domingo, julio 26, 2026

La IA hace un profundo analisis literario, historico y antropologico de siete de mis narraciones de La Memoria del olvido.

Estimado Domingo, es un privilegio absoluto sumergirse en las páginas de tu obra inédita La memoria del olvido. A través de estas siete estampas narrativas, no solo despliegas una prosa poética de altísima factura, sino que construyes un artefacto literario que funciona como acto de resistencia, cartografía afectiva y testimonio sociohistórico.

A continuación, te presento un análisis integral de los textos presentados, abordando sus ejes temáticos, recursos estilísticos y el valor testimonial que articulan.

1. Núcleos Temáticos Principales

A. La herida colonial, el exilio ontológico y el ADN caribeño (Texto 1)

En «Mi origen», la narrativa trasciende la mera cronología personal para abordar una memoria colectiva e intergeneracional. El "yo" poético no habla únicamente desde su individualidad, sino desde la voz de la diáspora africana.

  • La travesía transatlántica: Hay una imagen sobrecogedora en la que el ADN "comienza a viajar en un cuerpo desconocido". Esta disociación entre el ser y el cuerpo cosificado por la trata negrera sintetiza el trauma fundacional del Caribe.

  • La resignación trágica: El texto equilibra la nostalgia irrenunciable ("África sigue siendo en mi corazón la ilusión más dulce") con la aceptación del suelo dominicano como espacio de destino y sepultura ("esta tierra tan ajena y tan mía").

  • El contrapunto del dolor y la música: El sufrimiento del látigo no anula la vida; esta encuentra su trinchera de preservación cultural en la "voz alegre de las tamboras".

B. El choque dialéctico: Tradición ancestral vs. Modernidad (Textos 2 y 7)

En «Por el otro lado del camino» y «La insignificante grandeza», construyes una tensión fundamental entre dos mundos inacabables: el universo bucólico/ancestral de La Esperilla y la vorágine urbana que se aproxima.

  • El maestro como heraldo trágico: La expulsión del maestro por parte de la comunidad es un gesto de autodefensa frente a lo incomprensible. El maestro representa la irrupción de la modernidad (máquinas, mares, mapas), mientras que los niños y los padres intentan proteger el perímetro de su inocencia y su mitología local. La advertencia final del docente actúa como una profecía: la modernidad se los tragaría.

  • La ciudad como espejismo y amenaza: En el texto 7, Santo Domingo (sus avenidas, casinos, cines de la Duarte y Mella, tiendas) se presenta no como progreso, sino como un monstruo mecánico y alienante. Frente a la vitrina, el campesino sufre el impacto de verse "descalzo y harapiento", experimentando la otredad dentro de su propia tierra.

C. La dignidad de la subsistencia y el lirismo de la pobreza (Textos 3, 4, 5 y 6)

A lo largo de los fragmentos «Cuando el sol se acrisola en el horizonte», «Ahora recuerdo a la abuela Mamá Tita», «El largo camino de la esperanza» y «Labradores de sueños», la escasez económica no se retrata con miserabilismo, sino con una profunda dignidad y calor comunitario.

  • El valor del esfuerzo y la tierra: La dureza de la sequía de julio, la elaboración del carbón vegetal, la recolección de la guáyiga para hacer chola y la pesca en la laguna de Manganagua se transforman en rituales de supervivencia compartida.

  • La humanización del entorno: Animales como la burra Julia y el perro León no son meros bienes de trabajo o mascotas; son miembros plenos del núcleo familiar, portadores de afecto y lealtad en medio de la intemperie.

  • La solidaridad comunitaria: El compartir el caldo de tilapia o las jicoteas con los vecinos refleja una economía de la reciprocidad que contrasta con el egoísmo urbano.

2. Análisis Estilístico y Recursos Literarios

• Prosa Poética y Lirismo de la Naturaleza

Tu escritura destaca por un manejo exquisito del lenguaje figurado, donde los elementos de la naturaleza adquieren dimensión mística y humana:

  • Metáforas de luz y sombra: "El sol se acrisola", "el limbo que las va apagando con sus manos aterciopeladas", "cielos infinitos de estrellas".

  • Personificación del paisaje: El viento que "se desenreda entre los arbustos", la brisa que "parece danzar", o el alba que "borda de colores el horizonte".

• Geografía Social y Microtoponimia Dominicana

Existe un valor documental altísimo en la conservación de la toponimia y el léxico autóctono. Al nombrar sitios como La Esperilla, Manganagua, Borronoso, Guajimía, Manoguayabo, la carretera Sánchez o la cañada de Haina, geolocalizas el mito. Rescatas la memoria de lo que fueron zonas rurales o semi-rurales hoy completamente devoradas por el crecimiento urbano de Santo Domingo. Asimismo, el uso de términos como chola, guáyiga, yambí, maquey, conuco, vellonera, jicotea, bohío dota a la narración de una identidad lingüística genuina y resistente al olvido.

• Simbolismo del Fuego y la Noche

La noche no representa la oscuridad temible, sino el espacio sagrado de la narración, la danza, la cocina comunal y el refugio. El fuego (la fogata en el patio, la lámpara de gas, el horno de carbón) opera como el eje sobre el cual gira la resistencia de la memoria frente a la adversidad.

3. Matriz Temática de la Narración

TextoEje CentralDimensión Espacio-TemporalSímbolo Clave
1. Mi origenMemoria afrodescendiente y diásporaDel África ancestral al Caribe colonial y presenteEl látigo de sal / La tambora
2. Por el otro lado del caminoInocencia rural vs. Avance inevitable de la modernidadAmanecer en La EsperillaLos garabatos del maestro en la nada
3. Cuando el sol se acrisola...La rutina de la tarde, la sequía y la vida comunitariaAtardecer/Noche entre Guajimía, Haina y la pulperíaLa vellonera de Andrés Longo
4. Ahora recuerdo a la abuela...El rigor del verano y la rebeldía del cantoEl mediodía tórrido de julioLa chola de guáyiga / El gran árbol de la noche
5. El largo camino de la esperanzaLa fraternidad, la caza/pesca y el sustento familiarLa noche en el patio bajo el javeyEl caldo de tilapias y jicoteas
6. Labradores de sueñosLa abnegación del padre carbonero y el pregonar campesinoCaída de la tarde rumbo al monte/ciudadLa burra Julia y los sacos de carbón
7. La insignificante grandezaBalance histórico y desaparición del mundo tradicionalContrapunto entre la ciudad moderna y el bohío ancestralEl espejo de la vida / La vitrina de la tienda

Conclusión

estos relatos de La memoria del olvido logran algo verdaderamente difícil en la literatura caribeña contemporánea: fusing the epic with the intimate (fusionar lo épico con lo íntimo). Logras que el drama de la explotación colonial y el crecimiento urbano desmedido no se sientan como fríos datos históricos, sino como la piel sudada de un padre cuidando un horno de carbón, la mirada de la abuela Mamá Tita o el sabor de un caldo compartiendo en el patio bajo las estrellas.

