domingo, junio 28, 2026

José María Arguedas.

 


(Andahuaylas, 1911 - Lima, 1969) Escritor y etnólogo peruano, renovador de la literatura de inspiración indigenista y uno de los más destacados narradores peruanos del siglo XX.


José María Arguedas

Sus padres fueron el abogado cuzqueño Víctor Manuel Arguedas Arellano, que se desempeñaba como juez en diversos pueblos de la región, y Victoria Altamirano Navarro. En 1917 su padre se casó en segundas nupcias (la madre había muerto tres años antes), y la familia se trasladó al pueblo de Puquio y luego a San Juan de Lucanas. Al poco tiempo el padre fue cesado como juez por razones políticas y hubo de trabajar como abogado itinerante, dejando a su hijo al cuidado de la madrastra y el hijo de ésta, quienes le daban tratamiento de sirviente.

En 1921 se escapó con su hermano Arístides de la opresión del hermanastro. Se refugiaron en la hacienda Viseca, donde vivieron dos años en contacto con los indios, hablando su idioma y aprendiendo sus costumbres, hasta que en 1923 los recogió su padre, quien los llevó en peregrinaje por diversos pueblos y ciudades de la sierra, para finalmente establecerse en Abancay.

Después de realizar sus estudios secundarios en Ica, Huancayo y Lima, ingresó en 1931 en la Facultad de Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima para estudiar literatura. Entre 1932 y 1937 trabajó como auxiliar de la Administración Central de Correos de Lima, pero perdió el puesto al ser apresado por participar en una manifestación estudiantil a favor de la República Española.

Tras permanecer alrededor de un año en la prisión El Sexto, fue nombrado profesor de castellano y geografía en Sicuani, en el departamento de Cuzco, cargo en que descubrió su vocación de etnólogo. En octubre de 1941 fue agregado al Ministerio de Educación para colaborar en la reforma de los planes de estudios secundarios. Tras representar al profesorado peruano en el Congreso Indigenista Interamericano de Patzcuaro (1942), reasumió su labor de profesor de castellano en los colegios nacionales Alfonso Ugarte, Nuestra Señora de Guadalupe y Mariano Melgar de Lima, hasta que en 1949 fue cesado por considerársele comunista.


En su oficina del Museo de la Cultura Peruana (1960)

En marzo de 1947 fue nombrado Conservador General de Folklore en el Ministerio de Educación, para posteriormente ser promovido a Jefe de la Sección Folklore, Bellas Artes y Despacho del mismo ministerio (1950-52). En 1953 fue nombrado Jefe del Instituto de Estudios Etnológicos del Museo de la Cultura Peruana, y el mismo año comenzó a publicar la revista Folklore Americano (órgano del Comité Interamericano de Folklore, del que era secretario), la cual dirigió durante diez años.

A este cargo sucedieron el de director de la Casa de la Cultura del Perú (1963-1964) y director del Museo Nacional de Historia (1964-1966), desde los cuales editaría las revistas Cultura y Pueblo e Historia y Cultura. También fue profesor de etnología y quechua en el Instituto Pedagógico Nacional de Varones (1950-53), catedrático del Departamento de Etnología de la Universidad de San Marcos (1958-68) y profesor en la Universidad Nacional Agraria de la Molina desde 1964 hasta su muerte, ocurrida a consecuencia de un balazo que se disparó en la sien y que ocasionaría su fallecimiento cuatro días después. Fue galardonado con el Premio Fomento a la Cultura en las áreas de Ciencias Sociales (1958) y Literatura (1959, 1962) y con el Premio Inca Garcilaso de la Vega (1968).

La obra de José María Arguedas

La producción intelectual de Arguedas es bastante amplia y comprende, además de obras de ficción, diversos trabajos, ensayos y artículos sobre el idioma quechua, la mitología prehispánica, el folclore y la educación popular, entre otros aspectos de la cultura peruana. La circunstancia especial de haberse educado dentro de dos tradiciones culturales, la occidental y la indígena, unido a una delicada sensibilidad, le permitieron comprender y describir como ningún otro intelectual peruano la compleja realidad del indio nativo, con la que se identificó de una manera desgarradora.

