jueves, enero 29, 2026

Robin Wood, el “paragua muerto de hambre” que estudiaba a la civilización sumeria - por Andrés Colmán Gutiérrez





(Fragmento del libro “Robin Wood: el escritor paraguayo más leído en el mundo” - Podés leer el capítulo completo siguiendo el enlace al pie del texto)
-¿Qué carajo haces, leyendo un libro sobre la antigua Sumeria?
La voz seca y estruendosa sobresaltó a Robin. Se encontraba sentado a una mesa, en la cafetería de la Escuela Panamericana de Arte, muy concentrado leyendo un libro titulado La historia empieza en Sumer, mientras esperaba el horario de la clase siguiente, cuando alguien lo interrumpió.
Se fijó en la persona que le había hablado. Ya lo conocía. Uno de sus compañeros le había contado que se llamaba Luis Lucho Olivera, que era un muy buen dibujante correntino, que ya publicaba sus dibujos en la revista Vea y Lea y en las publicaciones de historietas de la Editorial Columba.
A Robin le extrañaba que, siendo ya todo un profesional, asistiera como alumno a la misma escuela de dibujo a la que él se había matriculado para intentar tener un oficio, a pesar de que uno de sus profesores le había dicho que dibujaba horriblemente mal y que mejor debía hacerle un favor al arte, dejando de acudir a clases.
-Me apasiona mucho todo lo que tiene que ver con la primera civilización humana, donde se escribió el primer poema sobre el rey inmortal Gilgamesh -le respondió Robin.
-¡Qué curioso! -le respondió Lucho-. Probablemente sos el único otro boludo en toda Buenos Aires a quien le atrae la civilización sumeria.
-¿Por qué? ¿Hay otro boludo a quien también le atrae este tema? ¿Quién es?
-Soy yo. También soy un fanático de la antigua Sumeria.
-Me llamo Robin Wood.
-Yo soy Lucho Olivera.
-Encantado. Sos el correntino que dibuja historietas en las revistas de Columba. ¿Qué hacés en esta escuela?
-Y vos sos el paragua que dibuja horrible... pero dicen que escribís muy bien.
Desde entonces, todas las tardes se juntaron a charlar sobre la sumeriología, los antiguos guerreros, las primeras formas de gobierno, las primeras escrituras en arcilla, Gilgamesh, Upnapistim, las blancas ciudades de piedra llamadas Uruk, Lagash, Nippur.
Robin vivía en un cuartucho alquilado en Retiro, con su amigo Juan el Negro y otros tres obreros, en donde preparaban lo que podían comer en una cocinita a alcohol. El paragua había conseguido empleo en una fábrica de cintas adhesivas, en donde trabajaba entre ocho a diez horas por día, ganaba una miseria y el queroseno que usaban en las impresiones le quemaba el rostro. Con lo poco que pudo ahorrar se pagaba las cuotas de la escuela de dibujo, pero a veces no le alcanzaba y pasaba semanas sin poder asistir.
-¿Sabés, Robin? Estoy cansado de los guiones mediocres que me dan en Columba -le dijo Lucho una tarde-. ¿Por qué no me escribís algo bueno? Hacé una historia de un guerrero en Sumeria.
-No sé cómo se hace un guion de historieta -le respondió Robin.
-Ah, yo te muestro.
Lucho le explicó cómo hacer los textos, los diálogos, las indicaciones para los dibujantes.
A la noche, en la mísera pensión, mientras sus amigos dormían, a la luz de una lamparita, el paraguayo escribió tres relatos en un cuaderno. Primero, la historia de un pelotón alemán en la Segunda Guerra Mundial, al que tituló Aquí la retirada. Luego, una historia de espionaje en la guerra fría, El espía maestro y yo. La otra historia, mucho más extensa, era la que le había pedido especialmente Lucho, la de un guerrero en la antigua Sumeria, general al servicio de un Rey que sufre una traición y es desterrado de su ciudad.
