domingo, enero 18, 2026

LOS YÁMANA Y EL ARTE DE NO APAGAR EL FUEGO





En los canales helados del extremo sur de América, donde el mar muerde como vidrio y la lluvia cae de lado, vivieron los yámana —también llamados yagán—, un pueblo que navegó durante siglos en canoas frágiles por un territorio que parecía no perdonar errores. Los cronistas se asombraron de verlos casi desnudos bajo el frío. Creyeron que era ignorancia. No entendieron lo esencial:
El abrigo no estaba en la ropa.
Estaba en el fuego… y en cómo cuidarlo.
Aina tenía once años cuando su madre le dio la tarea más importante del viaje: no apagar la brasa. No era una metáfora. Era literal. En el fondo de la canoa, protegida por piedras y ceniza, una brasa viajaba con ellas. Sin llama. Sin humo. Viva.
—Si se apaga —dijo la madre—, no corras a encender otra. Pregunta por qué.
La brasa era compañía, no herramienta. Permitía encender fuego rápido al llegar a una playa, secar cuerpos, calentar alimento, ahuyentar la desesperación. Los yámana no “encendían” fuego: lo trasladaban. Como quien cuida una palabra antigua.
Aina aprendió a leer el mar con la piel. A notar cuándo el viento se volvía filoso, cuándo una nube bajaba demasiado rápido. Aprendió a remar sin luchar contra la corriente, a dejar que el agua eligiera el ritmo. En su mundo, la prisa era peligrosa; la atención, salvadora.
Una tarde, el temporal los alcanzó antes de tiempo. La canoa se sacudió. El agua entró. La brasa quedó expuesta. Aina la cubrió con ceniza húmeda y se quedó inmóvil, como le habían enseñado. No lloró. No gritó. Escuchó.
Al llegar a una ensenada mínima, la madre revisó la brasa. Seguía viva. Apenas.
—Bien —dijo—. No la forzaste.
Los yámana creían que el fuego tiene carácter. Si se lo apura, se ofende. Si se lo cuida, acompaña. Por eso, cuando alguien estaba triste o enfermo, no lo separaban del fuego. Lo acercaban. No para curarlo, sino para recordarle que aún había calor disponible.
Con el tiempo, llegaron barcos grandes, ropas gruesas, misiones, enfermedades. Les dijeron que debían vestirse más, quedarse quietos, abandonar las canoas. Les dijeron que el frío los estaba matando.
Aina creció viendo cómo el conocimiento se apagaba más rápido que cualquier brasa. La gente enfermaba no por frío, sino por inmovilidad. Los cuerpos se volvían torpes, las manos olvidaban remar, la atención se dispersaba.
Un médico preguntó por qué insistían en vivir “expuestos”.
Aina respondió sin dureza:
—Porque el fuego no sirve si no sabes llevarlo contigo.
Años después, cuando quedaban pocos yámana, Aina enseñó a los niños una práctica simple. No una técnica ancestral completa. Algo más pequeño y posible: cuidar una brasa. Aprender a sostener calor sin llama, paciencia sin ruido.
—El mundo se enfría cuando todo quiere brillar —decía—. Lo importante es lo que aguanta encendido sin verse.
Hoy, los yámana casi no existen como pueblo continuo. Sus palabras sobreviven en registros, sus rutas en mapas viejos, sus canoas en museos. Pero su lección sigue ardiendo donde alguien entiende que sobrevivir no es aislarse del entorno, sino hacer del movimiento una casa.
Que el calor no siempre se fabrica de nuevo.
A veces se hereda.
A veces se transporta en silencio.
A veces basta con no dejarlo morir.
Aina, ya anciana, solía decir que el fin del mundo no llegaría con hielo ni fuego.
Llegaría el día en que nadie supiera cómo mantener una brasa viva mientras navega.
Y quizá por eso, en los lugares más fríos del planeta, hubo un pueblo que no apagó el fuego…
porque aprendió a no depender de la llama.

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