Un millón y medio de ñus, gacelas y cebras que atraviesan la sabana del Serengueti, levantando una nube de polvo que se funde con el horizonte, mientras los cocodrilos acechan en el río Mara y los leones esperan al borde del camino. No es un documental, sino la crónica de la Gran Migración, un espectáculo de la naturaleza que, sin embargo, está en peligro. La imagen de la mariposa monarca, con sus alas naranjas y negras, que recorre 4.500 kilómetros desde Canadá hasta México, una hazaña que dura tres o cuatro generaciones, y cuya población se ha reducido un 90% en 40 años. La imagen de la ballena jorobada, que defeca constantemente y con su hierro fertiliza el fitoplancton, el responsable de más del 50% del oxígeno que respiramos. Estas imágenes, que EL PAÍS reúne en un reportaje sobre la crisis de las especies migratorias, no son postales de la biodiversidad, sino la de una advertencia: más de una quinta parte de las 1.189 especies migratorias estudiadas están en peligro de extinción, víctimas de la degradación de sus hábitats (75%) y de la caza y pesca (70%). La imagen de los animales viajeros, que cada año emprenden rutas milenarias, es la de un éxodo que se enfrenta a un mundo de obstáculos.
Este reportaje no es un compendio de datos, sino el relato de un colapso anunciado. Es el mismo escalofrío que produce la extinción del pigargo o la pérdida de los ojos del tetra de cueva, pero aquí la escala es planetaria. La periodista y los fotógrafos que han documentado estas migraciones (Ralph Pace con sus ballenas, Jaime Rojo con sus monarcas, los Scott con los ñus) nos muestran cómo la acción humana está desgarrando el tejido de la vida. El crecimiento urbano en los Emiratos Árabes Unidos amenaza los manglares, que son el refugio de aves migratorias. La deforestación del bosque Mau en Kenia, que ha perdido el 12% de sus árboles, pone en riesgo el caudal del río Mara, que es la arteria de la migración de los ñus. El uso de herbicidas en Estados Unidos ha eliminado el algodoncillo, la única planta de la que se alimentan las orugas de la monarca. Y en el mar, la ballena jorobada del mar Arábigo, que no migra y está aislada genéticamente, es un ejemplo de la vulnerabilidad de las poblaciones que no pueden moverse. La imagen de la monarca, que ha pasado de ocupar 20 hectáreas de bosque en los años noventa a tan solo una en el último año, es la de un colapso que se mide en hectáreas, pero que significa una pérdida incalculable de belleza y función ecológica.
Las raíces de esta crisis se hunden en la lógica del crecimiento económico y la expansión agrícola, que fragmentan los corredores migratorios y envenenan los ecosistemas. La caza y la pesca, que diezman a las poblaciones, son el otro gran factor. Pero la degradación del hábitat, que afecta al 75% de las especies, es la amenaza principal. La construcción de ciudades, carreteras y presas, la deforestación para el cultivo de aguacate o soja, y el uso de pesticidas, son las herramientas de una guerra silenciosa contra la vida. La imagen del fotógrafo Jaime Rojo, que muestra una oruga de monarca en un algodoncillo junto a un campo de maíz, es una metáfora de la frontera entre la vida y la destrucción. Los conservacionistas Angela y Jonathan Scott, que llevan décadas observando la migración en Kenia, advierten que "estamos presenciando extinciones en tiempo real". Y el oceanógrafo Ralph Pace recuerda que la protección de las especies a menudo se rige por la rentabilidad económica: el atún se salva, pero la vaquita marina, que no es rentable, tiene "los días contados". Es una lógica que olvida que las migraciones no son un lujo, sino un servicio ecosistémico: las ballenas, al defecar, fertilizan el fitoplancton que nos da la mitad del oxígeno que respiramos.
En medio de este éxodo hacia el abismo, la esperanza realista reside en la conciencia y en la acción. Los proyectos de reforestación de manglares en Emiratos, la educación en reservas como Khor Kalba, y la presión de los fotógrafos y científicos para visibilizar el problema, son ejemplos de que se puede actuar. La reducción del uso de herbicidas y la restauración de hábitats clave, como el bosque Mau, son pasos necesarios. La clave está en que la protección de las migraciones se convierta en una prioridad global, que trascienda las fronteras y los intereses económicos. La convención de la ONU sobre especies migratorias es un marco, pero su implementación requiere voluntad política y financiación. El reto es que la historia de las monarcas, de los ñus y de las ballenas no sea solo un réquiem, sino un llamado a la acción.
La imagen de los animales migrantes, que cruzan océanos, desiertos y montañas, es la de una memoria viva de la Tierra. Nos habla de un planeta que se ha movido al ritmo de las estaciones y los instintos durante milenios. La pregunta que su viaje nos deja es profunda y urgente: si los ñus, las mariposas y las ballenas nos enseñan que la vida es movimiento, ¿por qué nosotros, los humanos, hemos decidido construir muros y envenenar el camino? La respuesta está en nuestra capacidad para cambiar. La migración no es solo un fenómeno natural, sino un espejo de nuestra propia humanidad. Si queremos salvar a las especies viajeras, debemos aprender a viajar con ellas, a respetar sus rutas y a entender que su destino está ligado al nuestro. Como dijo Ralph Pace, "no estamos separados de los animales". Su viaje es nuestro viaje. Y si su viaje se detiene, el nuestro también.














