martes, enero 06, 2026

Maurice Bishop, el que muriò con las botas puestas.

     



Recordando la historia.

Maurice Bishop, el que muriò con las botas puestas.
La intervención militar estadounidense en Granada en octubre de 1983, conocida oficialmente como la invasión de Granada, constituyó uno de los episodios más reveladores de la Guerra Fría en el Caribe y dejó al descubierto que, incluso frente a una abrumadora superioridad tecnológica y armamental, la resistencia basada en convicciones políticas y dignidad nacional puede alterar los cálculos de una potencia hegemónica.
Granada, una pequeña isla caribeña, había iniciado en 1979 un proceso de transformación política tras el triunfo del Movimiento New Jewel, encabezado por Maurice Bishop. Su gobierno impulsó reformas sociales profundas, estrechó relaciones con Cuba y otros países socialistas, y promovió proyectos de infraestructura estratégica como el aeropuerto de Point Salines, construido con amplia participación de trabajadores y técnicos cubanos. Para Washington, ese acercamiento era inaceptable: veía en Granada un “mal ejemplo” que podía irradiarse por el Caribe.
Cuando estalló una crisis interna en el seno del propio proceso revolucionario granadino, Estados Unidos aprovechó el momento. Tras la detención y posterior asesinato de Maurice Bishop el 19 de octubre de 1983, el país quedó sumido en el caos institucional. Apenas seis días después, tropas estadounidenses, junto a fuerzas de algunos Estados caribeños aliados, lanzaron la invasión. La operación fue presentada como una acción de “rescate” y “restauración del orden”, pero en la práctica fue una intervención directa para eliminar un proyecto político soberano.
En el terreno, la resistencia fue mayor de la que el Pentágono había previsto. Las fuerzas granadinas eran limitadas y mal equipadas, pero contaron con el apoyo de cerca de 700 cubanos presentes en la isla, en su mayoría obreros de la construcción, ingenieros, médicos y técnicos, no una fuerza de combate regular. Sin embargo, ante la agresión, muchos de ellos tomaron las armas. Combatieron con fusiles ligeros y escasos medios frente a paracaidistas, infantería de marina, helicópteros artillados y apoyo aéreo continuo. La toma del país no fue inmediata ni limpia: hubo desorganización, bajas significativas y resistencia en puntos clave como el propio aeropuerto.
El costo humano fue elevado para una operación de tan corta duración. Murieron al menos 24 cubanos, decenas resultaron heridos y varios fueron hechos prisioneros. También cayeron combatientes granadinos y civiles. Para Cuba, aquellos muertos pasaron a la historia como internacionalistas que defendieron no un territorio propio, sino un principio: el derecho de un pueblo pequeño a decidir su destino sin imposiciones externas.
La figura de Maurice Bishop quedó marcada por un final trágico. Tras ser liberado por una multitud que lo sacó de su arresto domiciliario, se dirigió al cuartel de Fort Rupert, donde fuerzas leales a la facción golpista abrieron fuego contra la concentración. Bishop fue capturado y ejecutado sumariamente junto a varios de sus colaboradores más cercanos. Su muerte no fue causada directamente por tropas estadounidenses, pero creó el vacío político que facilitó la invasión y sirvió de pretexto para ella.
En perspectiva histórica, Granada demostró que la fuerza bruta no siempre garantiza una victoria política ni moral. Estados Unidos ocupó la isla, derrocó al gobierno revolucionario y reorganizó el poder, pero no logró borrar el significado simbólico de aquella resistencia. La participación cubana, pese a las pérdidas y a la derrota militar, envió un mensaje claro: frente al imperialismo, la dignidad puede no detener los tanques, pero sí desnudar la injusticia de su avance y dejar constancia de que incluso los pueblos pequeños pueden escribir páginas de heroísmo que trascienden su tamaño y su tiempo.

Estos han sido algunos de los presidentes latinoamericanos a los que Estados Unidos ha dado golpes de estado,





Estos han sido algunos de los presidentes latinoamericanos que han sufrido golpes de estado, secuestros y asesinatos por parte del imperialismo norteamericano y su agencia de inteligencia (CIA); además de masacres a sus pueblos: JACOBO ARBENZ (Guatemala), golpe de estado en 1954; JUAN BOSCH (República Dominicana), golpe de estado en 1963 y masacre a su pueblo en 1965-1966; JOAO GOULART (Brasil), golpe de estado en 1964; SALVADOR ALLENDE

