martes, agosto 11, 2026

Ella vio arder vivas a 146 mujeres porque los dueños de la fábrica habían cerrado las salidas con candado.





Ella vio arder vivas a 146 mujeres porque los dueños de la fábrica habían cerrado las salidas con candado.

Doce años después, se convirtió en la mujer más poderosa de Estados Unidos.
De niña, Frances Perkins no entendía por qué la gente buena vivía en la pobreza. Su padre insistía en que los pobres eran simplemente perezosos o débiles, pero Frances, incluso a esa edad, sabía que eso no era verdad.
En la universidad de Mount Holyoke estudió física, una elección segura, respetable y apropiada para una joven de su época. Hasta que una excursión escolar lo cambió todo.
Su profesora llevó a las alumnas a visitar fábricas a orillas del río Connecticut. Allí, Frances vio a muchachas más jóvenes que ella, exhaustas, inclinadas sobre máquinas en salas sin ventanas, sin ventilación y sin salidas.
Jornadas de 12 horas, seis días a la semana.
Dedos arrancados por las máquinas sin protección.
Pulmones destruidos por el polvo constante del algodón.
Comprendió que el conocimiento no significaba nada si no servía para proteger la dignidad humana.
Abandonó el camino “seguro” de casarse y dar clases de piano a los hijos de los ricos. Obtuvo un máster en economía y sociología en Columbia, escribiendo su tesis sobre la malnutrición en Hell’s Kitchen.
Su familia se horrorizó. Las “chicas bien” no estudiaban la pobreza ni vivían en hogares comunitarios con inmigrantes. Pero a Frances no le importaba lo que hicieran las “chicas bien”.
En 1910 se convirtió en secretaria ejecutiva de la New York Consumers League: investigaba fábricas, documentaba violaciones e impulsaba reformas para lograr panaderías limpias, salidas de emergencia y límites de horas. Testificaba ante comisiones legislativas: una mujer joven, vestida de traje, explicándole a hombres poderosos que sus fábricas estaban matando gente.
La odiaban, pero ella siguió adelante.
Entonces llegó el 25 de marzo de 1911.
Frances tomaba el té en Washington Square cuando oyó las sirenas. Siguió el humo hasta la fábrica Triangle Shirtwaist: diez pisos envueltos en fuego y gritos.
Se quedó allí, impotente, viendo a jóvenes lanzarse desde el noveno piso porque las puertas habían sido cerradas con llave para evitar “robos” y “pausas no autorizadas”. Sus cuerpos golpeaban el suelo como truenos, una y otra vez.
Murieron 146 trabajadoras, la mayoría inmigrantes, algunas de apenas 14 años. Fabricaban las blusas que las mujeres ricas usaban para mostrar su modernidad. Frances las vio arder para que otras pudieran parecer progresistas.
Aquel día se hizo una promesa: sus muertes no serían en vano.
Semanas después fue nombrada en la comisión investigadora del incendio. No se conformó con redactar un informe: reescribió las leyes laborales del estado de Nueva York.
Exigió y logró:
Salidas de emergencia desbloqueadas, accesibles y señalizadas.
Límites de ocupación y sistemas de rociadores.
Inspecciones regulares de seguridad.
Semana máxima de 54 horas y un día de descanso obligatorio.
Los industriales lucharon contra cada disposición acusándola de “exceso de gobierno” y de buscar el “cataclismo de los negocios”. Frances respondió con fotos de las víctimas, testimonios y datos económicos que demostraban que los lugares seguros eran más productivos.
Las leyes fueron aprobadas y otros estados siguieron el ejemplo. En una década, los lugares de trabajo estadounidenses cambiaron de manera irreversible. Y Frances se convirtió en la mujer más odiada por la industria.
La llamaron comunista. Los periódicos se burlaban de ella llamándola “solterona” por entrometerse en asuntos de hombres (aunque en realidad se había casado con un economista que sufría trastornos mentales, un secreto que guardó para protegerlo del internamiento).
Soportó el odio y no se detuvo.
En 1933, el presidente Franklin D. Roosevelt, enfrentando la Gran Depresión, le ofreció el cargo de Secretaria de Trabajo. Tenía 53 años. Ninguna mujer había formado parte de un gabinete presidencial. La idea escandalizaba al país.
Frances aceptó, pero puso sus condiciones sobre la mesa. Le entregó a Roosevelt una lista exigiendo:
Semana laboral de 40 horas.
Salario mínimo.
Abolición del trabajo infantil.
Seguro de desempleo.
Jubilación para las personas mayores.
Roosevelt le dijo: “Sabes que eso es imposible.”
Ella respondió: “Entonces busque a otra persona.”
Él la nombró.
Durante doce años —más que cualquier otro secretario de Trabajo— Frances luchó por esos objetivos “imposibles” y logró la mayoría de ellos a través del Fair Labor Standards Act (1938) y el Social Security Act (1935).
Aunque tuvo que aceptar un compromiso que detestaba —la exclusión inicial de trabajadores agrícolas y domésticos, lo que afectó a la población negra hasta que se corrigió años después—, logró dar protecciones históricas a millones de trabajadores.
Siempre vestía el mismo traje negro y sombrero tricorne, enviando un mensaje claro: "No estoy aquí para adornar, estoy aquí para trabajar."
A la muerte de Roosevelt en 1945, renunció tras doce años de servicio récord. En lugar de retirarse a vivir rica, enseñó en la Universidad de Cornell hasta su muerte en 1965, a los 85 años.
Pocos conocen su nombre, pero su trabajo vive en la rutina diaria de millones:
Cada vez que cobras horas extras: Frances Perkins.
Cada salida de emergencia señalizada: Frances Perkins.
Cada pensión y subsidio de desempleo: Frances Perkins.
Cada fin de semana que disfrutas: Frances Perkins.
No solo fue testigo de la tragedia: construyó la arquitectura que hizo posible la justicia. Frances demostró que la pobreza no era un destino, sino una decisión política que podía cambiarse.

