miércoles, junio 24, 2026

Las mujeres guerrilleras de México.




Las mujeres guerrilleras de México: la historia invisibilizada de la insurgencia y el legado de Aurora de la Paz Navarro del Campo.


La historia de las luchas sociales y revolucionarias en México ha sido narrada, durante décadas, desde una perspectiva predominantemente masculina. Los nombres de Lucio Cabañas, Genaro Vázquez Rojas y los dirigentes de la Liga Comunista 23 de Septiembre forman parte de la memoria colectiva de la llamada Guerra Sucia. Sin embargo, detrás de esas organizaciones existió una generación de mujeres cuya participación fue decisiva y cuyo papel ha permanecido largamente invisibilizado.


Fueron combatientes, organizadoras clandestinas, dirigentes políticas, propagandistas, enlaces comunitarias, responsables de logística y constructoras de redes de solidaridad. Muchas enfrentaron la cárcel, la tortura, la desaparición forzada y el asesinato. Otras sobrevivieron para convertir su experiencia en una lucha permanente por la verdad, la memoria y la justicia.


Entre todas ellas destaca una figura excepcional: Aurora de la Paz Navarro del Campo, considerada por investigadores, sobrevivientes y organizaciones de derechos humanos como la única mujer que llegó a dirigir una organización político-militar guerrillera en México.


Mujeres contra la exclusión y el autoritarismo


La participación femenina en las organizaciones insurgentes no puede entenderse únicamente como un episodio de la lucha armada. También representó una ruptura profunda con los roles de género impuestos por la sociedad mexicana de mediados del siglo XX.


En una época en la que se esperaba que las mujeres permanecieran confinadas al ámbito doméstico, cientos de jóvenes estudiantes, campesinas, maestras y trabajadoras decidieron incorporarse a movimientos que cuestionaban la desigualdad social, la represión política y la falta de democracia.


Su participación desafió simultáneamente dos estructuras de poder: el autoritarismo del Estado mexicano y el sistema patriarcal que limitaba la presencia de las mujeres en la vida pública.


La insurgencia se convirtió para muchas de ellas en un espacio donde reivindicaron su capacidad de decisión política, liderazgo y acción colectiva. Aunque dentro de las propias organizaciones revolucionarias persistieron prácticas machistas, las mujeres lograron abrir espacios que transformaron para siempre la participación política femenina en México.


La otra cara de la Guerra Sucia


Entre finales de los años sesenta y principios de los ochenta, México vivió uno de los periodos más complejos de su historia contemporánea. El movimiento estudiantil de 1968, las movilizaciones campesinas, las luchas sindicales y la creciente inconformidad social dieron origen a diversas expresiones de resistencia, algunas de ellas armadas.


La respuesta gubernamental fue una estrategia de contrainsurgencia que incluyó espionaje, persecución política, detenciones arbitrarias, tortura, ejecuciones extrajudiciales y desapariciones forzadas.


En ese contexto surgió la Liga Comunista 23 de Septiembre, considerada la organización guerrillera urbana más importante de los años setenta. Aunque la narrativa oficial la presentó durante mucho tiempo como una organización integrada fundamentalmente por hombres, investigaciones recientes han demostrado que las mujeres participaron en prácticamente todos los niveles de dirección y operación.


Sin ellas, buena parte de las estructuras clandestinas que sostuvieron la resistencia política habrían sido imposibles de mantener.


Aurora de la Paz Navarro del Campo: una dirigente revolucionaria


La trayectoria de Aurora de la Paz Navarro del Campo ocupa un lugar singular dentro de la historia de la insurgencia mexicana.


Militó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y posteriormente en la Liga Comunista 23 de Septiembre. A diferencia de muchas mujeres de su generación, cuya participación fue minimizada o reducida a funciones secundarias por la historiografía tradicional, Aurora alcanzó responsabilidades de conducción política y militar.


Su liderazgo rompió esquemas en un contexto donde incluso los movimientos revolucionarios reproducían desigualdades de género.


Diversas investigaciones la reconocen como la única mujer que dirigió una organización político-militar guerrillera en México, una condición excepcional que revela tanto su capacidad política como las enormes barreras que debió enfrentar.


Su compañero, Carmelo Cortés Castro, también militante insurgente, fue detenido y murió bajo custodia del Estado. Aurora continuó su actividad política pese al incremento de la represión.


El 3 de febrero de 1976 fue detenida por elementos de la policía militar y de la extinta Dirección Federal de Seguridad. Desde entonces permanece desaparecida.


Su familia nunca volvió a verla.


