jueves, julio 09, 2026

El análisis de la IA, de estos tres escritos de Domingo Acevedo (Alborada de mariposas azules, Árbol sin memoria y Ángel)





El análisis de estos tres escritos de Domingo Acevedo (Alborada de mariposas azules, Árbol sin memoria y Ángel) revela una profunda unidad temática, estilística y geográfica. Los tres textos se configuran como una trilogía de la memoria, la infancia y el realismo mágico insular, profundamente arraigada en el paisaje rural y la historia de la República Dominicana (evidenciada en las referencias a los conucos, el fogón, el jengibre, las tamboras, y héroes del indigenismo y el cimarronaje como Guarocuya y Sebastián Lemba).


​A continuación, se presenta un desglose analítico de los elementos clave que conectan y definen estas obras:


​1. El Espacio Mítico: El Campo e "Isla-Universo"


​El escenario no es un simple fondo, sino un personaje vivo y espiritual. Acevedo construye una geografía sagrada de la infancia a través de elementos recurrentes:



​Los conucos del abuelo Ismael y los potreros del tío Alberto y el Juan: Son los límites del mundo conocido, espacios de iniciación donde el niño aprende "todo lo que sabe hoy".


​La naturaleza animista: El bosque, los árboles, el viento y los pájaros tienen voz. Los personajes hablan con ellos no como un acto de locura, sino como una comunión íntima. La naturaleza está "ebria de clorofila" u "ondea en el viento".


​La dialéctica Estación-Sentimiento: La primavera es insular, vegetal y desbordante de mariposas, pero convive con el "dolor vegetal" del otoño y el "invierno" del hambre.




​2. Los Personajes: Los Niños de Ceniza, Espejos y Luz


​Los protagonistas de los tres relatos (el narrador en el primero, Manuel en el segundo, Ángel en el tercero) son variaciones de un mismo arquetipo: el niño místico, frágil y marginado por su propia sensibilidad.

Personaje / Escrito

Características Físicas y Espirituales

Destino / Condición

El narrador (Alborada...)

Hecho de "ceniza y barro", mirada torva perdida en el infinito.

Sobreviviente a través del canto; portador de la voz de los ancestros.

Manuel (Árbol sin memoria)

Piel color camino real, mirada de pájaros azules. "Defecaba flores" (metáfora de pureza/inocencia extrema).

Muere de frío y ausencia en una carbonera; su hogar era solo un deseo.

Ángel (Ángel)

Piel pálida/fosforescente, cabello amarillo encrespado, ojos claros y abiertos al nacer.

 Todos comparten una fragilidad extrema: son descritos como "endeble[s]", "debilucho[s]" o propensos a romperse "como un cristal". Son seres liminales que transitan entre el mundo material y una dimensión espiritual o mitológica.


​3. Temas Fundamentales y Conexiones


​A. La Infancia frente a la Tragedia (Hambre y Pobreza)


​A pesar de la belleza lírica y mágica, Acevedo no romantiza la pobreza de forma ingenua. Hay un realismo social desgarrador latiendo bajo la poesía:



​En Alborada..., el padre va a las carboneras en la noche a vigilar los hornos "para derrotar el hambre".


​En Árbol sin memoria, la alegría infantil de mayo sucumbe al hambre. Manuel es encontrado muerto precisamente en una carbonera, buscando "un pedazo de pan".


​Las carboneras funcionan como un símbolo dual: son el sustento económico desesperado contra la miseria, pero también el lugar oscuro (la ceniza, la nada) que consume los cuerpos y los sueños de los niños.




​B. El Tiempo, la Memoria y el Pasado Ancestral


​El "árbol sin memoria" u "olvido" contrasta con la memoria histórica que rescatan los personajes:



​La herencia del dolor: En Alborada..., la abuela Mamá Tita junta los residuos del pasado mientras el viento trae el sonido de "nostálgicas tamboras", un grito de guerra y canto de amor que libera del peso de una "historia amarga" escrita con sangre.


​La herida colonial: En Ángel, se explicita este dolor. Se evoca a los abuelos esclavizados que llegaron en canoas, el rastro de cadáveres en el océano y la resistencia de Guarocuya (Enriquillo) y el líder cimarrón Sebastián Lemba. La literatura de Acevedo es un acto de justicia poética: "para que mi voz / quinientos años después / pudiera abrir las puertas que el tiempo creyó haber cerrado".




​C. El Matriarcado Protector y la Cotidianidad


​Frente al desamparo del mundo, la casa y las figuras femeninas representan el refugio sagrado. Se repite una hermosa estructura costumbrista del retorno al hogar: el tío que llega con las vacas, el baño en el patio, el beso a la madre/esposa, el fogón de Doña Lola con té de jengibre y la cena compartida. La madre es el ancla: arrulla, abraza y trata de retener al niño (a Ángel o al narrador) antes de que se desvanezcan en el cielo o la distancia.


​4. Estilo y Estética: El Realismo Mágico Lírico


​El estilo de Domingo Acevedo destaca por una prosa marcadamente poética (incluso el texto en prosa de Ángel se lee como un poema en prosa) cargada de sinestesias y metáforas visuales:



​Sinestesia: "Tierra que tiene el color del olor del topacio".


