El primer nombre inglés de Óta Kté no se lo dio su familia. Lo señaló al azar en una pizarra porque no podía comprender ninguna de las palabras escritas frente a él.
Desde aquel momento sería registrado como Luther Standing Bear.
Tenía alrededor de once años cuando llegó a Pensilvania el 6 de octubre de 1879. Formaba parte del primer grupo de estudiantes enviado a la recién inaugurada Escuela Industrial Indígena de Carlisle, instalada dentro de un antiguo cuartel militar.
Óta Kté había crecido entre los lakota. Su nombre podía traducirse como “Mata a muchos” y estaba relacionado con la historia guerrera de su familia. Había aprendido mediante relatos, ceremonias, observación y convivencia con su comunidad.
En Carlisle, todo aquello fue considerado un obstáculo que debía desaparecer.
Al ingresar, le cortaron el cabello, sustituyeron su ropa por un uniforme y organizaron su vida mediante campanas, formaciones y horarios militares. Los niños fueron separados de los símbolos que permitían reconocer su procedencia y recibieron nombres utilizados por la sociedad blanca.
En el aula, una profesora escribió una lista de nombres ingleses sobre la pizarra. Cada estudiante debía escoger uno utilizando un puntero.
Óta Kté eligió “Luther”.
Como muchos niños aún no entendían inglés, el personal escribió los nuevos nombres sobre tiras de tela y las cosió en la espalda de sus camisas. Cuando la profesora pasaba lista, tenía que caminar detrás de ellos para comprobar cómo debía llamar a cada uno.
Durante varios días, Luther ni siquiera reconocía el sonido que ahora debía representar su identidad.
Carlisle había sido creado por Richard Henry Pratt, un oficial convencido de que los niños indígenas debían ser alejados de sus comunidades para ser asimilados. La escuela prohibía o desalentaba sus idiomas, reemplazaba sus prácticas culturales por el cristianismo y preparaba a los estudiantes principalmente para trabajos agrícolas, domésticos o manuales.
Luther aprendió inglés y diferentes oficios. También fue enviado temporalmente a trabajar y convivir con familias blancas, parte de un programa diseñado para acelerar la separación respecto a su cultura.
Permaneció en Carlisle hasta 1885.
La escuela esperaba demostrar que un niño indígena podía ser transformado hasta dejar atrás la forma de vida de su pueblo. Luther terminó demostrando algo distinto: era posible aprender el idioma de quienes intentaban cambiarlo sin entregarles por completo su memoria.
Después de regresar al oeste trabajó como empleado, abrió una tienda en la reserva de Pine Ridge y participó en asuntos de su comunidad. Más tarde viajó con el espectáculo de Buffalo Bill y terminó estableciéndose en California, donde apareció en producciones cinematográficas.
En aquellas películas, los personajes indígenas solían ser presentados como figuras silenciosas, violentas o condenadas a desaparecer. Standing Bear conocía la distancia entre esas representaciones y la vida que había experimentado durante su infancia.
Por eso comenzó a escribir.
En 1928 publicó “Mi pueblo, los sioux”, una de las primeras autobiografías ampliamente difundidas en Estados Unidos que relataba la vida indígena desde la perspectiva de un autor indígena. Después aparecieron otros libros en los que describió la educación lakota, las relaciones familiares, las ceremonias, el respeto por la naturaleza y las consecuencias de las políticas de asimilación.
Standing Bear no rechazaba el aprendizaje ni el contacto entre culturas. Rechazaba la idea de que educar a una persona exigiera destruir primero aquello que era.
Sus libros cuestionaron la manera en que las escuelas habían tratado a los niños indígenas y mostraron que los conocimientos lakota no eran señales de atraso, sino parte de un sistema complejo de valores, responsabilidades y relaciones con el mundo.
Durante décadas, miles de niños atravesaron instituciones semejantes a Carlisle. Muchos fueron castigados por hablar sus idiomas, separados de sus familias y obligados a vivir bajo nombres que no habían elegido. Algunos jamás regresaron y fueron enterrados cerca de las mismas escuelas que debían transformarlos.
Luther Standing Bear sobrevivió a aquel sistema y convirtió la lengua que le impusieron en un instrumento para enfrentarlo.
La escuela le entregó un nombre con la intención de sustituir el suyo.
Él utilizó ese nombre para escribir la memoria que no habían logrado borrar.