Recordando la historia.
La intervención militar estadounidense en Granada en octubre de 1983, conocida oficialmente como la invasión de Granada, constituyó uno de los episodios más reveladores de la
Guerra Fría en el
Caribe y dejó al descubierto que, incluso frente a una abrumadora superioridad tecnológica y armamental, la resistencia basada en convicciones políticas y dignidad nacional puede alterar los cálculos de una potencia hegemónica.
Granada, una pequeña isla caribeña, había iniciado en 1979 un proceso de transformación política tras el triunfo del
Movimiento New Jewel, encabezado por Maurice Bishop. Su gobierno impulsó reformas sociales profundas, estrechó relaciones con
Cuba y otros países socialistas, y promovió proyectos de infraestructura estratégica como el aeropuerto de
Point Salines, construido con amplia participación de trabajadores y técnicos cubanos. Para
Washington, ese acercamiento era inaceptable: veía en Granada un “mal ejemplo” que podía irradiarse por el Caribe.
Cuando estalló una crisis interna en el seno del propio proceso revolucionario granadino, Estados Unidos aprovechó el momento. Tras la detención y posterior asesinato de Maurice Bishop el
19 de octubre de 1983, el país quedó sumido en el caos institucional. Apenas seis días después, tropas estadounidenses, junto a fuerzas de algunos Estados caribeños aliados, lanzaron la invasión. La operación fue presentada como una acción de “rescate” y “restauración del orden”, pero en la práctica fue una intervención directa para eliminar un proyecto político soberano.
En el terreno, la resistencia fue mayor de la que el
Pentágono había previsto. Las fuerzas granadinas eran limitadas y mal equipadas, pero contaron con el apoyo de cerca de 700 cubanos presentes en la isla, en su mayoría obreros de la construcción, ingenieros, médicos y técnicos, no una fuerza de combate regular. Sin embargo, ante la agresión, muchos de ellos tomaron las armas. Combatieron con fusiles ligeros y escasos medios frente a paracaidistas, infantería de marina, helicópteros artillados y apoyo aéreo continuo. La toma del país no fue inmediata ni limpia: hubo desorganización, bajas significativas y resistencia en puntos clave como el propio aeropuerto.
El costo humano fue elevado para una operación de tan corta duración. Murieron al menos 24 cubanos, decenas resultaron heridos y varios fueron hechos prisioneros. También cayeron combatientes granadinos y civiles. Para Cuba, aquellos muertos pasaron a la historia como
internacionalistas que defendieron no un territorio propio, sino un principio: el derecho de un pueblo pequeño a decidir su destino sin imposiciones externas.
La figura de Maurice Bishop quedó marcada por un final trágico. Tras ser liberado por una multitud que lo sacó de su arresto domiciliario, se dirigió al cuartel de
Fort Rupert, donde fuerzas leales a la facción golpista abrieron fuego contra la concentración. Bishop fue capturado y ejecutado sumariamente junto a varios de sus colaboradores más cercanos. Su muerte no fue causada directamente por tropas estadounidenses, pero creó el vacío político que facilitó la invasión y sirvió de pretexto para ella.
En perspectiva histórica, Granada demostró que la fuerza bruta no siempre garantiza una victoria política ni moral. Estados Unidos ocupó la isla, derrocó al gobierno revolucionario y reorganizó el poder, pero no logró borrar el significado simbólico de aquella resistencia. La participación cubana, pese a las pérdidas y a la derrota militar, envió un mensaje claro: frente al imperialismo, la dignidad puede no detener los tanques, pero sí desnudar la injusticia de su avance y dejar constancia de que incluso los pueblos pequeños pueden escribir páginas de heroísmo que trascienden su tamaño y su tiempo.