jueves, diciembre 18, 2025

Stephen Biko.

 



El 18 de diciembre de 1946, en King William's Town, Provincia Oriental del Cabo, nacía el activista por los derechos humanos Steve Biko.

El joven Stephen Bantu Biko, deambuló por varios colegios como el Forbes Grant, el Lovedale College, terminando sus estudios en el Mariannhill, una institución católica de Natal. En 1966 ingresó en la Universidad de Natal para estudiar medicina, luego de participar en la "Unión Nacional de Estudiantes de Sudáfrica", manejada por estudiantes blancos, fundó la "Asociación de Estudiantes Sudafricanos" (SASO).

Se diferenció del Congreso Nacional Africano de Nelson Mandela que solo consideraba "Negros" a los nativos africanos, Biko redefinió ese concepto de "Lo negro" incluyendo a mestizos, mulatos e indios. Por su actividad política fue expulsado de la Universidad, como respuesta, en 1972 fundó el "Programa de la Comunidad Negra" que promovía acciones solidarias, revistas de divulgación, marchas y fundamentalmente, "Resistencia pacífica".

En 1973 la "Revista negra" fue cerrada y Biko confinado a arresto domiciliario, desde donde siguió su actividad política, hasta 1975 que se endureció su detención y suprimieron sus escasos derechos. Desde la clandestinidad, en 1975 fundó el Zimele Trust Fund (para ayudar a los presos políticos y sus familiares) y el Ginsberg Educational Trust (para ayudar a los estudiantes víctimas de la persecución racista), por ello en 1976 la Convención del Pueblo Negro (BPC), lo eligió presidente, aunque Biko no pudo asistir.

El 16 de junio de 1976 ocurrió la masacre de estudiantes de Soweto, para descomprimir la tensión, a Biko se le levanto parcialmente su detención, pero fue arrestado infinidad de veces, aunque nunca pudo ser acusado de violencia ni resistencia, por lo que era liberado de inmediato.

El 18 de agosto de 1977 fue detenido por los oficiales Harold Snyman y Gideon Nieuwoudt, quienes lo interrogaron, golpearon y torturaron durante 22 horas en la Sala de Policía 619 del Edificio Sanlam, en Puerto Elizabeth. Luego de 2 días en estado de coma, fue esposado a una ventana en la comisaría de Walmer.

Durante 20 días estuvo agonizando sin asistencia ni ingerir alimentos, el 11 de septiembre fue subido esposado y desnudo a una Land Rover y trasladado 1.100 Km hasta Pretoria. Ingresó al hospital de la prisión local, donde falleció al día siguiente, Stephen Biko se convirtió en un símbolo del movimiento negro y por la igualdad de derechos, más allá de las diferencias de raza o de cualquier índole.

Efemérides Históricas


**Cuando el conocimiento indígena se celebra solo después de haber sido silenciado.**

 