Es una obra que le devuelve la palabra a los olvidados, dignificando su paso por la tierra y asegurando que, aunque la modernidad haya cubierto de hormigón los caminos de La Esperilla, su memoria permanezca viva e indestructible a través de tu pluma.


El valor literario de La memoria del olvido reside en su capacidad para disolver la frontera entre la narrativa y la poesía. No estamos ante una prosa descriptiva convencional, sino ante una prosa de aliento lírico donde la metáfora no funciona como mero adorno ornamental, sino como la estructura misma a través de la cual aprehendes la realidad, la memoria y el dolor colectivo.

A continuación, presento un análisis estilístico pormenorizado de los mecanismos trópicos y poéticos que vertebran tus textos.

1. Mapeo Metafórico y Redes Simbólicas

Tu escritura opera mediante redes metafóricas interconectadas donde los elementos del paisaje, la anatomía humana y los fenómenos astronómicos intercambian constantemente sus atributos.

A. La Corporalización de la Memoria y el Dolor

En tus relatos, el trauma histórico y el afecto no son conceptos abstractos; se encarnan directamente en la piel y los fluidos vitales.

  • «Látigo de sal» / «Viejas heridas que vuelven a sangrar»: La memoria no es un recuerdo estático, es un cuerpo lacerado. La sal —asociada tanto al mar del viaje transatlántico como a las lágrimas y al sudor del trabajo forzado— actúa como un agente cauterizante que, paradójicamente, reabre la herida en lugar de cerrarla.

  • «El ADN sin querer empezó a viajar»: Es una metáfora de una potencia lírico-científica notable. Desplazas la identidad colectiva desde el concepto sociológico hacia la biología misma: el trauma de la esclavización no comenzó en la voluntad del individuo, sino en el nivel genético de un organismo arrastrado a la fuerza.

  • «Piel pegajosa de oscuridad»: La noche se convierte en una materia táctil que se adhiere al cuerpo del labriego, fusionando el cansancio físico con el entorno geográfico.

[Trauma Histórico / Mar de Sal] ──► [Látigo / Herida Abierta] ──► [Anatomía del Recuerdo]

B. Cosmogonías y Cinetismo del Paisaje

Un rasgo distintivo de tu estilística es la humanización y dramatización del cosmos. El cielo y el tiempo no son decorados estáticos, sino actores de la tragedia cotidiana.

  • «Limbo que las va apagando con sus manos aterciopeladas»: El amanecer devora a las estrellas no por un fenómeno astronómico frío, sino mediante un gesto de asfixia suave y poética.

  • «Fuego celeste del crepúsculo» / «Escalinatas del tiempo»: El atardecer es conceptualizado como una arquitectura cósmica por la que el sol desciende solemnemente para dar paso al ritual nocturno.

  • «Ríos que habitan los últimos indígenas» / «Ballenas que habitan en la luna»: Las respuestas del maestro a los niños construyen un realismo mágico caribeño donde la geografía física se dilata hacia el mito ancestral.

2. Figuras Retóricas Dominares

Para vertebrar esta atmófera elegíaca, empleas con maestría diversos recursos retóricos:

• Sinestesia (Cruce de Percepciones Sensoriales)

Mezclas sensaciones táctiles, gustativas, visuales y auditivas para intensificar la inmersión del lector:

  • «Agrio sabor de la ausencia» (Gusto + Abstracción).

  • «Dagas luminosamente crepusculares» (Vista + Tacto punzante).

  • «Olor a sudor mezclado con el olor húmedo a laguna» (Olfato + Atmósfera física).

  • «Manos analfabetas y tiernas» (Cualidad intelectual atribuida al tacto maternal).

• Oxímoron y Antítesis (La Estética de la Contradicción)

La experiencia del campesino dominicano y del descendiente de la diáspora está marcada por la dualidad; tus estructuras sintácticas reflejan esa tensión constante:

  • «Tierra tan ajena y tan mía»: Expresa la paradoja ontológica del afrodescendiente en América: despojado de África, pero ligado visceralmente al suelo que cultiva.

  • «Insignificante grandeza»: Título del texto 7 que condensa la tesis central de tu obra: la vida de los humildes es diminuta para la Gran Historia urbana, pero monumental en su dignidad humana.

  • «Tristemente felices»: Describe la capacidad de la comunidad para encontrar la alegría y la celebración (el canto, la tambora, la fogata) en medio de la opresión e inopia.

• Prosopopeya (Personificación del Entorno)

El paisaje caribeño en tus páginas sufre, siente y reacciona a la condición humana:

  • «El sol desata su ira con más fuerza».

  • «Julio está lleno de malos presagios».

  • «La brisa caliente se desenreda entre los arbustos achicharrados... y parece danzar».

3. Ritmo, Cadencia y Recursos Fónicos

La calidad lírica de estos fragmentos no solo reside en lo que se dice, sino en el ritmo musical con el que se articula la frase.

A. Anáforas y Paralelismos

Utilizas la repetición estructural para generar un efecto de letanía o conjuro ancestral:

«...ni el peso de las cadenas, ni la pobreza, ni el hambre, ni la lluvia eternizándose en el camino...»

Esta acumulación de negaciones/obstáculos reforzada por el polisíndeton (ni... ni... ni) le otorga al texto un tempo coral, imitando el ritmo cansino pero firme del caminante o el latido de la tambora.

B. El Registro Léxico: El Contrapunto Lingüístico

Tu prosa logra un equilibrio singular mediante la convivencia de dos registros:

[ Registro Culto / LÍRICO ]              [ Registro Autóctono / DIALECTAL ]
• Acrisolado, limbo, vorágine.            • Guáyiga, chola, yambí, maquey.
• Dagas crepusculares.                   • Jicoteas, conuco, bohío, vellonera.
• Desembocar en la eternidad.            • Marchanta, carbón, tilapias.

Esta hibridación demuestra que el lenguaje campesino y la experiencia de la marginalidad no están desprovistos de alta densidad filosófica; al contrario, se enriquecen mutuamente.

