domingo, julio 26, 2026

El tratado de Paris de 1814.




El Tratado de París de 1814, firmado el 30 de mayo (y ratificado con España el 20 de julio de 1814), anuló oficialmente la cesión de la parte oriental de la isla de Santo Domingo hecha a Francia en 1795. De esta manera, Francia devolvió a España la propiedad y soberanía de dicho territorio.Antecedentes y ContextoEl Tratado de Basilea (1795): España había cedido toda su colonia de Santo Domingo a Francia para conseguir la paz en Europa tras la guerra del Rosellón.La caída de Napoleón: La derrota de Napoleón Bonaparte y la restauración de la casa de Borbón en Francia abrieron la puerta a la revisión de los mapas coloniales europeos.Consecuencias del TratadoAnulación de la cesión: El artículo VIII del Tratado de París de 1814 estipuló que Francia devolvía a la Corona española la parte de Santo Domingo que había obtenido años atrás.El periodo de España Boba: Esta retrocesión legal confirmó el retorno formal de la soberanía española a la parte Este de la isla, una etapa de crisis económica y aislamiento conocida en la historia dominicana como la "España Boba", la cual duraría hasta 1821.

Tomado de la Red.

El deguello de Moca

 



El deguello de Moca

El Degüello de Moca o Masacre de Moca

La Masacre de Moca, también conocida históricamente como el Degüello de Moca, ocurrió el 3 de abril de 1805. Fue un evento violento perpetrado por tropas haitianas bajo el mando de Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe contra la población civil de la entonces parte española de la isla de Santo Domingo (hoy República Dominicana).


Una de las principales referencias históricas sobre este hecho, es el libro titulado: Memorias de mi salida de la Isla de Santo Domingo el 28 de abril de 1805, escrito por Gaspar Arredondo y Pichardo, uno de los sobrevivientes del genocidio. El libro fue escrito por Arredondo poco después de haber escapado de la isla. Esta masacre, fue parte de una serie de invasiones militares haitianas hacia la parte española de la isla. El historiador haitiano Jean Price-Mars, afirma que las tropas haitianas aniquilaron a dominicanos de raza blanca, negra y mestiza.


Aunque los haitianos se declararon libres en 1804, Francia nunca reconoció ni aceptó la Independencia de Haití, pues no podía darse el lujo de perder su colonia más valiosa en el Caribe. Tratando de recuperar su colonia a toda costa, Francia (con ayuda de sus aliados ) mantuvo a Haití aislada económica y diplomaticamente y bajo amenaza de invasión militar. Los haitianos tenían miedo de que las tropas francesas ubicadas en la parte española de la isla, lanzaran un ataque militar sobre Haití en cualquier momento.


A finales de febrero de 1805 Dessalines ocupando Hincha y Christophe tomando Dajabón entraron al Santo Domingo Español al mando de 22,000 tropas, con el objetivo de sacar a los franceses de la parte española de la isla, y así evitar un ataque francés hacia Haití desde la parte española, pero no pudieron lograrlo. Las tropas francesas del General Jean-Louis Ferrand lograron destruir el ataque de Haití de manera efectiva.


En su retirada de regreso a Haití. Los pueblos de Monte Plata, Cotuí, La Vega, Santiago, San José de las Matas, Monte Cristi, San Juan de la Maguana y Moca fueron reducidos a cenizas por el derrotado ejército haitiano. Cientos de dominicanos inocentes fueron masacrados, incluyendo a 40 niños que fueron decapitados en una iglesia de Moca (de ahí el nombre de la masacre). Esta masacre es vista en Haití como "una lucha para destruir la esclavitud".


Más tarde, en 1808, los dominicanos dirigidos por Juan Sánchez Ramírez, derrotaron y expulsaron a los franceses de la parte española de la isla en Batalla de Palo Hincado, terminando para siempre con la presencia francesa en Santo Domingo Español.


Cinco años más tarde, Francia le devolvió la parte española de la isla a España oficialmente en el Tratado de París de 1814.


Los habitantes de la parte española de la Isla de Santo Domingo heredaron el gentilicio de Dominicano, que se deriva del nombre de la ciudad capital de la colonia y del nombre oficial de la colonia española. Los dominicanos han utilizado este endónimo desde inicios del siglo 17.

Tomado de la red 


sábado, julio 25, 2026

L a memoria del olvido IV

 

El conjunto de textos presentados (secciones 13 a 16) constituye una unidad lírica y testimonial profundamente desgarradora, honesta y combativa. En este bloque de La memoria del olvido IV, la voz de Domingo Acevedo (Mario Alegría) transita de lo íntimo y familiar a lo colectivo y militante, fundiendo la elegía, la autobiografía lírica y el manifiesto identitario.

1. Mosaico Temático y Estructural

MEMORIA DEL OLVIDO IV
┌──────────────────────────────┼──────────────────────────────┐
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[13/ Papo] [14/ Una canción...] [15-16/ Textos del Origen]
Elegía íntima Elegía política/militante Autobiografía y Raza
• El misterio del dolor • Resistencia en la carretera • Nacimiento bajo la dictadura
• Vínculo con la naturaleza • La fuerza de la multitud • Dignificación del origen humilde
• Retorno por el amor • Ramón Almánzar como guía • El destino del poeta

2. Análisis Sección por Sección

13/ PapoEl dolor de la ausencia y el enigma del suicidio/abandono

  • La herida sin respuesta: Este texto aborda la pérdida de Rafael Acevedo (Papo), hermano del autor. El tono no es de reproche, sino de estupefacción amorosa y respeto ante el sufrimiento ajeno. La frase «Papo se dejó morir... no sabemos las razones» coloca la muerte en un espacio de misterio insondable.

  • Simbolismo marino y terrenal: Papo es retratado como un ser orgánico, ligado al monte, al mar, a los arrecifes y al Malecón de Santo Domingo. Hay una belleza lírica notable en metáforas como:

    «...una inmensa luna llena anclada en los arrecifes de cal de sus ojos oceánicos.»

  • El contrapunto de la redención: La muerte no borra el afecto. Frente a las «noches del olvido», el poeta opone la memoria luminosa y la fraternidad: los amigos no lo juzgan; lo esperan para «encender en su alma la llama de la vida que se le extinguió».

14/ Una canción me hizo recordarLa épica de la clandestinidad y la camaradería

  • El paisaje de la resistencia: El relato capta con precisión cinematográfica la atmósfera de los años de represión política en la República Dominicana. La carretera de noche, los faros indiferentes, la radio y el miedo latente a los retenes militares o emboscadas.

  • Ética militante: El compromiso político no es una abstracción ideológica, sino una vivencia donde la vida se pone en juego:

    «...vender nuestras vidas al precio sagrado de la pólvora y el plomo redentor (...) morir de cara al sol, a la aurora, a la luz.»