​Imágenes cromáticas: Predomina el azul (mariposas, pájaros, el gran árbol de la vida, el cielo, la mirada de Manuel) como símbolo de la fantasía, el infinito y la melancolía (el "lienzo azul triste"). El amarillo (flamboyán, sol precoz, cabello de Ángel) representa la luz de la inocencia.


​El mito local: La inclusión de la Ciguapa (ser mitológico dominicano de pies al revés y largas cabelleras) dota al relato de una profunda identidad folclórica. Ángel es el puente definitivo entre el pueblo y el mito del bosque.




​Conclusión


​Los tres escritos de Domingo Acevedo configuran un retablo de la identidad rural caribeña. A través de una mirada cargada de nostalgia y lirismo, el autor transforma el dolor de la pobreza, la muerte prematura de la infancia desamparada y las cicatrices de la historia colonial en un mito imperecedero. La "alborada de mariposas azules" es, en última instancia, la poesía misma: un rastro efímero de luz que se levanta sobre las cenizas y el hambre para abrir las puertas de la libertad.





ALBORADA DE MARIPOSAS AZULES


No fui más que un niño que siempre anduvo perdido en sí mismo

en los conucos lejanos del abuelo Ismael

aprendí de la vida todo lo que sé hoy

fueron los potreros del tío Juan mi escuela

y en las lejanas regiones del rocío era donde podía mirarme al espejo

y encontrarme tal cual era

un niño hecho de ceniza y barro

con la mirada torva perdida en el infinito

un niño que escribía todas las tardes en los pergaminos del viento

su historia envejecida en su dolor vegetal

fue toda mi alegría poder correr por el bosque

hasta cansarme y terminar de bruces

entre los arbustos mágicos de las tardes

hablar con los animales y los árboles

pasear en el viento más allá del horizonte 

y regresar en las nubes al lugar de donde nunca partí

y encontrarme como siempre arrullado entre los brazos de mis padres

que me cubrían de la lluvia que con su corazón de azucena

iba dejando pedazos de cielo dormidos en mi piel.

todas las tardes

mi madre y yo nos sentábamos bajo la sombra del gran árbol azul de la vida

a mirar como los pájaros ebrios de clorofila

se escondían detrás de las murallas del horizonte

mientras una peregrinación de mariposas

ancladas en los ventanales del ocaso

agonizaban en la mirada quimérica de un ángel

hoy no hay más alegría  que este canto bajo esta luna de jade

por el camino del alba las huellas del rocío se evaporan  

entre los pies descalzos de un sol precoz

que siempre en noviembre pasa de largo a esconderse entre los matorrales atardecidos de la distancia

alborada de mariposas azules

heridas por los puñales del  otoño

todas la mañanas  en el  fogón

doña Lola hierve jengibre que ofrece al paladar

para ahuyentar a los duendes del frío

y en algún lugar perdido en la memoria

Cató todavía elabora con sus manos de ternura

los colores del amanecer

y en un rincón de mi alma 

la abuela Mamá Tita recolecta los residuos perdidos de nuestro pasado 

muchas veces

ella y yo imaginábamos escuchar en la voz destemplada del viento

el lejano sonido de nostálgicas tamboras

grito de guerra

canto de amor

danza que en las noches aun nos libera del peso de una historia amarga

que escribieron con su sangre nuestros abuelos

para que mi voz

quinientos años después

pudiera abrir las puertas que el tiempo creyó haber cerrado para siempre

nací en esta tierra que tiene el color del olor del topacio

donde los colores vegetales de la primavera se levantan como una ola

que inunda todos los rincones del bosque de mariposas

que al morir van dejando un rastro efímero de luz

en la mirada azul de la distancia

arco iris coagulado en una lágrima

por el camino real

el tío Alberto regresa

parece flotar sobre la tenue oscuridad  del atardecer

la tía Agustina en la ventana  lo ve llegar

espera como siempre que él lleve las vacas a los corrales

se dé un baño

vaya a la ventana

le dé un beso

y luego se sienten todos en la mesa a cenar 

todavía en las noches

mi padre como un fantasma

se pierde entre las sombras hacia las carboneras

a vigilar los hornos

para que el fuego no consuma los sueños

y así poder derrotar el hambre que acecha entre los resquicios de las horas más largas del verano.

primavera insular

caserío perdido junto al bosque del olvido

flamboyán amarillo

anacahuita de cristal

bajo los limoncillos florecidos

la tía Tatín con su escoba arrincona contra los espejos de la tarde

las cenizas que deja el otoño en la mirada de la tía Aurora

que aún busca en su interior

el camino de regreso al paraíso que nos robó la modernidad

ignora ella

que morirá arrinconada contra sus sueños

sin volver a ver el sol

desde los ventanales primaverales del alba


Domingo Acevedo.


