotos de unos jóvenes que no podían entrar ni salir al país. Ulises “estaba tan camuflado que ni mamá lo reconoció.
Cuando salió ese aviso hacía tres días que se había ido, suponemos que a Cuba”. Ulises casó con Altagracia Bonet, madre de sus hijos María Teresa, Sandra (nacida en la revolución), y Ulises Arquímedes”, nacido el 10 de enero de 1972.
Alberto Cerón Polanco, hermano del dirigente de los Comandos de la Resistencia, Ulises Cerón Polanco, uno de los cuatro valientes que cayeron combatiendo más de 2000 soldados y policías el 12 de enero de 1972, murió el 14 de septiembre del 2019.
Titico, como le apodaban sus familiares y camaradas fue un revolucionario a carta cabal que militó desde muy joven en las filas del Movimiento Revolucionario 14 de Junio, organización en la que ocupó importantes posiciones y asumió grandes responsabilidades en la lucha política y militar del partido.
Ulises Serón Perdomo murio asesinado un 12 de Enero del 1972 a los 33 años.

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