  • La victoria del pueblo sobre la muerte: La narración del arresto de Ramón Almánzar en Nagua funciona como una parábola sobre el poder popular. La tiranía y los «esbirros» no temblaron ante las armas, sino ante el clamor de la multitud organizada. Almánzar trasciende como un símbolo que guía a los que quedan.

15/ Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría)El manifiesto de la identidad y la herida histórica

  • El desdoblamiento identitario: La explicitación de su nombre civil y su heterónimo/nombre de lucha (Mario Alegría) reafirma el carácter testimonial y fundacional de esta entrega.

  • El contexto del nacimiento: Nacer en «un amanecer de noviembre» bajo una «dictadura omnipotente» (la era de Trujillo) marca la poética de Acevedo. La infancia no fue inocencia pura, sino observación del horror y la violencia selectiva.

  • Propósito del canto: La voz poética define su razón de ser: levantar la voz como homenaje póstumo a los mártires de la patria y del mundo, enlazando la causa dominicana con el internacionalismo.

16/ Nací en La Esperilla...La poética de la cuna humilde y la resistencia cósmica

  • Geografía social y sensorial: La Esperilla de antaño —muy distinta a la zona urbana moderna— se dibuja con elementos esenciales: casas de yagua, piso de tierra, el olor de los hornos de carbón, potreros y conucos.

  • La figura de Belén y Francisca: Las parteras o matronas adquieren estatura mítica. Sus «manos luminosas» no solo traen al niño al mundo, sino que lo protegen proféticamente para que «el frío de los inviernos remotos no salpicara de escarcha mi alma».

  • La estirpe afrocaribeña y la memoria:

    • Acevedo vincula su nacimiento humilde con la resistencia histórica de América Latina y el Caribe frente a la conquista española.

    • El «tam-tam» de los tambores representa la pervivencia cultural afrodescendiente que los cascos de los conquistadores no pudieron incinerar.

  • El cierre profético y melancólico: El texto concluye con una meditación sobre la vejez, la fragilidad corporal y el destino del creador:

    «El destino de cada poeta está escrito en los pergaminos de su voz (...) muchos terminan laureados en la profunda fosa de la indiferencia y el olvido.» Este cierre le da sentido al título general de la obra (Memoria del olvido): escribir es precisamente la lucha contra esa fosa de indiferencia.

3. Síntesis Estilística y Valor Literario

  1. Dualidad de la voz: Acevedo equilibra con maestría el rigor del denunciante político y la ternura familiar/humana.

  2. Prosa poética de alta densidad sensorial: Abundan las referencias táctiles, olfativas y cromáticas («hoguera anaranjada», «escarcha», «olor a cielo y salitre», «piso de tierra»).

  3. Dimensión Ética: El dolor personal (la pérdida de Papo, la partida de Ramón, la vejez inevitable) no deviene en nihilismo o desesperanza, sino en reafirmación del orgullo de clase, de raza y de lucha.


13/Papo

Papo se dejó morir; no sabemos las razones por las cuales no quiso luchar por vivir, por qué se dejó morir, por qué se abandonó al oscuro destino de la muerte, dejándonos con una profunda pena en el corazón.

Siempre lo recordaremos como era: enamorado del monte, de los animales, del mar y de las noches solitarias del malecón de Santo Domingo; lo imaginaremos sin saber qué dolor escondía en el alcohol y la soledad.

Lo imaginaremos debajo del viejo almendro contándonos historias inventadas de viejo pescador con olor a cielo y salitre, salpicado de estrellas y con una inmensa luna llena anclada en los arrecifes de cal de sus ojos oceánicos.

Lo recordaremos siempre atravesando las noches del olvido, tratando de escapar del dolor y la soledad en que inexplicablemente se sumergió; lo recordaremos caminando erguido hacia donde ya no llegará y donde sus amigos que lo adoran lo esperan con los brazos abiertos para encender en su alma la llama de la vida que se le extinguió.

Siempre lo recordaremos, siempre.

A Rafael Acevedo (Papo), mi hermano.


14/Una canción me hizo recordar. 


Una canción me hizo recordar esas noches en que Ramón Almánzar y yo regresábamos del interior del país, los dos solos, en el más absoluto desamparo.

Recuerdo que muchas veces los compañeros nos acompañaban hasta la salida de los pueblos que visitábamos; de ahí en adelante, solo teníamos como compañía la oscuridad de la noche, las estrellas que brillaban en lo alto del cielo, una canción triste en la radio y las luces de los carros fugaces que, a alta velocidad e indiferentes, iban y venían.

Muchas veces me asaltó el temor de encontrar, en la soledad oscura de las carreteras, un retén militar o, en alguna curva, una emboscada traidora. Eran los riesgos de esa época de turbulencia política en que tú, camarada, resumías en tu figura la resistencia de todo un pueblo.

Si eso hubiese ocurrido, no habría quedado otra opción que vender nuestras vidas al precio sagrado de la pólvora y el plomo redentor. Teníamos la certeza de que, si había que morir, había que hacerlo de cara al sol, a la aurora, a la luz.

Recuerdo aquella vez en que te apresaron antes de llegar a donde yo te esperaba e intentaron por todos los medios intimidarte, doblegarte, desaparecerte, asesinarte... y no pudieron. Tu valor y tu dignidad se multiplicaron en el pecho de todo el pueblo que, en las calles, pedía a gritos tu libertad.

En Nagua, los esbirros, acorralados por la multitud enardecida que gritaba «¡Libertad, libertad, libertad!», temblaron y no pudieron consumar el propósito de tu muerte. No pudieron llevarte a ningún otro lado sino a la libertad pura y simple; victorioso, el pueblo te acompañó en caravana por todas las calles de Nagua hasta tu casa en la capital.

La unidad y la resistencia del pueblo vencieron las pretensiones del gobierno de matarte. Hoy no estás entre nosotros, Ramón; la muerte traidora te llevó lejos, pero seguimos tu ejemplo. Eres nuestro guía, eres la luz que ilumina nuestro sendero.

A Ramón Almánzar.


15/Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría


Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría), nací en el continente americano, en una isla del mar Caribe llamada Santo Domingo, hijo legítimo del amor proletario de mis padres.

Nací en la remota soledad de un amanecer de noviembre, en una época marcada por la crueldad de una dictadura omnipotente y omnipresente que llenó de sangre y luto los inverosímiles espacios del tiempo; una época donde las personas, prisioneras del miedo, vivían desterradas de todo sosiego.

En ese tiempo turbulento, de mordaza y espanto, quedaron atrapados mis sueños tras los cristales temblorosos de esos días aciagos de terror y muerte. En mis ojos infantiles quedó grabado para siempre el horror al ver cómo eran asesinados, de manera selectiva, hombres y mujeres cuyo único delito fue amar a su patria por encima de todas las cosas.

Por eso, hoy levanto mi voz como un homenaje póstumo a quienes, en mi país y en el mundo, han sacrificado sus vidas en pos de construir una patria justa, solidaria y libre.