¿Qué nombre ponerle? “Ah, ya sé. Lo hago nacer en la ciudad llamada Nippur, donde nació su padre, de la que toma el nombre y lo hago vivir en otra, Lagash. Se llamará Nippur de Lagash”, se dijo a sí mismo. Finalmente eligió el título: Historia para Lagash.
Al día siguiente pidió prestada una máquina de escribir a Roberto Zappetti, el ex amante de su madre y pasó en limpio los tres guiones. Esa noche fue a la escuela y se los entregó a Lucho.
-Perfecto. Se los mostraré a los capos de la Editorial. No te prometo nada. Son ellos los que deciden si se publican o no -le dijo el dibujante, sin darle muchas esperanzas.
A las pocas semanas, Robin se quedó sin dinero para seguir pagando las cuotas y se vio forzado a abandonar las clases. Lucho preguntó por él, pero nadie sabía dónde ubicarlo. Su amigo no le había dejado ninguna dirección en donde contactarlo.
-¿Dónde diablos te metiste, Robin Wood?
Un día de lluvia y sin pasaje para el ómnibus
Una lluviosa mañana de abril de 1967, Robin Wood llegó tarde a la fábrica de cintas adhesivas en Martínez, en donde trabajaba, y Simón, el capataz, se negó a dejarlo pasar.
-Por favor, no tengo plata ni para el pasaje de regreso -reclamó el paraguayo.
-No es mi problema. Mañana, llegá más temprano. ¡Chau!
Sin más opción, Robin echó a caminar bajo la lluvia, con actitud de tristeza y derrota. Era una distancia enorme hasta el cuartucho que compartía con otros cuatro compañeros, en la mísera pensión de Retiro. Le iba a llevar muchas horas poder llegar hasta allí. Bajo el brazo, envuelto en papel diario y atado con un piolín, llevaba el uniforme de la fábrica, convertido en un estropajo que chorreaba agua.
Cuando la lluvia se hizo más fuerte, Robin buscó refugio bajo el toldo de un puesto de libros y revistas, localizado en una vereda. Allí, mientras aguardaba que escampe, se fijó en una de las revistas que estaban ofrecidas a la venta y se puso a hojearla. Un detalle le llamó la atención. Se trataba de la revista D'artagnan número 151 y en el índice se anunciaba: “Historia para Lagash, por Robin Wood”.
-Pero... ese es mi nombre. ¡Publicaron mi relato!
Al verlo tan entusiasmado, el dueño del local le reclamó:
-¡Che, pibe! ¡Esto no es una biblioteca pública! Si no vas a comprar la revista, dejala. No se permite leer gratis.
-¡Es que publicaron una obra mía! -explicó Robin.
-¡Andá a inventar otra excusa!
-Solo déjeme anotar la dirección de la editorial. ¿Tiene un lápiz? Sarmiento 1889, ¿sabe dónde queda?
-¡Qué sé yo! ¡Rajá de aquí!
Con el paquete de su uniforme chorreando agua bajo el brazo, Robin se puso a caminar, preguntando dónde quedaba la calle Sarmiento. Esta vez, las gotas de agua ya no tenían un sabor a tristeza y derrota, sino a estallidos de feliz curiosidad.
Un largo rato después, llegó hasta un edificio en Sarmiento 1889, a pocas cuadras del local del Congreso Nacional. Un cartel indicaba que la Editorial Columba ocupaba cinco pisos. Subió al primer piso y le dijeron que debía acudir hasta la administración, en el quinto. El paquete con su uniforme seguía chorreando agua por todo el trayecto. Al verlo aparecer, la recepcionista, Teresita Murray, se alarmó. Por la facha del recién llegado, temió que se trate de un mendigo que venía a pedir comida y que podía robar algo.
-Señor... ¿qué necesita?
-Me llamo Robin Wood.
-Sí, ¿y...?
-Es que publicaron una obra mía en una de sus revistas y quisiera ver qué debo hacer.
