viernes, octubre 31, 2025

El futuro es de los que no se rinden nunca.


























 

Somos memoria viviente de una epoca de lucha y resistencia por la vida.






































 

La víspera de Navidad de 1983, Paul Newman entró en un refugio de Manhattan



La víspera de Navidad de 1983, Paul Newman entró en un refugio de Manhattan, vestido con un simple suéter azul marino y llevando dos cajas de madera.

Afuera, la nieve caía con fuerza. Dentro, los voluntarios estaban en pánico: no había suficiente comida para alimentar a la larga fila de personas que esperaban en la puerta.
Las ollas estaban casi vacías, las bandejas de pan se agotaban y un pesado sentimiento de fracaso flotaba en el aire.
Newman dejó las cajas sin decir una palabra. Dentro había verduras, frascos y harina provenientes de su granja en Connecticut.
—¿Dónde está la cocina? —preguntó, arremangándose.
Algunos se quedaron paralizados al darse cuenta de quién era, pero Newman no esperó a ser reconocido. Fue directo a la estufa, encendió el fuego y empezó a cortar cebollas como si siempre hubiera formado parte del equipo.
En menos de una hora, el ambiente cambió.
El aire se llenó de ajo y aceite de oliva. El pan subía en el horno. Una gran olla de sopa de tomate hervía sobre el fuego.
Newman trabajaba sin descanso, sudando bajo su suéter, sin detenerse ni un momento.
Una joven voluntaria, Clara, recordaba que se inclinó hacia ella mientras pelaba zanahorias.
—Si la hacemos lo bastante espesa —dijo él—, nadie se irá a dormir con hambre esta noche.
Cuando se abrieron las puertas, la gente entró, vestida con abrigos finos y rostros cansados.
Newman llevó los cuencos a las mesas él mismo.
Feliz Navidad, —decía a cada invitado al dejar los panecillos calientes.
Algunos lo reconocieron al instante, con los ojos muy abiertos. Otros no sabían su nombre, pero sintieron su bondad.
Un hombre, Luis, rompió a llorar cuando Newman colocó ante él un plato de verduras asadas.
—Comía así antes, con mi familia —murmuró.
Newman se sentó frente a él y lo escuchó. No habló de cine ni de fama. Le preguntó por su vida, su familia, cómo seguía adelante.
Más tarde, Luis confesó a otro invitado:
“Me hizo sentir que existía.”
Los niños seguían a Newman en la cocina, riendo mientras él dibujaba caras sonrientes en la harina derramada.
En una mesa, cortó el pan en trozos pequeños para una niña mientras su madre lo miraba, aliviada.
Una mujer susurró a una voluntaria:
“Parece que nos está recibiendo en su propia mesa.”
Durante toda la noche, Newman iba y venía entre la estufa y el comedor. Removía la sopa, horneaba más pan, servía platos y se aseguraba de que nadie se quedara sin comer.
El refugio se había transformado en un lugar cálido, lleno de voces y risas, a años luz de la tormenta que rugía afuera.
A medianoche, más de doscientas personas habían comido —muchas, incluso dos veces.
Cuando todo terminó, Newman no se fue.
Se quedó para barrer el suelo, apilar las sillas y lavar los platos.
Solo cuando todo estuvo limpio, se puso el abrigo.
Antes de salir a la nieve, se volvió hacia Clara y le dijo en voz baja:
“La comida importa. Pero estar aquí con ellos, eso importa aún más.”
A la mañana siguiente, no hubo cámaras, ni titulares, ni periodistas. No había avisado a nadie.
Los únicos que lo recordaron fueron quienes estuvieron allí esa noche: los invitados hambrientos, los voluntarios exhaustos… y ese hombre con suéter azul marino que convirtió un refugio en un verdadero hogar.

