EL REY CON COMPLEJOS.
El triste caso del Rubio cholito.
¿
Te has preguntado , por qué el
secretario de Estado de EEUU nos quiere destruir? Su rabia no es contra Cuba y los cubanos. Es contra sì mismo.
Marco Rubio: el hombre que odia al espejo, resumen de la impotencia.
Hablar de Marco Rubio no es hablar de política exterior. Es hablar de una herida. De una grieta que nunca cerró y que terminó convirtiéndose en doctrina, en discurso, en odio organizado. En ganas de matar.
Su desprecio hacia Cuba y los cubanos es evidente. No ha pisado la isla. Cuba no le roba el sueño. Pero sí le robó su sueño: ser, sin discusión, sin lìmites, un estadounidense. Da igual dónde haya nacido. Para el gringo verdadero, Rubio siempre será un latino. Un cubiche con traje caro. Un apellido que no encaja del todo. Un muerto de hambre màs.
No logra odiar a sus padres, así que odia al país que los vio nacer. La familia Rubio no tuvo problemas con la Revolución. Se fueron antes, durante
Batista. No hubo despojo ni épica. El conflicto no es político: es interno. Marco nace en Estados Unidos y aun así queda fuera. Condenado a no pertenecer completamente a ningún sitio.
Estudia, asciende, hace carrera, llega lejos. Incluso alcanza el cargo de secretario de Estado. Pero el éxito no es pertenencia. Es utilidad. Rubio no manda: sirve. Es un instrumento bien educado, bien vestido, pero instrumento al fin. Un perro que mueve su rabo cuando el amo llama. Y eso lo sabe.
Por eso su relación con
Donald Trump es tan reveladora. Trump se le acerca como estratega. Lo mira con el ojo del fotingo. Lo mide, lo usa, lo mantiene a distancia. No hay respeto, hay cálculo. Para el período presidencial iniciado el 20 de enero de 2025, Rubio era un accesorio indispensable: su discurso de odio contra Cuba garantizaba el voto del enclave cubano en Florida. Trump necesitaba esos votos.
Para los demócratas, Florida era negociable. Para los republicanos, no. Sin Florida no había victoria. Matemática pura. Trump se ve obligado a acercarse a un hombre al que nunca habría elegido por afinidad. Para él, Rubio es un mal necesario. Para Rubio, una oportunidad que tal vez no vuelva a repetirse.
La diferencia entre ambos es brutal. Trump camina seguro de su raza, de su linaje europeo, de su pertenencia incuestionable. Rubio, el hijo mestizo de cubanos, avanza al lado de un jefe racista que jamás lo verá como igual. A Vance Trump lo nombra por semejanza, admiración y hasta afecto. Son de la misma sangre simbólica. Rubio es la píldora amarga del gabinete.
Marco Rubio sueña con la silla presidencial. Y en el fondo sabe que nunca la tendrá. No es
Barack Obama. La comunidad afroestadounidense es fuerte, cohesionada, orgullosa. Obama tenía un pueblo detrás. Rubio no. Es un latino mestizo perdido en la jerarquía social estadounidense, muy abajo en la cadena alimenticia. Los blancos no votarán por él. Los negros tampoco. El nacionalismo y el orgullo racial marchan juntos en este país. Rubio no será bandera. Será servidor. Y lo sabe, y eso duele.
No es tan solo tener complejos de inferioridad, sino la certeza de ser un humano realmente inferior en la sociedad en la cual naciste. Saber que no podrás luchar contra tu impotencia, ni saltar el muro que te separa de alguien como Obama o Trump. Ellos son americanos. Tú nunca lo serás. Continuas siendo un cubiche.
Ahí está el centro de todo. El espejo.
Imagínate ser Rubio, mirarte en el espejo y ver tu tez trigueña, tu cabello oscuro, y saber que todo el peróxido del mundo no alcanzará para convertirte en gringo.
Rubio se mira y no ve lo que quiere ser. Ve lo que es. Ve un mestizo. Ve congo y carabalí. Ve un apellido que no ayuda. Vivir dentro de ti y no aceptarte debe doler con pinga. Debe doler todos los días. Debe doler cuando te vistes, cuando hablas, cuando sonríes, cuando callas. Debe doler saber que, hagas lo que hagas, nunca será suficiente.
Trump lo sabe y lo hiere con precisión. Cuando dice que podría verlo como “presidente de Cuba” después de una invasión, no es una broma. Es una puñalada. Es como deportarlo. No es la Casa Blanca: es el destierro. No Washington: La Habana. Es decirle que su lugar no está aquí. Que sigue siendo un emigrante más. Trump no le perdona haberlo necesitado. Nunca le perdonará haber dependido, aunque fuera un instante, de un ciudadano de novena clase. De un cubiche.
Por eso su desprecio hacia Cuba. Cuba es para Rubio la piedra en el zapato. No por lo que Cuba es, sino por lo que representa. Cuba es la imagen de lo que nunca quiso ser y no puede dejar de ser. Es su raíz. Es su procedencia. Es su reflejo más incómodo.
Marco Rubio no nació en Cuba. No tuvo esa escuela. No aprendió a quererse mezclado. Por eso anda roto. Por eso tiene los ojos tristes.
No te sorprendas si nos desprecia. Si desea hundir al caimán en el Caribe. Es su intento desesperado de arrancarse de adentro lo que no puede aceptar.
El mayor peligro para Cuba no es Trump. Es Marco Rubio. Porque un hombre sin identidad no conoce la piedad, la empatía ni la decencia.
Infeliz aquel que nunca tuvo hogar.
Más infeliz aún, quien no puede vivir dentro de sí mismo.