sábado, julio 18, 2026

Acerca del gentilicio de los dominicanos.

 

Acerca del gentilicio de los dominicanos

Expandir imagen
Acerca del gentilicio de los dominicanos

La nacionalidad es una dinámica en evolución permanente. No surge al azar ni se adquiere exclusivamente por virtud de providencias jurídicas o legislativas: simplemente se forja con el devenir del tiempo en una época histórica específica y en determinado espacio geográfico habitado por un conglomerado social que, por lo general, entre otros factores, comparte comunes experiencias lingüísticas, históricas, antropológicas y culturales.

En el caso dominicano, el proceso de construcción de la nación y, lo que es más importante, la conformación de un ethos o sentimiento nacional, han sido fenómenos en gestación durante siglos. Andrés L. Mateo ha escrito que la dominicanidad "es un pendular entre el parecer y el ser", una especie de gerundio, un "siendo", o, más bien, una realidad mutable en constante evolución y transformación hasta adquirir nuevos contornos y perfiles cualitativos.

En el presente artículo insisto nueva vez el tema que versa sobre nuestro gentilicio, pero no me adentraré en el examen de los conceptos de nación y de nacionalidad. Me limitaré, por tanto, a brindar una explicación en torno al origen del vocativo nacional de los dominicanos, al tiempo de establecer a partir de qué época, en el discurrir histórico de nuestra nación, se comenzó a usar el gentilicio de dominicano para identificarnos como pueblo.

¿De dónde proviene y desde cuándo se usa? Hay quienes equivocadamente creen que a los habitantes de la parte española de la isla de Santo Domingo se les comenzó a identificar con el gentilicio de "dominicanos" a partir del 27 de Febrero de 1844 cuando fue proclamada la República Dominicana.

Se impone precisar que el origen y uso de nuestro gentilicio es anterior a la fundación del Estado nacional. Es más: por haber sido el pueblo de Santo Domingo, o lo que es lo mismo, el pueblo dominicano, el que inició y concluyó exitosamente el movimiento de separación de Haití, constituyéndose en una nación independiente y de fundamentos democráticos, fue que el general Juan Pablo Duarte dio el nombre de República Dominicana al nuevo Estado que nació en 1844.

El gentilicio "dominicano" deriva del nombre de Domingo. Recuérdese que el Adelantado Bartolomé Colón -hermano del Almirante Descubridor de América- entre 1496 y 1498 fundó una pequeña ciudad sobre la margen oriental del río Ozama, en el área en donde hoy se encuentra la iglesia del Rosario (contigua a los Molinos Dominicanos). Esa nueva ciudad fue bautizada con el nombre de Santo Domingo, designación que, según las crónicas antiguas, obedeció a tres razones. La primera razón fue que el día en que el Adelantado Bartolomé Colón llegó al lugar escogido se festejaba el onomástico del Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores conocida como "dominicos o dominicanos"; la segunda, que ese día, por coincidencia, era domingo; y, la tercera, que el padre de los Colón se llamaba Domingo.

Los amantes de la historia dominicana recordarán que la primera ciudad de Santo Domingo fue destruida por un huracán en el año 1502, y que el nuevo Gobernador de la colonia, Frey Nicolás de Ovando, dispuso su traslado a la margen opuesta del río, esto es, donde actualmente se encuentra la ciudad colonial.

Es fama que el nombre de Santo Domingo, dado a la ciudad Primada de América (que en una ocasión fue llamada "la Atenas del Nuevo Mundo" porque no tardó en adquirir gran esplendor y prestigio en Europa), desde el año 1508 se extendió a toda la demarcación isleña. También se sabe que Cristóbal Colón, el Gran Almirante de la mar océana, originalmente bautizó nuestra isla con el nombre de Española (y no, como muchos creen, LA ESPAÑOLA). Paulatinamente, la isla Española, erróneamente llamada Hispaniola como consecuencia de una incorrecta traducción al latín (tema a dilucidar en otro artículo), fue conocida primero como Isla Española de Santo Domingo hasta que, finalmente, se impuso el nombre de Santo Domingo (sin el Guzmán).