Cincuenta años después, su caso continúa simbolizando una de las deudas más profundas del Estado mexicano con las víctimas de la Guerra Sucia.


Mujeres que sembraron democracia


La participación de las mujeres insurgentes trascendió el ámbito de la lucha armada. Muchas de ellas contribuyeron posteriormente a la construcción de movimientos democráticos, organizaciones de derechos humanos y colectivos de búsqueda de desaparecidos.


La experiencia de la represión las convirtió en impulsoras de causas que hoy forman parte de la agenda democrática nacional: el derecho a la verdad, la memoria histórica, la justicia transicional y el reconocimiento de las víctimas de violencia estatal.


Martha Camacho Loaiza


Militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, sobrevivió a la tortura y a la persecución política. Su testimonio se convirtió en una herramienta fundamental para documentar los crímenes de Estado cometidos durante la Guerra Sucia y preservar la memoria de las víctimas.


María de la Luz Núñez Ramos


Participó en movimientos revolucionarios y posteriormente dedicó gran parte de su vida a la defensa de los derechos humanos, la localización de desaparecidos y la exigencia de justicia para las víctimas de la represión política.


Las mujeres del Partido de los Pobres


En la sierra de Guerrero, decenas de campesinas sostuvieron la estructura social y política del movimiento encabezado por Lucio Cabañas. Fueron mensajeras, organizadoras comunitarias, combatientes, cuidadoras y proveedoras de apoyo logístico.


Sin ellas, la resistencia campesina difícilmente habría sobrevivido.


La historia oficial rara vez registró sus nombres, pero su participación fue decisiva para mantener viva una de las expresiones más importantes de inconformidad social del México contemporáneo.


De la insurgencia a los derechos humanos


Muchas de las conquistas democráticas actuales tienen raíces en las luchas emprendidas por aquellas mujeres.


La apertura política, el fortalecimiento de los organismos de derechos humanos, el reconocimiento de las desapariciones forzadas, la creación de mecanismos de atención a víctimas y la exigencia de rendición de cuentas al Estado son procesos en los que participaron sobrevivientes, familiares y compañeras de quienes enfrentaron la represión.


Su legado va más allá de la discusión sobre la lucha armada.


Representan una generación que se negó a aceptar la injusticia como destino y que abrió caminos para la participación política de las mujeres en espacios históricamente dominados por hombres.


Una memoria pendiente


La historia de las mujeres guerrilleras continúa siendo una de las grandes asignaturas pendientes de la historiografía mexicana.


Durante décadas fueron relegadas a notas al pie, reducidas a acompañantes de dirigentes masculinos o excluidas de los relatos oficiales. Sin embargo, nuevas investigaciones han comenzado a recuperar sus voces y reconocer su papel como protagonistas de la historia.


Entre todas ellas, Aurora de la Paz Navarro del Campo ocupa un lugar excepcional: dirigente revolucionaria, víctima de desaparición forzada y símbolo de la resistencia femenina frente al autoritarismo.


Su nombre permanece en las listas de desaparecidos de la Guerra Sucia, pero también en la memoria de quienes continúan exigiendo verdad, justicia y reparación.


Recordarla no es solamente un acto de memoria histórica. Es reconocer que la lucha de las mujeres por la democracia, los derechos humanos y la transformación social de México ha sido una fuerza fundamental en la construcción del país contemporáneo.

martes, junio 23, 2026

𝗣𝗟𝗔𝗡𝗜𝗙𝗜𝗖𝗔𝗖𝗜𝗢́𝗡 𝗧𝗘𝗥𝗥𝗜𝗧𝗢𝗥𝗜𝗔𝗟, 𝗔𝗠𝗕𝗜𝗘𝗡𝗧𝗘 𝗬 𝗩𝗜𝗗𝗔 𝗖𝗢𝗧𝗜𝗗𝗜𝗔𝗡𝗔 𝗘𝗡 𝗟𝗔 𝗥𝗘𝗣𝗨́𝗕𝗟𝗜𝗖𝗔 𝗗𝗢𝗠𝗜𝗡𝗜𝗖𝗔𝗡𝗔.

