El análisis de estos tres escritos de Domingo Acevedo (Alborada de mariposas azules, Árbol sin memoria y Ángel) revela una profunda unidad temática, estilística y geográfica. Los tres textos se configuran como una trilogía de la memoria, la infancia y el realismo mágico insular, profundamente arraigada en el paisaje rural y la historia de la República Dominicana (evidenciada en las referencias a los conucos, el fogón, el jengibre, las tamboras, y héroes del indigenismo y el cimarronaje como Guarocuya y Sebastián Lemba).
A continuación, se presenta un desglose analítico de los elementos clave que conectan y definen estas obras:
1. El Espacio Mítico: El Campo e "Isla-Universo"
El escenario no es un simple fondo, sino un personaje vivo y espiritual. Acevedo construye una geografía sagrada de la infancia a través de elementos recurrentes:
Los conucos del abuelo Ismael y los potreros del tío Alberto y el Juan: Son los límites del mundo conocido, espacios de iniciación donde el niño aprende "todo lo que sabe hoy".
La naturaleza animista: El bosque, los árboles, el viento y los pájaros tienen voz. Los personajes hablan con ellos no como un acto de locura, sino como una comunión íntima. La naturaleza está "ebria de clorofila" u "ondea en el viento".
La dialéctica Estación-Sentimiento: La primavera es insular, vegetal y desbordante de mariposas, pero convive con el "dolor vegetal" del otoño y el "invierno" del hambre.
2. Los Personajes: Los Niños de Ceniza, Espejos y Luz
Los protagonistas de los tres relatos (el narrador en el primero, Manuel en el segundo, Ángel en el tercero) son variaciones de un mismo arquetipo: el niño místico, frágil y marginado por su propia sensibilidad.
Personaje / Escrito
Características Físicas y Espirituales
Destino / Condición
El narrador (Alborada...)
Hecho de "ceniza y barro", mirada torva perdida en el infinito.
Sobreviviente a través del canto; portador de la voz de los ancestros.
Manuel (Árbol sin memoria)
Piel color camino real, mirada de pájaros azules. "Defecaba flores" (metáfora de pureza/inocencia extrema).
Muere de frío y ausencia en una carbonera; su hogar era solo un deseo.
Ángel (Ángel)
Piel pálida/fosforescente, cabello amarillo encrespado, ojos claros y abiertos al nacer.
Todos comparten una fragilidad extrema: son descritos como "endeble[s]", "debilucho[s]" o propensos a romperse "como un cristal". Son seres liminales que transitan entre el mundo material y una dimensión espiritual o mitológica.
3. Temas Fundamentales y Conexiones
A. La Infancia frente a la Tragedia (Hambre y Pobreza)
A pesar de la belleza lírica y mágica, Acevedo no romantiza la pobreza de forma ingenua. Hay un realismo social desgarrador latiendo bajo la poesía:
En Alborada..., el padre va a las carboneras en la noche a vigilar los hornos "para derrotar el hambre".
En Árbol sin memoria, la alegría infantil de mayo sucumbe al hambre. Manuel es encontrado muerto precisamente en una carbonera, buscando "un pedazo de pan".
Las carboneras funcionan como un símbolo dual: son el sustento económico desesperado contra la miseria, pero también el lugar oscuro (la ceniza, la nada) que consume los cuerpos y los sueños de los niños.
B. El Tiempo, la Memoria y el Pasado Ancestral
El "árbol sin memoria" u "olvido" contrasta con la memoria histórica que rescatan los personajes:
La herencia del dolor: En Alborada..., la abuela Mamá Tita junta los residuos del pasado mientras el viento trae el sonido de "nostálgicas tamboras", un grito de guerra y canto de amor que libera del peso de una "historia amarga" escrita con sangre.
La herida colonial: En Ángel, se explicita este dolor. Se evoca a los abuelos esclavizados que llegaron en canoas, el rastro de cadáveres en el océano y la resistencia de Guarocuya (Enriquillo) y el líder cimarrón Sebastián Lemba. La literatura de Acevedo es un acto de justicia poética: "para que mi voz / quinientos años después / pudiera abrir las puertas que el tiempo creyó haber cerrado".