En el silencio invernal de 1992, un coche se detuvo frente a una modesta casa en Rockford




En el silencio invernal de 1992, un coche se detuvo frente a una modesta casa en Rockford, Michigan. Una mujer bajó, envuelta en un largo abrigo de lana. Con la cabeza gacha, subió lentamente los pocos escalones que llevaban a la puerta de entrada. Esa mujer era Elizabeth Montgomery.

Dentro, acostado en una cama médica instalada en el salón, estaba Dick York, su antiguo compañero de la serie Hechizada (Bewitched). Habían pasado más de veinte años desde su último encuentro. Débil, consumido por un enfisema, York ya no esperaba volver a ver a nadie de su pasado en Hollywood. Cuando abrió los ojos y la vio, las lágrimas llegaron antes que las palabras.
Sin dudarlo un instante, Montgomery le tomó la mano. Ningún periodista la había seguido. No se había hecho ningún anuncio. Ese momento lo quería íntimo, casi sagrado. Un allegado de York contaría más tarde que ella se inclinó hacia él y le susurró con ternura:
—«Hola, compañero».
Una sonrisa iluminó entonces el rostro de York, y en un suspiro respondió:
—«Samantha».
Era su primera conversación desde 1969, el año en que York había dejado la serie tras colapsar en el set, víctima de un dolor de espalda insoportable. Nunca le guardó rencor por continuar sin él. Pero su despedida, entonces, había sido abrupta, inconclusa.
Esa noche permanecieron juntos durante horas. Montgomery evocó sus primeros días de rodaje, sus risas entre tomas, las tramas mágicas que él bromeaba, y las veces en que ella le daba un codazo cuando olvidaba su diálogo.
—«¿Recuerdas aquel día que estornudaste durante la escena de levitación y tuvimos que repetirla cinco veces?» —le preguntó con una sonrisa cariñosa.
York, con dificultad para hablar, asintió y le apretó la mano. Esos recuerdos no necesitaban ser dichos en voz alta. Vivían en su silencio compartido.
Ningún fotógrafo pudo acercarse a la casa. Montgomery había contactado con una de las hijas de York, pidiendo tanto permiso como discreción. Había venido sin agente de prensa, sin maquillaje, y se quedó solo el tiempo suficiente para que York supiera que no lo habían olvidado. Uno de los cuidadores confesó más tarde que, tras su partida, York no dejaba de repetir a través de su mascarilla de oxígeno:
—«Ella vino hasta aquí. Todavía se preocupa por mí».
En una conversación con un amigo común, Montgomery confesó lo que esa visita había significado para ella:
—«Fue más que un compañero en pantalla. Juntos creamos algo mágico».
Estas palabras nunca llegaron a la prensa. Ella guardó esa visita y ese recuerdo como un secreto precioso.
En pantalla, su química había iluminado las primeras temporadas de Hechizada, convirtiendo a Darrin y Samantha en una de las parejas más queridas de la televisión. Fuera de cámara, sin embargo, la frágil salud de York había hecho el rodaje difícil, obligándolo a retirarse. Cuando Dick Sargent lo sustituyó, Montgomery se adaptó, pero la chispa de aquellos años no volvió del todo.
Quienes estuvieron presentes nunca olvidarán la ternura de ese reencuentro. York, agotado por los años de sufrimiento, se aferraba a su presencia como a una cuerda que aún lo mantenía en este mundo. Montgomery, consciente de que tal vez sería la última vez, se tomó su tiempo. Nada fue apresurado. Nunca habló públicamente de ello. Ni en entrevistas, ni en memorias, ni siquiera en retrospectivas amistosas. Este relato emergió solo mucho después, por boca de quienes rodeaban a York.
Aquella noche de invierno en Michigan era de un silencio absoluto. La nieve cubría la entrada cuando ella se marchó. Mientras el coche se alejaba, York pidió a una de sus hijas que lo ayudara a incorporarse. Durante largo rato miró por la ventana, siguiendo con la vista el vehículo hasta que desapareció en la noche.
El último regalo de Elizabeth Montgomery a Dick York no fue reconocimiento público, ni disculpas, ni siquiera perdón. Fue presencia. Un suave recordatorio de que lo que habían compartido, durante esos cinco años mágicos de rodaje, aún importaba.
Ella había venido a despedirse, no como una estrella, sino como una amiga.