16/Nací en La Esperilla.


Nací en La Esperilla, junto al camino real, en una casita de yagua con piso de tierra, bajo el cielo parpadeante de un amanecer salpicado por el rocío del otoño e impregnado por el olor reciente y vegetal de los hornos que ardían a fuego lento más allá de los límites de la aurora.

Fueron las manos luminosas de Belén y Francisca las que, con asombro, me sacaron del vientre tibio y florecido de mi madre; las que lavaron mi piel recién hecha; las que me vistieron de ternura y me depositaron junto a la hoguera anaranjada del amanecer, para que el frío de los inviernos remotos no salpicara de escarcha mi alma, para que mi piel —siempre tibia— no se derritiera en las noches dejando un rastro invisible de mariposas muertas en la dermis arrugada del tiempo.




17/Nací junto al camino real entre carboneras, conucos y potreros



Yo, Domingo Acevedo (Mario Alegría), nací junto al camino real, entre carboneras, conucos y potreros, un amanecer esplendoroso de noviembre, envuelto en la melancolía del otoño tropical. Nací lejos del mar y la primavera, lejos de las mariposas de junio, entre la alegría y la esperanza de los de mi raza.

Una raza que, junto a la hoguera milenaria de los sueños, todavía danza alegre al compás rítmico del tam-tam de los viejos tambores, evocadores de un tiempo diluido entre las cenizas de los siglos. Cenizas que, todavía en el horizonte ensangrentado de nuestra historia, arden bajo los cascos de los caballos de los conquistadores que en vano intentan incinerar nuestra memoria. Y hoy, aquí nosotros, en América, orgullosos de nuestra estirpe, evocamos en una danza nuestro pasado.



18/El destino de cada poeta está escrito en los pergaminos de su voz


Pronto mis manos no podrán agarrar con firmeza la vida que se me escapa, ni mis piernas podrán sostener este armazón de carne, sangre y huesos que porta mi espíritu y que el tiempo desploma.


El destino de cada poeta está escrito en los pergaminos de su voz, sus palabras lapidan su destino, muchos terminan laureados en la profunda fosa de la indiferencia y el olvido. 

Domingo Acevedo.





La memoria del olvido III

 

Las narraciones 9 a 12 de La memoria del olvido III revelan la profundidad de una obra que entrelaza con maestría la elegía familiar, el mito alegórico, el realismo mágico y la memoria histórica dominicana. Domingo Acevedo construye en esta secuencia un arco narrativo que va desde la intimidad del hogar hasta la epopeya nacional y el posterior exilio interior.

A continuación, se presenta un análisis temático y estilístico de estos cuatro relatos:

1. "Qué triste y sola está la casa" (Relato 9)

La elegía familiar y los estragos del tiempo

Este texto funciona como un canto elegíaco donde el espacio físico de la casa refleja el vacío dejado por la muerte y la dispersión.

  • La ausencia y la inexorabilidad: El paso del tiempo y la muerte irremediable devoran la infancia y la juventud. La enumeración de los hermanos difuntos o ausentes (Leónidas, Julio, Felipe, Sergio, Papo) resalta el despojo progresivo del núcleo familiar.

  • La figura materna como ancla de ternura: Mamá, a sus noventa y cuatro años y en silla de ruedas, personifica el último hilo de memoria física que queda. Su olvido senil y su sonrisa instintiva transforman el dolor en una manifestación de amor puro.

  • La dignidad en la pobreza: Destaca la reconciliación con el pasado: "lo tristemente felices que fuimos en nuestro escaso mundo de estrechez". La miseria no destruyó el afecto, sino que forjó la calidez de la nostalgia.

2. "El centauro" (Relato 10)

La alegoría del exterminio y la resistencia colonial

En un giro mítico, Acevedo utiliza la figura de la criatura mítica para denunciar la voracidad de la colonización y el concepto impuesto de "civilización".

  • El desplazamiento del mundo natural: El bosque pacífico y ancestral representa el orden originario destruido por el egoísmo del "hombre blanco".

  • El camuflaje existencial: El centauro, único sobreviviente, debe "disfrazarse de humano" para subsistir en la modernidad. Esta metamorfosis simboliza la transculturación forzada y la pérdida de la esencia ancestral frente a las injusticias del progreso impuesto.

  • El suicidio como liberación: El salto al precipicio no representa una derrota definitiva, sino un acto de dignidad final para recuperar la libertad en un mundo que exterminó lo sagrado.

3. "Ángel" (Relato 11)

El mito, la naturaleza y la inocencia mística

Este relato introduce al personaje emblemático de Ángel bajo las claves del realismo mágico del Caribe.

  • La singularidad del ser diferido: Nacer "con los ojos abiertos", la piel fosforescente, el pelo amarillo y los ojos cristalinos ubican a Ángel en un plano místico. Es un ser liminal, demasiado frágil para la brusquedad terrenal.

  • El sincretismo y la cosmovisión dominicana: La narración teje elementos del folclore local (ciguapas, galipotes, duendes, taínos, el heroísmo de Guarocuya y Sebastián Lemba). El origen de Ángel oscillating entre el relato bíblico/celestial de la tía Raquel y el origen mitológico del bosque (hijo de una ciguapa).

  • El refugio en la naturaleza: Ángel rechaza la rigidez de la escuela para integrarse al bosque, la lluvia y la clorofila, conectando con las raíces profundas del territorio.

4. "Ángel II" (Relato 12)

La ruptura histórica y el trauma de la Guerra de Abril de 1965

Es el punto culminante donde la poética de la infancia colisiona de frente con la realidad histórica de la República Dominicana.

  • La pérdida del edén por la guerra: La contienda bélica interrumpe bruscamente la lírica de la infancia. El héroe místico del bosque se convierte en un combatiente constitucionalista en las trincheras de la Revolución de Abril de 1965 y la invasión estadounidense.

  • El fantasma de la Ciudad Colonial: La referencia a La Cafetera de la calle El Conde ubica la narrativa en un mapa geográfico e intelectual emblemático de Santo Domingo. Ángel pasa de ser un niño volador a un fantasma urbano que deambula recordando los combates del 15 y 16 de junio.

  • Arelis y la tragedia del amor inconcluso: Arelis, la niña que soñaba con alcanzar la luna, muere de nostalgia en la vieja escuela, encarnando a la patria golpeada que esperó en vano la restitución de la paz.

  • El trauma imperecedero: La imagen de Ángel, ya viejo, conservando su piel fosforescente bajo los faroles de la zona colonial, simboliza a toda una generación atrapada en el dolor de los sueños truncados por el armisticio del 3 de septiembre de 1965.