-¿En serio...? A ver, espere un momento.
Ella guardó las cosas de valor que había sobre el escritorio y fue hasta una oficina contigua. Luego regresó, seguido de un hombre trajeado, con pinta de ejecutivo. Era uno de los jefes, Jorge Vasallo.
-Disculpe, ¿usted dice que se llama Robin Wood?
-No lo digo. Ese es mi nombre.
-¿Tiene algún documento?
Robin le pasó su cédula de identidad. El hombre lo examinó detalladamente.
-¡Caramba...! Entonces, usted es Robin Wood.
-Es lo que les estoy diciendo, hace rato.
-Por favor, sígame.
En su oficina, Vasallo lo invitó a sentarse. Robin dejó el paquete de su uniforme mojado sobre una mesita.
-Caramba, no creíamos que usted exista realmente -le explicó el ejecutivo-. Creímos que Robin Wood era solo un seudónimo que inventó Lucho Olivera para sus nuevas historietas, ya que él nos dijo que no sabía en dónde encontrarlo a usted. ¿Se llama así, realmente?
-Ha visto mi documento.
-Sí, sí. Es increíble. Es que parece un seudónimo. Los tres relatos ya los hemos publicado. Nos han gustado mucho. Especialmente ese del guerrero sumerio. Dígame, ¿piensa seguir escribiendo guiones de historietas?
-No lo había pensado, pero sí, puedo hacerlo. Sobre todo, si me van a pagar.
-Por los que ya hemos publicado, le pagaremos doscientos pesos.
“Es mucho más de lo que gano en un mes”, pensó Robin.
-¿Doscientos pesos por los tres guiones?
-No, por cada uno.
-¡Wow...! ¿Quiere que escriba otros más? ¿Cómo los quiere?
-Siga con ese guerrero sumerio y tráigame los que se le ocurra. Le compraremos todo.
-Perfecto, mañana le traigo más.
-¿Tan rápido? Está bien, le espero.
-Muchas gracias... ¿y cómo hago para cobrar por los ya publicados?
-Ah, baje al tercer piso y muestre su documento. Le estarán esperando para pagarle.
-Muchas gracias. Entonces, me voy.
-Señor Wood, no olvide su paquete.
Se estrecharon las manos y Robin bajó a la caja, tras recoger el paquete mojado. Un empleado le pidió su cédula y le dijo que espere.
-¡Robin Hood!
-Eh, no... Wood, Robin Wood.
-Firme aquí. Le entrego su cheque.
Robin miró el papel, extrañado.
-¿Nunca cobraste un cheque? -le preguntó el empleado-. Mirá, es fácil. Salí afuera, cruzá la calle y verás el Banco de Londres. Acercate a la caja, mostrale al cajero tu documento y dale el cheque, él te dará el dinero.
-¡Ah, muchas gracias!
-¡Y no te olvides de llevar tu paquete, que está chorreando por toda la oficina!
Robin pudo cobrar el cheque. El cajero le puso los billetes en una bolsa de papel. Al salir, lo primero que hizo fue dejar el paquete del uniforme mojado en un cubo de basura. Era un simbólico adiós a la fábrica. Luego, se dirigió al afamado restaurante El Tropezón, que quedaba en las cercanías. Tenía mucha hambre, hacía días que comía muy poco y mal.
Los mozos que lo vieron entrar se alarmaron.
-¡Cuidado, Jorge! Está entrando un linyera -alertó uno de ellos.
El paraguayo pidió “mesa para uno, por favor”.
-Esteee... ¿Cómo pagará la cuenta, señor? -le preguntó uno de los mozos, con desconfianza.
Robin le mostró un fajo de billetes. Fueron tres mozos los que se desvivieron por atenderle. Desde entonces, cada vez que cobraba por sus guiones, el escritor iba a almorzar en El Tropezón, como un ritual.