Por otro lado, en Arguedas la labor del literato y la del etnólogo no están nunca totalmente disociadas, e incluso en sus estudios más académicos encontramos el mismo lenguaje lírico que en sus narraciones. Y aunque no era diestro en el manejo de las técnicas narrativas modernas, su literatura (basada especialmente en las descripciones) supo comunicar con gran intensidad la esencia de la cultura y el paisaje andinos.

Arguedas vivió un conflicto profundo entre su amor a la cultura indígena, que deseaba se mantuviera en un estado "puro", y su deseo de redimir al indio de sus condiciones económicas y sociales. Se puede decir que la añoranza a las formas tradicionales de la vida andina hizo que postulara un estatismo social, en abierta contradicción con su adhesión al socialismo. Su obra revela el profundo amor del escritor por la cultura andina peruana, a la que debió su más temprana formación, y representa, sin duda, la cumbre del indigenismo: fue al mismo tiempo un continuador de la mejor narrativa indigenista (Alcides Arguedas, Jorge Icaza y su compatriota Ciro Alegría) y su más profundo renovador, como también lo fueron, aunque desde otros enfoques, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpenter o Juan Rulfo.

Dos circunstancias ayudan a explicar la estrecha relación de Arguedas con el mundo campesino. En primer término, que naciera en una zona de los Andes que no tenía mayor roce con los estratos occidentalizados; en segundo lugar, que su madrastra lo obligara a permanecer entre los indios tras la muerte de su madre. De esa manera asimiló la lengua quechua, y lo mismo sucedió con las costumbres y los valores éticos y culturales del poblador andino.

Esta precoz experiencia, vivida primero y simbolizada en su escritura por la oposición indios/señores, se vería más tarde reforzada con los estudios antropológicos. Como resultado de esta trama, la vida de Arguedas transcurrió entre dos mundos no sólo distintos, sino además en contienda. De allí surgió su voraz voluntad de interpretar la realidad peruana, la permanente corrección de sus ideas sobre el país y la definición de su obra como la búsqueda de una imagen válida de éste.

Ya desde sus primeros relatos se advierte la problemática que terminaría por presidir toda su escritura: la vida, los azares y los sufrimientos de los indios en las haciendas y aldeas de la sierra del Perú. Allí también se presenta esa escisión esencial de dos grupos, señores e indios, que será una constante en su obra narrativa. El espacio en que se desarrollan sus relatos es limitado, lo que permite a esta oposición social y cultural mostrarse en sus aspectos más dramáticos y dolorosos. El derrotero de Arguedas ya está trazado; aunque en su fuero interno vive intensamente la ambigüedad de pertenecer a dos mundos, su actitud literaria es muy clara, en la medida en que determina una adhesión sin atenuantes al universo de los indígenas, generando dos cauces de expresión que se convertirán en sendos rasgos de estilo: la representación épica y la introspección lírica.


José María Arguedas

Su primer libro reúne tres cuentos con el título de Agua (1935), que describen aspectos de la vida en una aldea de los Andes peruanos. En estos relatos se advierte el primer problema al que se tuvo que enfrentar en su narrativa, que es el de encontrar un lenguaje que permitiera que sus personajes indígenas (monolingües quechuas) se pudieran expresar en idioma español sin que sonara falso. Ello se resolvería de manera adecuada con el empleo de un "lenguaje inventado": sobre una base léxica fundamentalmente española, injerta el ritmo sintáctico del quechua. En Agua los conflictos sociales y culturales del mundo andino se observan a través de los ojos de un niño. El mundo indígena aparece como depositario de valores de solidaridad y ternura, en oposición a la violencia del mundo de los blancos.

Yawar fiesta (1941) plantea un problema de desposesión de tierras que sufren los habitantes de una comunidad. Con esta obra el autor cambia algunas de las reglas de juego de la novela indigenista, al subrayar la dignidad del nativo que ha sabido preservar sus tradiciones a pesar del desprecio de los sectores de poder. Este aspecto triunfal es, de por sí, inusual dentro del canon indigenista, y da la posibilidad de entender el mundo andino como un cuerpo unitario, regido por sus propias leyes, enfrentado al modelo occidentalizado imperante en la costa del Perú.