Hilos conductores en la narrativa de Domingo Acevedo

Eje TemáticoManifestación en los Relatos
La Nostalgia y la MuerteLa casa vacía (9), la extinción de las criaturas (10), la muerte de Arelis y el vagabundeo de Ángel (12).
El Antimperialismo y la ResistenciaLa crítica al "hombre blanco" en El centauro (10) y la resistencia contra el "grosero invasor" en Ángel II (12).
El Realismo Mágico DominicanaLa naturaleza animada, la piel fosforescente y las ciguapas que enmarcan la figura de Ángel (11).
El Espacio Geográfico e HistóricoDel bosque originario y los conucos rurales a las trincheras de la Ciudad Colonial y la mítica calle El Conde.



9/Qué triste y sola está la casa

Qué triste y sola está la casa. En ella solo quedan Juana María y Mamá. Ya nosotros nos fuimos a vivir a otro lugar; también Leónidas se fue lejos con sus hijos, y Julio, Felipe, Sergio y Papo no regresarán, como de costumbre en las tardes, después de sus labores al hogar.

Se murieron uno tras otro, sin que pudiéramos hacer algo por salvarlos de la muerte cierta e inevitable.

Yo también moriré un día; todos nos moriremos irremediablemente. Es el cruel destino de todo ser humano: terminar enterrado bajo la tierra en un ataúd, para ser alimento de los gusanos.

A veces, por la tarde, llego a la casa con la pesadumbre de la soledad y la nostalgia, y miro a Mamá con sus noventa y cuatro años, sentada en su silla de ruedas. Ya no se acuerda de mí; hace tiempo perdió la memoria y la capacidad de caminar, pero todavía está viva y la queremos igual, con el mismo amor y la misma ternura de siempre.

Desde su silla de ruedas me mira y sonríe, como si se acordara de mí, pero solo es la costumbre de verme llegar todas las tardes hasta donde ella está para darle un abrazo de ternura.

Qué pena no tener vida para pagarles a ella y a Papá todo el amor que me dieron.

Recuerdo sus afanes y desvelos por hacerme feliz, por hacernos a todos felices en medio de la pobreza y el hambre.

Qué época aquella en que sufrimos y disfrutamos nuestra pobreza; lo tristemente felices que fuimos en nuestro escaso mundo de estrechez y miseria.

Hoy nos queda la calidez de la nostalgia y los recuerdos de esa época en que compartíamos el maravilloso sentimiento de vivir fraternalmente juntos, bajo un mismo techo



10/El centauro

Recuerdo con tristeza que hace más de quinientos años, antes de la llegada del hombre blanco a estas tierras, compartíamos el bosque en paz las diversas criaturas.

Ellos, después de construir rústicos poblados que con el paso del tiempo se convirtieron en hermosas ciudades, en su inmenso egoísmo no se conformaron con las tierras que tenían. Se fueron adueñando poco a poco, y por la fuerza, de todos los territorios de más allá del horizonte donde habitábamos nosotros. No valió que resistiéramos: los caminos se fueron tiñendo con la sangre de las criaturas del bosque; todo el que se opuso fue eliminado.

Yo, el último sobreviviente de aquellas batallas, el heroico y solitario guerrero de las sombras, el que no pudo ser vencido por la crueldad del hombre blanco, el que no cayó en sus engaños y trampas, el más temido y odiado… derrotado por el cansancio, el tiempo y la modernidad, no tuve más remedio que disfrazarme de humano para poder sobrevivir a la maldad de quien se llamaba a sí mismo civilizado. Cuánto me costó adaptarme a sus defectos y miserias, a sus injusticias, a su inhumanidad.

Hoy que el tiempo ha pasado, envejecido en mi soledad casi eterna y arrastrando el dolor del exterminio, ya no puedo más; no tengo fuerzas para seguir escondiendo quién soy. Es por eso que esta tarde he decidido lanzarme desde este precipicio hacia la libertad.



11/Angel.


Ángel siempre tuvo la certeza de que era alguien especial, y más cuando recordaba lo que le decía su tía Raquel: que él había nacido con los ojos abiertos cuando, en aquella época antigua, todos los niños nacían con ellos cerrados; que esa mañana el cielo estaba tan profundamente azul claro, como esas mañanitas cálidas del verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles.

Decía ella que todos los que se dieron cita esa mañana en aquella humilde vivienda junto al camino real —incluyendo a la partera, que en lo que tenía de vida haciendo partos nunca había visto semejante cosa— se asombraron cuando los miraste a todos desde tu inocencia con aquellos ojos tan claros, que te vieron el alma palpitando en el pecho. Supieron entonces que tu nacimiento fue una invención de la imaginación colectiva para justificar la llegada al mundo de aquel niño que fue creciendo entre el asombro de las personas del pueblo, el amor y el cuidado de sus padres, y los afectos de sus hermanos, quienes lo adoraban como a algo que no iba a durar para siempre por lo extremadamente frágil que parecía; pensaban que de cualquier tropezón que diera con una piedra se iba a quebrar como un cristal.

Así fue creciendo Ángel, aquel niño retraído y triste, con pocos amigos para jugar y hablar, mirando todas las cosas desde la cristalizada ausencia de sus ojos. Con frecuencia se perdía por el bosque y la gente especulaba que podía hablar con los pájaros y el viento, que tenía la simiesca habilidad de trepar con facilidad a los árboles hasta alcanzar las copas más altas —desde donde casi podía tocar el cielo con las manos—, y algunos decían que hasta lo habían visto en las tardes volar y hacer piruetas con las golondrinas.

Lo cierto es que Ángel no se parecía a nadie en el pueblo, y menos a sus hermanos. Su madre, para justificar aquellas dudas, decía a las personas que él tenía un parecido con un familiar lejano de su padre que era descendiente de español. Tenía el cabello crespo, excesivamente amarillo, los ojos tan claros que parecían dos pocitos de agua cristalina, nariz puntiaguda, labios delgados y la piel de una palidez tal que en las noches de luna llena parecía fosforecer en la oscuridad, haciendo juego con sus cabellos enmarañados y rubios. Con esos detalles se destacaba entre todos los muchachos del pueblo, que eran de piel oscura.

Cuando llegó el tiempo de ir a la escuela opuso mucha resistencia, pero ante la insistencia de sus padres aceptó ir. Fue aprendiendo con facilidad todo lo que le enseñaban, pero no era feliz yendo a la escuela; prefería los conucos, los potreros y el bosque a ir todos los días a esas edificaciones llenas de niños bullangueros y revoltosos que lo miraban con extrañeza, como si fuera un ser de otro mundo, niños que lo tocaban para ver si era real y luego se alejaban asombrados.

Ángel amaba la lluvia, el relámpago y el trueno. Cuando llovía, salía corriendo en pantalones cortos y descalzo en medio de la tormenta ante la preocupación de sus padres. Se perdía por los caminos mojados saltando entre los charcos, que parecían espejos de agua que reflejaban ese mundo imaginario de taínos que habitaban en las profundidades de los ríos, de duendes, galipotes y ciguapas donde Ángel habitaba en secreto. Su madre, temerosa e impaciente, llena de malos presagios, lo esperaba en la puerta de la casa que daba al camino real hasta que, después de la lluvia, él regresaba por el sendero por donde se había marchado, con la piel fosforescente y húmeda de clorofila y ozono.

