La historia de la isla de Santo Domingo ha sido, a menudo, víctima de un reduccionismo pedagógico que intenta encajar nuestra realidad en moldes ajenos. Se nos enseña una línea de tiempo plana: la llegada de Colón, la rápida extinción de los taínos y la sustitución inmediata por una masa uniforme de esclavos africanos. Sin embargo, esta lectura simplista ignora una distinción fundamental que define nuestro origen: la diferencia entre el esclavo traído de España (el ladino) y el sistema de explotación masiva que ocurrió siglos después en otras latitudes.
El Ladino: Un perfil distinto
No todos los negros que pisaron La Española llegaron bajo las mismas condiciones. Los primeros en llegar, bajo el gobierno de Nicolás de Ovando, fueron los negros ladinos. Estos individuos no eran "piezas" recién extraídas de las costas de África sin conocimiento del mundo occidental. Al contrario, eran personas que ya hablaban castellano, practicaban el catolicismo y conocían las leyes y costumbres españolas.
Esta distinción es crucial porque el ladino no era un sujeto pasivo. Su integración previa a la cultura hispánica le otorgaba herramientas de resistencia que el "bozal" (el recién llegado de África) no poseía. El ladino sabía reclamar espacios, entendía el sistema legal y, sobre todo, fue el primero en alzarse y mezclarse. La presencia del ladino en los albores de la colonia permitió que la negritud en Santo Domingo se fusionara con la hispanidad desde un inicio, creando una identidad mulata que no se basaba únicamente en la segregación, sino en una convivencia forzada pero íntima.
El mito de la desaparición taína
Por otro lado, la narrativa oficial sostiene que los taínos desaparecieron en apenas unas décadas. Esta afirmación ha servido para justificar la idea de que la isla fue "repoblada" únicamente por extranjeros. Pero la realidad geográfica y los hitos como la rebelión de Enriquillo cuentan otra historia. Si los nativos hubieran muerto en su totalidad, no existiría la Sierra de Bahoruco como refugio de libertad durante catorce años, ni se habrían mantenido vivos los nombres de nuestras provincias, ni el uso del conuco y el casabe que aún hoy alimentan al pueblo.
La Corona española y los colonos tenían un interés económico en declarar "muertos" a los indios para evadir impuestos o justificar la compra de esclavos. Pero esos nativos no desaparecieron; se "alzaron" en las zonas que España, en su búsqueda de oro en México y Perú, decidió abandonar. En esos campos olvidados, el indio sobreviviente y el negro ladino que escapaba del control colonial se fundieron. Ese es el origen de la libertad dominicana: una resistencia que no esperaba decretos reales, sino que se vivía en el monte.
Una identidad de libertad
Es por esto que el dominicano, históricamente, ha rechazado la etiqueta de "esclavo". Mientras que en el oeste de la isla (el futuro Haití) los franceses instalaron una maquinaria industrial de esclavitud masiva de bozales, en la parte española la economía del hato ganadero y el abandono imperial permitieron que la población fuera mayoritariamente libre, mulata y de herencia mestiza mucho antes de las independencias.
Nuestro Himno Nacional lo proclama con orgullo: somos "indómitos y bravos". No es un error poético; es el reconocimiento de que la sangre de esta tierra no proviene de una masa sumisa, sino de hijos de la resistencia taína y de negros ladinos que nunca se sintieron ajenos a la cultura que habitaban.
Conclusión
Releer la historia dominicana exige abandonar el simplismo. Debemos entender que nuestra raíz no es un reemplazo de una raza por otra, sino una superposición de resistencias. Somos el resultado de un proceso donde el imperio se fue tras el oro, pero el pueblo —el mestizo, el hijo del ladino y el nieto del taíno— se quedó para reclamar la isla como suya.
Solo aceptando que no fuimos la "colonia modelo" de esclavitud que algunos quieren pintar, podremos entender por qué nuestra identidad es, esencialmente, un grito de libertad frente a cualquier intento de encadenarnos a un relato ajeno.