En Los ríos profundos (1958), José María Arguedas propone la dimensión autobiográfica como clave interpretativa. En esta obra se nos muestra la formación de su protagonista, Ernesto (que recobra el nombre del niño protagonista de algunos de los relatos de Agua), a través de una serie de pruebas decisivas. Su encuentro con la ciudad de Cuzco, la vida en un colegio, su participación en la revuelta de las mujeres indígenas por la sal y el descubrimiento angustioso del sexo son algunas de las etapas a través de las cuales Ernesto define su visión del mundo. El mundo de los indios asume cada vez más connotaciones míticas, erigiéndose como un antídoto contra la brutalidad que tienen las relaciones humanas entre los blancos.


José María Arguedas

La novela siguiente, El Sexto, publicada en 1961, representa un paréntesis con respecto al ciclo andino. "El Sexto" es el nombre de la prisión de Lima donde el escritor fue encarcelado en 1937-1938 por la dictadura de Óscar Benavides. El infierno carcelario es también una metáfora de la violencia que domina toda la sociedad peruana.

Con Todas las sangres, de 1964, Arguedas reanudó, sobre bases más amplias, la representación del mundo andino. Del relato autobiográfico se pasa a un cuadro general que comprende las transformaciones económicas, sociales y culturales que suceden en la sierra peruana. A través de la historia de una familia de grandes latifundistas, el autor afronta las consecuencias del proceso de modernización que avanza sobre un mundo todavía feudal.

Todas las sangres es ciertamente un proyecto narrativo de largo aliento y mucho más ambicioso que los anteriores, pues pretende sopesar todos los modelos que se presentan como alternativos para construir y configurar la sociedad peruana. A ello obedece su estructura coral, en la cual se enfrentan el proyecto capitalista, el orden feudal y un boceto de capitalismo nacional. Pero el autor invalida cada uno de ellos, proponiendo como legítimo un modelo social comunitario que no desdeña, empero, la modernización. Todas las sangres eleva el problema indígena a problema nacional, e incluso le brinda un tinte universal, en la medida en que el conflicto expresado en la novela corresponde ya en ese momento al llamado Tercer Mundo.

La última novela de Arguedas, El zorro de arriba y el zorro de abajo, que se publicó póstuma en 1971, quedó inacabada por el suicidio del escritor. Los capítulos que consiguió escribir están ambientados en Chimbote, un puerto pesquero del norte que sufre un desarrollo impetuoso y caótico. El autor alterna la representación dramática de los costes humanos de este crecimiento, especialmente la pérdida de identidad cultural de los indios trasplantados a la ciudad, con apuntes de diario, de los cuales emerge la decisión, cada vez más inexorable, de suicidarse.

La imagen literaria de Arguedas se completa con sus Relatos completos, reunidos en 1975, y con importantes investigaciones antropológicas y folclóricas, además de su producción poética en lengua quechua.

Cómo citar este artículo:
Tomás Fernández y Elena Tamaro. «Biografia de José María Arguedas» [Internet]. Barcelona, España: Editorial Biografías y Vidas, 2004. Disponible en https://www.biografiasyvidas.com/biografia/a/arguedas.htm [página consultada el 28 de junio de 2026].

sábado, junio 27, 2026

Duurante 33 años, Bakhretdin Khakimov fue uno de los soldados soviéticos desaparecidos en Afganistán..




Cuando finalmente lo encontraron, ya no vestía uniforme ni hablaba ruso con fluidez. Llevaba turbante, una larga barba y respondía al nombre de Sheikh Abdullah.


Khakimov había nacido en 1960 cerca de Samarcanda, en la entonces República Socialista Soviética de Uzbekistán. Tenía 20 años cuando fue enviado a Afganistán como integrante de una unidad de fusileros motorizados estacionada en la región de Herat.


En septiembre de 1980 resultó gravemente herido durante un combate cerca de Shindand.


Después de la batalla, desapareció.


Sus compañeros no pudieron encontrarlo y su nombre quedó incluido entre los militares soviéticos cuyo destino se desconocía. Durante décadas fue considerado probablemente muerto.


Pero había sobrevivido.


Habitantes de la zona lo encontraron con una grave lesión en la cabeza. Un anciano afgano que trabajaba como curandero lo acogió, trató sus heridas con hierbas y terminó enseñándole su oficio.