La tiranía de los bufones.




El escritor francés Christian Salmon acuñó en 2020 un concepto que hoy resulta inquietantemente profético para entender lo que ocurrió en Colombia: "La tiranía de los bufones". En su libro homónimo, Salmon desmenuza los rasgos de un nuevo tipo de gobernante que no llega al poder a pesar de su incompetencia, sino gracias a ella. No es un estadista disfrazado de payaso. Es un payaso que se ha convertido en tirano.

Abelardo de la Espriella encaja a la perfección en esta categoría.
No fue elegido por su destreza. No fue elegido por sus propuestas —su propio estratega, Carlos Suárez, lo admitió: "Las campañas no se ganan con las propuestas"—. Fue elegido porque supo convertir la política en un espectáculo grotesco donde la emoción anula la razón, donde el insulto reemplaza al debate, y donde la incompetencia misma se convierte en virtud.
Salmon explica que estos nuevos tiranos-bufones —Trump, Bolsonaro, Johnson, Erdoğan— operan bajo una lógica carnavalesca de inversión de valores. Su poder no busca instituir, sino desinstituir. No construyen, destruyen. No gobiernan, espectacularizan. Y su credibilidad no reside en la coherencia, sino en el descrédito generalizado que ellos mismos alimentan contra el sistema.
De la Espriella hizo exactamente eso. Llegó prometiendo "destripar" a sus opositores, extraditar a Petro, encarcelar a Cepeda y "arreglar el platanal en ocho meses". No presentó un plan económico. No explicó cómo bajaría la inflación. No dijo cómo crearía empleo. Pero no necesitaba hacerlo. Su estratega ya había descubierto la fórmula: mover emociones, no ideas. Pantallas gigantes, pólvora, drones, videos con inteligencia artificial, y un candidato que tocaba su bíceps en tarima como si fuera a lanzar un golpe.
Eso no es política. Es poder grotesco.
Salmon advierte que esta soberanía grotesca ya funcionó en la Roma imperial bajo Calígula o Heliogábalo: emperadores que pasaron a la historia por sus excentricidades y abusos, cuyo poder operaba no a pesar de su incompetencia, sino debido a ella. Lejos de ser una aberración, lo grotesco es —según el ensayista francés— "uno de los engranajes que forman parte inherente de los mecanismos del poder de las nuevas derechas autoritarias".
De la Espriella no es un estadista torpe que intenta aprender. Es un bufón que ha descubierto que la torpeza misma es su capital político. Su riqueza ostentosa, sus trajes Louis Vuitton, sus carros de lujo, su lenguaje de "corroncho" contra "cachacos" —todo eso no es vulgaridad, es performance. Es la inversión carnavalesca de valores: lo que antes era vergüenza, ahora es orgullo. Lo que antes era incompetencia, ahora es autenticidad.
Y la gente aplaude. No porque crea en un proyecto, sino porque el bufón le permite sentirse parte del espectáculo. Como explica Salmon, estos líderes "excitan el rechazo" y "utilizan los resortes de lo grotesco para orquestar el resentimiento de las multitudes". Despiertan "los viejos demonios sexistas, racistas y xenófobos" no con programas, sino con exabruptos.
De la Espriella prometió una "contrarrevolución cultural" para sacar "la ideología de género" de los salones y "regresar a Dios". Prometió megacárceles como las de Bukele. Prometió "todo el peso de la ley" contra quienes odiaban. Y 13 millones de colombianos le creyeron. No porque fueran ciertas sus promesas, sino porque el bufón no necesita que sus promesas sean ciertas. Necesita solo que la rabia sea real.
El precio del espectáculo
El problema de la tiranía de los bufones, advierte Salmon, es que su poder "no busca instituir, sino desinstituir". De la Espriella no llega a la Casa de Nariño para fortalecer las instituciones. Llega para espectacularizarlas, degradarlas, convertirlas en extensiones de su show personal. Ya empezó: nombró ministros diciendo que estaba "tocado por el espíritu santo" y les regaló biblias. No rindió cuentas ante el Congreso, sino ante su propia interpretación divina.
Eso es lo grotesco instituido: un presidente que confunde la fe con el gobierno, el espectáculo con la política, y su propio ego con el interés nacional.
Christian Salmon lo vio venir. En 2020 ya advertía que vivíamos en una "era del enfrentamiento" donde "no vence el que construye la versión narrativa más coherente, sino quien hace más ruido y actúa con más violencia". Trump no contaba historias, señalaba Salmon, se limitaba a "publicar tuits rebosantes de cólera". Era "el germen de todos los resentimientos, no un storyteller. Es un especulador, un maestro de la inestabilidad".
De la Espriella es el mismo germen, con acento costeño y patrocinio de Milei. No es un narrador de país. Es un especulador de emociones, un maestro de la inestabilidad que vendió odio como esperanza y show como proyecto.
Colombia no eligió un presidente. Elegió un bufón. Y como en toda tiranía grotesca, la risa pronto se convertirá en silencio incómodo, y el espectáculo, en tragedia.