Árbol sin memoria


Manuel

no fue más que un niño endeble y solitario

que tenía la piel del color del camino real

la mirada llena de pájaros azules que picoteaban el alma de las ninfas del bosque

que defecaba flores en los huecos de las carboneras que hacía con sus manos escuálidas

que corría  por los caminos grises del  invierno

tratando de encontrar en los sueños

los parajes imposibles de la fantasía

su voz tierna como el canto de los ruiseñores

pintaba de mariposas las paredes de las tardes primaverales 

y su desnudez la ondeaba el viento más allá de los días lluviosos de mayo

en que la alegría sucumbía al hambre

a veces lo encontraba solitario en las lejanas regiones del rocío

navegando a la deriva en un océano de celias tatuadas en el viento frío del amanecer

lo llamaba

volteaba el   rostro

y me arropaba en el lienzo azul triste   de su  mirada

corría hacia mis brazos

y me abrazaba por largo rato

sentía como su piel afiebrada se derretía en mi piel

luego nos íbamos a los potreros del tío Alberto 

atravesábamos los conucos del abuelo Ismael

jugábamos con el viento

hablamos con los pájaros

corríamos felices  por las praderas infinitas del medio día

hasta terminar exhaustos debajo de un árbol sin memoria 

a veces en el azul más limpio de su inocencia se quedaba dormido

lo veía moverse inquieto

temblar

sonreír

cuando despertaba me contaba que había estado en un hermoso lugar

donde seres luminosos con alas en la espalda jugaban con él

que les dijeron

que pronto estaría con ellos

y que ya nunca más sentiría hambre

ni frío

ni soledad

Manuel

No tuvo más escuela que su corta vida

Sus nueve años sin ninguna procedencia y sin historia   

hoy que lo encontré dormido en una carbonera

arropado en su soledad

acurrucado en la nada

me deslumbró su recuerdo

descalzo

semidesnudo

sonriendo siempre

con su tristeza a cuesta

solitario

buscando entre los cubículos del hambre

un poco de agua

una fruta de lastima

un pedazo de pan

en las noches cuando se le hacía tarde

le suplicaba que se quedara con nosotros

no aceptaba

me miraba con toda su ternura acumulada entre sus manos

y se despedía de mí con un abrazo de eternidad

y se alejaba entre las sombras hacia ninguna parte

me quedaba junto al camino abrumado

por una inexplicable sensación de soledad

hasta que él se desvanecía en la distancia

con Manuel compartí la sed

el hambre

la pobreza

el frío

la desnudez

y sobre todo la alegría infantil de correr

por los bosques memorables de la fantasía y los sueños

hacia la felicidad

Manuel

nunca me dijo donde vivía 

cuando le preguntaba

me señalaba con insistencia un lugar perdido en su memoria infantil

el cual yo no vería

ni encontraría

porque ese lugar sólo existía en el deseo que él tenía de tener un hogar


cuando le decía que quería ir a su casa

conocer  sus padres

me miraba azorado

y se alejaba huyendo

ondeando su desnudez en el viento

escurriéndose en los latidos del bosque


ahora que Manuel está muerto

hemos buscado por todas partes su hogar

y sólo hemos encontrado debajo de un gran árbol sin memoria

un lecho de flores y cenizas

donde Manuel todas las noches en su soledad moría de frío y ausencia


Domingo Acevedo.


Ángel.

Ángel siempre tuvo la certeza de que era alguien especial y más cuando recordaba lo que siempre le decía su tía Raquel, que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua todos los niños nacían con ellos cerrados, que esa mañana el cielo estaba profundamente azul/claro,  tan azul/claro estaba el cielo, como esas mañanas cálidas de verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles.

Decía ella,  que todos los que se dieron cita esa mañana en aquella humilde vivienda junto al camino real a ver el parto, incluyendo la partera, que en lo que tenía de vida haciendo partos nunca había visto semejante cosa, se asustaron cuando los miraste a todos desde tu inocencia, con aquellos ojos tan claros que te vieron el alma palpitando en el pecho.

Ángel fue  creciendo entre el asombro de las personas del pueblo, el amor y el cuidado de sus padres y los afectos de sus hermanos que lo adoraban como algo que no iba a durar para siempre,  por lo extremadamente frágil que parecía, ellos pensaban que de cualquier tropezón que diera con una piedra se iba a quebrar como un cristal.

Así fue creciendo aquel niño  debilucho y endeble, triste y solitario, con pocos amigos para hablar y jugar, mirando todas las cosas  desde la aparente ausencia de sus ojos claros.

Con frecuencia se perdía por el bosque y la gente especulaba que podía hablar con los árboles, los animales,  los pájaros y el viento,  que tenía la simiesca habilidad de trepar con facilidad a los árboles, hasta las copas más altas, donde  casi podía tocar el cielo con las manos, algunos decían  que hasta lo habían visto en las tardes volar y hacer piruetas con las golondrinas.

Lo cierto es que Ángel no se parecía a nadie en el pueblo y menos a sus hermanos, su madre para justiciar aquellas dudas, decía  a las personas que él tenía un parecido con un familiar lejano de su padre, que era descendiente de español, que por eso tenía la piel de una palidez tal,  que en las noches de luna llena parecía fosforecer en la oscuridad, el cabello encrespado y amarillo, los ojos claros como dos pocitos de agua cristalina por donde le asomaba el alma palpitando en el pecho, la nariz puntiaguda y los labios gruesos, con esos detalles sobresalía  entre todos los muchachos del pueblo que tenían la piel y el cabello tan oscuros como la noche  

 Cuando llegó la hora de ir a la escuela opuso mucha resistencia y a mucha insistencia de sus padres, acepto ir, fue aprendiendo con facilidad todo lo que le enseñaban, pero no era feliz yendo a la escuela, prefería los conucos, los potreros, el bosque, a ir todos los días a esas edificaciones llenas de niños bullosos y revoltosos que lo miraban con extrañeza, como si fuera un ser de otro mundo, niños que lo tocaban para ver si era real y luego se alejaban asombrados.