El éxito que le cambió la vida
Aquel fue el inicio de un radical cambio. El “paragua muerto de hambre” descubrió que los relatos que escribía eran apreciados y bien pagados. Dejó la mísera pensión, alquiló un departamento, consiguió una máquina de escribir y empezó a crear historias y personajes, a entregar guiones unos tras otros.
Dio continuidad a la historia del guerrero sumerio Nippur de Lagash, con dibujos de su amigo Lucho Olivera. Creó su propia versión del agente James Bond, el romántico espía irlandés Dennis Martin, con dibujos de Lito Fernández; el duro detective Big Norman con dibujos de Horacio Altuna; Jackaroe, el cowboy taciturno criado por los apaches, con dibujos de Dalfiume, y la serie humorística que fue un verdadero suceso, Mi novia y yo, con dibujos de Carlos Vogt, en donde Robin se caricaturizaba a sí mismo en el personaje de Tino Espinoza y su entonces novia Poppy Andersen, además de incluir también como personajes a su recordado perro Tom, al dibujante Vogt y a todos los integrantes de la Editorial Columba.
Las cuatro revistas de la editorial Columba (El Tony, D'artagnan, Fantasía, Intervalo) empezaron a incrementar sus ventas con las obras del paraguayo. Tanto era el éxito en calidad y cantidad de su producción, que los directivos de la empresa le pidieron que se invente seudónimos para que los lectores no crean que era el único autor. Entonces, Robin empezó a firmar también como Mateo Fussari, Robert O'Neill, Noel McLeod, Roberto Monti, Joe Trigger, Carlos Ruiz, Cristina Rudlinger, Tino Espinoza.
Al cabo de dos años, tras ganar una buena cantidad de dinero con sus guiones, Robin decidió viajar y conocer el mundo.
-¿Te vas de viaje...? ¿Cómo...? ¡Si estás en el mejor momento de tu carrera! -le reclamó el jefe de arte, Antonio Presas.
-Estuve todos estos años preso en una fábrica -le explicó Wood-. Quiero conocer el mundo. Me compré una máquina de escribir portátil y mandaré guiones por correo, desde cualquier lugar. ¡Ustedes me enviarán el dinero!
-Nunca hemos aceptado una situación así. Necesitamos tener a nuestros escritores cerca.
-Si quieren seguir contando con mis guiones, tendrán que aceptarlo. ¡Yo me voy...!
El paraguayo compró un pasaje en el carguero italiano Calasetta, que partía rumbo a Nápoles, desde Buenos Aires. Extasiado ante el horizonte de mar y cielo, escribía sus guiones a mano, con un bolígrafo, en un cuaderno escolar, luego los pasaba a máquina para despacharlos por correo a Buenos Aires, desde el primer puerto.
Desde Italia viajó por toda Europa, para luego seguir a otros continentes. Escribía en los hoteles, en los bares, en los cafés, en los parques, siempre a mano en un cuaderno, para luego pasarlos en limpio y despacharlos a Columba, avisando en qué ciudad próxima iba a estar, para que le giren el dinero.
Islas Canarias, Marsella, Nápoles, Lucerna, Ginebra, Milán, Roma, París, Madrid, Barcelona, Marbella, Moscú, Siberia, Hong Kong, Pekín, Hiroshima, Tel Aviv, Jerusalén. Cada rincón del mundo era un territorio de aventuras. Romances fugaces. Historias que inspiraban nuevos relatos, nuevos personajes. Así llegan el monje karateca Harry White (dibujado por Mangiarotti), Los amigos (con Macagno), Los aventureros (con Gómez Sierra), una nueva versión de Big Norman (con Haupt), el disparatado agente secreto Pepe Sánchez (con Vogt), Aquí, la Legión (con García Durán).
En 1974, la periodista Helena Goñi, de la revista argentina Gente, se puso en contacto con directivos de la Editorial Columba, con un pedido:
-Quiero entrevistar a los tres escritores de historietas más exitosos que publican con ustedes: Robin Wood, Robert O'Neill y Roberto Monti.