Conclusión Estilística

Tu estilo en La memoria del olvido puede definirse como un lirismo elegíaco de la resistencia. No escribes desde la queja pasiva, sino desde la iluminación poética de la memoria. La metáfora en tus manos deja de ser un mero recurso literario para convertirse en un mecanismo de supervivencia: ante la sequía, la pobreza y el olvido histórico, la palabra poética es el único territorio donde los abuelos, la infancia en La Esperilla y la dignidad de la familia permanecen invictos.

En La memoria del olvido, la familia no se configura como un mero grupo de convivencia biológica, sino como el núcleo espiritual, ético y de resistencia frente al despojo histórico y la pobreza extrema.

Cada integrante de la familia encarna un arquetipo fundamental en la preservación de la vida, la memoria y la dignidad en La Esperilla. A continuación, presento el análisis de la caracterización de cada uno de ellos:

1. La Abuela Mamá Tita: La Matriarca Ancestral y Faro Cósmico

La abuela Mamá Tita es el vínculo ontológico con el origen afrodiaspórico y el pilar sobre el cual descansa la identidad colectiva del hogar.

  • El puente entre dos mundos: Es quien encarna el recuerdo vivo de la travesía transatlántica. En el primer relato, su "mirada triste" despierta al narrador en medio de la violencia del apresamiento colonial. Ella es la memoria que no se apaga.

  • Nutricia en la escasez: Se la caracteriza elaborando chola de guáyiga para "mitigar el hambre de toda la vida". La abuela transforma un tubérculo silvestre y complejo de procesar en alimento, simbolizando la sabiduría ancestral de supervivencia.

  • El centro del espacio sagrado: El bohío de Mamá Tita y su enramada constituyen el santuario donde la comunidad se reúne "al caer la prima noche". Es bajo su amparo donde los niños juegan, los adultos conversan y se preserva el mito frente al embate de la realidad.

2. El Padre: El Titán Silencioso y el Ladrillo de la Dignidad

El padre representa la ética del trabajo abnegado, el sacrificio físico y la lealtad incondicional. Su figura está envuelta en una aura de heroísmo cotidiano y taciturno.

  • El leñador/carbonero solitario: Se le retrata internándose en las "trochas invisibles del tiempo" y velando durante noches enteras el horno de carbón. El padre habita la intemperie, expuesto al frío, los mosquitos y la soledad, para evitar que su esfuerzo se transforme en cenizas.

  • La dignidad del pregonero: Es quien carga sobre el lomo de la burra Julia los frutos del conuco y el carbón vegetal para venderlos en la ciudad por "miserables monedas". A pesar del vestuario de harapos y el trato inhóspito de la urbe, su labor está vestida de una profunda nobleza.

  • El vínculo afectivo con los animales: La relación con la burra Julia y el perro León revela la ternura de su carácter. No es un hombre endurecido por la miseria, sino un ser en profunda armonía con su entorno y su familia.

3. La Madre: El Fuego Sagrado y el Cuidado Amoroso

La figura materna se caracteriza como la guardiana del hogar, la ternura y la cohesión comunal.

  • La presencia incandescente: En la cocina, la madre sostiene "el fuego encendido", símbolo vivo de la esperanza que no se extingue a pesar de la sequía y la penuria.

  • El abrazo contenedor: Es la primera en salir al patio a abrazar a los hijos (Felipe y Ñoñó) cuando regresan de la noche con la pesca. Su presencia física transmite alivio e integración.

  • La alquimista de la escasez: Transforma el caldo de tilapia sin más condimentos que sal, ajo, cebolla y orégano en un banquete sagrado de comunión familiar, donde la escasez se olvida mediante el afecto repartido.

4. Los Hermanos: La Fraternidad, el Aprendizaje y el Futuro

Los hermanos se dividen en dos grupos funcionales dentro del relato: los mayores (proveedores e idolos) y los menores (los compañeros de inocencia).

A. Felipe y Ñoñó (Los Hermanos Mayores)

  • Los cazadores/proveedores de quimeras: Encarnan la destreza en el monte, la osadía y la capacidad de adentrarse en las geografías difíciles (como la laguna de Manganagua).

  • Modelos de admiración: Para el narrador, sentarse entre ellos dos es un acto de orgullo. Representan el paso hacia la madurez y la promesa de que un día el "yo" poético podrá cruzar los límites ancestrales para "cazar la quimera y entregarles a sus padres la felicidad".

B. Juana María, Juancito y Papo (Los Hermanos Menores/Compañeros)

  • Cómplices de la infancia y el trabajo: Acompañan a la madre en la despedida nocturna del padre y en la travesía madrugadora para llevarle café al horno de carbón. Representan la solidaridad horizontal de la infancia compartida.

5. Julia (La Burra) y León (El Perro): Los Miembros No Humanos

Resulta estilísticamente magistral la inclusión explícita de la burra Julia y el perro León como integrantes plenos del núcleo familiar.

  • Julia: Personifica la paciencia, la resistencia y la mirada "redonda y triste" de los desposeídos. Carga el peso físico del trabajo del campesino.

  • León: Representa la alegría espontánea, la vigilancia frente a los "fantasmas del monte" y la lealtad inquebrantable hacia el padre en la soledad de la carbonera.

"Ella y León son parte de la familia." — Esta afirmación del texto rompe la jerarquía antropocéntrica e integra a los animales en el mismo plano de afecto y destino común.

Resumen de la Red Familiar

                 [ MAMÁ TITA ]
         (Matriarca / Memoria Ancestral)
                       │
       ┌───────────────┴───────────────┐
  [ EL PADRE ]                   [ LA MADRE ]
 (Trabajo / Sacrificio)        (Cuidado / Fuego Sagrado)
       │                               │
       └───────────────┬───────────────┘
                       │
 ┌─────────────────────┼─────────────────────┐
 │                     │                     │
[FELIPE y ÑOÑÓ]  [EL NARRADOR]    [JUANA MARÍA, JUANCITO, PAPO]
(Proveedores)   (Testigo / Voz)       (Compañeros de infancia)
                       │
        [JULIA (Burra) y LEÓN (Perro)]
           (Lealtad / Cotidianeidad)

En conclusión, la familia en La memoria del olvido está caracterizada como un organismo colectivo indivisible: frente al asedio del hambre, la sequía y el avance aplastante de la ciudad, ninguno de sus miembros se salva solo; es en el patio, alrededor del fogón y bajo el cielo estrellado donde la dignidad de todos permanece intacta.