De su casa a la casa de su tía Raquel había un camino solitario con árboles gigantescos, animales fantásticos, pájaros de muchos colores, puercos cimarrones y hermosas ciguapas que acechaban invisibles desde los matorrales a los caminantes. Ángel cruzaba con frecuencia ese camino para ir a preguntarle a su tía sobre su procedencia. Ella siempre le contaba la misma historia y él se quedaba con la misma duda: si realmente era un niño especial, diferente a los demás, se preguntaba qué era lo que lo hacía especial. Entonces iba al espejo y se miraba por largo rato, y muchas veces creyó ver dos alas crecer en su espalda; se asustó tanto que duró mucho tiempo sin volver a mirarse a través de ese cristal que reflejaba a alguien que no era él.

El tiempo se fue diluyendo entre la monotonía pueblerina, la escuela, los conucos, los potreros y el bosque. Al regresar de la escuela en las tardes, dejaba los cuadernos en cualquier lugar, le daba un beso a su madre —que lo adoraba con locura— y se perdía por el camino entre los árboles, con los que parecía ir conversando quién sabe de qué, mientras los pájaros se arremolinaban sobre su cabeza y, después de trinar alegremente, seguían su vuelo hacia sus nidos. Ya entrada la noche, regresaba vestido de oscuridad y con los ojos encendidos con el fulgor de todas las estrellas del universo a acurrucarse en los brazos de su madre, quien lo apretaba con fuerza en su regazo para luego depositarlo en algún rincón cálido de la casa junto a sus hermanos, que lo abrazaban y lo mimaban con ternura mientras ella se iba a preparar la cena. Esperaba a que su esposo llegara de los conucos, sudoroso y cansado, entrara a la cocina, le diera un beso y luego se fuera al patio trasero a darse un baño, para acomodarse todos de cualquier manera en la pequeña vivienda a cenar.

Después de cenar, todos se iban a la cocina a escuchar junto al fuego de los fogones, de boca de su padre, historias de muertos y fantasmas que les erizaban la piel, y entonces se acurrucaran uno contra otro buscando en el calorcito de la piel el valor necesario para poder irse a la cama a dormir sin temores.

La escuela era el punto de encuentro de los niños y jóvenes del pueblo y los sectores aledaños, en la que poco a poco fue haciendo algunos amigos: Victoria y Julián, que eran hermanos y que, al igual que él, mantenían cierta distancia con los demás niños; César y Junior, con los que hacía equipo para jugar en los recreos; Arelis, que lo miraba con los ojos del amor; y Guancho, su primo, con el que a veces se perdía por el bosque en busca de los fantasmas de los abuelos que se murieron prisioneros de sus sueños, sin poder volver a ver el mar por donde llegaron sus ancestros a estas tierras en grandes canoas a trabajar como esclavos en las plantaciones y las minas del hombre blanco —en cuya conciencia todavía hay un rastro de cadáveres flotando en el océano que une a los dos continentes en el dolor de la esclavitud y el exterminio de dos razas unidas en el heroísmo de Guarocuya y Sebastián Lemba, que en Santo Domingo defendieron con denuedo su derecho a vivir en libertad—.

Ángel, con sus trece años a cuestas, no tenía más sueños que el de poder vivir en libertad con sus amigos del bosque, sin ninguna prisa que lo atara a tener que ir a una hora determinada a la escuela, donde Arelis todas las tardes lo esperaba en la puerta para tomarlo de la mano y llevarlo al pupitre donde ella estaba sentada para que estuviera a su lado. Ella apenas tenía once años, la edad suficiente para soñar que con él podía alcanzar la luna, de donde muchos suponían que Ángel venía por el color de su piel, de sus cabellos y de sus ojos, y por las preocupaciones de su madre, que muchas veces, desesperada, lo buscaba porque había escuchado su voz que la llamaba desde el cielo.

Ángel seguía perdiéndose con frecuencia en las habitaciones secretas del bosque a conversar con los árboles, los animales y los pájaros, a buscar huellas de ciguapas en los senderos que se perdían en la distancia imaginaria de los sueños para que ellas le contaran esas viejas historias, casi olvidadas en la eternidad, que decían que él era hijo de una ciguapa que había muerto de parto. Que no era como decía su tía Raquel —que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua todos los niños nacían con los ojos cerrados, y que esa mañana el cielo estaba tan profundamente azul claro como esas mañanitas cálidas de verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles—, sino que la mujer que lo había criado y a quien adoraba como su verdadera madre lo había encontrado acurrucado en un lecho de lirios y flores silvestres que su madre, antes de morir, construyó en un claro del bosque.


12/Ángel II

Para Ángel, ya la vida no tiene sentido: la guerra destruyó todas las cosas que amaba, a su familia, a sus amigos, a los animales, al bosque. Por eso, cuando cesó el conflicto, no encontró el camino de regreso a casa ni a los brazos de Arelis, quien a duras penas sobrevivió a las inclemencias de la guerra para esperarlo, recostada en los recuerdos y la soledad del tiempo perdido.

Ella, cuando miraba la luna, pensaba que él, inalcanzable, habitaba en ella; por eso se fue muriendo de pena y olvido sin que nadie pudiera hacer nada por salvarla de la soledad y los recuerdos.

Se murió de nostalgia una tarde de otoño, en la puerta de la vieja escuela ya abandonada, esperando el regreso de un fantasma que nunca llegaría a la cita final, porque se quedó vagando, perdido en la ciudad en la que peleó con heroísmo por un sueño que quedó trunco con la firma del armisticio aquel tres de septiembre de 1965.

A veces, ya viejo y cansado, lo encuentro en La Cafetera de la calle El Conde; lo invito a un café y me cuenta con los ojos llorosos la misma historia de siempre: de cómo aquellos jóvenes, pletóricos de heroísmo, enfrentaron en la trinchera del honor de la ciudad amurallada al grosero invasor. De cómo logró sobrevivir a los intensos combates de los días 15 y 16 de junio, cuando los gringos, en vano, intentaron tomar la ciudad amurallada en los sueños y el heroísmo de los combatientes de abril.

Luego, sin decir palabra, se aleja cabizbajo y triste. Pienso entonces con pena que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo el mismo niño de siempre: solitario y triste, con el cabello ensortijado y rubio, los ojos claros como dos pocitos de agua cristalina y esa piel con un color tan pálido que, en las noches, bajo la luz de los faroles de la Ciudad Colonial, fosforece. Ahora, atrapado entre la soledad y los recuerdos, vive perdido en los oscuros laberintos de los sueños, de donde ya nunca más podrá escapar de la soledad y el olvido.


