domingo, julio 23, 2017

Domingo Acevedo.















RENÉ DEL RISCO B. Minerva del Risco habla de su padre


SAUDADE
Vine a visitarte a esta casa llena de arcos y paredes rústicas donde está tu nueva oficina. Vi tu carro estacionado en la marquesina, tu carro nuevo que no conocía y un joven, a quien tampoco conocía, le limpiaba insistentemente los cristales como para que estuvieran tan transparentes y brillantes que pudieras ver el mar sin problemas. Ese mismo mar que fue testigo de tu muerte.
Voy subiendo las estrechas escaleras adornadas con mosaicos de verdes arabescos. Oigo puertas que se cierran y se abren, el eco de una voz que sale desde un pasillo oscuro, una sombra que se mueve y se refleja en el techo, una música y muchas risas que crecen y que estorban. Me estorban.
Tengo miedo de verte en ese lugar desconocido, tengo miedo de encontrarte en un mundo distinto al de mis paredes de piedras, al de los libros, al de los poemas, al mundo de la pequeña mesa con tres platos donde te esperábamos diariamente para que nos contaras del Conde, del café, de la ciudad que estabas descubriendo.
Me temblaron las manos al abrir la puerta de tu oficina. Te encontré de espaldas sacando un papel del carrete. Recuerdo tu alegría y tu sonrisa al verme. Recuerdo tu tristeza cuando me dijiste que estabas escribiendo mi regalo de cumpleaños, mi cuento, tu historia. Esa historia que he leído tantas veces, esa historia que permanece en mí como un sueño recurrente o como una verdad repartida entre el temor y la angustia que dejaron tus palabras. Palabras a las que crecieron alas y que vuelan, que han llegado hasta aquí, hasta esta hora en que un silencio ingenuo se proyecta en mi rostro.
Sacaste un cigarrillo. Te lo pusiste en los labios mientras buscabas un encendedor en tu bolsillo, en las gavetas, detrás de la pequeña lámpara que te alumbraba las palabras. No lo encontraste. Te quitaste el cigarrillo de los labios y me pediste ir al carro a encenderlo.
La niña de tu cuento tenía once años. Era la misma niña que te preguntó ese día quién te había tomado las fotos de la playa, quién te acompañó en ese viaje, y si el sol de Puerto Plata era el mismo que el de Gascue.
Bajé las escaleras corriendo con el cigarrillo entre mis labios. Yo era grande, me sentía grande, tenía un cigarrillo entre mis labios, un cigarrillo que no quedó tirado esa noche en el asfalto, que se escapó al sonido chirriante, se escapó al miedo y al grito y a las miradas curiosas. Su olor se quedó acompañando los ácaros de los papeles que guardo.
Regresé empinando los pies, coqueta y grande con un cigarrillo entre mis dedos. Te lo entregué mientras le explicabas a alguien por teléfono la excelente campaña publicitaria de una marca de ron que no recuerdo. Frente a ti había unos papeles con dibujos, monólogos y diálogos que yo no comprendía. No eran los sonetos al amor olvidado ni las odas al soldado ni los cantos al general que siempre dejabas sobre las mesas, sobre la cama, entre los libros; los que yo rayaba con lápices de colores tratando de escribir como tú escribías.
Mientras seguías hablando del comercial, de la muchacha de pelo largo, del “ven pa’ca, ven pa’ca” que identificaba esa campaña; mientras explicabas la mirada sugestiva que debía tener ella cuando estuviera soleándose en la piscina de un hotel conocido; mientras hablabas y fumabas, también trazabas marcas y círculos en la historia que contaba el comercial y veías si la imagen recién revelada y con un fuerte olor a formol, tenía la nitidez que querías. Y mientras todo eso sucedía, yo jugaba con las cenizas de los cigarrillos apagados y miraba aquel póster inmenso que fue posiblemente tu última foto y la que mandaste a ampliar casi al tamaño de tu estatura. Era una retrato blanco y negro donde se plasmaban tu rostro pensativo, tu perfil perfecto y tus manos unidas con un cigarrillo entre los dedos. ¿Qué estarías pensando cuando Moisés le dio click a su Pentax? ¿Dónde estabas? ¿A qué lugar del mundo te llevó el silencio?
Cogí una colilla de uno de los ceniceros, me senté frente a tu máquina de escribir, queriendo imitar tu tecleo, el ceño fruncido y la mirada lejana.
Tengo miedo de no verte más en mi casa de piedra donde llegaba el aroma del mar y la sirena de los barcos. Tengo miedo de quedarme con este olor a ceniza y a cigarrillos apagados. Tengo miedo de que alguien desconocido para mí abra la puerta y yo comience a descubrir que este es otro mundo.