El jefe de arte, Jorge Vasallo, le respondió:
-Tengo para usted una buena y una mala noticia, señorita. La buena es que le ahorraremos trabajo, ya que los tres autores son una sola persona: Robin Wood. La mala noticia es que no sabemos en qué parte del mundo se encuentra actualmente.
Meses después, Robin regresó a Buenos Aires y Helena pudo hacer su gran reportaje, el primero que revelaba a los lectores el gran éxito de un escritor de historietas.
* Andrés Colmán Gutiérrez es periodista, escritor, guionista. Fue presidente de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP).
FUENTE
Robin Wood, el “paragua muerto de hambre” que estudiaba a la civilización sumeria - por Andrés Colmán Gutiérrez
(Fragmento del libro “Robin Wood: el escritor paraguayo más leído en el mundo”)

- Podés leer el capítulo completo en su sitio de publicación original siguiendo este enlace:

Henry "Box" Brown: La audacia como arma contra la esclavitud



En la historia de la resistencia afroamericana contra la esclavitud, pocas narrativas ilustran tan vívidamente la intersección entre desesperación e ingenio como la de Henry Brown. Nacido en la esclavitud alrededor de 1815 en Louisa County, Virginia, Brown trabajaba en una fábrica de tabaco en Richmond cuando enfrentó la tragedia que definiría su destino: en 1848, su esposa Nancy y sus tres hijos fueron vendidos a un plantador de Carolina del Norte, separándolo permanentemente de su familia (Brown, 1851). Esta pérdida devastadora lo impulsó a concebir uno de los escapes más audaces documentados en la historia de la esclavitud estadounidense.
Brown diseñó un plan que desafiaba toda convención: enviarse a sí mismo por correo hacia la libertad. Con la colaboración de Samuel Alexander Smith, un zapatero blanco simpatizante abolicionista, y James C.A. Smith, un afroamericano libre, Brown mandó construir una caja de madera de apenas 3 pies de largo por 2.5 pies de profundidad y 2 pies de ancho . El 23 de marzo de 1849, se encerró en este receptáculo con únicamente una botella de agua, algunas galletas y un pequeño agujero para ventilación, iniciando un viaje de 27 horas hacia Filadelfia.
El trayecto fue una odisea de sufrimiento físico extremo. La caja, marcada como "artículos secos" y con la inscripción "este lado arriba con cuidado", fue transportada sucesivamente en carreta, tren, barco de vapor y ferry . Los trabajadores del transporte, ignorantes de su contenido humano, manipularon el cajón sin precaución, colocándolo boca abajo en múltiples ocasiones. Durante horas, Brown soportó la presión de su propio peso sobre la cabeza y los hombros, al borde de la asfixia y el desmayo, sin poder moverse ni emitir sonido alguno que revelara su presencia .
Cuando la caja finalmente arribó a la oficina de la Sociedad Antiesclavista de Pensilvania en Filadelfia, los miembros que aguardaban su llegada la abrieron con aprensión, sin certeza de si encontrarían a Brown vivo. Al emerger del cajón, exhausto y apenas capaz de mantenerse en pie, Brown pronunció sus primeras palabras como hombre libre: "How do you do, gentlemen?" . Este saludo cortés, en medio de circunstancias extraordinarias, reveló no solo su resistencia física sino también su dignidad inquebrantable.
Brown adoptó el apodo "Box" como testimonio permanente de su escape, transformando el instrumento de su liberación en símbolo de resistencia. Su historia se difundió rápidamente por los círculos abolicionistas del Norte, convirtiéndolo en una figura pública prominente. Durante los siguientes años, Brown narró su experiencia en eventos abolicionistas, combinando su testimonio oral con presentaciones de panoramas móviles, un formato teatral popular de la época que utilizaba pinturas de gran escala para visualizar su narrativa.