**Cuando el conocimiento indígena se celebra solo después de haber sido silenciado.**
La arquería tradicional se describe a menudo como humilde, ancestral y ética. El arco se presenta como una herramienta para conectar con la tierra, respetar a los animales y practicar la disciplina. Sin embargo, la historia detrás de la arquería tradicional moderna se ha simplificado con frecuencia, ocultando la compleja realidad de sus orígenes.
Ishi, a menudo llamado "el último Yahi", abandonó las tierras salvajes de California en 1911. Sus extraordinarias habilidades y conocimientos sobre arcos fueron documentados y posteriormente popularizados por Saxton Pope, cuyos escritos ayudaron a inspirar la caza con arco estadounidense moderna. Esta historia es notable, pero también resalta una verdad oculta: la transmisión del conocimiento indígena a menudo ocurrió después de que las propias comunidades fueran perturbadas por la colonización. Reconocer este contexto honra la historia completa en lugar de reducirla a una narrativa idealizada (Kroeber, 1961; Pope, 1923).
Las narrativas modernas sobre la arquería tradicional se centran con frecuencia en figuras célebres como Pope, Arthur Young y Fred Bear. Si bien estas personas desempeñaron papeles influyentes, es crucial recordar que el conocimiento indígena existía mucho antes que ellos y se sigue practicando en la actualidad. Presentar la tradición como dependiente únicamente de estas figuras corre el riesgo de pasar por alto la resiliencia y la presencia continua de las prácticas indígenas de arquería (Hitchcock, 2000).
El encubrimiento también se observa en el tratamiento de la ética y la responsabilidad cultural. Se anima a los profesionales modernos a respetar la tierra y la vida animal, pero a menudo se minimizan los contextos históricos y contemporáneos de poder y apropiación. El verdadero respeto implica reconocer quién posee el conocimiento, garantizar el consentimiento y apoyar a las comunidades indígenas para que mantengan sus prácticas culturales (Haig-Brown, 2000).
**Formas prácticas de honrar la tradición de forma responsable**:
* Centrar las voces indígenas en la enseñanza y la práctica (Hitchcock, 2000).
* Reconocer que el conocimiento documentado no equivale a propiedad.
* Compartir el reconocimiento y apoyar las iniciativas educativas lideradas por indígenas.
* Comprender y enseñar la historia completa, incluyendo la colonización y la disrupción cultural.
El tiro con arco tradicional tiene el poder de enseñar humildad, respeto y destreza. Al reconocer la historia completa del conocimiento indígena, la presencia continua de las comunidades indígenas y las responsabilidades de quienes lo practican, garantizamos que el arco siga siendo más que una herramienta: una tradición viva.
**Referencias:**
* Kroeber, T. (1961). *Ishi en dos mundos: Una biografía del último indio salvaje de Norteamérica*. University of California Press.
* Pope, S. T. (1923). *Caza con arco y flecha*. Charles Scribner’s Sons.
* Hitchcock, R. K. (2000). "Ishi y el genocidio indígena de California." *Journal of California and Great Basin Anthropology*.
* Haig-Brown, C. (2000). "Pensamiento indígena, apropiación y pueblos no aborígenes". *Revista Canadiense de Educación Nativa*.

Taller Baira Tradicional

Los Tuareg o los hombres azules del desierto.

 "¡TÚ TIENES EL RELOJ, YO TENGO TIEMPO!"