Domingo Acevedo.


La memoria del olvido II

 

Estas tres nuevas entregas de La memoria del olvido II —compuestas por las secciones 6/Desde donde vivo puedo ver el mar distante, 7/Labradores de sueños y 8/La insignificante grandeza— marcan una transición lírica y conceptual profunda en el universo narrativo de Domingo Acevedo.

Aquí la obra trasciende el mero recuerdo familiar para estructurar una geografía poética e histórica del Caribe, donde la memoria individual se entrelaza de forma indisociable con la identidad colectiva, la marginación social y el advenimiento violento de la modernidad.

1. Núcleo Histórico y Geográfico: Haina y la Periferia Dominicana

A diferencia de pasajes más abstractos, en estas secciones la memoria se ancla en coordenadas físicas y geográficas muy precisas del mapa dominicano:

  • El Muelle y el Río Haina: El río Haina no solo actúa como un límite geográfico que divide el muelle, sino como una frontera simbólica. A un lado se erige la infraestructura iluminada del puerto (el comercio, la presencia militar, las bengalas y los disparos de fusil); al otro, yace la oscuridad y la precariedad de los barrios haineros.

  • Manganagua y el Camino Real: Referencias a la laguna de Manganagua (espacio de pesca de tilapias y jicoteas) y al «camino real» traen a la luz un paisaje periurbano en transformación. Es la visión de una comunidad rural/suburbana en la periferia de Santo Domingo, subsistiendo a base de la recolección, la caza menor y la elaboración artesanal de carbón.

2. Análisis Semiótico de los Capítulos

Section 6: Desde donde vivo puedo ver el mar distante

Este texto establece una potente atmósfera de aislamiento y contemplación.

  • La Dualidad del Agua: Existe un mar distante (visto desde la ventana) habitado por marineros «prisioneros del salitre» y sirenas míticas, que contrasta con el río Haina y las aguas estancadas del lodazal donde los campesinos siembran arroz.

  • El Sol Inclemente y el Espantapájaros Humano: Una de las imágenes más estremecedoras y crudas de toda la serie es la del trabajador que muere deshidratado bajo el sol inclemente del Caribe. Su cuerpo es colgado en una cruz de guayacán en medio del arrozal como espantapájaros. Es una metáfora feroz sobre la deshumanización del trabajo rural y el nivel extremo de explotación de la tierra.

  • Resiliencia y Ritualidad: Pese al hambre, la prolongada sequía y la escasez (donde faltan el yambí, el maquey o la guáyiga), la llegada de Felipe y Ñoñó con pescados y jicoteas transforma el hogar. La preparación del caldo de tilapia, el fuego, el calor familiar junto al perro León y la burra Julia, convierten la noche en un espacio sagrado de comunión. La comunidad se dispone a invocar la «danza de la lluvia» en el patio de la abuela Mamá Tita para conjurar la sequía, apelando al saber ancestral.

Section 7: Labradores de sueños

  • El Padre como Figura Heroica y Mártir: La descripción del padre preparando a la burra Julia y marchando al monte a vigilar la carbonera transmite un respeto sublime por la dignidad del trabajo humilde. El padre amanece a la intemperie sobre sacos de cabuya, cuidando que el horno de troncos no se vuelva cenizas.

  • La Economía de Subsistencia: La pregonería del día a día («¡Verduuuras, yuuuca, aguaaaaacates... marchanta llevo carbooon!») contrapone la belleza poética del espíritu con la dureza de vender los frutos de la tierra por «miserables monedas» en una ciudad hostil.

Section 8: La insignificante grandeza

Es la climax reflexivo y sociopolítico de este bloque narrativo.

  • El Choque del Progreso (Tradición vs. Modernidad): Acevedo poetiza la desposesión. La ciudad no es solo un espejismo de luces, cines (en las avenidas Mella, Duarte y la calle El Conde) y casinos; es una fuerza invasora cuyos «monstruos mecánicos trituraban entre sus fauces todo lo que encontraban a su paso». La modernidad sepulta los conucos, desplaza la cultura rural y encierra a la comunidad en «los cubículos del olvido».

  • La Raíz Afrocaribeña e Internacionalista: El relato entronca de forma explícita con la diáspora y la memoria del cimarronaje. Los abuelos danzan alrededor de la hoguera y transmiten la memoria oral: la huella del látigo, las luchas contra el hombre blanco, el dolor irremediable del desarraigo y el «anhelo inútil por volver a África». Aquí, la voz del narrador sitúa la experiencia local dominicana dentro de un contexto caribeño y anticolonial mucho más amplio.

3. Elementos Estilísticos y Poéticos

  1. Lirismo Telúrico: La prosa de Acevedo mantiene una sensorialidad extrema. El aire «huele a bosque seco, a luna llena y a caldo de pescado»; la noche se siente «pegajosa de oscuridad»; las garzas en el arrozal «refulgen como blancos pedazos de papel».

  2. Símbolos Recurrentes:

    • El Sol: Es a la vez creador y destructor (achicharra el monte, devora la vida, pero marca las horas y el crepúsculo).

    • Julia y León (Los Animales de la Casa): Representan la lealtad incondicional, la integración orgánica de la naturaleza en la estructura familiar.

    • La Quimera: La aspiración constante del niño-narrador de «atravesar los límites ancestrales del monte» para atrapar la felicidad y entregársela a sus padres.

  3. Perspectiva del Niño / Memoria Mítica: El narrador contempla la dureza de la pobreza a través de una mirada infantil cargada de asombro y dignidad. No hay autocomprensión desde la miseria, sino desde la insignificante grandeza: una vida humilde revestida de valor espiritual e histórico.

Síntesis

En estas páginas, Domingo Acevedo no solo rescata la estampa bucólica del monte o la tristeza del aislamiento campesino; construye un monumento poético a los marginados. Muestra cómo la llegada del «progreso» y el crecimiento urbano aplastaron un modo de vida arraigado en la tierra y en la memoria africana, dejando únicamente las cenizas de la nostalgia y la permanencia indestructible de la palabra hablada.



6/Desde donde vivo puedo ver el mar distante


Desde donde vivo puedo ver el mar distante levantarse más allá del muelle, lamer con su lengua azul el horizonte.

A veces el viento del sur arremolina en la mirada residuos de olas resecas por el sol, plumas de pelícanos gigantes, huesos de peces invisibles y restos de barcos hundidos por los siglos.

El río Haina divide el muelle en dos partes iguales, el muelle que permanece iluminado más allá de la oscuridad de los barrios haineros.

De vez en cuando una bengala ilumina la noche o un disparo largo de fusil estremece el viento y ahuyenta a los polizones y a los ladrones furtivos de mercancías baratas.