Tal circunstancia explica que desde mediados del siglo XVII lógicamente se comenzara a aplicar el gentilicio de "dominicano" a todo aquel ciudadano nacido en la isla de Santo Domingo. El historiador Emilio Rodríguez Demorizi, en su libro Seudónimos dominicanos consigna que en una Real Cédula, fechada en 1621, se afirma lo siguiente: "Y este Concilio Provincial le podréis intitular dominicano…" Luis José Peguero, el primer nativo de la isla en escribir una historia local hacia 1762, que tituló Historia de la conquista de la isla Española de Santo Domingo, afirmó que "los valientes dominicanos" habían sabido defender su Isla Española. Más adelante, cuando el padre Antonio Sánchez Valverde escribió su Idea del valor de la Isla Española, publicada en Madrid en 1785, llamó a sus compatriotas "dominicanos o españoles criollos". En el impreso más antiguo hecho en Santo Domingo, la Novena para implorar la protección de María Santísima por medio de su imagen de Altagracia, que data del año 1800, se habla de que "al compás de los reverentes cultos se continuarán los favores, y beneficios, que confiesan debidos a María los dominicanos..."

Un cuidadoso examen de la historia colonial dominicana revela que fue durante la primera mitad del siglo XIX cuando nuestro gentilicio comenzó a popularizarse, tal vez como una manera de establecer diferencias étnicas entre los habitantes del Santo Domingo español y los naturales de la parte oeste de la isla (también conocida como Santo Domingo francés) quienes, después de una cruenta guerra revolucionaria, que duró casi quince años, se constituyeron en la República de Haití. De igual modo, el uso del gentilicio "dominicano" adquirió mayor auge en la medida en que nuestros antepasados de la primera mitad del siglo XIX sentaban las bases para cohesionar una comunidad política que merced a similares características culturales, lingüísticas, geográficas e históricas se hallaba inmersa en el proceso de definición del sentido de pertenencia a una colectividad producto de lo que Ernest Renán ha llamado "la consecuencia de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y desvelos".

Hacia 1815, el gobernador Carlos Urrutia, célebre personaje de los tiempos de La España Boba (1808-1821), al que también se le conocía como Carlos Conuco, en una Proclama se refiere a los "fieles y valerosos dominicanos" que participaron en un asalto protagonizado por sus tropas colecticias. El 10 de diciembre de 1820, el gobernador Sebastián Kindelán, en un Manifiesto público elogió a los "fieles dominicanos"; y cuando el primero de diciembre de 1821 el doctor José Núñez de Cáceres, el caudillo del frustrado movimiento conocido como La independencia efímera, dio a la luz pública el Manifiesto Político mediante el cual los dominicanos se separaban de España y crearon el Estado Independiente de Haití Español, lo intituló Declaratoria de independencia del pueblo dominicano.

En el decurso del período de la Dominación Haitiana (1822-1844), que algunos autores llaman la Unión con Haití, los legisladores haitianos pretendieron absorber la parte española de la isla integrándola a su República, hasta el punto que en los documentos oficiales, al referirse a los habitantes de la parte del Este de la isla, se los llamaba "hispano-haitianos". Afortunadamente, la herencia cultural, lingüística e histórica del pueblo de Santo Domingo ya había arraigado en lo más profundo de la subconsciencia colectiva y correspondió a Juan Pablo Duarte la gloria de eternizar el gentilicio dominicano disponiendo su inclusión en el nombre del Estado-nación que emergió del grito independentista en el Baluarte del Conde, esto es, la República Dominicana.