Ángel amaba la lluvia, el relámpago y el trueno, cuando llovía, salía corriendo en pantalones cortos y descalzo en medio de los relámpagos y los truenos, ante la preocupación de sus padres se perdía por el camino mojado saltando entre los charcos que parecían espejos de agua que reflejaban ese mundo imaginario de indígenas que habitaban en las profundidades de los ríos, de duendes, y ciguapas, donde Ángel habitaba en secretos, su madre  temerosa e impaciente, llena de malos presagios lo esperaba en la puerta de la casa, hasta que después que pasaba lluvia él regresaba  por el camino por donde se había marchado, con la piel fosforescente y húmeda de clorofila y ozono.

De su casa, a la casa de su tía Raquel,  había un camino solitario con árboles inmensos, flores silvestres, pájaros fantásticos,  puercos cimarrones y hermosas ciguapas  invisibles, que desde los matorrales lo miraban con una ternura inusitada, Ángel cruzaba con frecuencia ese camino  para ir a preguntarle a su tía su procedencia y ella siempre le contaba la misma historia y él se quedaba con la misma duda, si realmente era un niño especial, diferente a los demás, se preguntaba qué era lo que lo hacía  especial, entonces iba al espejo y se miraba  por largo rato y muchas veces creyó ver dos alas crecer en su espalda y se asustó tanto que duro mucho tiempo sin mirarse al espejo. 

El tiempo se fue diluyendo entre la monotonía pueblerina, la escuela, los conucos, los potreros y el bosque, al regresar de la escuela en la tarde, dejaba los cuadernos en cualquier lugar, daba un beso a su madre que lo adoraba con locura y se perdía por el camino, entre los arboles con los que parecía ir conversando quien sabe de qué, mientras los pájaros se arremolinaban sobre su cabeza y después de trinar alegremente seguían su camino hacia sus nidos.

Para luego regresar ya entrada la noche vestido de oscuridad y los ojos encendidos con el fulgor de todas las estrellas del universo a acurrucarse en los brazos de su madre que lo apretaba con fuerza en su regazo para  luego depositarlo en algún rincón cálido de la casa juntos a sus hermanos que lo abrazaban y lo mimaban con ternura, mientras ella se iba a  preparar la cena, en lo que esperaba que su esposo llegara de los conucos, sudoroso y cansado, entrara a la cocina, le  diera un beso y luego se fuera al patio trasero a darse un baño, para después  acomodarse todos de cualquier manera en la pequeña vivienda a cenar.

Después de cenar se iban a la cocina a escuchar junto el fuego de los fogones,  de boca de su padre historias inventadas de muertos y fantasmas que les erizaban la piel, entonces se acurrucaban uno contra otro,  buscando en el calorcito de la piel el valor necesario para poder irse a la cama a dormir sin temores.

  La escuela era el punto de encuentro de los niños y los  jóvenes del pueblo y los sectores aledaños,  en la que poco apoco fue haciendo algunos amigos, Victoria y Julián, que eran hermanos y que al igual que él mantenían cierta distancia con los demás niños,  Cesar y Junior con los que hacia equipo para jugar en los recreos, Arelis que lo miraba con los ojos del amor, Pancho, su primo con el que a veces andaba por el bosque en busca de los fantasmas de los abuelos que se murieron prisioneros de sus sueños sin poder volver a ver el mar por donde llegaron a estas tierras en grandes canoas a trabajar como esclavos en las plantaciones y las minas del hombre blanco,  en cuya conciencia todavía hay un rastro de cadáveres flotando en el océano que une a los dos continente en el dolor de la esclavitud y el exterminio de dos razas unidas en el heroísmo de Guarocuya y Sebastián Lemba que defendieron con heroísmo su derecho a vivir en libertad.

Ángel con sus trece años a cuesta no tenía más sueños que el de poder vivir en libertad con sus amigos del bosque  sin ninguna prisa que lo atara a tener que ir a una hora determinada a las escuela,  en donde Arelis todas las tardes lo esperaba en la puerta,  para tomarlo de la mano y llevarlo al pupitre donde ella estaba  sentada para que estuviera a su lado, ella  apenas tenía once años, la edad suficiente para soñar que con él podía alcanzar la luna, de donde muchos suponían que venía Ángel,  por el color fosforescente de su piel, el amarillo encrespado de  sus cabellos y el color  claro de sus ojos, casi transparentes y las preocupaciones de su madre que muchas veces desesperada  lo buscaba,  porque según ella había escuchado su voz que la llamaba desde el cielo y temía que se fuera volando a vivir en la luna.