Su población se extiende por seis países africanos: Argelia, Libia, Níger, Malí, Mauritania y Burkina Faso.
Cuando se desplazan, cubren tanto sus necesidades como las de sus animales, debido a que viven en unidades familiares extensas que llevan grandes rebaños a su cargo.
Tienen su propia escritura, el tifinagh, y su propio idioma, el tamashek.
Esta es la sencilla y profunda reflexión de Moussa Ag Assarid, escritor y defensor del pueblo tuareg, publicada por La Vanguardia de España, en el 2019:
-Cuántos años tienes Moussa?
-No sé mi edad: nací en el desierto del Sahara, ¡sin papeles...!
Nací en un campamento nómada tuareg entre Tombuctú y Gao, al norte de Mali.
He sido pastor de los camellos, cabras, corderos y vacas de mi padre.
Hoy estudio Gestión en la Universidad Montpellier. Estoy soltero. Defiendo a los pastores tuareg.
Soy musulmán, sin fanatismo.
- ¡Qué turbante tan hermoso...!
- Es una fina tela de algodón: permite tapar la cara en el desierto cuando se levanta arena, y a la vez seguir viendo y respirando a través de ella. Es de un azul intenso.
A los tuareg nos llamaban los hombres azules por esto: la tela destiñe algo y nuestra piel toma tintes azulados...
- ¿Cómo elaboran ese intenso azul añil?
- Con una planta llamada índigo, mezclada con otros pigmentos naturales.
El azul, para los tuareg, es el color del mundo.
- ¿Por qué?
- Es el color dominante: el del cielo, el techo de nuestra casa.
- ¿Quiénes son los tuareg?
- Tuareg significa "abandonados", porque somos un viejo pueblo nómada del desierto, solitario, orgulloso: "Señores del Desierto", nos llaman.
Nuestra etnia es la amazigh (bereber), y nuestro alfabeto, el tifinagh.
- ¿Cuántos son?
- Unos tres millones, y la mayoría todavía nómadas. Pero la población decrece... "¡Hace falta que un pueblo desaparezca para que sepamos que existía!", denunciaba una vez un sabio.
"Yo lucho por preservar este pueblo".
- ¿A qué se dedican?
- Pastoreamos rebaños de camellos, cabras, corderos, vacas y asnos en un reino de infinito y de silencio...
- ¿De verdad tan silencioso es el desierto?
- Si estás a solas en aquel silencio, oyes el latido de tu propio corazón. No hay mejor lugar para hallarse a uno mismo.
- ¿Qué recuerdos de su niñez en el desierto conserva con mayor nitidez?
- Me despierto con el sol. Ahí están las cabras de mi padre. Ellas nos dan leche y carne, nosotros las llevamos a donde hay agua y hierba...
Así hizo mi bisabuelo, y mi abuelo, y mi padre... Y yo.
¡No había otra cosa en el mundo más que eso, y yo era muy feliz en él!
- ¿Sí? No parece muy estimulante.
- Mucho.
A los siete años ya te dejan alejarte del campamento, para lo que te enseñan las cosas importantes: a olisquear el aire, escuchar, aguzar la vista, orientarte por el sol y las estrellas... Y a dejarte llevar por el camello, si te pierdes: te llevará a donde hay agua.
- Saber eso es valioso, sin duda...
- Allí todo es simple y profundo. Hay muy pocas cosas, ¡y cada una tiene enorme valor!
- Entonces este mundo y aquél son muy diferentes, ¿no?
- Allí, cada pequeña cosa proporciona felicidad. Cada roce es valioso. ¡Sentimos una enorme alegría por el simple hecho de tocarnos, de estar juntos! Allí nadie sueña con llegar a ser, ¡porque cada uno ya es!
- ¿Qué es lo que más le chocó en su primer viaje a Europa?
- Vi correr a la gente por el aeropuerto. ¡En el desierto sólo se corre si viene una tormenta de arena! Me asusté, claro...
- Sólo iban a buscar las maletas, ja, ja...
- Sí, era eso.
También vi carteles de chicas desnudas: ¿por qué esa falta de respeto hacia la mujer?, me pregunté...
Después, en el hotel Ibis, vi el primer grifo de mi vida: vi correr el agua… y sentí ganas de llorar.
- Qué abundancia, qué derroche, ¿no?
- ¡Todos los días de mi vida habían consistido en buscar agua!
Cuando veo las fuentes de adorno aquí y allá, aún sigo sintiendo dentro un dolor tan inmenso...
- ¿Tanto como eso?
- Sí. A principios de los 90 hubo una gran sequía, murieron los animales, caímos enfermos...
Yo tendría unos doce años, y mi madre murió... ¡Ella lo era todo para mí! Me contaba historias y me enseñó a contarlas bien. Me enseñó a ser yo mismo.
- ¿Qué pasó con su familia?
- Convencí a mi padre de que me dejase ir a la escuela.
Casi cada día yo caminaba quince kilómetros. Hasta que el maestro me dejó una cama para dormir, y una señora me daba de comer al pasar ante su casa...
Entendí: mi madre estaba ayudándome...
- ¿De dónde salió esa pasión por la escuela?
- De que un par de años antes había pasado por el campamento, el rally París-Dakar, y a una periodista se le cayó un libro de la mochila.
Lo recogí y se lo di. Me lo regaló y me habló de aquel libro: "El Principito". Y yo me prometí que un día sería capaz de leerlo...
- Y lo logró.
- Sí. Y así fue como logré una beca para estudiar en Francia.
- ¡Un tuareg en la universidad!
- Ah, lo que más añoro aquí es la leche de camella... Y el fuego de leña. Y caminar descalzo sobre la arena cálida. Y las estrellas: allí las miramos cada noche, y cada estrella es distinta de otra, como es distinta cada cabra...
Aquí, por la noche, miráis la tele.
- Sí... ¿Qué es lo que peor le parece de aquí?
- Tenéis de todo, pero no os basta. Os quejáis. ¡En Francia se pasan la vida quejándose!
Os encadenáis de por vida a un banco, y hay ansia de poseer, frenesí, prisa...
En el desierto no hay atascos, ¿y sabe por qué? ¡Porque allí nadie quiere adelantar a nadie!
- Reláteme un momento de felicidad intensa en su lejano desierto.
- Es cada día, dos horas antes de la puesta del sol: baja el calor, y el frío no ha llegado, y hombres y animales regresan lentamente al campamento y sus perfiles se recortan en un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, verde...
- Fascinante, desde luego...
- Es un momento mágico... Entramos todos en la tienda y hervimos té. Sentados, en silencio, escuchamos el hervor... La calma nos invade a todos: los latidos del corazón se acompasan al pot-pot del hervor...
- Qué paz...
- Aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo.
Compartido por María Teresa Mohr - Filosofía y Ser

En una curva silenciosa del río Maici, en plena Amazonía brasileña, viven los pirahã




En una curva silenciosa del río Maici, en plena Amazonía brasileña, viven los pirahã, una tribu que desconcierta a lingüistas, antropólogos y filósofos desde hace décadas. No porque sean hostiles. Al contrario. Son amables, risueños, curiosos. Desconciertan porque parecen vivir en un mundo donde muchas de nuestras certezas simplemente no existen.