Nuestro gentilicio también aparece consignado en el Juramento de los Trinitarios de 1838. Seis años después, el vocablo fue incorporado a la Manifestación del 16 de enero de 1844, documento considerado como nuestra Acta de Independencia y que fungió como base jurídica del gobierno colegiado conocido como Junta Central Gubernativa. El gentilicio fue definitivamente consagrado en la primera Constitución Política de la nación, sancionada el 6 de noviembre de 1844 en la villa de San Cristóbal, en cuyo artículo primero se consignó que "Los Dominicanos se constituyen en nación libre, independiente y soberana…" Postreramente, el legislador modificó ese primer artículo de la manera como actualmente figura en nuestra Carta Magna: "El pueblo dominicano constituye una Nación organizada en Estado libre e independiente, con el nombre de República Dominicana".

Como puede comprobarse, el gentilicio nacional dominicano proviene del nombre de nuestro país, que es Santo Domingo, y ha estado en uso desde principios del siglo XVII. De esta designación también deriva el nombre oficial de nuestro Estado, que es República Dominicana, el cual solo existe desde 1844. No deben confundirse los conceptos de país y Estado, toda vez que por lo general el primero precede al segundo. Existe otro gentilicio que también se aplica a los dominicanos y es quisqueyano, derivado de Quisqueya, voz supuestamente indígena, y que los taínos, según algunos cronistas de Indias, dieron por nombre a una región de la isla. Conviene resaltar que este segundo gentilicio es el preferido por Eugenio María de Hostos y también el que casi siempre utilizan los poetas y escritores en sus composiciones literarias. Por ejemplo, todos los dominicanos saben que con el gentilicio quisqueyano el poeta Emilio Prud'Homme dio inicio al primer verso de nuestro glorioso himno nacional, sublime canto patrio que, de conformidad con la Carta Sustantiva de la nación dominicana, es "único e invariable". Pero eso es tema de otra historia…

El gentilicio nacional dominicano proviene del nombre de nuestro país, que es Santo Domingo, y ha estado en uso desde principios del siglo XVII.

De esta designación también deriva el nombre oficial de nuestro Estado, que es República Dominicana, el cual solo existe desde 1844. No deben confundirse los conceptos de país y Estado, toda vez que por lo general el primero precede al segundo.

Alfredo Gómez Morel (1917-1984) RDF imprimir Reportar Citar

 

Alfredo Gómez Morel (1917-1984)


Nació en Santiago de Chile en 1917, pero a los pocos meses fue abandonado por su madre en las puertas de un conventillo de San Felipe. Años después fue ubicado en un orfanato de la misma ciudad, del cual escapó. Su madre, al enterarse de las andanzas del pequeño Alfredo, decidió llevarlo a la capital en busca de una mejor vida. A la edad de siete años llegó a Santiago, donde quedó admirado de inmediato por el mundo que descubrió en torno al río Mapocho, sitio que lo acompañaría el resto de su infancia.

Pese a los intentos de su padre por recuperar su custodia y matricularlo en la Gratitud Nacional, Gómez Morel huyó en reiteradas ocasiones. Siempre terminaba regresando al río para compartir con los "pelusas", quienes poco a poco se transformaron en su única familia. En una entrevista, el escritor sostuvo: "Desde que conocí el Mapocho, supe que él era otra manera de llamar la libertad y el amor. Continué con mis escapadas. Cada vez que bajaba al río llevaba conmigo cuantas cosas podía robar a mis compañeros de colegio: ropa, dinero, zapatos, cubiertos incluso. Creo que no robaba cosas ni objetos. Robaba amor, robaba efectos personales de los estudiantes para poder comprar el rudo cariño de los pelusas. Les llevaba de todo, menos jabón" (Paula, (101): 102, 1971).

Crecer en el mundo del hampa lo convirtió en delincuente. No solo ejerció como tal en Chile, sino también en otros países de América, por lo que debió cumplir condena en numerosas cárceles. La reclusión fue la circunstancia que hizo germinar su carrera literaria. En 1945, mientras se encontraba tras las rejas en una prisión colombiana, recibió un premio otorgado por el Ministerio de Justicia de ese país por su poema "Canto al café", consistente en una beca para realizar cursos nocturnos de Derecho en la Universidad Javeriana de Colombia, durante un año. Pese a ello, Gómez Morel continuó por la senda delictual, lo que lo trajo de regreso a Chile, donde volvió a caer en prisión.