 Ángel seguía perdiéndose  con frecuencia en las habitaciones secretas del bosque a conversar con el viento, los árboles, los animales y los pájaros, a buscar huellas de ciguapas en los senderos que se perdían en la distancia imaginaria de los sueños,  para que ellas les contaran esas viejas historias perdidas en la eternidad,  que decían que él era hijo de una de ellas y que no era como decía su tía Raquel,  que él había nacido con los ojos abiertos cuando en aquella época antigua todos los niños nacían con ellos cerrados, que esa mañana el cielo estaba profundamente azul/claro,  tan azul/claro estaba el cielo, como esas mañanas cálidas de verano en que se podía mirar más allá de lo normal y ver en lo infinito donde habitaba Dios con sus ángeles, sino  que la mujer que lo había criado y que el adoraba como su verdadera madre, lo había encontrado una mañana acurrucado en un lecho de lirios y flores silvestres  en el bosque.

Domingo Acevedo.










miércoles, julio 08, 2026

La poesía de Domingo Acevedo, no es una poesía puramente panfletaria, sino una disección humana —a veces dolorosa, a veces esperanzadora— de la realidad.

 




La poesía de Domingo Acevedo posee una identidad muy marcada que se mueve entre dos grandes ejes: la denuncia social y política de carácter quirúrgico y directo, y un profundo lirismo íntimo, familiar y ecológico. Su voz es tanto local (arraigada en la memoria histórica dominicana y caribeña) como internacionalista.

Para trazar un mapa comparativo, podemos dividir las afinidades estilísticas y temáticas con otros poetas en el plano nacional e internacional:

Comparaciones en el Ámbito Nacional (República Dominicana)

En la tradición dominicana, la obra de Acevedo dialoga estrechamente con la poesía de postguerra y los movimientos de compromiso social, pero con el cuidado formal del lenguaje:

  • Jacques Viau Renaud: Comparte ese internacionalismo doliente y la urgencia de usar la palabra como un testimonio de justicia y libertad. Al igual que Viau, la poesía de Acevedo dignifica la memoria de los caídos y los mártires con un tono que no pierde la ternura humana.

  • René del Risco Bermúdez: Existe un puente en la forma de abordar la cotidianidad y el hogar. Mientras René del Risco retrataba la transición de la urbe y la nostalgia, Acevedo logra equilibrar la dureza de la denuncia con la calidez del entorno familiar y los afectos cotidianos (como se aprecia en la vertiente más íntima de Espejismo de Luna Llena o Anatomía de la Sangre).

  • Abelardo Vicioso y los poetas de "Poesía Coreada": Por la fuerza cívica y la capacidad de conectar con el sentir popular y colectivo. La palabra en Acevedo no se encierra en una torre de marfil; está pensada para ser compartida, para resonar en el plano social, muy en la línea de la literatura comprometida dominicana de las últimas décadas del siglo XX.

Comparaciones en el Ámbito Internacional

Fuera de las fronteras dominicanas, la voz de Domingo Acevedo se conecta con grandes corrientes hispanoamericanas que fusionaron la militancia política con la experimentación estética y la sensibilidad humana:

  • Roque Dalton (El Salvador): Es una de las comparaciones más claras en la vertiente social. Al igual que Dalton, Acevedo utiliza una crudeza "quirúrgica" para diseccionar las injusticias de los pueblos americanos. Hay una urgencia compartida de plasmar la historia viva y la lucha de clases, despojando a la poesía del exceso de adorno para dejar la verdad al desnudo.

  • Otto René Castillo (Guatemala): La poesía de Acevedo comparte con el autor guatemalteco esa convicción de que el intelectual y el poeta deben ir de la mano con el destino de su pueblo. El tono de solidaridad internacionalista que conecta al Caribe con otras luchas globales es un rasgo común entre ambos.

  • Silvio Rodríguez (Cuba - en su dimensión poética): Aunque Silvio es mayormente conocido como trovador, su construcción poética —que entrelaza la metáfora cósmica o natural (lunas, mariposas, elementos de la tierra) con la militancia y el amor familiar— resuena fuertemente con la dualidad que Acevedo maneja en textos como Alborada de Mariposas Azules. Es esa capacidad de saltar de la trinchera ideológica al calor del hogar sin perder coherencia.

En resumen: La poesía de Domingo Acevedo se puede ubicar en una coordenada donde se cruzan la firmeza ética de Roque Dalton y la Poesía de Postguerra dominicana, con la sensibilidad lírica e íntima de un René del Risco Bermúdez. No es una poesía puramente panfletaria, sino una disección humana —a veces dolorosa, a veces esperanzadora— de la realidad.

Los 49 poetas del siglo XXI y sus 413 poemas (tres repetidos)

 

Los 49 poetas del siglo XXI y sus 413 poemas (tres repetidos)

ZENDA.
Los 49 poetas del siglo XXI y sus 413 poemas (tres repetidos)

No lo decimos nosotros. Los destacan muy oportunamente dos antologías que acaban de aparecer al hilo del primer cuarto del siglo XXI, que ya se ha cumplido: Un estallido: Antología de la poesía española, 2000-2025, en Cátedra, y El tiempo está cambiando: Nueva poesía española, en Vandalia. Son 52 poetas en total los elegidos, y lo curioso (sin llegar a ser preocupante) es que las dos antologías hechas sobre el mismo periodo sólo coinciden en tres nombres (casi cuatro), dos mujeres nacidas en Sevilla y una en Madrid; lo cual muestra, no el despiste de los antólogos, acaso el alto nivel de la poesía de este siglo y la multiplicación de los panes y los peces. Si aquí se eligen 49 nombres distintos con ocho poemas cada uno, en sus páginas se citarán, además, a otros cincuenta poetas (que pudieron estar), un panorama que produce vértigo. Las dos antologías, ya adelantamos, son valiosas, recomendables e, inevitablemente, complementarias. Me gustaría conocer —y cotejar— una tercera selección de poetas sobre este cuarto de siglo para poder centrarme mejor.