C. El Matriarcado Protector y la Cotidianidad
Frente al desamparo del mundo, la casa y las figuras femeninas representan el refugio sagrado. Se repite una hermosa estructura costumbrista del retorno al hogar: el tío que llega con las vacas, el baño en el patio, el beso a la madre/esposa, el fogón de Doña Lola con té de jengibre y la cena compartida. La madre es el ancla: arrulla, abraza y trata de retener al niño (a Ángel o al narrador) antes de que se desvanezcan en el cielo o la distancia.
4. Estilo y Estética: El Realismo Mágico Lírico
El estilo de Domingo Acevedo destaca por una prosa marcadamente poética (incluso el texto en prosa de Ángel se lee como un poema en prosa) cargada de sinestesias y metáforas visuales:
Sinestesia: "Tierra que tiene el color del olor del topacio".
Imágenes cromáticas: Predomina el azul (mariposas, pájaros, el gran árbol de la vida, el cielo, la mirada de Manuel) como símbolo de la fantasía, el infinito y la melancolía (el "lienzo azul triste"). El amarillo (flamboyán, sol precoz, cabello de Ángel) representa la luz de la inocencia.
El mito local: La inclusión de la Ciguapa (ser mitológico dominicano de pies al revés y largas cabelleras) dota al relato de una profunda identidad folclórica. Ángel es el puente definitivo entre el pueblo y el mito del bosque.
Conclusión
Los tres escritos de Domingo Acevedo configuran un retablo de la identidad rural caribeña. A través de una mirada cargada de nostalgia y lirismo, el autor transforma el dolor de la pobreza, la muerte prematura de la infancia desamparada y las cicatrices de la historia colonial en un mito imperecedero. La "alborada de mariposas azules" es, en última instancia, la poesía misma: un rastro efímero de luz que se levanta sobre las cenizas y el hambre para abrir las puertas de la libertad.
ALBORADA DE MARIPOSAS AZULES
No fui más que un niño que siempre anduvo perdido en sí mismo
en los conucos lejanos del abuelo Ismael
aprendí de la vida todo lo que sé hoy
fueron los potreros del tío Juan mi escuela
y en las lejanas regiones del rocío era donde podía mirarme al espejo
y encontrarme tal cual era
un niño hecho de ceniza y barro
con la mirada torva perdida en el infinito
un niño que escribía todas las tardes en los pergaminos del viento
su historia envejecida en su dolor vegetal
fue toda mi alegría poder correr por el bosque
hasta cansarme y terminar de bruces
entre los arbustos mágicos de las tardes
hablar con los animales y los árboles
pasear en el viento más allá del horizonte
y regresar en las nubes al lugar de donde nunca partí
y encontrarme como siempre arrullado entre los brazos de mis padres
que me cubrían de la lluvia que con su corazón de azucena
iba dejando pedazos de cielo dormidos en mi piel.
todas las tardes
mi madre y yo nos sentábamos bajo la sombra del gran árbol azul de la vida
a mirar como los pájaros ebrios de clorofila
se escondían detrás de las murallas del horizonte
mientras una peregrinación de mariposas
ancladas en los ventanales del ocaso
agonizaban en la mirada quimérica de un ángel
hoy no hay más alegría que este canto bajo esta luna de jade
por el camino del alba las huellas del rocío se evaporan
entre los pies descalzos de un sol precoz
que siempre en noviembre pasa de largo a esconderse entre los matorrales atardecidos de la distancia
alborada de mariposas azules
heridas por los puñales del otoño
todas la mañanas en el fogón
doña Lola hierve jengibre que ofrece al paladar
para ahuyentar a los duendes del frío
y en algún lugar perdido en la memoria
Cató todavía elabora con sus manos de ternura
los colores del amanecer
y en un rincón de mi alma
la abuela Mamá Tita recolecta los residuos perdidos de nuestro pasado
muchas veces
ella y yo imaginábamos escuchar en la voz destemplada del viento
el lejano sonido de nostálgicas tamboras
grito de guerra
canto de amor
danza que en las noches aun nos libera del peso de una historia amarga
que escribieron con su sangre nuestros abuelos
para que mi voz
quinientos años después
pudiera abrir las puertas que el tiempo creyó haber cerrado para siempre
nací en esta tierra que tiene el color del olor del topacio
donde los colores vegetales de la primavera se levantan como una ola
que inunda todos los rincones del bosque de mariposas
que al morir van dejando un rastro efímero de luz
en la mirada azul de la distancia
arco iris coagulado en una lágrima
por el camino real
el tío Alberto regresa
parece flotar sobre la tenue oscuridad del atardecer
la tía Agustina en la ventana lo ve llegar
espera como siempre que él lleve las vacas a los corrales
se dé un baño
vaya a la ventana
le dé un beso
y luego se sienten todos en la mesa a cenar
todavía en las noches
mi padre como un fantasma
se pierde entre las sombras hacia las carboneras
a vigilar los hornos
para que el fuego no consuma los sueños
y así poder derrotar el hambre que acecha entre los resquicios de las horas más largas del verano.