Participó por segunda vez de un concurso literario para presidarios, ocasión en la que obtuvo un nuevo galardón, esta vez por su cuento "Doce pesos de amor". A partir de entonces, Gómez Morel sí supo sacar provecho de su talento. A principios de los años '60, mientras se encontraba en la cárcel de Valparaíso, le fue ordenado asistir a terapias siquiátricas. Fue entonces cuando los doctores lo alentaron a contar la historia de su vida y él, motivado por los beneficios penitenciarios que podría reportarle este gesto, comenzó a escribir la novela El Río. Esta se convertiría en su obra mayor, llegando incluso a ser publicada en francés por editorial Gallimard, precedida de un prólogo de Pablo Neruda, quien la elogió calificándola como un "clásico de la miseria".

Si bien, a la postre, abandonó sus hábitos delictuales para abocarse a las letras, Gómez Morel nunca logró reinsertarse efectivamente en la sociedad. Pese a que su novela La Ciudad (1963) no tuvo la misma repercusión que su primer título, ello no impidió que continuara dedicado a la escritura: El Mundo, El regreso, Yo me fugué del infierno verde, Pobre Tomás, son algunas de las obras que hasta el día hoy se mantienen inéditas.

Luego de innumerables intentos por acceder a medios de publicación para sus columnas, Alfredo Gómez Morel murió el 15 de agosto de 1984, abandonado y sin que lo reclamaran en la morgue durante días.


Tomado de la red.

Encuentro con la poesía: Presentación de La paz sin fronteras.


El Paraninfo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo se vistió de gala en la presentación de la antología La paz sin fronteras. Un  volumen que hermana la palabra y el sentir de poetas de Brasil, Colombia y la República Dominicana en un clamor universal por la  paz.

Honraron esta actividad  con su presencia los poetas brasileños Rita Pinheiro y Valdek Almeida de Jesús.

Esta antología fue  impulsada por Poetas en la Cafetera, esta obra porta un mensaje impostergable: la necesidad de tejer, a través de la poesía, los caminos hacia la paz global.

















Un ganso puede cuidar tu rancho, deshierbar tus cultivos y alertar contra cualquier intruso





Un ganso puede cuidar tu rancho, deshierbar tus cultivos y alertar contra cualquier intruso — sin entrenamiento, sin herbicida y comiendo el pasto que ya crece en tu terreno.

Lo que puede hacer un ganso en el rancho mexicano:
— Alerta contra intrusos día y noche sin entrenamiento. El ganso distingue lo familiar de lo extraño. Cuando alguien o algo desconocido entra a su territorio, grazna tan fuerte que se escucha a cientos de metros. Los romanos ya los usaban como guardias hace más de dos mil años.
— Deshierba cultivos sin dañar ciertas plantas. Come pasto y hierbas jóvenes pero ignora cultivos como frutales, fresa, espárrago y tabaco. En California llegaron a usarse más de 175,000 gansos al año como deshierbadores en campos de algodón.
— Defiende su territorio contra depredadores pequeños. Persigue y ataca ratas, comadrejas, serpientes y tlacuaches. Contra amenazas mayores como coyotes, funciona como alarma para que el ranchero actúe a tiempo.
— Se alimenta casi solo con pasto y hierba del terreno. Un par de hectáreas de pradera sostiene una parvada sin problema. El único suplemento necesario es un poco de grano por la tarde.
— Fertiliza el suelo mientras pastorea. Su excremento es rico en nitrógeno y materia orgánica. Donde el ganso camina, abona.
— Se vincula con otras aves y las protege. Criado desde pollito junto a gallinas, el ganso las adopta como parvada y las defiende de gavilanes, ratas y depredadores nocturnos.
— Vive entre 15 y 20 años. Una guardia que cubre más de una década de trabajo continuo.
Nota para quien combine gansos con gallinas: el ganso puede portar el virus de Newcastle sin síntomas y contagiar aves más vulnerables. Consulta con tu veterinario sobre vacunación. En temporada de cría, el macho puede ser agresivo con personas — contacto frecuente desde polluelo reduce el problema.
Donde hay un ganso, nadie entra sin que se sepa