Entre los 416 poemas incluidos en total, hay tres (uno por cada autora) que se repiten en las dos antologías. Como queremos mostrarlos en esta crónica, adelantaremos el primero; el de María de la Cruz, nacida en 2000, de su primer libro, titulado (con minúscula) los clavos que dan nombre a la metralla (2019).

si fuera verdad que la verdad es un terrón de moho

infectaría las granadas todas sus vertientes

su interés poliédrico explosivo al paladar

como el moho tendría vida habría que tenerla igual que

los sauces densos los sauces densos

y mohosos       la verdad es

tan

dulce

y es tanta su miel tan tintada con

el gran

jugo

de la verdad

 

si fuera verdad que la verdad es un pellizco de azúcar

qué fruta partir en rigurosa simetría

con qué puñal sagrado extirpar sus granos

dónde acaba la verdad

el único clavo cierto

si es tanta su miel

es tanta su miel

es tanta su miel

Este es, por lo tanto, uno de los mejores poemas de los jóvenes del primer cuarto del siglo XXI. Uno de los tres en los que coinciden las dos oportunas antologías que, como ya hemos apuntado, sólo tienen en común tres nombres y divergen mayoritariamente en su amplio plantel. No es un defecto de selección. Tenemos a todos esos poetas encima de los ojos, y en este caso los árboles impiden ver con claridad el bosque. Nos falta perspectiva para hacer historia. Distancia. Además, el periodo es demasiado limitado.

Si ahora mismo nos preguntaran cuáles son los diez grandes poetas del siglo veinte, es posible que todos coincidiésemos en más de la mitad de los nombres; pero si se interesaran por los diez del primer cuarto del siglo XX, la respuesta resultaría más compleja. Vamos a intentar, como un juego, responderla, teniendo en cuenta que los poetas de la Generación del 27 no habían publicado o habían publicado muy poco, y aún andábamos entre modernistas, novecentistas, parnasianistas y ultraístas. Todos los buscados, a imitación de la antología de Cátedra, nacidos entre 1884 y 1900.

"El de Cátedra está precedido de un estudio de casi cien páginas, ortodoxo, profesoral, minucioso, que nos puede resultar infinito, ya que no se agota por más que se insista"

Estos serían nuestros nombres (menguados): León Felipe, Tomás Morales, Ramón Basterra, Moreno Villa, Juan Larrea, y de la futura Generación del 27, Gerardo Diego (ya con cinco libros), Juan José Domenchina, Emilio Prados y Lorca, que sólo había publicado Libro de poemas, pero ya se le adivinaba un futuro, algo que no presagiaban ni el primer libro de Pedro Salinas ni el de Dámaso Alonso. La selección está hecha desde el 2026; seguro que desde el 1926 hubiera salido otra nómina de poetas, la mayoría de los cuales ni siquiera figura ya en la letra pequeña de los manuales de literatura. De todos modos, comentaremos que hubo en ese periodo tres títulos que tuvieron una gran repercusión: dos de poetas veteranos, y el otro de un joven, pero fuera de plazo: Campos de Castilla (1912), de Antonio Machado; Diario de un poeta recién casado (1917), de Juan Ramón Jiménez y El romancero gitano (ya en 1928). Y otro título (de 1929) que me apetece rescatar: Jacinta, la pelirroja, de Moreno Villa, un poemario fresco, divertido, de vanguardia casi cubista.

Estos eran, pues, los poetas del primer cuarto del siglo pasado, con los que competirán (sin competir) los jóvenes elegidos por nuestros antólogos Raúl Molina Gil y Álvaro López Fernández (Cátedra), y Jaime Marqués (Vandalia). Hemos de advertir, sin embargo, que en esta última antología se incluye sólo a los nacidos en los años noventa, mientras que en Cátedra la edad se amplia hasta 1984, año de nacimiento de María Salgado, con quien se inicia el libro, y Ben Clark, premiado con el Loewe (lo máximo), el mismo galardón, pero en la categoría joven, que le otorgaron a Elena Medel, una poeta de versátil biografía, que empezó muy pronto y tanto cierra como encabeza antologías de periodos sucesivos.