primavera insular
caserío perdido junto al bosque del olvido
flamboyán amarillo
anacahuita de cristal
bajo los limoncillos florecidos
la tía Tatín con su escoba arrincona contra los espejos de la tarde
las cenizas que deja el otoño en la mirada de la tía Aurora
que aún busca en su interior
el camino de regreso al paraíso que nos robó la modernidad
ignora ella
que morirá arrinconada contra sus sueños
sin volver a ver el sol
desde los ventanales primaverales del alba
Domingo Acevedo.
Árbol sin memoria
Manuel
no fue más que un niño endeble y solitario
que tenía la piel del color del camino real
la mirada llena de pájaros azules que picoteaban el alma de las ninfas del bosque
que defecaba flores en los huecos de las carboneras que hacía con sus manos escuálidas
que corría por los caminos grises del invierno
tratando de encontrar en los sueños
los parajes imposibles de la fantasía
su voz tierna como el canto de los ruiseñores
pintaba de mariposas las paredes de las tardes primaverales
y su desnudez la ondeaba el viento más allá de los días lluviosos de mayo
en que la alegría sucumbía al hambre
a veces lo encontraba solitario en las lejanas regiones del rocío
navegando a la deriva en un océano de celias tatuadas en el viento frío del amanecer
lo llamaba
volteaba el rostro
y me arropaba en el lienzo azul triste de su mirada
corría hacia mis brazos
y me abrazaba por largo rato
sentía como su piel afiebrada se derretía en mi piel
luego nos íbamos a los potreros del tío Alberto
atravesábamos los conucos del abuelo Ismael
jugábamos con el viento
hablamos con los pájaros
corríamos felices por las praderas infinitas del medio día
hasta terminar exhaustos debajo de un árbol sin memoria
a veces en el azul más limpio de su inocencia se quedaba dormido
lo veía moverse inquieto
temblar
sonreír
cuando despertaba me contaba que había estado en un hermoso lugar
donde seres luminosos con alas en la espalda jugaban con él
que les dijeron
que pronto estaría con ellos
y que ya nunca más sentiría hambre
ni frío
ni soledad
Manuel
No tuvo más escuela que su corta vida
Sus nueve años sin ninguna procedencia y sin historia
hoy que lo encontré dormido en una carbonera
arropado en su soledad
acurrucado en la nada
me deslumbró su recuerdo
descalzo
semidesnudo
sonriendo siempre
con su tristeza a cuesta
solitario
buscando entre los cubículos del hambre
un poco de agua
una fruta de lastima
un pedazo de pan
en las noches cuando se le hacía tarde
le suplicaba que se quedara con nosotros
no aceptaba
me miraba con toda su ternura acumulada entre sus manos
y se despedía de mí con un abrazo de eternidad
y se alejaba entre las sombras hacia ninguna parte
me quedaba junto al camino abrumado
por una inexplicable sensación de soledad
hasta que él se desvanecía en la distancia
con Manuel compartí la sed
el hambre
la pobreza
el frío
la desnudez
y sobre todo la alegría infantil de correr
por los bosques memorables de la fantasía y los sueños
hacia la felicidad
Manuel
nunca me dijo donde vivía
cuando le preguntaba
me señalaba con insistencia un lugar perdido en su memoria infantil
el cual yo no vería
ni encontraría
porque ese lugar sólo existía en el deseo que él tenía de tener un hogar
cuando le decía que quería ir a su casa
conocer sus padres
me miraba azorado
y se alejaba huyendo
ondeando su desnudez en el viento
escurriéndose en los latidos del bosque
ahora que Manuel está muerto
hemos buscado por todas partes su hogar
y sólo hemos encontrado debajo de un gran árbol sin memoria
un lecho de flores y cenizas
donde Manuel todas las noches en su soledad moría de frío y ausencia
Domingo Acevedo.