En la arquitectura mítica y simbólica de tus relatos en La memoria del olvido, la quimera y la prohibición de cruzar los límites ancestrales del monte constituyen una poderosa alegoría sobre la inocencia, el deseo de trascendencia, la preservación cultural y la irrupción del choque histórico.

Estos dos elementos operan en una estrecha relación dialéctica: el límite marca la frontera de la comunidad protegida, mientras que la quimera encarna el anhelo del joven por romper la inopia y entregarle una promesa de plenitud a su familia.

1. La Prohibición de Cruzar los Límites Ancestrales: El Tabú Protector

La prohibición impuesta por los mayores de no alejarse «más allá de los límites ancestrales del bosque» posee una triple dimensión simbólica:

A. La frontera entre el Mito y el Monstruo Urbano

Para los adultos de La Esperilla, el espacio exterior no es sinónimo de libertad, sino de amenaza y aniquilación. Para mantener a los niños a salvo del avance devorador de la modernidad, los padres apelan a la creación de una mitología disuasoria:

«Más allá del sol que muere en el horizonte no hay más que árboles, pájaros fantásticos y animales gigantescos que se tragan de un solo bocado a las personas.»

Los "animales gigantescos" son, en última instancia, la metáfora de los "monstruos mecánicos" de la ciudad (las máquinas, la industria, el consumo, la alienación) descritos en el texto 7. El tabú es, por tanto, un mecanismo de autodefensa cultural para preservar la pureza de la infancia y la seguridad del grupo frente a una civilización que los asimila o los margina.

B. El Cerco de la Inocencia y la Preservación del Microcosmos

El espacio delimitado por los límites ancestrales —el conuco, el patio de la abuela Mamá Tita, las cañadas locales— es un microcosmos sagrado. Dentro de él, a pesar del hambre y la sequía, la comunidad controla su destino mediante el afecto, la danza y la memoria. Cruzar la frontera implica romper el encantamiento y enfrentarse cara a cara con la dura realidad de la pobreza estructural y el despojo.

 [ DENTRO DEL LÍMITE ]                 [ FUERA DEL LÍMITE ]
 Símbolo: El patio, el conuco         Símbolo: La ciudad, las vitrinas
 Estado: Inocencia, pertenencia       Estado: Otredad, despojo, alienación
 Mitos: Mágicos, comunitarios         Mitos: Máquinas devoradoras, espejismos

2. La Quimera: El Anhelo de Trascendencia y el Regalo de la Felicidad

Frente a la restricción del límite, la quimera emerge como la figura del deseo juvenil de emancipación, pero formulada no desde la ambición individualista, sino desde el amor filial y la solidaridad comunitaria.

A. La Quimera como Utopía Doméstica

En la mitología clásica, la quimera es un monstruo inalcanzable o una ilusión vana. Sin embargo, en tu relato, la quimera adquiere una resignificación poética: es la metáfora del sustento, la abundancia y la felicidad merecida para los padres golpeados por el rigor del trabajo.

«Un día seré como ellos [Felipe y Ñoñó] y podré ir por el monte, llegar más allá de los límites ancestrales y cazar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que anhelan.»

La caza de la quimera representa el rito de paso de la infancia a la madurez. Para el narrador niño, "cazar la quimera" no es un acto de conquista violenta, sino el deseo de traer de vuelta al hogar el alimento, la holgura económica y el alivio al cansancio del padre carbonero y de la madre que vela junto al fogón.

B. La Paradoja de la Modernidad como Falsa Quimera

Existe un contrapunto trágico entre la quimera del niño campesino y la quimera urbana descrita en el texto 7. Mientras el niño sueña con cazar una quimera de amor y plenitud para su hogar, los habitantes de la ciudad son atrapados por una quimera ilusoria en «los cines de melancolía» y las «vidrieras de las tiendas».

La modernidad ofrece una quimera falsa —un espejismo de luces y consumo— que deja al campesino "harapiento y descalzo". La verdadera quimera que el narrador persigue es la restitución de la dignidad y la alegría ancestral.

3. Síntesis Dialéctica: El Inevitable Destino de Cruzar la Frontera

La tensión entre la prohibición del límite y la atracción por la quimera condensa el drama histórico de La Esperilla y de toda la región:

  1. La resistencia inicial: La comunidad intenta refugiarse tras el mito y la prohibición para no ser devorada por el tiempo moderno.

  2. El impulso de la necesidad: El hambre, la sequía y la búsqueda del sustento (como el padre que vende carbón en la ciudad o los hermanos que pescan en Manganagua) obligan a rozar y traspasar continuamente las fronteras.

  3. El cumplimiento de la profecía: Como advierte el maestro al ser expulsado, el intento de silenciar la verdad y mantenerse aislados resulta inútil. La modernidad termina por cruzar el límite en sentido inverso, disolviendo el monte y absorbiendo la geografía rural bajo el hormigón urbano.

Por ello, la búsqueda de la quimera por parte del narrador adquiere su valor definitivo en la escritura misma: al no poder preservar el monte físico, caza la quimera del recuerdo a través de la literatura, convirtiendo a La memoria del olvido en el verdadero territorio ancestral que nadie podrá destruir.


En La memoria del olvido, la microtoponimia y la geografía no operan únicamente como escenarios literarios, sino como una cartografía testimonial de inestimable valor histórico y documental. A través de la mención precisa de La Esperilla, Manganagua, la cañada de Guajimía, Manoguayabo, Haina y la carretera Sánchez, tus textos fijan en la memoria colectiva un paisaje rural, campesino y afrodiaspórico que fue absorbido por el crecimiento urbano desmedido de Santo Domingo a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

A continuación, se detalla el análisis del valor histórico y geográfico de estos espacios en tu narración:

1. La Esperilla: Del Espacio Bucólico-Ancestral a la Urbe Contemporánea

El tratamiento de La Esperilla en tus relatos constituye uno de los aportes documentales más significativos de la obra:

  • Rescate de la memoria rural: Hoy en día, La Esperilla es un sector de clase media-alta en el corazón del Distrito Nacional de Santo Domingo, caracterizado por torres de apartamentos, avenidas asfaltadas y actividad comercial. Sin embargo, en tus narraciones se rescata su memoria histórica como un territorio campesino y silvestre: una comunidad de bohíos, conucos de batatas, plátanos y yuca, con un camino real polvoriento por donde circulaban recuas de burros y manadas de ganado hacia los pastos.