UNICARIBE cancela conversatorio con Alofoke.




RESPALDO TOTAL AL RECLAMO DE LA JUVENTUD DE LA UNIVERSIDAD UNICARIBE.

Por. : Manuelsito Medrano.
Ante la cancelación del conversatorio con el señor Santiago Matías "Alofoke" en la Universidad del Caribe, UNICARIBE, me veo en el deber de alzar mi voz.
RESPALDO EN SU TOTALIDAD, el reclamo de esa juventud. Una juventud que al parecer tiene el cerebro bien amueblado, y que entendió el daño que se le hace al país cuando se pone como ejemplo a seguir a quien no lo merece.
CÓMO PUEDE SER REFERENTE.
1. Su pasado. Cómo una persona que anduvo en el mundo del narcotráfico y que hoy en día tiene hasta ficha por esas andanzas, puede ser modelo para nuestros jóvenes.
2. Su conducta pública. Cómo alguien que en la pasada Parada Dominicana en la ciudad de Nueva York puso en ridículo a todo un país, puede venir a dar cátedra de valores y de progreso.
3. Su discurso. Es un hombre que utiliza sus medios y redes sociales para pronunciar palabras que son hasta duras de expresar y que lejos de educar, confunden y degradan.
Dios mío, es que en este país nos estamos volviendo locos ya.
La universidad debe ser templo de formación, de valores, de ejemplos que inspiren a la juventud a querer lo mejor para su país.
No un escenario para premiar la controversia y el escándalo.
Por eso digo. Felicito a esos jóvenes de UNICARIBE.
Cuando una generación se levanta para exigir respeto a su futuro, los que tenemos canas y experiencia tenemos que apoyarlos.
Atentamente.
Manuelsito Medrano, Siempre Trabajando por Ustedes desde el Silencio.

Hostos.




Eugenio María de Hostos (1839-1903) fue un insigne educador, filósofo, sociólogo, escritor y patriota puertorriqueño, conocido como el «Ciudadano de América». Dedicó su vida a la libertad de las Antillas, la unidad de Hispanoamérica, los derechos de la mujer y la renovación pedagógica, dejando una huella profunda en la República Dominicana. [1, 2]
Vida y Origen

  • Nació en Mayagüez, Puerto Rico, el 11 de enero de 1839.
  • Estudió Derecho y Filosofía en la Universidad Central de Madrid, España.
  • Luchó desde joven por la independencia de Puerto Rico y Cuba.
  • Viajó por Estados Unidos, Sudamérica y el Caribe impulsando sus ideales unionistas y democráticos. [1, 2, 3, 4, 5]
  • Obra Educativa en la República Dominicana
  • Llegó al país en 1879 y se estableció por varios años.
  • Fundó en 1880 la Primera Escuela Normal de Santo Domingo, enfocada en la moral social y la ciencia en lugar de dogmas religiosos.
  • Impulsó junto a la poetisa Salomé Ureña la educación femenina al respaldar el Instituto de Señoritas.
  • Ocupó cargos clave como Director General de Enseñanza Normal. [1, 2]
  • Pensamiento y Legado
  • Promovió una educación científica, racional y moderna.
  • Es reconocido como uno de los precursores de la sociología en América gracias a obras como su Tratado de Sociología y su novela política La peregrinación de Bayoán.
  • Falleció en Santo Domingo el 11 de agosto de 1903, ciudad donde reposan sus restos por voluntad propia. [1, 2, 3, 4, 5]
  • Manuela Sáenz.