Ángel.
Ángel siempre tuvo la certeza de que era alguien especial y más cuando recordaba lo que siempre le decía su tía Raquel, que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua todos los niños nacían con ellos cerrados, que esa mañana el cielo estaba profundamente azul/claro, tan azul/claro estaba el cielo, como esas mañanas cálidas de verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles.
Decía ella, que todos los que se dieron cita esa mañana en aquella humilde vivienda junto al camino real a ver el parto, incluyendo la partera, que en lo que tenía de vida haciendo partos nunca había visto semejante cosa, se asustaron cuando los miraste a todos desde tu inocencia, con aquellos ojos tan claros que te vieron el alma palpitando en el pecho.
Ángel fue creciendo entre el asombro de las personas del pueblo, el amor y el cuidado de sus padres y los afectos de sus hermanos que lo adoraban como algo que no iba a durar para siempre, por lo extremadamente frágil que parecía, ellos pensaban que de cualquier tropezón que diera con una piedra se iba a quebrar como un cristal.
Así fue creciendo aquel niño debilucho y endeble, triste y solitario, con pocos amigos para hablar y jugar, mirando todas las cosas desde la aparente ausencia de sus ojos claros.
Con frecuencia se perdía por el bosque y la gente especulaba que podía hablar con los árboles, los animales, los pájaros y el viento, que tenía la simiesca habilidad de trepar con facilidad a los árboles, hasta las copas más altas, donde casi podía tocar el cielo con las manos, algunos decían que hasta lo habían visto en las tardes volar y hacer piruetas con las golondrinas.
Lo cierto es que Ángel no se parecía a nadie en el pueblo y menos a sus hermanos, su madre para justiciar aquellas dudas, decía a las personas que él tenía un parecido con un familiar lejano de su padre, que era descendiente de español, que por eso tenía la piel de una palidez tal, que en las noches de luna llena parecía fosforecer en la oscuridad, el cabello encrespado y amarillo, los ojos claros como dos pocitos de agua cristalina por donde le asomaba el alma palpitando en el pecho, la nariz puntiaguda y los labios gruesos, con esos detalles sobresalía entre todos los muchachos del pueblo que tenían la piel y el cabello tan oscuros como la noche
Cuando llegó la hora de ir a la escuela opuso mucha resistencia y a mucha insistencia de sus padres, acepto ir, fue aprendiendo con facilidad todo lo que le enseñaban, pero no era feliz yendo a la escuela, prefería los conucos, los potreros, el bosque, a ir todos los días a esas edificaciones llenas de niños bullosos y revoltosos que lo miraban con extrañeza, como si fuera un ser de otro mundo, niños que lo tocaban para ver si era real y luego se alejaban asombrados.
Ángel amaba la lluvia, el relámpago y el trueno, cuando llovía, salía corriendo en pantalones cortos y descalzo en medio de los relámpagos y los truenos, ante la preocupación de sus padres se perdía por el camino mojado saltando entre los charcos que parecían espejos de agua que reflejaban ese mundo imaginario de indígenas que habitaban en las profundidades de los ríos, de duendes, y ciguapas, donde Ángel habitaba en secretos, su madre temerosa e impaciente, llena de malos presagios lo esperaba en la puerta de la casa, hasta que después que pasaba lluvia él regresaba por el camino por donde se había marchado, con la piel fosforescente y húmeda de clorofila y ozono.
De su casa, a la casa de su tía Raquel, había un camino solitario con árboles inmensos, flores silvestres, pájaros fantásticos, puercos cimarrones y hermosas ciguapas invisibles, que desde los matorrales lo miraban con una ternura inusitada, Ángel cruzaba con frecuencia ese camino para ir a preguntarle a su tía su procedencia y ella siempre le contaba la misma historia y él se quedaba con la misma duda, si realmente era un niño especial, diferente a los demás, se preguntaba qué era lo que lo hacía especial, entonces iba al espejo y se miraba por largo rato y muchas veces creyó ver dos alas crecer en su espalda y se asustó tanto que duro mucho tiempo sin mirarse al espejo.