  • El microcosmos de resistencia: Al retratar La Esperilla como un asentamiento de familias humildes, labradores de tierra y hacedores de carbón que interactuaban con la naturaleza local (el monte, las matas de capá, javey, café cimarrón), la obra documenta las formas de vida y la economía de autosustento que sostuvieron a las familias afrodescendientes dominicanas en las periferias de la capital antes de la expansión inmobiliaria moderna.

2. Manganagua, Guajimía y Manoguayabo: Las Vías de la Geografía Hidrográfica y de Subsistencia

La mención de los sectores y accidentes geográficos al oeste de la capital reconstruye la movilidad del labriego dominicano en busca de agua, pesca y pastoreo:

  • Manganagua (y su laguna): Manganagua aparece en el texto como un punto de aprovisionamiento crucial. La alusión a la "laguna de Manganagua", donde los hermanos Felipe y Ñoñó van a pescar tilapias y jicoteas, documenta la antigua riqueza hidrográfica y ecológica de una zona que, con la urbanización posterior, vio desaparecer sus cuerpos de agua y sus cuevas naturales para convertirse en una densa barriada popular.

  • La cañada de Guajimía y Manoguayabo: El relato del tío Juan de la Rosa y el tío Alberto cruzando «las claras aguas de la cañada de Guajimía» hasta llegar a Manoguayabo evidencia el antiguo cauce limpio de la red fluvial del suroeste de la capital. Documenta una época en la que Guajimía no era el arroyo contaminado por la urbe que se conoce hoy, sino una cañada de aguas transparentes que permitía el libre tránsito del ganado hacia pastizales del oeste.

  • El río Haina y el mar Caribe: El río Haina es caracterizado como el gran cauce natural que conecta la cordillera con el mar. Funciona como el límite natural donde el ganado abrevaba y como el punto donde la geografía fluvial se entrega al Océano, conectando la vida campesina con la memoria de la travesía transatlántica del primer relato.

3. La Carretera Sánchez y el Km 7: La Arteria de Conexión y el Contraste de la Modernidad

La carretera Sánchez (inaugurada en las primeras décadas del siglo XX) es la gran vía que conectaba la capital con el sur y el suroeste del país:

  • El Km 7 como hito geográfico: La mención del abuelo Ismael sentado bajo los limoncillos en el km 7 de la carretera Sánchez documenta la antigua delimitación kilométricamente marcada de la periferia de Santo Domingo. El km 7 marcaba la frontera donde la ciudad comenzaba a disolverse en el paisaje rústico.

  • El ritmo del tiempo: El abuelo viendo pasar «los pocos carros que pasan rumbo a Haina o San Cristóbal» fija documentalmente una época de transición tecnológica: el vehículo de motor como un acontecimiento raro y distante, en contraste con el caminar descalzo de los campesinos o el lomo de la burra Julia.

4. Borronoso y el Palmar: La Red de Parentesco y la Geografía Comunitaria

Los asentamientos de Borronoso (donde vivía la tía Eufemia) y El Palmar (de donde regresa Ninito) completan el mapa de interconexión familiar:

  • Toponimia en extinción: Al nombrar estos parajes, preservas nombres geográficos locales que han ido desapareciendo o reconfigurándose en la nomenclatura urbana actual.

  • Cultura de la reciprocidad: El constante ir y venir a pie entre La Esperilla, Manganagua, Borronoso y El Palmar demuestra cómo las familias extendidas mantenían su cohesión social y económica a través de senderos comunales, cruzando a pie kilómetros de vegetación antes de la construcción de las grandes avenidas interconectadas.

Matriz Geográfica e Histórica de los Relatos

Topónimo / ElementoEstado Histórico en la NarraciónValor Documental y Transformación
La EsperillaParaje de conucos, bohíos, hornos de carbón y caminos reales.Rescata la memoria rural del sector antes de su transformación en centro urbano de Santo Domingo.
Laguna de ManganaguaEcosistema natural de pesca (tilapias, jicoteas).Documenta la hidrología perdida de las cuevas y caudales de la zona antes del poblamiento masivo.
Cañada de GuajimíaArroyuelo de "claras aguas" para el paso del ganado.Testimonio ambiental del cauce limpio previo a la contaminación e industrialización urbana.
Carretera Sánchez (Km 7)Arteria con escaso tránsito hacia Haina y San Cristóbal.Registra la transición hacia la modernidad vial y el límite occidental de la capital.
Río HainaCauce frondoso donde abreva el ganado hasta el mar.Muestra la articulación entre la producción agropecuaria local y el sistema fluvial del sur.

Conclusión

El valor histórico de esta geografía en La memoria del olvido reside en que funciona como un archivo ambiental y social del Santo Domingo que fue. Al nombrar estos microespacios con la precisión del testigo directo, tus relatos impiden que el hormigón y la modernidad borren la historia de las comunidades campesinas y afrodescendientes que sembraron, caminaron y humanizaron esas tierras.

1/Mi origen

La tarde recrea ante mis ojos la nostalgia de mi origen perdido en África.

La tristeza de estos largos años de exilio, en los que hemos perdido nuestra identidad, hace florecer entre mis ojos lirios de agua.

La pena acumulada durante estos siglos de huir a ningún lado golpea mi memoria como un látigo de sal que abre viejas heridas, las cuales vuelven a sangrar bajo el sol púrpura de nuestro ocaso. Tantos años de olvido han dejado en mi boca el agrio sabor de la ausencia.

África sigue siendo en mi corazón la ilusión más dulce; sé que ya no volveré al acrisolado mundo de mis sueños. Me he resignado a morir en esta tierra tan ajena y tan mía, pero mi vida sigue allá, en la aldea de donde una noche mi ADN, sin querer, empezó a viajar en un cuerpo desconocido hacia una isla perdida en el mar Caribe.

Quinientos años después, la mirada triste de la abuela Mamá Tita me despierta en medio del estruendo de los arcabuces y los gritos de los hombres que defendían a los suyos, hasta terminar atados a la codicia de otros que, contra el reflejo de la aldea incendiada, los conducían por un sendero de horror hacia una embarcación anclada en un océano de cadáveres, emprendiendo un viaje sin retorno hacia el dolor.

Yo era apenas algo menos que un sentimiento perdido en la memoria de alguien que aún no había nacido, pero ya llevaba sobre mis hombros el peso de una historia de látigo y sudor, donde la vida nunca dejó de ser un canto que en las noches se multiplicaba en la voz alegre de las tamboras.


2/Por el otro lado del camino.

Amanece. En el cielo, las estrellas se resisten a ceder su espacio al azul intenso del limbo que las va apagando con sus manos aterciopeladas. El alba borda de colores el horizonte y el canto de los pájaros es un grito de alegría en el viento. Cantan los gallos y el rocío en el pasto semeja un rosario de pequeñas diademas que se derriten con los primeros rayos del sol.

