Beatriz Allende, “Tati”, nació en Chile en 1943 y creció escuchando una frase que la marcaría para siempre:
“Tati era el hijo hombre de Salvador Allende”.
Como si el coraje y la lucha tuvieran género.
Fue médica, militante y estratega. Se formó en Cuba, trabajó en la clandestinidad y fue pieza clave en los años más intensos del proyecto chileno. Cercana a Fidel Castro y colaboradora leal de su padre en La Moneda.
Embarazada, fue obligada a salir del palacio por orden de su propio padre. Quiso quedarse. Quiso resistir. No la dejaron. Desde entonces, nunca volvió a ser la misma.
Exiliada en Cuba, vivió años marcados por el silencio, la soledad y el desencanto. Pidió volver a Chile. Pidió luchar. Pidió no quedar al margen.
Se lo negaron.
Se sintió desplazada incluso por sus propios compañeros.
Dicen que el día que cruzó Morandé 80, algo dentro de ella se rompió para siempre.
Hay dos imágenes que persiguen su historia:
— El instante en que sale de La Moneda.
— El día en que lleva a sus hijos al colegio por última vez.
Dejó una carta extensa. Nueve páginas. Entregada a Fidel Castro.
Tenía solo 34 años.
Hoy, sus restos descansan en Chile.
Pero su nombre sigue fuera de los homenajes.
Porque recordar a Beatriz Allende es recordar la parte más incómoda de la historia.
La que no cabe en discursos suaves.
La que muchos prefieren no mencionar.
¿La olvidaron por casualidad… o porque su historia sigue incomodando hasta hoy?