Fiódor Dostoyevski






30 de octubre de 1821 nace Fiódor Dostoyevski, novelista ruso, fue uno de los escritores más grandes de la literatura rusa. Es reconocido por algunos como el fundador del existencialismo.

En el año 1839, cuando contaba con 18 años, le llegó la noticia de que su padre ha fallecido. Mijáil Dostoievski, hidalgo de Darovoye al parecer, fue asesinado por sus propios siervos mancomunados que, enfurecidos tras uno de sus brutales arranques de violencia provocados por la bebida, lo inmovilizaron y le hicieron beber vodka hasta que murió ahogado. Otra historia sugiere que Mijáil murió por causas naturales, pero que un terrateniente vecino suyo inventó la historia de la rebelión para comprar la finca a un precio más reducido. En parte, Fiódor se culpó de este hecho a sí mismo por haber deseado la muerte de su padre en muchas ocasiones.
Inicios literarios
En 1843 acabó sus estudios de ingeniería, adquirió el grado militar de subteniente y se incorporó a la Dirección General de Ingenieros en San Petersburgo. Durante esos años tradujo Eugenia Grandet, de Honoré de Balzac, como muestra de admiración por este autor que había pasado una temporada en San Petersburgo.
En el año 1844 dejó el ejército y empezó a escribir la novela epistolar Pobres gentes, novela que le daría sus primeros éxitos de crítica. En esta misma época comenzó a contraer algunas deudas y a sufrir sus primeros ataques epilépticos. Pero las novelas que siguieron a la primera: Nietochka Niezvínova (1846), Las Noches Blancas, El marido celoso y La mujer de otro, no tuvieron el éxito de la primera y sufrieron críticas muy negativas, lo que sumió a Dostoievski en la depresión. Es en esta época cuando entró en contacto con grupos de ideas utópicas que buscaban la libertad del hombre, quizá intentando llenar el vacío que le habían producido sus fracasos literarios.
Su etapa en prisión
La policía del régimen vigiló de cerca a este tipo de grupos en la Rusia de aquella época y el 23 de abril de 1849 fue arrestado y encarcelado bajo el cargo de conspirar contra el Zar Nicolás I.
El 16 de noviembre sería condenado a muerte por actividades antigubernamentales y vinculación con un grupo radical llamado el Círculo Petrachevski. El 22 de diciembre, los prisioneros fueron llevados al patio de la prisión para su fusilamiento, Dostoievski tendría que situarse frente al pelotón de fusilamiento e incluso escuchar sus disparos con los ojos vendados, pero su pena había sido conmutada por cinco años de trabajos forzados en Omsk, Siberia.
Durante su período en prisión leyó la Biblia. Influido por esa lectura rechazó el socialismo ateo, del que había sido partidario en su juventud. La cárcel le permitió también descubrir cómo entre los mismos delincuentes se daban gestos de altruismo y nobleza, lo que le permitió profundizar en la complejidad del espíritu humano. Durante esta época los ataques epilépticos iban en aumento. Fue liberado en el año 1854 y se reincorporó al ejército como soldado raso.
Continuidad de su vida y obra
Durante los siguientes cinco años estaría en el Séptimo Batallón de línea acuartelado en la fortaleza de Semipalatinsk en Kazajstán. Fue un momento crítico en la vida del autor. Dostoievski abandonaría desde entonces sus pensamientos radicales y se convirtió en un hombre profundamente conservador y extremadamente religioso.
Por esa época comenzó a escribir Recuerdos de la casa de los muertos, basándose en sus experiencias como prisionero. Conoció a su primer amor, María Dmitrievna, viuda de un maestro, con la que se casó en 1857.
Tras meses de laboriosas gestiones consiguió ser licenciado del ejército y trasladarse en 1860 a San Petersburgo, donde fundó con su hermano la revista Tiempo, en cuyo primer número comenzó a aparecer Humillados y ofendidos, obra inspirada también en su etapa siberiana.