Tomado de la red.

viernes, julio 17, 2026

Leopoldo II, el rey belga que cometió en África "los abusos más atroces" del colonialismo europeo

 

Leopoldo II, el rey belga que cometió en África "los abusos más atroces" del colonialismo europeo

Estatua de Leopoldo II

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
La estatua de Amberes había sido quemada y atacada con pintura antes de ser retirada.
    • Autor,
      Redacción *
    • Título del autor,
      BBC News Mundo
  • Fecha de publicación
  • Tiempo de lectura: 7 min

Una estatua del rey Leopoldo II que durante 150 años estuvo en el centro de Amberes fue retirada en las últimas horas de la ciudad belga.

Y es que desde hace años grupos activistas piden que se deje de honrar la figura del monarca, que se considera cometió como propietario del Congo algunas de las peores atrocidades de colonialismo europeo.

Leopoldo II sigue dividiendo a los belgas, a los que durante décadas se les enseñó que fue el responsable de llevar la civilización a esa parte África.

Una muestra de lo controvertido que es este personaje, es que en las últimas horas un portavoz de la alcaldía de Amberes aseguró que la retirada de la estatua no tiene nada que ver con las recientes protestas que se han dado en todo el mundo en contra del racismo, y dijo que la figura será llevada a un museo para ser restaurada y que no se descarta que vuelva a ser instalada en el espacio público.

"El mayor y más horrible legado de todos"

Leopoldo II

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
Leopoldo II se declaraba "propietario" del Congo.

"De los europeos que luchaban para hacerse con el control de África a finales del siglo XIX, se puede decir que el rey belga Leopoldo II dejó el mayor y más horrible legado de todos", escribió en 2004 Mark Dummet, excorresponsal de la BBC en Kinshasa, en una nota sobre el monarca.

"Mientras las grandes potencias competían por conseguir territorios en otros lugares, el rey de uno de los países más pequeños de Europa esculpió su propia colonia privada de 100 kilómetros cuadrados en la selva tropical centroafricana", agregó Dummet.

Leopoldo II extendió sus dominios hasta controlar un territorio equivalente a 60 veces el tamaño de Bélgica.

Pero no sería tanto el tamaño de esas posesiones sino lo que allí ocurriría y las condiciones en las que sucedió lo que marcaría su legado.

Colonia privada

Leopoldo II, quien reinó en Bélgica entre 1865 y 1909, buscó convertir su pequeño país en una potencia imperial para lo cual lideró los esfuerzos para desarrollar la cuenca del río Congo.

Poco antes de morir, Leopoldo II entregó a Bélgica la administración de los territorios en el Congo.

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
Poco antes de morir, Leopoldo II entregó a Bélgica la administración de los territorios en el Congo.

Argumentando su deseo de llevar a los nativos africanos los beneficios del cristianismo, de la civilización occidental y del comercio, el monarca convenció a las potencias euroasiáticas de permitirle tomar el control de esa extensa región a través de una organización que llamó Asociación Internacional Africana y que en 1885 transformó en el Estado Libre del Congo.

Esta institución privada no estaba vinculada con el estado belga sino que dependía directamente del monarca, quien se presentaba como su "propietario". Era la única colonia privada del mundo.

Pero detrás del discurso filantrópico de Leopoldo II había un gran interés en hacerse con las grandes riquezas del territorio.

Primero, del marfil, que era inmensamente apreciado en la época previa a la creación del plástico por ser un material que podía ser utilizado para crear infinidad de piezas, desde estatuillas hasta teclas de piano pasando por piezas de joyería y dientes falsos.

De allí surgió la mayor parte de la riqueza obtenida por el monarca durante los primeros años del Estado Libre del Congo. Los abusos y las extremas condiciones a las que eran sometidos los nativos africanos allí para obtener este preciado material fueron retratados por el escritor británico de origen polaco Joseph Conrad en su novela "El corazón en las tinieblas".