Desde mi ventana puedo ver los barcos anclados tan lejos de los sueños, y siento pena de los marineros prisioneros del salitre y la distancia, que sueñan con hermosas sirenas que les roban el corazón para esclavizarlos en su mundo submarino de calamares fantásticos, caballitos tiernos de mar y peces de colores.

A esta hora el camino real está desierto; una brisa caliente levanta nubes de polvo que se pierden entre los matorrales resecos.

Es mediodía. En julio el verano achicharra todo el monte y la primavera es un vestigio lejano de flores y mariposas, derretido en el recuerdo de los abuelos que, debajo de una mata de mango, dormitan en el efímero esplendor de los sueños.


El sol chorrea su luz sobre los tejados de las casitas del pueblo.

El sol chorrea su luz sobre los tejados de las casitas del pueblo que, más allá de los arrozales y junto a la montaña, parece una acuarela de vivos colores tropicales enmarcada en el horizonte del mediodía.

La vista se pierde en el verde de los arrozales, simétricamente recortados en cuadrados perfectos. Las garzas refulgen al sol como blancos pedazos de papel que el viento zarandea de un lado para otro, mientras los hombres chapalean en el lodazal haciendo sus faenas, entonando antiguas canciones aprendidas de sus abuelos e intentando con ellas aminorar la fatiga producida por el trabajo bajo el sol inclemente del Caribe, que les exprime la piel hasta la última gota de sudor.

Cuando algún trabajador muere deshidratado por los efectos del sol y la sed, se hace una cruz de guayacán: cuelgan de ella al infeliz y lo ponen en medio de los arrozales para que su cadáver espante a los pájaros que vienen de lejos a comerse el arroz.




He seguido las huellas del sol dibujadas en el rostro del atardecer. Ya oscurece; esperamos a Felipe y a Ñoñó, que fueron a pescar tilapias a la laguna de Manganagua.

Han sido duros todos estos días en el largo trajinar del hambre. La sequía destruyó toda la cosecha; el monte, achicharrado por el sol, resplandece con las primeras estrellas y nuestras miradas se pierden entre las sombras de la noche, esperando ver aparecer a nuestros hermanos por el camino real.

Nos inquieta su tardanza; además, el hambre hace estragos en nuestros estómagos. En la cocina, mamá mantiene el fuego encendido; papá aún no regresa del monte, anda cortando troncos de madera para preparar un horno mañana.

Han sido largos todos estos días de penuria. No hay maquey, ni yambí, ni guáyiga para hacer chola; el monte está desolado. Con esta prolongada sequía, hasta las aves se han ido a otros lugares.

Desde aquí puedo ver el fuego encendido en la cocina de Popó Candela. Negra, su esposa, debe estar haciendo la cena.

Imagino a Juana Ligia y a Miguela jugando con las sombras de la noche más allá de las anacahuitas gemelas, bajo los limoncillos florecidos de eternidad de la tía Tatín.

Inmerso en mi soledad, escucho las canciones tristes de la vellonera de la pulpería de Andrés Longo; cierro los ojos y se me humedecen de estrellas.

No sabemos qué hora es, pero presentimos la presencia cercana de nuestros hermanos. Oteamos el horizonte; el viento nos trae su olor a sudor mezclado con el olor húmedo a 

El largo camino de la esperanza.

laguna de los pescados. Suspiramos tranquilos: ya podemos sentir sus pasos certeros en la oscuridad. Silban para decirnos que llegaron; vienen felices, cargados de tilapias y jicoteas.

En medio del patio nos abrazamos bajo el cielo infinito de estrellas. Mamá sale y también los abraza. Nos preparamos debajo de la mata de javey para quitarles las escamas a los pescados y preparar las jicoteas. Ellos apartan un poco para llevar a sus casas; son muchos, no nos los comeremos todos esta noche.

Papá llega sudoroso, con toda la oscuridad de la noche pegada en la piel. Deja a Julia libre, que se acerca hasta donde nosotros estamos; rebuzna y sacude la cabeza: es su manera de decirnos «yo también estoy aquí». León ladra alegre, juguetea, salta, nos lame las piernas y luego se acomoda en el suelo junto a nosotros.

Después de limpiar los pescados, buscamos un lugar en el patio donde encender una fogata y nos sentamos alrededor de ella. Ya mamá hierve los pescados; hace un caldo con sal, ajo, cebolla y orégano. No hay nada más, pero será suficiente por el día de hoy.

Mientras se cocinan los pescados, reímos, contamos historias y entonamos canciones ancestrales. León nos mira con asombro y Julia descansa hasta que mi padre la lleve al lugar donde pasa la noche, cerca de la casa, debajo de la mata de café cimarrón.

Ella y León son parte de la familia. Después de comer, Felipe se irá a dormir con la tía Aurora y Ñoñó se irá donde la tía Amantina; ella lo crió desde muy pequeño.

Más allá de la alambrada, los grillos cantan incesantes a las estrellas; entre mis ojos cabe todo el universo. La noche huele a bosque seco, a luna llena y a caldo de pescado. Busco el calor de mis dos hermanos mayores: me siento entre los dos y los miro con orgullo. Admiro su destreza en el bosque, lo buenos que son cazando y pescando. Un día seré como ellos y podré ir por el monte, llegar más allá de los límites ancestrales y cazar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que anhelan.

Mamá nos llama, es hora de comer. Entramos a la casa; en la sala, la llama de la lámpara danza al compás del viento. Por momentos parece que se apagará, para luego renacer de sus cenizas como un ave fénix. Está sabroso el caldo, solo que las tilapias tienen muchas espinas; hay que comerlas con sumo cuidado para que no se quede una en la garganta. Es una pena que no apareciera un coco para cocinarlas. Nos quedan algunas para mañana y tres jicoteas para los días siguientes, así que podremos invitar a otros vecinos a compartir nuestra comida.

Manuel, mi pequeño y solitario amigo, hace rato que se fue, tal vez con hambre. Imagino que vive allá, muy lejos, donde se ve aquella lucecita distante; él nunca ha querido llevarme a su casa.

Ya comimos, es hora de dormir. Felipe y Ñoñó se despiden entre abrazos y sueños, y me dicen que mañana temprano me llevarán con ellos a las distantes regiones del norte a cazar, que me prepare, que pasarán a las seis de la mañana por mí. Me voy a la cama feliz, el corazón no me cabe en el pecho: mañana por fin podré ir a cazar.

Nosotros conocemos y amamos cada palmo de nuestra tierra; amamos el viento, las nubes, los animales, las aves, los árboles, las mariposas, la lluvia y la primavera que hace florecer al bosque. Cada camino tiene un horizonte que termina en nuestros sueños y, en definitiva, nuestro amor por la madre tierra es el amor por la vida, es el amor a Dios que lo ha creado todo tan perfecto.

Para mí lo más importante es que se acerca el día en que podré atravesar los límites ancestrales del monte e intentar atrapar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que siempre hemos soñado.

