A usted que está leyendo con el mate en la mano, le digo: si alguna vez escuchó que la historia la escriben los que ganan, sepa también que la sostienen los que resisten. Y entre los guaraníes, fueron ellas.
En ese monte que parece un susurro de verde y barro, donde los ceibos vigilan como centinelas rojos, las mujeres guaraníes fueron el alma. No figuraban en los partes de guerra ni en los acuerdos con la Corona. Pero eran las que sembraban el maíz y la palabra.
Vivían en casas donde mandaba el amor, no la espada. Cuando un varón se casaba, se mudaba a la familia de ella. No por debilidad, sino por respeto. Y las abuelas enseñaban con cuentos, no con castigos. La educación era un canto, no un castigo.
Las kuñakarai —mujeres sabias— curaban con hojas y memoria. Leían la luna como quien lee un evangelio. Sabían cuándo parir, cuándo callar y cuándo hablar con la firmeza de un trueno suave.
La sexualidad no era pecado. Era cuerpo que habla. Era parte del ciclo. Nada de culpa. Nada de encierro.
¿Y cuando vinieron los de hierro y cruz? Ellas escondieron los cantos. Tradujeron los sueños. Y cuidaron la lengua como quien cuida una llama en medio del viento.
Hoy siguen ahí. María Rosa Andrade, Delia Villalba, Lidia Amarilla. Mujeres que enseñan en dos lenguas, que curan en silencio, que siembran dignidad en tierra ancestral.
Así que si un día va por Misiones y oye que el río murmura, escuche bien. No es agua. Es la voz de una mujer que lo está nombrando.
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