 




𝗣𝗼𝗿 𝗟𝘂𝗶𝘀 𝗖𝗮𝗿𝘃𝗮𝗷𝗮𝗹 𝗡𝘂́𝗻̃𝗲𝘇
𝗔𝗥𝗧𝗜́𝗖𝗨𝗟𝗢 𝟮 𝗗𝗘 𝟲
𝗟𝗢𝗦 𝗠𝗔𝗣𝗔𝗦 𝗤𝗨𝗘 𝗡𝗢 𝗖𝗢𝗡𝗩𝗘𝗥𝗦𝗔𝗡: 𝗣𝗢𝗥 𝗤𝗨𝗘́ 𝗟𝗔 𝗥𝗘𝗣𝗨́𝗕𝗟𝗜𝗖𝗔 𝗗𝗢𝗠𝗜𝗡𝗜𝗖𝗔𝗡𝗔 𝗡𝗘𝗖𝗘𝗦𝗜𝗧𝗔 𝗢𝗥𝗗𝗘𝗡𝗔𝗥 𝗦𝗨 𝗧𝗘𝗥𝗥𝗜𝗧𝗢𝗥𝗜𝗢 𝗗𝗘𝗦𝗗𝗘 𝗟𝗔 𝗩𝗜𝗗𝗔
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𝗜𝗗𝗘𝗔𝗦 𝗖𝗘𝗡𝗧𝗥𝗔𝗟𝗘𝗦
𝗜𝗱𝗲𝗮 𝗰𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮𝗹 𝟭: 𝗟𝗮 𝗥𝗲𝗽𝘂́𝗯𝗹𝗶𝗰𝗮 𝗗𝗼𝗺𝗶𝗻𝗶𝗰𝗮𝗻𝗮 𝗻𝗼 𝗰𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲 𝗱𝗲 𝗺𝗮𝗽𝗮𝘀 𝗻𝗶 𝗱𝗲 𝗰𝗹𝗮𝘀𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮𝗹𝗲𝘀; 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗹𝗲 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗷𝗲𝗿𝗮𝗿𝗾𝘂𝗶́𝗮 𝗰𝗹𝗮𝗿𝗮 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝗲𝗹𝗹𝗮𝘀.
𝗜𝗱𝗲𝗮 𝗰𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮𝗹 𝟮: 𝗘𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗼-𝗮𝗱𝗺𝗶𝗻𝗶𝘀𝘁𝗿𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼 𝗻𝗼 𝘀𝗶𝗲𝗺𝗽𝗿𝗲 𝗰𝗼𝗶𝗻𝗰𝗶𝗱𝗲 𝗰𝗼𝗻 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼, 𝗵𝗶́𝗱𝗿𝗶𝗰𝗼, 𝗴𝗲𝗼𝗺𝗼𝗿𝗳𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼 𝗻𝗶 𝘀𝗼𝗰𝗶𝗮𝗹 𝗱𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼.
𝗜𝗱𝗲𝗮 𝗰𝗲𝗻𝘁𝗿𝗮𝗹 𝟯: 𝗣𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗿 𝗯𝗶𝗲𝗻 𝘀𝗶𝗴𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮 𝗮𝘀𝗶𝗴𝗻𝗮𝗿 𝗮 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗹𝗮 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗰𝘂𝗺𝗽𝗹𝗶𝗿 𝘀𝗶𝗻 𝗱𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗿 𝗮𝗴𝘂𝗮, 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗼, 𝗯𝗶𝗼𝗱𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗻𝗶 𝗯𝗶𝗲𝗻𝗲𝘀𝘁𝗮𝗿 𝗵𝘂𝗺𝗮𝗻𝗼.
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La República Dominicana tiene muchas maneras de dividir y nombrar su territorio.
𝗧𝗲𝗻𝗲𝗺𝗼𝘀 𝗽𝗿𝗼𝘃𝗶𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀, 𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗶𝗽𝗶𝗼𝘀, 𝗱𝗶𝘀𝘁𝗿𝗶𝘁𝗼𝘀 𝗺𝘂𝗻𝗶𝗰𝗶𝗽𝗮𝗹𝗲𝘀, 𝘀𝗲𝗰𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀, 𝗽𝗮𝗿𝗮𝗷𝗲𝘀, 𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶𝗼𝘀 𝘆 𝘀𝘂𝗯𝗯𝗮𝗿𝗿𝗶𝗼𝘀. 𝗧𝗲𝗻𝗲𝗺𝗼𝘀 𝘁𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲́𝗻 𝗿𝗲𝗴𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝘂́𝗻𝗶𝗰𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻, 𝗰𝘂𝗲𝗻𝗰𝗮𝘀 𝗵𝗶𝗱𝗿𝗼𝗴𝗿𝗮́𝗳𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝘃𝗶𝗱𝗮, 𝗽𝗿𝗼𝘃𝗶𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝗿𝗲𝗴𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗴𝗲𝗼𝗺𝗼𝗿𝗳𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝗮́𝗿𝗲𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝘁𝗲𝗴𝗶𝗱𝗮𝘀, 𝗿𝗲𝘀𝗲𝗿𝘃𝗮𝘀 𝗱𝗲 𝗯𝗶𝗼𝘀𝗳𝗲𝗿𝗮, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝗮𝗴𝗿𝗶́𝗰𝗼𝗹𝗮𝘀, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗮𝘀, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝘁𝘂𝗿𝗶́𝘀𝘁𝗶𝗰𝗮𝘀, 𝘇𝗼𝗻𝗮𝘀 𝗶𝗻𝗱𝘂𝘀𝘁𝗿𝗶𝗮𝗹𝗲𝘀, 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗿𝗶𝗲𝘀𝗴𝗼 𝘆 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗮𝗹𝘁𝗼 𝘃𝗮𝗹𝗼𝗿 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹.