    A los 24 años convenció a un batallón entero del ejército español de cambiarse de bando. A los 38 vendía dulces en un puerto de pescadores del Perú, desterrada de dos países.


    Manuela Sáenz nació en Quito en 1797, hija natural de un funcionario español y una criolla, un estigma que se cargaba de por vida. La internaron en un convento y a los veinte su padre la casó con un comerciante inglés que le doblaba la edad. La dote fueron 800 pesos.


    Se fueron a Lima, capital del poder español en Sudamérica. En los salones se hablaba de más, y los patriotas se morían por esa información sin tener cómo entrar. A ninguna mujer se le permitía opinar de política, y por eso mismo a ninguna la vigilaban.


    Manuela vio la grieta: la señora de la casa lo escucha todo y nadie sospecha de ella.


    Empezó a montar fiestas que por dentro eran juntas de conspiradores. Su red más callada fueron Jonatás y Nathán, dos mujeres que su padre había comprado como esclavas y a las que ella liberó: entraban y salían de mercados y cuarteles sin que nadie las mirara. Con lo que traían trabajó por dentro al batallón Numancia, donde servía su medio hermano, hasta que los oficiales se pasaron al bando patriota. En enero de 1822 el Perú la condecoró con la Orden del Sol.


    Ese año dejó a su marido y se fue detrás de Bolívar. Peleó en Junín y en Ayacucho, y Sucre pidió que la hicieran coronela.


    Medianoche del 25 de septiembre de 1828, Bogotá, lloviendo. Casi cuarenta hombres al mando de Pedro Carujo tumbaron la puerta del Palacio de San Carlos y acuchillaron a los centinelas. Los perros ladraron y Manuela despertó. Bolívar agarró su pistola y quiso salir a pelear; ella lo obligó a vestirse y lo empujó por la ventana. Después salió al pasillo y mandó a los asesinos al salón del Consejo, jurando que él estaba ahí. La golpearon con el plano de los sables y los moretones le duraron doce días.


    Bolívar pasó la noche metido bajo el puente del Carmen, en el agua. Cuando volvió al palacio le dijo:


    "¡Tú eres la Libertadora del Libertador!"


    Vivió dos años más. Todo lo que hizo después de esa noche existe porque ella aguantó unos minutos en un pasillo.


    Y aquí está la parte que casi nadie cuenta. El cerebro señalado de aquel atentado fue Santander, y Santander terminó de presidente. En 1834 la metieron presa y la echaron a Jamaica, y cuando quiso volver a Quito el presidente ecuatoriano también la expulsó. Acabó en Paita, un puerto del norte del Perú, viviendo de los dulces que hacía y de traducir cartas para los marineros. Ahí pasó veintiún años. Murió de difteria en 1856, horas después que Jonatás, y quemaron su casa para frenar el contagio, con las cartas de Bolívar dentro. En 2007 Ecuador la ascendió a Generala. Ciento cincuenta y un años tarde.


    Tenía el grado de coronela firmado y sellado, pero lo que la sostenía era un hombre vivo. El poder que se apoya en una sola persona se acaba el día que esa persona se muere.


    ¿Lo que tienes hoy lo sostiene lo que sabes hacer o alguien que te cubre? 🇪🇨🇻🇪🤝

    lunes, agosto 10, 2026

    Lo mas importante es ver como su vida fructifica y se multiplica en los demás.

    «No es la cantidad de años que tengas en las artes marciales, ni los grados que poseas, ni la cantidad de trofeos y medallas ganadas, ni los muchos alumnos que hayan pasado por tus manos lo más importante. Lo más importante es que, al mirar hacia atrás, te puedas sentir satisfecho del camino recorrido, ver con regocijo cómo tus alumnos siembran en tierra fértil la semilla de tus enseñanzas; ese es el mayor logro de un maestro al llegar al ocaso de su existencia, ver como su vida fructifica y se multiplica en los demás.»


    Domingo Acevedo.













































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