Mientras cierro los ojos, escucho los tambores lejanos que invitan para mañana en la noche a ir a bailar en el patio de la abuela Mamá Tita la danza de la lluvia, para conjurar la sequía.



7/Labradores de sueños

Son las seis de la tarde. El sol en la distancia toma de la mano a la tarde y empiezan a descender lentamente por las escalinatas del tiempo, dejando encendido el fuego celeste del crepúsculo para que, cuando la noche llegue, encienda las estrellas.

Detrás de la casa, papá prepara su montura. Julia es una burra que nos ha acompañado en este largo trayecto de nuestras vidas; ha estado ahí, en las buenas y en las malas. Sobre su lomo nos ha llevado por todos los confines de esta tierra y más allá: a la ciudad donde no hay espacio para los humildes labradores que, vestidos con harapos por sus calles inhóspitas, vendemos nuestros sueños perdidos en los conucos y pregonamos a viva voz: «¡Verduuuras, yuuuca, aguaaaaacates, maaaaangos, marchanta llevo carbooon! ¡Venga marchanta, que llevo huevos criollos!», para después de vender nuestros productos por miserables monedas, perdernos nuevamente en el monte con todos nuestros sueños a cuestas.

Ya la montura está lista. León juguetea entre nuestras piernas alegre: salta, ladra; mientras Julia nos mira con toda su ternura resumida en sus ojos redondos y tristes. No me acuerdo de cuándo llegó a casa, pero la recuerdo de toda la vida, desde siempre, desde que tengo uso de razón.

Estamos detrás de la casa, bajo la mata de capá: mi madre, Juana María, Juancito, Papo y yo. Felipe y Ñoñó no sé por dónde andan. Ya mi padre está preparado al lado de Julia; se despide con un gesto de la mano y se monta en ella. Yo corro y me aferro con ternura a una de sus piernas, y luego me alejo para ver cómo él, mi padre, se marcha por el camino en sombras a un lugar perdido en el monte. León va tras él, ladrando y saltando alegre; nosotros nos quedamos parados en medio de la noche hasta que ellos se pierden en la oscura sinuosidad del camino.

Allá, lejos, en un claro del monte, mi padre tiene un horno hecho de troncos secos para hacer carbón vegetal y luego venderlo en la ciudad. Tiene que cuidarlo; por eso es que amanece todas las noches vigilándolo para que no se incendie, porque si no, en vez de carbón, solo encontrará cenizas.

En un lado de la carbonera, junto a una fogata, dormirá a la intemperie sobre algunos sacos de cabuya que lo cubrirán del frío de la noche y de los mosquitos, acompañado por los grillos, las estrellas, las lechuzas y los murciélagos. A su lado, León gruñirá a los fantasmas que rondan la soledad de la noche en el monte. Él y Julia no desampararán a mi padre por nada del mundo; estarán siempre a su lado protegiéndolo de toda maldad escondida entre el silencio nocturno y la oscuridad.

Mañana tempranito, antes de que salga el sol, mi madre, Juana María, Juancito, Papo y yo iremos a encontrarnos con mi padre. Le llevaremos un poco de café y algo de comer; ya a esa hora el carbón estará listo para llenar cuatro o cinco sacos, acomodarlos en el lomo de Julia y regresar a la casa, para de inmediato tomar el camino hacia la ciudad y venderlo a algún comerciante para traernos algo de comer.


8/La insignificante grandeza

Quiero dejar testimonio de la insignificante grandeza de nuestras vidas; decir que, sobre la primavera que nuestros abuelos hicieron florecer con sus manos fecundas, construyeron una gran ciudad.

De esa tierra que en mi corazón es un canto no queda nada, solo recuerdos: recuerdos edificados sobre las cenizas de nuestra nostalgia, recuerdos tan enraizados en mis palabras que en mi voz anidan los pájaros fabulosos de mis sueños, los cuales, más allá de la polvorienta geografía de mi memoria, iluminan los cubículos del olvido donde la civilización enterró toda nuestra alegría.

Nosotros, en nuestra inocencia, nunca advertimos que el mundo de más allá de la alborada ambicionaba nuestras tierras, que la modernidad avanzaba inexorable hacia nosotros y que sus monstruos mecánicos trituraban entre sus fauces todo lo que encontraban a su paso.

Que por el camino real, a menos de una hora de distancia a pie, la ciudad todas las tardes resplandecía como un espejismo en las luces de sus avenidas románticas —que herían el corazón tierno de las sombras con sus dagas luminosamente crepusculares—; en sus edificios preñados de sueños, con sus amplios ventanales que daban al mar; en sus hermosas mujeres que hacían hasta lo imposible para no morir de pena, atrapadas por los fantasmas de la soledad en la que sus maridos, ebrios de lujuria, las dejaban para ir a buscar placeres entre los recovecos de las noches mágicas de la Ciudad Colonial; en sus ruidosos y veloces automóviles y, sobre todo, en sus noches bulliciosas con sus casinos, donde el azar y la ambición atrapaban a los hombres en sus tentáculos imposibles; en sus cines de melancolía de la avenida Duarte, la avenida Mella y la calle El Conde, donde la quimera llevaba a los espectadores en un viaje sin retorno por los túneles inéditos de la fantasía; en el mar Caribe con sus barcos piratas anclados en el horizonte nocturno de la distancia; en las vidrieras de las tiendas, que atrapaban nuestros sueños en el bucólico encanto de la fantasía y la desilusión, donde nos mirábamos hacia adentro de nosotros mismos y terminábamos parados frente al espejo de la vida, harapientos y descalzos, en un mundo ajeno y extraño.

Y de nuevo volvíamos a nuestras tierras, en donde la vida transcurría sin más prisa que ir a los conucos, andar por los montes maroteando alguna fruta de lástima, arreando vacas hacia las distantes regiones del rocío o cazando pajaritos endebles para mitigar el hambre de toda la vida.

Para luego, en las noches, juntarnos alrededor de la hoguera, donde los abuelos en una danza nos hablaban de sus hazañas remotas, de su largo viaje sin retorno hasta llegar aquí, de la crueldad del látigo en sus espaldas, de cuando lucharon contra el hombre blanco por su libertad, de sus anhelos inútiles por volver a África y de sus raíces enterradas en estas tierras que abonaron con sudor y sangre; tierra en donde, a pesar de todo, siempre serían unos extraños.

Al final de la jornada, sin más luces que la de la luna y las estrellas, nos íbamos a nuestros bohíos por los caminos en penumbra que los grillos iluminaban con su canto, gritando a viva voz la alegría de compartir la vida en una danza.

Al llegar a la casa, con la piel pegajosa de oscuridad, daba un beso a mis padres, pedía su bendición y me acostaba en mi hamaca, hasta que el sol de un nuevo siglo nos trajera la esperanza que perdimos en el duro batallar contra la modernidad.

Domingo Acevedo.


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