El problema no está en la ausencia de clasificaciones.
𝗘𝗹 𝗽𝗿𝗼𝗯𝗹𝗲𝗺𝗮 𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀𝗮𝘀 𝗰𝗹𝗮𝘀𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗻𝗼 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗲𝗿𝘀𝗮𝗻 𝗲𝗻𝘁𝗿𝗲 𝘀𝗶́, 𝗼 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘂𝗻𝗮 𝘀𝗲 𝗶𝗺𝗽𝗼𝗻𝗲 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗹𝗮𝘀 𝗱𝗲𝗺𝗮́𝘀 𝘀𝗶𝗻 𝗿𝗲𝗰𝗼𝗻𝗼𝗰𝗲𝗿 𝗹𝗼𝘀 𝗹𝗶́𝗺𝗶𝘁𝗲𝘀 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼.
Una provincia puede tener valles agrícolas, montañas, zonas de recarga hídrica, laderas inestables, ciudades en expansión, ríos contaminados y zonas rurales que sostienen la vida urbana. Sin embargo, muchas veces se planifica como si fuera una unidad homogénea.
𝗛𝗔𝗬 𝗤𝗨𝗘 𝗗𝗜𝗦𝗧𝗜𝗡𝗚𝗨𝗜𝗥 𝗧𝗥𝗘𝗦 𝗠𝗔𝗣𝗔𝗦 𝗙𝗨𝗡𝗗𝗔𝗠𝗘𝗡𝗧𝗔𝗟𝗘𝗦.
𝗘𝗹 𝗽𝗿𝗶𝗺𝗲𝗿𝗼 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗽𝗼𝗹𝗶́𝘁𝗶𝗰𝗼-𝗮𝗱𝗺𝗶𝗻𝗶𝘀𝘁𝗿𝗮𝘁𝗶𝘃𝗼.
Es el mapa de las provincias, municipios, distritos municipales, secciones y parajes. Sirve para elegir autoridades, organizar servicios, distribuir competencias, cobrar arbitrios, aprobar permisos y gestionar el poder local. Es necesario, pero no suficiente.
𝗘𝗹 𝘀𝗲𝗴𝘂𝗻𝗱𝗼 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼-𝗵𝗶𝗱𝗿𝗼𝗴𝗲𝗼𝗺𝗼𝗿𝗳𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼.
Ahí aparecen las cuencas, subcuencas, ríos, cañadas, acuíferos, áreas de recarga, humedales, manglares, bosques secos, bosques húmedos, bosques nublados, zonas kársticas, llanuras de inundación, pendientes, montañas, valles, costas y corredores biológicos. Este mapa dice qué sostiene la vida y cuáles son los límites naturales del territorio.
𝗘𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗰𝗲𝗿𝗼 𝗲𝘀 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝗼 𝗺𝗲𝘁𝗮𝗯𝗼́𝗹𝗶𝗰𝗼.
Muestra dónde vive la población, por dónde entra el agua, dónde se produce comida, por dónde sale el agua servida, dónde se deposita la basura, dónde se ubican industrias contaminantes, qué zonas reciben presión inmobiliaria, qué territorios rurales cargan con impactos urbanos y qué comunidades reciben los daños que otros sectores no quieren ver.
𝗨𝗻𝗮 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲𝗻𝘁𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗰𝗼𝗿𝗿𝗲𝗰𝘁𝗮 𝗱𝗲𝗯𝗲 𝗹𝗼𝗴𝗿𝗮𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗲𝗰𝗼𝗻𝗼́𝗺𝗶𝗰𝗼, 𝘂𝗿𝗯𝗮𝗻𝗼 𝗲 𝗶𝗻𝗳𝗿𝗮𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝘁𝘂𝗿𝗮𝗹 𝘀𝗲 𝘀𝘂𝗯𝗼𝗿𝗱𝗶𝗻𝗲 𝗮𝗹 𝗺𝗮𝗽𝗮 𝗲𝗰𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗼.
El territorio no puede asignarse primero al negocio y después preguntarse si había agua, humedal, pendiente, riesgo o comunidad afectada. Ese orden invertido es el origen de muchos conflictos ambientales dominicanos.
𝗟𝗮 𝗮𝘀𝗶𝗴𝗻𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗱𝗲 𝗳𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼𝗻𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗱𝗲𝗯𝗲 𝗿𝗲𝘀𝗽𝗼𝗻𝗱𝗲𝗿 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝘀 𝗯𝗮́𝘀𝗶𝗰𝗮𝘀:
¿Este suelo debe producir agua, alimento, vivienda, conservación, turismo, industria, recreación o infraestructura sanitaria?
¿Puede cumplir esa función sin destruir otra más importante?
¿Es razonable permitir minería en una zona productora de agua?
¿Es aceptable urbanizar una llanura inundable?
¿Tiene sentido rellenar un humedal para levantar infraestructuras turísticas?
¿Puede instalarse un vertedero sobre una zona de recarga?
𝗟𝗮 𝗽𝗹𝗮𝗻𝗶𝗳𝗶𝗰𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗮𝗹 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗱𝗲𝗰𝗶𝘀𝗶𝗼́𝗻 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮 𝗰𝗼𝘁𝗶𝗱𝗶𝗮𝗻𝗮.
Define si una familia tendrá agua limpia, si su casa se inundará, si respirará aire contaminado, si vivirá junto a un vertedero, si tendrá áreas verdes, si sus hijos caminarán seguros, si habrá alimentos cerca, si los ríos seguirán vivos y si el desarrollo será una promesa o una amenaza.
Por eso, el ordenamiento territorial debe partir de una regla elemental:
𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼 𝗻𝗼 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝘀𝘂𝗽𝗲𝗿𝗳𝗶𝗰𝗶𝗲 𝘃𝗮𝗰𝗶́𝗮 𝗲𝘀𝗽𝗲𝗿𝗮𝗻𝗱𝗼 𝘀𝗲𝗿 𝗼𝗰𝘂𝗽𝗮𝗱𝗮; 𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗿𝗲𝗱 𝘃𝗶𝘃𝗮 𝗱𝗲 𝗮𝗴𝘂𝗮, 𝘀𝘂𝗲𝗹𝗼, 𝗰𝗹𝗶𝗺𝗮, 𝗯𝗶𝗼𝗱𝗶𝘃𝗲𝗿𝘀𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝘁𝗿𝗮𝗯𝗮𝗷𝗼, 𝗺𝗲𝗺𝗼𝗿𝗶𝗮 𝘆 𝗰𝗼𝗺𝘂𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱.
Cuando esa red se rompe, el costo no lo paga solo la naturaleza. Lo paga la familia común: con enfermedades, inundaciones, calor extremo, apagones de agua, pérdida de cultivos, barrios vulnerables, aumento del costo de vida y deterioro de la convivencia.
𝗟𝗮 𝗽𝗿𝗶𝗺𝗲𝗿𝗮 𝘁𝗮𝗿𝗲𝗮 𝗲𝗱𝘂𝗰𝗮𝘁𝗶𝘃𝗮 𝗲𝘀, 𝗽𝗼𝗿 𝘁𝗮𝗻𝘁𝗼, 𝗮𝘆𝘂𝗱𝗮𝗿 𝗮 𝗹𝗮 𝗽𝗼𝗯𝗹𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗮 𝗹𝗲𝗲𝗿 𝗲𝗹 𝘁𝗲𝗿𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿𝗶𝗼.
Saber dónde estamos no significa solamente conocer el nombre del municipio o la provincia. Significa entender en qué cuenca vivimos, sobre qué suelo estamos, qué riesgos nos rodean, qué ecosistemas nos protegen, qué actividades nos amenazan y qué instituciones tienen la obligación de responder.
𝗨𝗻 𝗽𝗮𝗶́𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗲𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗲 𝘀𝘂𝘀 𝗺𝗮𝗽𝗮𝘀 𝘁𝗲𝗿𝗺𝗶𝗻𝗮 𝗰𝗼𝗻𝘃𝗶𝗿𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼 𝗲𝗹 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗿𝗿𝗼𝗹𝗹𝗼 𝗲𝗻 𝗱𝗲𝘀𝗼𝗿𝗱𝗲𝗻.
Un país que aprende a leerlos puede convertir la planificación territorial en una herramienta de justicia, seguridad, producción, conservación y bienestar.
En el próximo artículo hablaremos del mapa político, el presupuesto y el “desarrollo”.

Arte con un Corazón, Surrealismo Andino - Jonathan Terreros'

 

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