(Chile), golpe de estado y asesinato en 1973, comienzo de la dictadura de Pinochet; MARÍA ESTELA MARTÍNEZ DE PERÓN (Argentina), golpe de estado en 1976 e implantación de una sangrienta dictadura militar; OMAR TORRIJOS (Panamá), accidente aéreo mortal provocado en 1981; JAIME ROLDÓS (Ecuador), accidente aéreo provocado en 1981; MAURICE BISHOP (Grenada), intervención militar y asesinato del presidente en 1983; MANUEL NORIEGA (Panamá) intervención militar, masacre al pueblo y secuestro en 1989; JEAN-BERTRAND ARISTIDE (Haití), secuestrado y obligado a abandonar el país en 2004; HUGO CHÁVEZ (Venezuela), golpe de estado y secuestro del presidente en 2002; MANUEL ZELAYA (Honduras), golpe de estado y obligado a abandonar el país en 2009; FERNANDO LUGO (Paraguay), destitución ilegal en 2012; EVO MORALES (Bolivia), golpe de estado y obligado a renunciar en 2019 y ahora NICOLÁS MADURO (Venezuela), intervención militar, asesinatos y secuestro del presidente (2026). Faltaron la destitución de DILMA ROUSEFF (Brasil) en 2016 y PEDRO CASTILLO (Perú). Esto sin contar las enfermedades inoculadas, las condenas a prisión injustas y las persecuciones políticas a los expresidentes.

Soberanía popular activa.




Que hoy se discuta obsesivamente si Nicolás Maduro “es o no es” presidente de Venezuela revela una incomprensión profunda del proceso político que está en curso. Esa discusión pertenece al viejo mundo de la política liberal, al teatro institucional de las democracias representativas burguesas, donde todo gira en torno a nombres propios, cargos y formalidades jurídicas. Pero Venezuela ya no juega en ese tablero.

Semanas antes del secuestro. Maduro decreta algo que altera de raíz la arquitectura del poder, la transferencia efectiva de competencias a las comunas, al pueblo organizado. Ese acto no es menor ni decorativo. Implica desplazar el centro de gravedad del poder, sacarlo de la figura presidencial y llevarlo al territorio, a la organización popular concreta. En términos históricos, esto marca una ruptura, el poder deja de ser delegado y pasa a ser ejercido directamente.
En ese momento, Maduro deja de ser el eje del sistema político. No porque desaparezca, no porque se “retire”, sino porque su figura deja de ser necesaria como concentradora del poder. El liderazgo personal pierde centralidad porque el poder ya no se articula de arriba hacia abajo, sino desde abajo hacia arriba, mediante instancias de democracia directa. Aquí se rompe definitivamente con la lógica del Estado burgués clásico, donde el pueblo vota cada tanto y luego es reducido al rol de espectador.
Lo que emerge es otra cosa, una forma de soberanía popular activa, donde las comunas no son órganos consultivos ni decorativos, sino espacios reales de decisión, planificación y gobierno. El pueblo no “participa” en el sentido liberal del término; el pueblo gobierna. Esto transforma por completo la pregunta política central, ya no se trata de quién ocupa un cargo, sino cómo se ejerce el poder y quién lo ejerce cotidianamente.
Por eso, intentar desestabilizar el proceso apuntando exclusivamente contra Maduro es una estrategia anacrónica. El imperialismo y las élites locales están acostumbrados a personalizar el poder porque derrocar a una persona siempre fue más fácil que enfrentar a un pueblo organizado. Pero cuando el poder se socializa, cuando se distribuye en miles de núcleos territoriales, la lógica del golpe, la sanción o la intervención pierde eficacia.
Aquí no hay vacío de poder ni improvisación. Hay una reconfiguración consciente del Estado, una transición conflictiva pero necesaria desde la democracia representativa hacia la democracia directa. Se entierra así una estructura estatal diseñada para administrar la dominación de clase y se avanza, con todas las tensiones que eso implica, hacia una forma de poder popular que no pide permiso ni legitimación externa.
En este escenario, Maduro pasa a cumplir un rol histórico distinto, facilitar el tránsito, no monopolizar el poder. Su relevancia ya no está en mandar, sino en haber habilitado, en el marco de una correlación de fuerzas extremadamente adversa, un proceso donde el sujeto político central es el pueblo organizado. Y eso, para el orden capitalista global, es infinitamente más peligroso que cualquier presidente.
Porque a un presidente se lo bloquea, se lo sanciona o se lo derroca.
Pero a un pueblo consciente, organizado y en ejercicio del poder, no.
🔥✊
Por Marcos Joel

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