Por el camino real, el olor a café se escurre en el viento más allá de los bohíos, y los caminos se van llenando de pasos que se alejan hacia los conucos, donde la esperanza florece en las batatas, los plátanos, la yuca, el maíz, los guandules, el maní congo, el cohombro y los demás rubros agrícolas que cultivamos en La Esperilla.

Por el otro lado del camino, Mandinga se aleja con sus pasos cansados hacia donde los Dendenes, inquilinos de las noches y del rocío, todavía dormitan en los amplios salones de los sueños, esperando que la aurora traiga consigo la luz de un nuevo día; mientras mi padre, solitario leñador, se pierde entre las trochas invisibles del tiempo, hacia donde la esperanza se deshace entre las cenizas de los hornos vegetales que arden más allá del amanecer.

Ya amaneció. Un tropel de niños solitarios se aleja alegre por el camino hacia la única escuela del pueblo, en donde un maestro, sin más herramientas que la ternura, intenta describir con palabras el mundo de más allá de la alborada. Incrédulos, los niños miran con lástima al maestro que hace garabatos en la nada, tratando de dibujar máquinas increíbles que caminan solas, que vuelan y que pueden navegar por los ríos y los mares.

—¿Qué es el mar, profesor? —preguntan los niños a coro.

—El mar es una inmensa laguna que parece no tener fin, con peces de colores, calamares gigantes, delfines juguetones y ballenas migratorias que en las noches habitan en la luna.

—¿Qué es un río, profesor?

—Es un largo camino de agua que lleva a ninguna parte y donde habitan los últimos indígenas que sobrevivieron a la crueldad de los conquistadores españoles.

Para los niños que han vivido perdidos en su inocencia, todo lo que el maestro les dice no es más que una absurda tontería. Para ellos, su mundo se reduce a los conucos, los potreros y el bosque inmenso.

Más allá del sol que muere en el horizonte no hay más que árboles, pájaros fantásticos y animales gigantescos que se tragan de un solo bocado a las personas. Por eso nos está prohibido alejarnos más allá de los límites ancestrales del bosque.

Cuando los padres se dieron cuenta de que el maestro hablaba a los niños de esas absurdas tonterías, lo echaron del pueblo. Él les dijo con pena que todo intento por silenciar la verdad era inútil: no había remedio, no tenían a dónde ir, ya era demasiado tarde y la modernidad se los tragaría irremediablemente.


3/Cuando el sol se acrisola en el horizonte.

Ya son más de las cuatro de la tarde; el sol empieza a acrisolar el horizonte con sus rayos que se van atenuando con el paso de las horas, vistiendo de colores las nubes que, raudas, se alejan huyendo de las sombras.

Por el camino, los labriegos regresan de sus conucos; sobre sus hombros cargan el peso amargo de la pobreza. La tierra, con esta larga sequía, es poco lo que da.

Regresan cansados con sus azadas al hombro, sus machetes en el cinto, sus sombreros de paja, las camisas sudadas, los pantalones arremangados por debajo de las rodillas y los pies descalzos.

Julio es un mes árido donde el calor, que se eterniza más allá de las noches, parece quemarlo todo, hasta los sueños.

Ya hace un rato que el tío Juan de la Rosa y el tío Alberto regresaron de más allá de las lejanas praderas del rocío; se alejaron tanto hacia el oeste buscando pastos que cruzaron las claras aguas de la cañada de Guajimía y llegaron a Manoguayabo, en donde el ganado comió hasta hartarse y después abrevó en las aguas del río Haina, que se pierde entre la frondosidad de la arboleda hasta desembocar en el mar Caribe.

Son más de las siete de la noche. Imagino que ya el abuelo Ismael llegó a su casa, en el km 7 de la carretera Sánchez; llevó a Julia donde pasa la noche, se dio un baño, cenó y luego, como todas las noches, se sentó bajo los limoncillos florecidos de sombras y estrellas junto a Mimina, su esposa, a ver cómo se alejan por la carretera Sánchez los pocos carros que pasan rumbo a Haina o San Cristóbal.

En La Esperilla, los hombres, después de darse un baño y comer algo, se van juntando poco a poco en la pulpería de Andrés Longo a tomarse un trago, escuchar canciones en la vellonera y contarse viejas historias repetidas y carcomidas por el tiempo, en donde olvidan lo amargo de sus vidas.

Es extraño, pero Manuel hoy no ha dado señales de vida; no sé por dónde andará mi solitario amigo.

Hace un rato la tía Eufemia, que venía de Manganagua, pasó por casa a saludar a mamá y siguió su camino hacia Borronoso, en donde vive con su familia.

Nosotros, como es costumbre al caer la prima noche, nos juntamos en el bohío de la abuela Mamá Tita; en él encontramos a Ninito, que hace un rato llegó del Palmar y, mientras los adultos conversan en la enramada, nosotros correteamos por el patio, hacemos piruetas, danzamos, nos hacemos dueños de la noche y construimos, con la inocencia, los sueños que nos permitirán sobrevivir a la vorágine del hambre.


4/Ahora recuerdo a la abuela Mamá Tita.

Ahora recuerdo a la abuela Mamá Tita, haciendo chola de guayiga para mitigar el hambre de toda la vida. Atrás ha quedado la primavera, el verano se adueñó de todo el paisaje. Julio está lleno de malos presagios, hasta las gallinas han muerto en esta terrible sequía.

Cada año que pasa el sol desata su ira con más fuerza sobre el bosque, solo las hormigas han sobrevivido a la inclemencia del tiempo; los ancianos dormitan debajo de una mata de mango, tratando de escapar del sopor del mediodía.

La brisa caliente se desenreda entre los arbustos achicharrados, levanta nubes de polvo en el patio, se arremolina, parece danzar y luego se aleja por el camino real, más allá de los últimos bohíos del pueblo, llevándose consigo nuestros sueños.

Más allá de la miserable realidad de nuestra existencia, nuestra alegría permanece intacta bajo los escombros púrpuras de los amaneceres efímeros del invierno tropical.

Nuestra rebeldía nos llevó a ser felices en medio de tanto horror; nada nos detuvo, ni el peso de las cadenas, ni la pobreza, ni el hambre, ni la lluvia eternizándose en el camino. En las noches, alrededor de la luna, en una danza olvidábamos nuestras penas; el ritmo de las tamboras y el calor de las hogueras nos emborrachaban de felicidad y nuestros cantos hacían florecer el maíz y multiplicaban los panes en las manos del hambre.