Khakimov permaneció junto a él.


Con el paso del tiempo adoptó las costumbres locales, comenzó a vestir como los habitantes de la región y recibió el nombre de Sheikh Abdullah. Se convirtió en curandero tradicional y llevó una vida seminómada entre comunidades del distrito de Shindand.


También se casó con una mujer afgana. Ella murió años después y la pareja no tuvo hijos.


La herida sufrida durante la guerra dejó consecuencias permanentes. Conservaba un tic nervioso, además de temblores en una mano y un hombro. Había olvidado gran parte del ruso y nunca intentó ponerse en contacto con sus familiares.


Mientras tanto, una organización formada principalmente por veteranos soviéticos continuaba buscando a los soldados que nunca regresaron.


Durante años, la guerra civil y el dominio talibán dificultaron las investigaciones. Finalmente, una pista llevó a los voluntarios hasta un curandero de origen extranjero que vivía en el oeste de Afganistán.


El 23 de febrero de 2013 se produjo el encuentro.


El hombre comprendía todavía algunas palabras en ruso, aunque apenas podía hablarlo. Recordó los nombres de su madre, sus hermanos y sus hermanas, además del lugar donde había sido reclutado.


También reconoció fotografías relacionadas con su antigua vida.


Era Bakhretdin Khakimov.


El joven soldado desaparecido en 1980 seguía vivo, convertido en un hombre completamente integrado en el país al que había llegado como combatiente.


Cuando le preguntaron por aquellos años, respondió de manera sencilla: estaba feliz de haber sobrevivido.


También expresó su deseo de reencontrarse con sus familiares, siempre que ellos quisieran verlo y el encuentro no les causara daño.


La guerra le había quitado su idioma, su juventud y el contacto con su familia. Pero no consiguió quitarle la vida.


Durante 33 años, el mundo lo contó entre los desaparecidos.


Afganistán, en cambio, lo conocía como Sheikh Abdullah, el curandero que había llegado herido desde una guerra lejana y nunca volvió a marcharse

Datos históricos.

A mis amigos del Instituto Dermatológico y Cirugía de Piel (IDCP)

Para mí fue un enorme placer haber trabajado en el Departamento de Lepra del Instituto Dermatológico y Cirugía de Piel, junto a un excelente equipo de personas con el cual compartí más de veinte años de mi vida. Juntos realizamos una labor encomiable en favor de los enfermos de lepra en el país, especialmente en las zonas que nos correspondían: el Distrito Nacional, San Cristóbal y Monte Plata.

Recuerdo con mucho afecto a los doctores Periche, Lora y Canario Hilario; a los auxiliares Thomas Castro, Alexis Calderón, Samuel Goris, Audris Adames, Juan Aquino, Wilson Guillermo, Santana de la Cruz, Víctor Díaz, José Terrero, perdomo y a Jayro, padres e hijos que trabajan en zapatería; así como a las secretarias Dania Araujo, Doña Selmo, Judith Montsant, Carmen Espinal entre otros.

¿Cuál era nuestro trabajo? Brindábamos consultas dermatológicas en los dispensarios de atención primaria en los barrios y el interior  donde la incidencia de lepra era alta, y realizábamos operativos médicos en los pueblos y barrios de las provincias asignadas. Además, llevábamos el tratamiento directamente a las casas de los pacientes, velábamos por su salud y la de sus familiares, y les hacíamos revisiones periódicas para detectar a tiempo cualquier posible contagio.

Ya hace varios años que no formó parte directa del equipo, pero nos mantenemos en contacto y de vez en cuando compartimos. Más que compañeros de trabajo, somos amigos entrañables a quienes nos une un profundo sentimiento de ternura y hermandad.

También de manera particular agradezco a todas las personas, organizaciones e instituciones, que siempre apoyaban el trabajo que hacíamos, especialmente a doña Bertilia  y su equipo de mujeres en Sabana Grande de Boya a donde íbamos todos los segundo martes de cada mes y donde nos daban todo su apoyo y cariño.

A todos ellos les recuerdo que siempre los llevo en mi corazón y en mis pensamientos.

Domingo Acevedo

Junio, 2026.



















































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