Manos mutiladas

Gradualmente, el interés por el marfil fue desplazado por la fiebre del caucho, cuando en la década de 1890 su uso se disparó para producir ruedas de bicicletas y de autos, para recubrir cables así como para fabricar cintas de transporte para automatizar el trabajo en las fábricas.

Ilustración de un hombre negro atrapado por una serpiente con la cabeza del rey belga

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
A inicios del siglo XX crecieron las críticas hacia lo que ocurría en el Estado Libre del Congo.

El negocio del caucho tenía sus complejidades, pues la materia prima se extrae de un árbol que tarda muchos años en crecer, por lo cual quienes controlaran territorios con abundancia de estos árboles tenían una fortuna entre sus manos. Y el Estado Libre del Congo tenía muchos de ellos.

También abundan los relatos sobre la crudeza con la que se explotaba este material en los territorios controlados por Leopoldo II.

"Él convirtió su 'Estado Libre del Congo' en un campo de trabajo masivo, hizo una fortuna para sí mismo con la recolección del caucho y contribuyó en gran medida a la muerte de quizá unos 10 millones de inocentes", señaló Dummet.

La cifra de las posibles víctimas es controvertida.

En 1998, el historiador estadounidense Adam Hochschild publicó un libro en el que Leopoldo II quedaba señalado como el responsable de una suerte de holocausto africano, que superaría en cantidad de víctimas al número de judíos muertos a manos de la Alemania nazi.

En Bélgica, algunos expertos rechazaron las conclusiones del polémico texto. "Ocurrieron cosas terribles, pero Hochschild está exagerando. Es absurdo decir que murieron tantos millones", le dijo entonces Jean Stengers, un historiador especializado en la época de Leopoldo II, al diario británico The Guardian.

Stengers reconoció que la población del Congo mermó de forma dramática durante los 30 años siguientes a la toma de control de ese territorio por parte de Leopoldo II, pero advirtió que era imposible saber cuántas víctimas hubo pues nadie sabía cuántas personas habitaban allí en ese momento.

En los jardines del Palacio Real de Laeken, Leopoldo II ordenó construir este invernadero para celebrar la adquisición del Congo.

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
En los jardines del Palacio Real de Laeken, Leopoldo II ordenó construir este invernadero para celebrar la adquisición del Congo.

En lo que sí hay coincidencia entre los estudiosos fue en los métodos brutales utilizados por los representantes de Leopoldo II para obligar a la población nativa a explotar el caucho.

El Estado Libre del Congo estaba controlado por un ejército privado de unos 19.000 hombres conocido como Fuerza Pública.

Miembros de esta organización aterrorizaban a las poblaciones nativas para obligarlas a trabajar.

El método era el siguiente: entraban en una aldea por la fuerza, tomaban a las mujeres y a las niñas como rehenes y ordenaban a los hombres adentrarse en la selva para recolectar una cuota determinada de caucho.

Mientras los hombres cumplían con la tarea impuesta para salvar a sus esposas e hijas, estas morían de hambre o eran sometidas a abusos sexuales.

Además, quienes no fueran capaces de completar la cuota que les había sido impuesta estaban amenazados con la amputación de una de sus manos o de las de alguno de sus hijos.

Este castigo también era una práctica habitual por otros motivos. Los miembros de la Fuerza Pública tenían que demostrar que no "malgastaban" las balas de las que disponían, pues estas debían ahorrarse para ser usadas en caso de un motín.

Leopoldo II, rey de Bélgica

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
Aunque rigió sobre el destino de millones de personas en Congo, Leopoldo II nunca visitó ese territorio.

Entonces, por cada bala gastada se les exigía que presentaran la mano cortada a uno de los rebeldes muertos. Como resultado, cuando los soldados regresaban de una expedición para sofocar una revuelta traían consigo cestas repletas de manos cortadas.