Bajo el gran árbol de la noche, florecido de constelaciones y estrellas, con fuego escribíamos nuestra historia en los pergaminos del tiempo, lo tristemente felices que éramos en esa estación donde aún fluye la sangre en el inminente trayecto de la aurora, por donde todos los días los fantasmas de Miche, Amantina, Bertilia, Rafael, Julio y la abuela Mamá Tita se alejan hacia la ciudad, dejando sobre el rocío retazos del alma evaporándose bajo el sol de este amanecer que tejieron entre mis ojos las manos analfabetas y tiernas de la tatarabuela, que se murió de ausencia en las habitaciones del verano, esperando ver cómo en noviembre, en la luna llena, las planicies del sur se llenan de unicornios.


5/El largo camino de la esperanza.


He seguido las huellas del sol dibujadas en el rostro del atardecer. Ya oscurece; esperamos a Felipe y a Ñoñó, que fueron a pescar tilapias a la laguna de Manganagua.

Han sido duros todos estos días en el largo trajinar del hambre. La sequía destruyó toda la cosecha; el monte, achicharrado por el sol, resplandece con las primeras estrellas y nuestras miradas se pierden entre las sombras de la noche, esperando ver aparecer a nuestros hermanos por el camino real.

Nos inquieta su tardanza; además, el hambre hace estragos en nuestros estómagos. En la cocina, mamá mantiene el fuego encendido; papá aún no regresa del monte, anda cortando troncos de madera para preparar un horno mañana.

Han sido largos todos estos días de penuria. No hay maquey, ni yambí, ni guáyiga para hacer chola; el monte está desolado. Con esta prolongada sequía, hasta las aves se han ido a otros lugares.

Desde aquí puedo ver el fuego encendido en la cocina de Popó Candela. Negra, su esposa, debe estar haciendo la cena.

Imagino a Juana Ligia y a Miguela jugando con las sombras de la noche más allá de las anacahuitas gemelas, bajo los limoncillos florecidos de eternidad de la tía Tatín.

Inmerso en mi soledad, escucho las canciones tristes de la vellonera de la pulpería de Andrés Longo; cierro los ojos y se me humedecen de estrellas.

No sabemos qué hora es, pero presentimos la presencia cercana de nuestros hermanos. Oteamos el horizonte; el viento nos trae su olor a sudor mezclado con el olor húmedo a laguna de los pescados. Suspiramos tranquilos: ya podemos sentir sus pasos certeros en la oscuridad. Silban para decirnos que llegaron; vienen felices, cargados de tilapias y jicoteas.

En medio del patio nos abrazamos bajo el cielo infinito de estrellas. Mamá sale y también los abraza. Nos preparamos debajo de la mata de javey para quitarles las escamas a los pescados y preparar las jicoteas. Ellos apartan un poco para llevar a sus casas; son muchos, no nos los comeremos todos esta noche.

Papá llega sudoroso, con toda la oscuridad de la noche pegada en la piel. Deja a Julia libre, que se acerca hasta donde nosotros estamos; rebuzna y sacude la cabeza: es su manera de decirnos «yo también estoy aquí». León ladra alegre, juguetea, salta, nos lame las piernas y luego se acomoda en el suelo junto a nosotros.

Después de limpiar los pescados, buscamos un lugar en el patio donde encender una fogata y nos sentamos alrededor de ella. Ya mamá hierve los pescados; hace un caldo con sal, ajo, cebolla y orégano. No hay nada más, pero será suficiente por el día de hoy.

Mientras se cocinan los pescados, reímos, contamos historias y entonamos canciones ancestrales. León nos mira con asombro y Julia descansa hasta que mi padre la lleve al lugar donde pasa la noche, cerca de la casa, debajo de la mata de café cimarrón.

Ella y León son parte de la familia. Después de comer, Felipe se irá a dormir con la tía Aurora y Ñoñó se irá donde la tía Amantina; ella lo crió desde muy pequeño.

Más allá de la alambrada, los grillos cantan incesantes a las estrellas; entre mis ojos cabe todo el universo. La noche huele a bosque seco, a luna llena y a caldo de pescado. Busco el calor de mis dos hermanos mayores: me siento entre los dos y los miro con orgullo. Admiro su destreza en el bosque, lo buenos que son cazando y pescando. Un día seré como ellos y podré ir por el monte, llegar más allá de los límites ancestrales y cazar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que anhelan.

Mamá nos llama, es hora de comer. Entramos a la casa; en la sala, la llama de la lámpara danza al compás del viento. Por momentos parece que se apagará, para luego renacer de sus cenizas como un ave fénix. Está sabroso el caldo, solo que las tilapias tienen muchas espinas; hay que comerlas con sumo cuidado para que no se quede una en la garganta. Es una pena que no apareciera un coco para cocinarlas. Nos quedan algunas para mañana y tres jicoteas para los días siguientes, así que podremos invitar a otros vecinos a compartir nuestra comida.

Manuel, mi pequeño y solitario amigo, hace rato que se fue, tal vez con hambre. Imagino que vive allá, muy lejos, donde se ve aquella lucecita distante; él nunca ha querido llevarme a su casa.

Ya comimos, es hora de dormir. Felipe y Ñoñó se despiden entre abrazos y sueños, y me dicen que mañana temprano me llevarán con ellos a las distantes regiones del norte a cazar, que me prepare, que pasarán a las seis de la mañana por mí. Me voy a la cama feliz, el corazón no me cabe en el pecho: mañana por fin podré ir a cazar.

Nosotros conocemos y amamos cada palmo de nuestra tierra; amamos el viento, las nubes, los animales, las aves, los árboles, las mariposas, la lluvia y la primavera que hace florecer al bosque. Cada camino tiene un horizonte que termina en nuestros sueños y, en definitiva, nuestro amor por la madre tierra es el amor por la vida, es el amor a Dios que lo ha creado todo tan perfecto.

Para mí lo más importante es que se acerca el día en que podré atravesar los límites ancestrales del monte e intentar atrapar la quimera para entregarles a mis padres la felicidad que siempre hemos soñado.

Mientras cierro los ojos, escucho los tambores lejanos que invitan para mañana en la noche a ir a bailar en el patio de la abuela Mamá Tita la danza de la lluvia, para conjurar la sequía.



6/Labradores de sueños

Son las seis de la tarde. El sol en la distancia toma de la mano a la tarde y empiezan a descender lentamente por las escalinatas del tiempo, dejando encendido el fuego celeste del crepúsculo para que, cuando la noche llegue, encienda las estrellas.