Para entonces, su obra Recuerdos de la casa de los muertos tuvo un gran éxito al ser publicada por capítulos en la revista El Mundo Ruso.
Durante los años 1862 y 1863 realizó diversos viajes por Europa. Durante el transcurso de estos viajes comenzó una relación con Paulina Suslova, una estudiante de ideas avanzadas, que le abandonó poco después. Publicó Notas de invierno sobre impresiones de verano (1863). La revista Tiempo fue cerrada por las autoridades por haber publicado un artículo supuestamente subversivo. Junto a su hermano inició una nueva publicación, epoca, que tendría una vida más corta aún. Allí publicó la primera parte de Memorias del subsuelo.
En 1864 falleció su esposa, luego de una penosa convalecencia, y también su hermano, cuyas deudas, de las que tuvo que hacerse cargo, lo dejaron en la ruina. Para salir de su situación económica desesperante tramitó un crédito que le fue concedido contra el compromiso de presentar una nueva novela en no más de un año. Cumpliendo con ese compromiso escribió El jugador (1866).
Al poco tiempo contrajo matrimonio con Anna Snitkina, la mecanógrafa que contratara para transcribir su obra. El ánimo de Dostoievski acabó de quebrarse tras la muerte de su esposa en 1864 seguida poco tiempo después por la de su hermano. Además, su hermano Mijáil dejó viuda, cuatro hijos y muchas deudas a las que Fiódor tiene que hacer frente. Se hundió en una profunda depresión y en el juego, que le siguió provocando enormes deudas.
Para escapar de todos sus problemas financieros, huyó al extranjero. Donde pierde en los casinos el dinero que le quedaba. Allí se reencontró con Paulina Suslova e intentó volver con ella, pero ella le rechazó. En 1865 comenzó la redacción de Crimen y Castigo, una de sus obras capitales, que empezó a aparecer en la revista El Mensajero Ruso con gran éxito.
A la vez, y en sólo veintiseis días, dictó a su joven secretaria Anna Snitkina su obra El jugador. La relación con Anna se va estrechando hasta que se casó con ella en 1867. Juntos, continuaron sus viajes por Europa y en Ginebra nació y murió poco después su primera hija.
En 1868 escribió El Idiota, inaugurando el periodo en el que escribió lo mejor de su obra. A partir del año 1873 publicó la revista Diario de un escritor, en la que escribió él solo, recopilando historias cortas, artículos políticos y crítica literaria, cosechando también gran éxito. Esta publicación se vería interrumpida cuando comenzó en 1878 la redacción de Los hermanos Karamazov, que apareció en gran parte en la revista El Mensajero Ruso.
En 1880 participó en la inauguración del monumento a Aleksandr Pushkin en Moscú, donde pronunció un memorable discurso sobre el destino de Rusia en el mundo. El 8 de noviembre de ese mismo año, terminó Los hermanos Karamazov en San Petersburgo.
Muere en su casa en San Petersburgo, el 9 de febrero de 1881, de una hemorragia pulmonar asociada a un enfisema y a un ataque epiléptico. Fue enterrado en el Cementerio Tijvin, dentro del Monasterio de Alejandro Nevski, en San Petersburgo.
El vizconde E. M. de Vogüé, entonces embajador de Francia en Moscú, que asistió a este funeral, lo ha descrito como una especie de apoteosis. En su libro Le Roman russe, señala que entre los miles de jóvenes que seguían el cortejo, se podía distinguir inclusive a los nihilistas» que se encontraban en las antípodas de sus creencias. Por su parte, Anna Grigórievna señaló, al respecto, que «los diferentes partidos se reconciliaron en el dolor común y en el deseo de rendir el último homenaje al célebre escritor Dostoyevski.
Influencia