Pero esta medida de "ahorro" también se prestaba a otros adicionales abusos. Así, cuando un soldado erraba el tiro o cuando simplemente usaba sus balas para jugar al tiro al blanco, en ocasiones le cortaba la mano a un nativo para poder justificarse ante su oficial a cargo.

La biógrafa británica de Leopoldo II, Barbara Emerson, asegura que el monarca se sintió consternado cuando escuchó sobre los terribles abusos que ocurrían en sus dominios africanos -los cuales, por cierto, nunca conoció personalmente. "Estos horrores deben terminar o me retiraré del Congo. No seré salpicado de sangre y lodo", le habría escrito a su secretario de Estado.

Sin embargo, también se refiere a que comentó: "Cortar las manos. Es algo idiota. Yo les cortaría todo lo demás, pero no las manos. Eso es lo único que necesito en el Congo".

Un legado polémico

Durante la primera década del siglo XX se fueron acumulando las críticas en contra de los abusos que se cometían en el Estado Libre del Congo.

"Robo legalizado y ejecutado con el uso de la violencia", afirmó Dummet que era la forma como se describía en aquella época lo que ocurría en África bajo Leopoldo II.

Algunos historiadores señalan que esas críticas eran, en parte, impulsadas por otras potencias coloniales europeas que buscaban desviar la atención de sus propios abusos.

En todo caso, la presión ejercida sobre el monarca derivó en la decisión de este de transferir en 1908 su "propiedad" en África a Bélgica, con lo cual el Estado Libre del Congo se convirtió en el Congo Belga.

Leopoldo II murió poco después, pero dentro de los proyectos que había dejado en marcha estaba la construcción del Museo Real de África, en las afueras de Bruselas, que se convirtió en el primer museo de Congo en el mundo.

El Museo de África, a las afueras de Bruselas, es parte del controvertido legado de Leopoldo II.

Fuente de la imagen,

Getty Images

Pie de foto,
El Museo de África, a las afueras de Bruselas, es parte del controvertido legado de Leopoldo II.

Pensado, en parte, como un instrumento de propaganda sobre el proyecto colonial, esta institución fue reabierta en 2018 luego de pasar cinco años cerrada en labores de adaptación de su colección a los nuevos tiempos.

Guido Gryseels, director general del museo, explicó en una entrevista concedida al diario The New York Times que parte del trabajo que hicieron tiene que ver con los esfuerzos para cambiar la visión positiva del colonialismo que ofrecía la institución.

"Generaciones enteras de belgas vinieron acá y recibieron el mensaje de que el colonialismo era algo bueno, de que trajimos civilización, bienestar y cultura al Congo", señaló.

Para combatir esa narrativa, el museo reorganizó la colección y colocó información que destaca los problemas causados por el colonialismo.

Pero ¿y qué hay del legado de Leopoldo II?

Derechos humanos

Mark Dummet, excorresponsal de la BBC en Kinshasa, señaló que el país nunca se había recuperado realmente de aquella experiencia colonial.

"Los soldados del Congo nunca se alejaron del rol que les atribuyó Leopoldo como una fuerza para ejercer la coerción, atormentar y violar a la población civil desarmada", apuntó en su texto de 2004.

Sin embargo, aquellos abusos al parecer sí tuvieron una consecuencia positiva aunque no buscada.

Según Dummet, la campaña para revelar lo que había ocurrido en el Estado Libre del Congo, liderada por el diplomático Roger Casement, se convirtió en el primer movimiento masivo moderno en defensa de los derechos humanos.

"La aparición de sucesores como Amnistía Internacional, Human Rights Watch o la organización con sede en Kinshasa Voix de San Voix ('La voz de los que no tiene voz') significa que en la actual República Democrática de Congo los abusos no pueden ocultarse por mucho tiempo", apuntó Dummet.

*Este artículo se publicó originalmente en 2018 y fue actualizado con motivo de la retirada de la estatua de Leopoldo II del centro de Amberes.

línea

Ahora puedes recibir notificaciones de BBC News Mundo. Descarga la nueva versión de nuestra app y actívala para no perderte nuestro mejor contenido.

Archivo del blog