Quería mirarte fijamente y preguntarte a qué hora nos íbamos a Macorís y ver de nuevo el parque, la casa de los “bulletes” que quería decir juguetes en ese lenguaje extraño con que hablan los niños; quería ver el río, la catedral donde me bautizaron, la calle La Aurora donde pasaste tu infancia, el estadio donde jugabas softball con los muchachos, como le decías a tus amigos del barrio, incluyendo a tu querido “Ton, Melitón, cojo y cabezón”.
Yo solo estaba esperando que soltaras el teléfono, que dejaras de hablar de pelo largo y de piscinas para comenzar la aventura que me habías prometido.
Era Navidad y hacía frío, las voces y la música ahora se sentían del otro lado de la puerta, y todo eso seguía estorbándome. No quería que a alguien se le ocurriera abrir la puerta intempestivamente para que no descubriera mi cara triste, para no tener que descruzar las piernas, para no tener que preguntarte si ya no iríamos a pasear en coche.
Finalmente, levantaste los ojos y me viste sentada con tu misma mirada distante y pensativa. Te estabas viendo a ti frente a la máquina de escribir. Viste tu propia tristeza en mis ojos y yo vi la mía en los tuyos.
Con una excusa que ahora no recuerdo, interrumpiste la conversación, cerraste el teléfono, te acercaste a mí y me besaste. No sé por qué, quizás es parte de la fragilidad que siempre advertiste en mí, pero cada vez que me abrazabas y me besabas yo lloraba de la misma forma en que estoy llorando ahora, y es que nunca me has dejado de abrazar y de besar, es que nunca te has ido, es que estás aquí, conmigo, mirándonos.
Me tomaste la mano con el orgullo de un padre cuando ve que su hija está creciendo, que va a cumplir once años y que se está poniendo hermosa. Bajamos las escaleras estrechas, saludaste alegremente a alguien que te buscaba y a quien no estabas esperando. No te llamó por tu nombre sino por tu apellido. Ya en ese momento no eras Chichi como te llamaban en San Pedro, tampoco El Afilao, como te decían en la cárcel de la 40, ni eras René como te llamaban tus amigos íntimos; en ese último año ya eras Del Risco, como yo, como me decían en el colegio. Teníamos eso en común y yo acababa de descubrirlo.
El señor que te buscaba te informó que esa tarde estaba pautada la grabación del audio para la fiesta aguinaldo de fin de año. Las cosas en publicidad son así, de repente, inaplazables e impostergables. Se necesitaba urgentemente tu voz, la que sería tu última voz guardada en un reel con cinta magnética y hoy reproducida en canales virtuales que nunca imaginaste podrían existir.
No recuerdo la hora exacta, pero aún no era el mediodía. Ya sabíamos que nuestra aventura se había pospuesto por lo que nos montamos en el carro con una ruta distinta. Tú conducías y yo iba a tu lado. “A la cieguita” decías, “voy a cruzar a la cieguita”. En ese momento lo entendía porque era un juego más, pero ahora pienso que realmente hubieras querido que todo en la vida pasara “a la cieguita”, que todo fuera un suspenso, que las cosas fueran lo que decidiera la vida y que no tuviéramos otra opción que cruzar esa y otras esquinas “a la cieguita”. No importaban las consecuencias.
Llegamos al malecón a la cieguita y te paraste en el lugar acostumbrado, frente a los helados Capri. Después de comprar la barquilla de mantecado y chocolate nos sentamos de frente al mar, donde podíamos oír el sonido de las olas romper, donde podíamos oír el sonido de los buques y ver a Macorís desde lejos; hasta me hiciste creer que “aquel destello” venía del ingenio, hasta me hiciste sentir el olor de la caña y oír los sonidos del pueblo. Eso era fácil para ti. Hacer ver las cosas imposibles posibles, hacer una ficción de la vida y hasta de tu irremediable muerte.
Lo que no pudiste fue llevarme a pasear en coche y recorrer La Aurora, el parque, el puerto, el Club 2 de julio, el loto y su flor. Nada de eso lo vi. No lo he visto más, solo lo imagino.
Ese 20 de diciembre cambió tu historia y cambió mi vida.
No sé quién puede tener más deudas. No sé si en esos quince minutos de la agonía entre tu vida y tu muerte pensaste en mí, si pensaste en el parque, en el mar, en la casa de la José Reyes, no sé si pensaste en el paseo que teníamos planeado para ese día.
Tampoco estoy segura de si la deuda la tengo yo al no haber insistido en que me llevaras a ver el ingenio porque no solo quería imaginarme el olor a caña; o al no decirte que quería ver de nuevo la casa montada en pilotes donde solía pasar mi niñez con mis abuelos. Sé que me hubieras complacido.
No sé si es que siento una deuda tan grande por no haberte dicho que nos fuéramos a la cieguita a vivir de verdad todo lo que me habías contado esa mañana frente al mar. Tal vez no hubieras muerto.
No sé si es mejor, como le dijiste a Ton, dejar las cosas ahí y esperar…
Esperar a que la vida me lustre los zapatos.