La influencia de Dostoievski es y ha sido inmensa, desde Hermann Hesse a Marcel Proust, William Faulkner, Albert Camus, Franz Kafka, Yukio Mishima, Gabriel García Márquez, por mencionar algunos. Realmente ninguno de los grandes escritores del Siglo XX han sido ajenos a su obra (con algunas raras excepciones como Vladimir Nabokov, Henry James o D.H. Lawrence). El novelista estadounidense Ernest Hemingway también citó a Dostoievski en sus libros autobiográficos como una de sus mayores influencias. Esencialmente un escritor de mitos (y a este respecto comparado a veces con Herman Melville), Dostoievski crea una obra con una inmensa vitalidad y un poder casi hipnótico caracterizado por los siguientes rasgos: escenas febriles y dramáticas donde los personajes se mueven en atmósferas escandalosas y explosivas, ocupados en apasionados diálogos socríticos a la rusa, la búsqueda de Dios, el Mal y el sufrimiento de los inocentes.
Los personajes se pueden clasificar en diversas categorías: humildes y modestos cristianos (Príncipe Mishkin, Sonia Marmeladova, Aliosha Karamazov), nihilistas autodestructivos (Svidrigailov, Smerdiakov, Stavroguin), cínicos libertinos (Fiódor Karamazov), intelectuales rebeldes (Raskolnikov, Iván Karamazov); además, los personajes se rigen por ideas más que por imperativos biológicos o sociales. En las novelas de Dostoievski transcurre poco tiempo (muchas veces sólo unos días) y eso permite al autor huir de uno de los rasgos dominantes de la prosa realista, el deterioro físico que produce el paso del tiempo. Sus personajes encarnan valores espirituales, que son, por definición, intemporales. Otros temas recurrentes en su obra son el suicidio, el orgullo herido, la destrucción de los valores familiares, el renacimiento espiritual a través del sufrimiento (siendo este uno de los puntos capitales), el rechazo a Occidente y la afirmación del de la ortodoxia rusa y el zarismo.
Eruditos como Mijáil Bajtán han caracterizado el trabajo de Dostoievski como polifénico: al contrario que otros novelistas, él no parece aspirar a tener una visión única e ir más allá describiendo situaciones desde varios ángulos, Dostoievski engendró novelas llenas de fuerza dramática en las que personajes y puntos de vista contrapuestos se desarrollan libremente en un crescendo insoportable. Todos los críticos coinciden en afirmar que Dostoievski, junto con Dante Alighieri, William Shakespeare, Miguel de Cervantes, Víctor Hugo y otros pocos elegidos, han influido decisivamente en la literatura del siglo XX, especialmente en lo que al existencialismo y al expresionismo se refiere. En toda su obra mostró Dostoievski un inmenso interés por el hombre de su tiempo.
Estaba convencido de que el futuro de la humanidad se hallaba en juego. Por eso sus obras no abordan temas históricos sino actuales. El hombre en la superficie de la tierra no tiene derecho a dar la espalda y a ignorar lo que sucede en el mundo, y para ello existen causas morales supremas", decía. Y su realismo no se detuvo ante las facetas más oscuras del espíritu humano sino, por el contrario, penetró en ellas, colocando a los héroes de sus novelas en las situaciones más extremas, rastreando sus conflictos interiores y sus motivaciones más profundas. Consideraba su deber, en cuanto escritor, encontrar el ideal que late en corazón del hombre, "rehabilitar al individuo destruido, aplastado por el injusto yugo de las circunstancias, del estancamiento secular y de los prejuicios sociales. La temática, y el modo de abordarla, de sus novelas trágicas se adelantaron en el tiempo a los estudios psicoanalíticos sobre el inconsciente, al surrealismo y al existencialismo. En cuanto a lo estrictamente literario, tal vez haya sido su mayor aporte el haber colocado al narrador dentro de la obra, dejando la postura externa de quien relata una historia ajena.

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