La aprobación de la Ley de Esclavos Fugitivos de 1850, que obligaba a los ciudadanos del Norte a colaborar en la captura de personas esclavizadas escapadas, colocó a Brown en peligro inminente de ser devuelto a la esclavitud. Ante esta amenaza, se exilió a Inglaterra, donde continuó su activismo abolicionista durante más de 25 años. En Liverpool y otras ciudades británicas, sus presentaciones atrajeron audiencias masivas y contribuyeron al sentimiento antiesclavista en Europa.
La narrativa autobiográfica de Brown, publicada en 1851 bajo el título Narrative of the Life of Henry Box Brown, Written by Himself, constituye uno de los testimonios más significativos del género de narrativas de esclavos (Brown, 1851). A diferencia de otros relatos que enfatizaban el sufrimiento pasivo, Brown destacó la agencia y la creatividad como instrumentos de resistencia, desafiando las representaciones paternalistas comunes en la literatura abolicionista de la época.
La historia de Henry "Box" Brown trasciende lo anecdótico para iluminar dimensiones fundamentales de la experiencia de la esclavitud y la resistencia afroamericana. Primero, demuestra que incluso bajo las condiciones más opresivas, las personas esclavizadas ejercían agencia creativa, transformando las herramientas y sistemas del opresor en medios de liberación (Aptheker, 1991). Segundo, evidencia la existencia de redes de solidaridad interracial que, aunque limitadas y riesgosas, posibilitaron actos extraordinarios de resistencia.
Finalmente, el caso de Brown subraya la importancia de recuperar y visibilizar historias de la experiencia afroamericana que han permanecido marginadas en las narrativas históricas dominantes. Su escape no fue un acto aislado sino parte de un patrón más amplio de resistencia que adoptó múltiples formas: desde rebeliones abiertas hasta actos cotidianos de sabotaje y preservación de la dignidad humana. Al recordar su historia, honramos no solo su valentía individual sino también la tradición histórica de lucha por la libertad y la justicia que él representó.

Aptheker, H. (1991). American Negro slave revolts. International Publishers.
Blight, D. W. (2001). Race and reunion: The Civil War in American memory. Belknap Press of Harvard University Press.
Brown, H. (1851). Narrative of the life of Henry Box Brown, written by himself. Anti-Slavery Office.
Ruggles, J. (2008). The unboxing of Henry Brown. Library of Virginia.
Stevenson, K. (2015). African American history: From emancipation to the present. Routledge.

Guaraníes: mujeres del río, la palabra y la semilla



A usted que está leyendo con el mate en la mano, le digo: si alguna vez escuchó que la historia la escriben los que ganan, sepa también que la sostienen los que resisten. Y entre los guaraníes, fueron ellas.
En ese monte que parece un susurro de verde y barro, donde los ceibos vigilan como centinelas rojos, las mujeres guaraníes fueron el alma. No figuraban en los partes de guerra ni en los acuerdos con la Corona. Pero eran las que sembraban el maíz y la palabra.
Vivían en casas donde mandaba el amor, no la espada. Cuando un varón se casaba, se mudaba a la familia de ella. No por debilidad, sino por respeto. Y las abuelas enseñaban con cuentos, no con castigos. La educación era un canto, no un castigo.
Las kuñakarai —mujeres sabias— curaban con hojas y memoria. Leían la luna como quien lee un evangelio. Sabían cuándo parir, cuándo callar y cuándo hablar con la firmeza de un trueno suave.
La sexualidad no era pecado. Era cuerpo que habla. Era parte del ciclo. Nada de culpa. Nada de encierro.
¿Y cuando vinieron los de hierro y cruz? Ellas escondieron los cantos. Tradujeron los sueños. Y cuidaron la lengua como quien cuida una llama en medio del viento.
Hoy siguen ahí. María Rosa Andrade, Delia Villalba, Lidia Amarilla. Mujeres que enseñan en dos lenguas, que curan en silencio, que siembran dignidad en tierra ancestral.
Así que si un día va por Misiones y oye que el río murmura, escuche bien. No es agua. Es la voz de una mujer que lo está nombrando.

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