Fotos tomadas de la red.

Los pobres aprendemos a ser felices en medio de la pobreza y las necesidades

Los pobres aprendemos a ser felices en medio de la pobreza y las necesidades, aprendemos a sonreír en medio del dolor y las desesperanzas, aprendemos de la soledad, el amor, la ternura y la solidaridad, y aunque no todos logramos sobrevivir a la muerte, la victoria de uno, es la victoria de todos.


ARBOL SIN MEMORIA



Manuel
no fue más que un niño endeble y solitario
que tenía la piel del color del camino real
la mirada llena de pájaros azules que picoteaban el alma de la ninfas del bosque
que defecaba flores en los huecos de las carboneras que hacía con sus manos escuálidas
que corría por los caminos grises del invierno
tratando de encontrar en los sueños
los parajes imposibles de la fantasía
su voz tierna como el canto de los ruiseñores
pintaba de mariposas las paredes de las tardes primaverales
y su desnudez la ondeaba el viento más allá de los días lluviosos de mayo
en que la alegría sucumbía al hambre


a veces lo encontraba solitario en las lejanas regiones del rocío
navegando a la deriva en un océano de celias tatuadas en el viento frío del amanecer
lo llamaba
volteaba el rostro
y me arropaba en el lienzo azul triste de su mirada
corría hacia mis brazos
y me abrazaba por largo rato
sentía como su piel afiebrada se derretía en mi piel
luego nos íbamos a los potreros del tío Alberto
atravesábamos los conucos del abuelo Ismael
jugábamos con el viento
hablamos con los pájaros
corríamos felices por las praderas infinitas del medio día
hasta terminar exhaustos debajo de un árbol sin memoria
a veces en el azul más limpio de su inocencia se quedaba dormido
lo veía moverse inquieto
temblar
sonreír
cuando despertaba me contaba que había estado en un hermoso lugar
donde seres luminosos con alas en la espalda jugaban con él
que les dijeron
que pronto estaría con ellos
y que ya nunca más sentiría hambre
ni frío
ni soledad

Manuel
No tuvo más escuela que su corta vida
Sus nueve años sin historia y sin ninguna procedencia

hoy que lo encontré dormido en una carbonera
arropado en su soledad
acurrucado en la nada
me deslumbró su recuerdo
descalzo
semidesnudo
sonriendo siempre
con su tristeza a cuesta
solitario
buscando entre los cubículos del hambre
un poco de agua
una fruta de lastima
un pedazo de pan

en las noches cuando se le hacía tarde
le suplicaba que se quedara con nosotros
no aceptaba
me miraba con toda su ternura acumulada entre sus manos
y se despedía de mí con un abrazo de eternidad
y se alejaba entre las sombras hacia ninguna parte
me quedaba junto al camino abrumado
por una inexplicable sensación de soledad
hasta que él se desvanecía en la distancia

con Manuel compartí la sed
el hambre
la pobreza
el frío
y la desnudez
y sobre todo la alegría infantil de correr
por los bosques memorables de la fantasía y los sueños


Manuel
nunca me dijo donde vivía
cuando le preguntaba
me señalaba con insistencia un lugar perdido en su memoria infantil
el cual yo no vería
ni encontraría
porque ese lugar sólo existía en el deseo que él tenía de tener un hogar


cuando le decía que quería ir a su casa
conocer a sus padres
me miraba azorado
y se alejaba huyendo
ondeando su desnudez en el viento
escurriéndose en los latidos del bosque

ahora que Manuel está muerto
hemos buscado por todas partes su hogar
y sólo hemos encontrado debajo de un gran árbol sin memoria
un lecho de flores y cenizas
donde Manuel todas las noches en su soledad moría de frío y ausencia