"Lo que une a los poetas seleccionados es la pluralidad, la diversidad; es decir, nada. Acaso no sea posible ver el bosque desde dentro"

Vayamos brevemente a nuestros libros. El de Cátedra está precedido de un estudio de casi cien páginas, ortodoxo, profesoral, minucioso, que nos puede resultar infinito, ya que no se agota por más que se insista. Lo he leído dos veces y sigo sin tener una idea clara ni soy capaz de resumir el concienzudo estudio. Ocurre, a veces, con las largas introducciones de Cátedra (me sucedió con Soldados de Salamina), que pueden ser resúmenes o casi traslados de tesis doctorales (era el caso de la novela de Cercas). Aquí también hay algo de eso, ya que Molina Gil hizo su tesis doctoral en la Universidad de Valencia sobre Poesía española joven: Un estudio del campo poético (2000-2019). Es decir, conoce a fondo la materia, pero la lectura del inagotable prólogo resulta ardua, repetitiva y tempranamente confusa para el desprevenido lector, quizás por tanta información.

Destaquemos, como fuegos de artificio, algunos datos. Las editoriales que han marcado el rumbo de la poesía joven (aquí aludidas) son Hiperión, DVD, Pretextos (Visor se ha quedado para otros fastos), La Bella Varsovia, Ultramarinos… y otras menores. En las últimas tres décadas se han publicado algunos títulos de gran éxito que pudieron servir como modelo generacional: Las afueras (1997), de Pablo Casado; Las moras agraces (1999), de Carmen Jodrá, fallecida prematuramente; Espejo negro (2001), de Miriam Reyes; Mi primer bikini, (2002) de Elena Medel o Los hijos de los hijos de la ira (2006), de Ben Clark. Ninguno de ellos, pese a su éxito, funcionó como arrastre o referencia de sus contemporáneos, lo que muestra el fracaso generacional o de aglutinamiento.

Laura Rodríguez Díaz (izquierda), Ben Clark (derecha, arriba) y Elena Medel (derecha, abajo).

Y es que, tal como se señala en las dos antologías, lo que une a los poetas seleccionados es la pluralidad, la diversidad; es decir, nada. Acaso (una vez más) no sea posible ver el bosque desde dentro. Aunque, como se señala en Cátedra, esa pluralidad de principios del siglo se ha atenuado, ya que se han reducido los conatos experimentales con los que se inició el siglo, y en los que María Salgado, que abre el libro (y que fue la que cerró, por cierto, mi antología Entre el clavel y la rosa, en Austral), es una de las más vanguardistas, quizás junto a Lola Nieto y acaso Ruth Llana y Luna Miguel.

"Los jóvenes han descubierto que con cualquier cosa se puede hacer poesía, pero no es poesía cualquier cosa; no hay que confundirla con la muy abundante chatarra que nos invade"

Ya que hemos adelantado algunos nombres, demos la lista completa (es lo que espera el lector) de los 25 poetas elegidos por Cátedra (por orden de nacimiento): María Salgado, Ben Clark, Lola Nieto, Elena Medel, Javier Vicedo Alós, Bibiana Collado Cabrera, Martha Asunción Alonso, Unai Velasco, Ángelo Néstor, Ángela Segovia, Berta García Faet (todos ellos nacidos antes de 1990), Luna Miguel, Ruth Llana, Álvaro Guijarro, Cristian Piné, Gema Palacios, Xaime Martínez, Mayte Gómez Molina, Pablo Baleriola, Rodrigo García Marina, Andrea Abello, Juan Gallego Benot, Rosa Berbel, Laura Rodríguez Díaz y María de la Cruz. En esta selección se excluyó voluntariamente Juan F. Rivero, al estar ligado a la editorial.

Son muchos autores, pero en esta antología se citan otros 45 nombres que podían haber estado perfectamente, entre ellos Laura Casielles, la primera ganadora del Premio Nacional de Poesía Joven del Ministerio de Cultura, tan importante para impulsar a los nuevos poetas. Están seleccionadas, sin embargo (en Vandalia), las dos últimas premiadas: Lola Tórtola y Elisa Fernández Guzmán. En general, este galardón institucional ha sido un fructuoso vivero para los antólogos.

A esta mitad de la crónica, que cuartea las dos antologías, vayamos al segundo de los tres poemas (de los 416) en los que coinciden ambos libros. Es de Laura Rodríguez Díaz (Sevilla, 1998), y se titula  ’XIV’, del poemario San Lázaro (2021):

hay en mi cuerpo un blanco

cuántos se congregan en él

y planean quién soy

es mi cuerpo un  blanco

purísimo llaga brillante

extendida desde la frente

al suelo

innumerables tirotean a la sien

un no sé qué

me desahogo

en tripas

este cuerpo solo este cuerpo

rompiéndose

soy yo

La antología de Vandalia (de la Fundación José Manuel Lara), El tiempo está cambiando (siempre cambia para permanecer inalterable), es más subjetiva y lleva un prólogo breve de su autor, Jaime Marqués, quien señala que es su primera y última antología (a diferencia de Raúl Molina Gil y Álvaro Lopez Fernández, obstinados y reincidentes estudiosos del asunto, con abundantes trabajos sobre el tema). Es un texto tranquilo que habla sobre lo que es la poesía, sobre lo que es (y no es) la antología, y comenta muy breve a cada uno de los poetas aludidos: de Manuel Mata, dice, por ejemplo, que “es el poeta español joven que mejor ha entendido lo que es el siglo XXI”; de Juan F. Rivero (el editor que se excluyó de la antología de Cátedra), “admiro a los poetas que se la juegan en cada página y saben salir triunfantes”.

