Que hoy se discuta obsesivamente si Nicolás Maduro “es o no es” presidente de Venezuela revela una incomprensión profunda del proceso político que está en curso. Esa discusión pertenece al viejo mundo de la política liberal, al teatro institucional de las democracias representativas burguesas, donde todo gira en torno a nombres propios, cargos y formalidades jurídicas. Pero Venezuela ya no juega en ese tablero.
Semanas antes del secuestro. Maduro decreta algo que altera de raíz la arquitectura del poder, la transferencia efectiva de competencias a las comunas, al pueblo organizado. Ese acto no es menor ni decorativo. Implica desplazar el centro de gravedad del poder, sacarlo de la figura presidencial y llevarlo al territorio, a la organización popular concreta. En términos históricos, esto marca una ruptura, el poder deja de ser delegado y pasa a ser ejercido directamente.
En ese momento, Maduro deja de ser el eje del sistema político. No porque desaparezca, no porque se “retire”, sino porque su figura deja de ser necesaria como concentradora del poder. El liderazgo personal pierde centralidad porque el poder ya no se articula de arriba hacia abajo, sino desde abajo hacia arriba, mediante instancias de democracia directa. Aquí se rompe definitivamente con la lógica del Estado burgués clásico, donde el pueblo vota cada tanto y luego es reducido al rol de espectador.
Lo que emerge es otra cosa, una forma de soberanía popular activa, donde las comunas no son órganos consultivos ni decorativos, sino espacios reales de decisión, planificación y gobierno. El pueblo no “participa” en el sentido liberal del término; el pueblo gobierna. Esto transforma por completo la pregunta política central, ya no se trata de quién ocupa un cargo, sino cómo se ejerce el poder y quién lo ejerce cotidianamente.
Por eso, intentar desestabilizar el proceso apuntando exclusivamente contra Maduro es una estrategia anacrónica. El imperialismo y las élites locales están acostumbrados a personalizar el poder porque derrocar a una persona siempre fue más fácil que enfrentar a un pueblo organizado. Pero cuando el poder se socializa, cuando se distribuye en miles de núcleos territoriales, la lógica del golpe, la sanción o la intervención pierde eficacia.
Aquí no hay vacío de poder ni improvisación. Hay una reconfiguración consciente del Estado, una transición conflictiva pero necesaria desde la democracia representativa hacia la democracia directa. Se entierra así una estructura estatal diseñada para administrar la dominación de clase y se avanza, con todas las tensiones que eso implica, hacia una forma de poder popular que no pide permiso ni legitimación externa.
En este escenario, Maduro pasa a cumplir un rol histórico distinto, facilitar el tránsito, no monopolizar el poder. Su relevancia ya no está en mandar, sino en haber habilitado, en el marco de una correlación de fuerzas extremadamente adversa, un proceso donde el sujeto político central es el pueblo organizado. Y eso, para el orden capitalista global, es infinitamente más peligroso que cualquier presidente.
Porque a un presidente se lo bloquea, se lo sanciona o se lo derroca.
Pero a un pueblo consciente, organizado y en ejercicio del poder, no.
Por Marcos Joel