Un hombre llamado Xigagai estaba sentado junto al agua una tarde, reparando una canoa. Un misionero que llevaba años conviviendo con ellos se sentó a su lado y le preguntó por su padre.
Xigagai levantó la vista, pensó unos segundos y respondió con tranquilidad:
“No sé”.
El misionero insistió. ¿Había muerto? ¿Vivía en otra aldea? Xigagai se encogió de hombros.
“Yo no lo vi”, dijo. “Entonces no lo sé”.
Para los pirahã, el conocimiento solo es válido si procede de la experiencia directa. No creen en relatos heredados, ni en historias antiguas, ni en verdades transmitidas por otros. Si no lo has visto, oído o vivido tú mismo, no forma parte de tu mundo.
Eso tiene consecuencias profundas.
Los pirahã no tienen mitos de creación. No tienen historias largas sobre antepasados. No tienen palabras para números exactos. No cuentan el tiempo como pasado, presente y futuro. Viven en un ahora continuo, sólido, completo.
Un lingüista les preguntó una vez cómo decían “mañana”. No supieron responder. Tienen formas de decir “después” o “no ahora”, pero nada que proyecte la mente hacia un futuro abstracto. Tampoco hablan del ayer como algo separado. Lo vivido se integra o se disuelve.
Eso no significa que sean imprudentes o inconscientes. Al contrario. Observan el entorno con una atención extrema. Saben cuándo el río va a crecer, cuándo un animal es peligroso, cuándo una tormenta se aproxima. No planifican a largo plazo, pero reaccionan con precisión absoluta.
Una noche, una fuerte crecida arrasó parte de la aldea. Algunas chozas desaparecieron. Nadie gritó. Nadie se lamentó. Al amanecer, comenzaron a reconstruir.
El misionero preguntó si no estaban tristes por lo perdido.
Una mujer respondió mientras ataba hojas nuevas: “El río vino. El río se fue. Nosotros seguimos”.
Entre los pirahã no existen jerarquías permanentes ni líderes autoritarios. Las decisiones se toman hablando, observando, esperando. Si alguien se enfada, se enfada. Si alguien se calma, se calma. El resentimiento no se almacena. No hay relatos internos que alimenten la herida.
Un antropólogo presenció una discusión fuerte entre dos hombres por una red de pesca. Hubo gritos. Hubo tensión. Al rato, uno se fue a nadar. El otro se puso a cantar. Minutos después, estaban riendo juntos.
“¿Ya está resuelto?”, preguntó el antropólogo.
“Ya pasó”, respondieron.
Esa forma de vivir tiene un precio. Los pirahã no acumulan. No ahorran. No construyen para el futuro. Y eso los hace vulnerables ante un mundo que exige previsión, documentos, promesas.
Pero también les da algo que muchos hemos perdido: descanso mental.
Los investigadores observaron que los pirahã duermen poco, en fragmentos cortos, pero casi nunca sufren ansiedad. No anticipan catástrofes que no están ocurriendo. No rumian errores antiguos. No se castigan por decisiones pasadas.
Cuando alguien les explicó el concepto de “preocupación”, uno de ellos preguntó: “¿Eso sirve para algo?”
Nadie supo qué responder.
Hoy, los pirahã siguen viviendo en su río, presionados por madereros, enfermedades externas y leyes que no comprenden. Muchos dicen que deberían cambiar para sobrevivir. Tal vez sea cierto.
Pero mientras existan, su sola presencia plantea una pregunta incómoda:
¿y si gran parte de nuestro sufrimiento no viene de lo que vivimos, sino de lo que no dejamos de recordar o imaginar?
Los pirahã no filosofan sobre eso. Simplemente viven.
Y quizá, sin saberlo, guardan una de las lecciones más radicales de todas: que estar aquí puede ser suficiente.

miércoles, diciembre 17, 2025

Arte, mitologia y resistencia indigena.






















































































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