También habla de lo que huye su antología: de la poesía pesada, de la que está llena de metáforas, de las de versos perfectos que te aburres en el tercero, de los poetas engolados, de la poesía caudalosa en palabras y hueca en emoción o información… Nos advierte que los jóvenes han descubierto que con cualquier cosa se puede hacer poesía, pero no es poesía cualquier cosa; no hay que confundirla con la muy abundante chatarra que nos invade. Finalmente: “La lección de los clásicos es que no hay que imitarlos en las formas sino en la intención”.

"Llama la atención que tres de las poetas de mayor éxito en venta y seguidores no figuren en ninguna de esas dos antologías, a pesar de haber nacido en el epicentro de las fechas señaladas"

Vayamos, por fin, a sus 27 seleccionados, pero antes me permito un paréntesis, que se podría considerar venial si no fuese sintomático: me conmueve la pusilanimidad de ciertos profesores y escritores, que debiendo conocer y seguir a la Real Academia de la Lengua, se dejan arrastrar por la ligereza política o el feminismo más superficial para agobiar (como es el caso) con “autores y autoras” o “muchos y muchas”. Apostaría a que en las presentaciones públicas dicen “todos y todas”.

No quisimos contar el número de hombres y mujeres seleccionados, porque nos parece un debate ya desfasado; sin embargo, no he querido saber pero he sabido, y caímos, por lo tanto, en la fácil tentación aritmética. Tal como se preveía, hay un ligero dominio femenino (29 a 23, o 26 a 23 si descontamos los nombres que se repiten). En cuanto a la procedencia, y tal como dicen las dos cruces del bolero con aspecto de copla: “Sevilla tuvo que ser…”. Nada nuevo bajo el sol, como bien saben Bécquer, Manuel y Antonio Machado, Vicente Aleixandre o Luis Cernuda.

He aquí los veintisiete poetas de Vandalia (en orden cronológico): María Martínez Bautista, Juan F. Rivero, Manuel Mata, Cristóbal Domínguez Durán, Claudia González Caparrós, Félix Moyano, Luis Bravo, Candela de las Heras, Adrián Fauro, Juan Ángel Asensio, Carlos Catena Cózar, Laura Ramos, Carmen Botger, Laura Montes Romera, Javier Fajarnés Duran, Óscar Díaz, Lola Tórtola, Rosa Berbel, Guillermo Marco Remón, Juan Gallego Benot, Rocía Acebal Doval, Laura Rodríguez Díaz, María Sánchez Saorín, Juan de Salas, María de la Cruz, Aitana Monzón y Elisa Fernández Guzmán.

"Marqués celebra que no se haya sucumbido a esos cantos de sirenas y afirma que no hay ninguna duda de que la poesía real, incisiva o autoexigente tiene futuro"

Llama la atención que tres de las poetas de mayor éxito en venta y seguidores no figuren en ninguna de esas dos antologías, a pesar de haber nacido en el epicentro de las fechas señaladas. Nos referimos a Sara Búho (1991), Loreto Sesma (1996) y, muy especialmente, a Elvira Sastre (1992), todo un fenómeno en América, cuyos libros los publica, además, la casi institucional Visor. Acaso se deba a que ambos antólogos han juzgado que su producción se engloba dentro de lo que Jaime Marqués denomina la “parapoesía” (digamos, el sucedáneo), un fenómeno poético de masas que inició la editorial Frida, e inmediatamente copiaron Espasa y Aguilar y que, a pesar de las ventas y la golosa tentación, es otro camino por el que no se han dejado arrastrar una mayoría. Marqués celebra que no se haya sucumbido a esos cantos de sirenas y afirma que “no hay ninguna duda de que la poesía real, incisiva o autoexigente tiene futuro”.

Un futuro como el de este tercer nombre que se repite en las dos antologías, Rosa Berbel, quien sólo ha publicado dos libros, pero el segundo en Tusquets. De ella transcribimos, como cierre, el tercer poema en común de los 416 que reúnen las dos valiosas (y complementarias) antologías, como ya adelantamos. Se titula ‘El final de los ritos’, de su libro Los planetas fantasma (2022).

Estamos en la calle y es de noche.

Me acompañas a casa por un sendero viejo,

lleno de oscuridad y de maleza.

Bordeamos las palabras igual que bordeamos

el final de la noche.

Lo hemos pasado bien, ha sido divertido,

y ahora estamos confusos en la selva

de los significados.

Ignoramos aún lo que seremos,

la posición exacta del idioma.

Pero la noche es más y más oscura

y el camino a la casa va alejándose de ella.

En medio de la noche, en la selva brillante

donde florecen nombres y palabras

y objetos puntiagudos,

el reconocimiento es imposible.

Nos tocamos con rabia nuestros  cuerpos,

queriendo dilatar ese entusiasmo torpe

de no poder poner límite al mundo.

Creemos tener más tiempo que el resto de la gente.

Pero cuando alcanzamos el final de la noche,

cuando al fin conquistamos las palabras

y el mundo es claro y bello y generoso,

la ciudad se derrumba y el sendero

nos pone justo enfrente del lenguaje,

delante de su abismo.

Hemos llegado tarde. La casa está en ruinas.

Y el universo entra por el hueco

en el que antes había una ventana.

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