Detrás de la casa, papá prepara su montura. Julia es una burra que nos ha acompañado en este largo trayecto de nuestras vidas; ha estado ahí, en las buenas y en las malas. Sobre su lomo nos ha llevado por todos los confines de esta tierra y más allá: a la ciudad donde no hay espacio para los humildes labradores que, vestidos con harapos por sus calles inhóspitas, vendemos nuestros sueños perdidos en los conucos y pregonamos a viva voz: «¡Verduuuras, yuuuca, aguaaaaacates, maaaaangos, marchanta llevo carbooon! ¡Venga marchanta, que llevo huevos criollos!», para después de vender nuestros productos por miserables monedas, perdernos nuevamente en el monte con todos nuestros sueños a cuestas.

Ya la montura está lista. León juguetea entre nuestras piernas alegre: salta, ladra; mientras Julia nos mira con toda su ternura resumida en sus ojos redondos y tristes. No me acuerdo de cuándo llegó a casa, pero la recuerdo de toda la vida, desde siempre, desde que tengo uso de razón.

Estamos detrás de la casa, bajo la mata de capá: mi madre, Juana María, Juancito, Papo y yo. Felipe y Ñoñó no sé por dónde andan. Ya mi padre está preparado al lado de Julia; se despide con un gesto de la mano y se monta en ella. Yo corro y me aferro con ternura a una de sus piernas, y luego me alejo para ver cómo él, mi padre, se marcha por el camino en sombras a un lugar perdido en el monte. León va tras él, ladrando y saltando alegre; nosotros nos quedamos parados en medio de la noche hasta que ellos se pierden en la oscura sinuosidad del camino.

Allá, lejos, en un claro del monte, mi padre tiene un horno hecho de troncos secos para hacer carbón vegetal y luego venderlo en la ciudad. Tiene que cuidarlo; por eso es que amanece todas las noches vigilándolo para que no se incendie, porque si no, en vez de carbón, solo encontrará cenizas.

En un lado de la carbonera, junto a una fogata, dormirá a la intemperie sobre algunos sacos de cabuya que lo cubrirán del frío de la noche y de los mosquitos, acompañado por los grillos, las estrellas, las lechuzas y los murciélagos. A su lado, León gruñirá a los fantasmas que rondan la soledad de la noche en el monte. Él y Julia no desampararán a mi padre por nada del mundo; estarán siempre a su lado protegiéndolo de toda maldad escondida entre el silencio nocturno y la oscuridad.

Mañana tempranito, antes de que salga el sol, mi madre, Juana María, Juancito, Papo y yo iremos a encontrarnos con mi padre. Le llevaremos un poco de café y algo de comer; ya a esa hora el carbón estará listo para llenar cuatro o cinco sacos, acomodarlos en el lomo de Julia y regresar a la casa, para de inmediato tomar el camino hacia la ciudad y venderlo a algún comerciante para traernos algo de comer.


7/La insignificante grandeza

Quiero dejar testimonio de la insignificante grandeza de nuestras vidas; decir que, sobre la primavera que nuestros abuelos hicieron florecer con sus manos fecundas, construyeron una gran ciudad.

De esa tierra que en mi corazón es un canto no queda nada, solo recuerdos: recuerdos edificados sobre las cenizas de nuestra nostalgia, recuerdos tan enraizados en mis palabras que en mi voz anidan los pájaros fabulosos de mis sueños, los cuales, más allá de la polvorienta geografía de mi memoria, iluminan los cubículos del olvido donde la civilización enterró toda nuestra alegría.

Nosotros, en nuestra inocencia, nunca advertimos que el mundo de más allá de la alborada ambicionaba nuestras tierras, que la modernidad avanzaba inexorable hacia nosotros y que sus monstruos mecánicos trituraban entre sus fauces todo lo que encontraban a su paso.

Que por el camino real, a menos de una hora de distancia a pie, la ciudad todas las tardes resplandecía como un espejismo en las luces de sus avenidas románticas —que herían el corazón tierno de las sombras con sus dagas luminosamente crepusculares—; en sus edificios preñados de sueños, con sus amplios ventanales que daban al mar; en sus hermosas mujeres que hacían hasta lo imposible para no morir de pena, atrapadas por los fantasmas de la soledad en la que sus maridos, ebrios de lujuria, las dejaban para ir a buscar placeres entre los recovecos de las noches mágicas de la Ciudad Colonial; en sus ruidosos y veloces automóviles y, sobre todo, en sus noches bulliciosas con sus casinos, donde el azar y la ambición atrapaban a los hombres en sus tentáculos imposibles; en sus cines de melancolía de la avenida Duarte, la avenida Mella y la calle El Conde, donde la quimera llevaba a los espectadores en un viaje sin retorno por los túneles inéditos de la fantasía; en el mar Caribe con sus barcos piratas anclados en el horizonte nocturno de la distancia; en las vidrieras de las tiendas, que atrapaban nuestros sueños en el bucólico encanto de la fantasía y la desilusión, donde nos mirábamos hacia adentro de nosotros mismos y terminábamos parados frente al espejo de la vida, harapientos y descalzos, en un mundo ajeno y extraño.

Y de nuevo volvíamos a nuestras tierras, en donde la vida transcurría sin más prisa que ir a los conucos, andar por los montes maroteando alguna fruta de lástima, arreando vacas hacia las distantes regiones del rocío o cazando pajaritos endebles para mitigar el hambre de toda la vida.

Para luego, en las noches, juntarnos alrededor de la hoguera, donde los abuelos en una danza nos hablaban de sus hazañas remotas, de su largo viaje sin retorno hasta llegar aquí, de la crueldad del látigo en sus espaldas, de cuando lucharon contra el hombre blanco por su libertad, de sus anhelos inútiles por volver a África y de sus raíces enterradas en estas tierras que abonaron con sudor y sangre; tierra en donde, a pesar de todo, siempre serían unos extraños.

Al final de la jornada, sin más luces que la de la luna y las estrellas, nos íbamos a nuestros bohíos por los caminos en penumbra que los grillos iluminaban con su canto, gritando a viva voz la alegría de compartir la vida en una danza.

Al llegar a la casa, con la piel pegajosa de oscuridad, daba un beso a mis padres, pedía su bendición y me acostaba en mi hamaca, hasta que el sol de un nuevo siglo nos trajera la esperanza que perdimos en el duro batallar contra la modernidad.


Domingo Acevedo.

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