El tiempo se fue diluyendo entre la monotonía pueblerina, la escuela, los conucos, los potreros y el bosque, al regresar de la escuela en la tarde, dejaba los cuadernos en cualquier lugar, daba un beso a su madre que lo adoraba con locura y se perdía por el camino, entre los arboles con los que parecía ir conversando quien sabe de qué, mientras los pájaros se arremolinaban sobre su cabeza y después de trinar alegremente seguían su camino hacia sus nidos.
Para luego regresar ya entrada la noche vestido de oscuridad y los ojos encendidos con el fulgor de todas las estrellas del universo a acurrucarse en los brazos de su madre que lo apretaba con fuerza en su regazo para luego depositarlo en algún rincón cálido de la casa juntos a sus hermanos que lo abrazaban y lo mimaban con ternura, mientras ella se iba a preparar la cena, en lo que esperaba que su esposo llegara de los conucos, sudoroso y cansado, entrara a la cocina, le diera un beso y luego se fuera al patio trasero a darse un baño, para después acomodarse todos de cualquier manera en la pequeña vivienda a cenar.
Después de cenar se iban a la cocina a escuchar junto el fuego de los fogones, de boca de su padre historias inventadas de muertos y fantasmas que les erizaban la piel, entonces se acurrucaban uno contra otro, buscando en el calorcito de la piel el valor necesario para poder irse a la cama a dormir sin temores.
La escuela era el punto de encuentro de los niños y los jóvenes del pueblo y los sectores aledaños, en la que poco apoco fue haciendo algunos amigos, Victoria y Julián, que eran hermanos y que al igual que él mantenían cierta distancia con los demás niños, Cesar y Junior con los que hacia equipo para jugar en los recreos, Arelis que lo miraba con los ojos del amor, Pancho, su primo con el que a veces andaba por el bosque en busca de los fantasmas de los abuelos que se murieron prisioneros de sus sueños sin poder volver a ver el mar por donde llegaron a estas tierras en grandes canoas a trabajar como esclavos en las plantaciones y las minas del hombre blanco, en cuya conciencia todavía hay un rastro de cadáveres flotando en el océano que une a los dos continente en el dolor de la esclavitud y el exterminio de dos razas unidas en el heroísmo de Guarocuya y Sebastián Lemba que defendieron con heroísmo su derecho a vivir en libertad.
Ángel con sus trece años a cuesta no tenía más sueños que el de poder vivir en libertad con sus amigos del bosque sin ninguna prisa que lo atara a tener que ir a una hora determinada a las escuela, en donde Arelis todas las tardes lo esperaba en la puerta, para tomarlo de la mano y llevarlo al pupitre donde ella estaba sentada para que estuviera a su lado, ella apenas tenía once años, la edad suficiente para soñar que con él podía alcanzar la luna, de donde muchos suponían que venía Ángel, por el color fosforescente de su piel, el amarillo encrespado de sus cabellos y el color claro de sus ojos, casi transparentes y las preocupaciones de su madre que muchas veces desesperada lo buscaba, porque según ella había escuchado su voz que la llamaba desde el cielo y temía que se fuera volando a vivir en la luna.
Ángel seguía perdiéndose con frecuencia en las habitaciones secretas del bosque a conversar con el viento, los árboles, los animales y los pájaros, a buscar huellas de ciguapas en los senderos que se perdían en la distancia imaginaria de los sueños, para que ellas les contaran esas viejas historias perdidas en la eternidad, que decían que él era hijo de una de ellas y que no era como decía su tía Raquel, que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua todos los niños nacían con ellos cerrados, que esa mañana el cielo estaba profundamente azul/claro, tan azul/claro estaba el cielo, como esas mañanas cálidas de verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles, sino que la mujer que lo había criado y que el adoraba como su verdadera madre, lo había encontrado una mañana acurrucado en un lecho de lirios y flores silvestres en el bosque.
Domingo Acevedo.

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