Domingo Acevedo










Sendero de las Lágrimas, la ruta del destierro de los indios norteamericanos


sendero-lagrimas-destierro-mortal-miles-indios
Al entrar en la primera mitad del siglo XIX, las relaciones entre blancos e indios de América del Norte habían cambiado bastante respecto a períodos anteriores. Terminadas las guerras entre británicos y franceses, que habían involucrado a aliados indígenas (iroqueses y hurones respectivamente), las tribus se encontraron con la dura realidad de que ahora la cuestión era entre ellos y los estadounidenses ya independizados. Mermados los pueblos de la costa este y aún algo alejados los de las praderas, muchos -sobre todo creeks- empezaron a dejar sus tierras tradicionales para instalarse en Florida, ocupando el hueco dejado por los extinguidos calusas, protegidos por la inaccesibilidad de selvas y pantanos. Por esa razón empezaron a ser conocidos como semínolas (Es decir, “los que acampan fuera”).
Los semínolas fueron creciendo progresivamente al admitir entre ellos a todos los prófugos, indios y esclavos, lo que empezó a convertirles en un grupo bastante fuerte y, consecuentemente, juzgado peligroso por el gobierno. Así que en 1818 el presidenteAndrew Jackson envió una expedición de castigo que de paso, a continuación, expulsó a los españoles de las ciudades que aún les quedaban en la península (luego se formalizó la cosa como una adquisición). Pero los semínolas, aún derrotados, seguían siendo un problema, así que Jackson decretó que las Cinco Tribus Civilizadas (nombre que los pioneros dieron a semínolas, cherokees, choctaws, creeks y chikasaws porque les consideraban más avanzados y cultos), fueran trasladados al oeste del río Missisipí, al llamado Territorio Indio.
Andrew Jackson
Andrew Jackson
En realidad, antes de 1820 cerca de cinco mil cherokees se habían marchado ya al oeste, a Arkansas, voluntariamente, conscientes de que ante el ansia de territorios de los blancos y su superioridad militar era mejor poner distancia de por medio. Pero, en 1830, el Indian Remove Act extendía la orden a todos, escalonadamente, y aunque los cherokees consiguieron bloquear la ley en los tribunales por un tiempo, al final empezó a aplicarse un año después manu militari: unos 4.000 choctaws tuvieron que ponerse en marcha hacia Oklahoma a pie, a caballo o en carro, llevando como máximo un peso de 15 kilos cada uno en pertenencias. Cientos de ellos murieron por el camino a causa del hambre, el frío, el agotamiento o las enfermedades.
"Traslado de los choctaws" (Valjean Hessing)
“Traslado de los choctaws” (Valjean Hessing)
Los siguientes fueron los creeks y chikasaws, en 1836, después de que su resistencia inicial fuera reprimida con dureza. A finales de 1838-principios de 1839 les tocó el turno a los cherokees, cuyo pleito fue desestimado pese a que contó con el apoyo de muchos blancos. Las tropas del general Winfield Scott reunieron a los 17.000 indios y sus 2.000 esclavos en Tennessee, desde donde empezaron un destierro de casi 20.000 kilómetros. De nuevo las condiciones del viaje acabaron con un gran número de ellos, aunque sobre la cifra exacta hay polémica: entre medio millar y 8.000 personas. Como anécdota, cabe apuntar que durante el traslado los cherokees solían entonar una versión en su lengua de Amazing Grace, el himno que los anglosajones cantan en Nochevieja.
"Trail of Tears" (Robert Lindneux)
“Trail of Tears” (Robert Lindneux)
Algunos indios, sin embargo, no se resignaron al exilio y optaron por evadirse. Así, grupos de choctaws se asentaron en zonas apartadas de Missisipí mientras que un millar de cherokees se escondió en las montañas de Carolina del Norte. Asimismo, muchos creeks se refugiaron en Florida uniéndose a los semínolas, que fueron los que opusieron la resistencia más tenaz: en 1835, el jefe semínola Osceola rasgó con su cuchillo el documento que le entregaron para que firmara el traslado y aplastó a los soldados en Withlacoochee, dando así inicio a dos nuevas guerras contra los blancos que continuaban la desarrollada entre 1817 y 1818. La primera duró hasta 1842, a pesar de que Osceola fue engañado y apresado en 1838 cuando habia aceptado reunirse para tratar la paz, falleciendo en prisión de malaria; la segunda fue entre 1849 y 1858 y terminó con el traslado forzoso a Oklahoma de una parte de los semínolas, aunque otra logró permanecer en Florida y nunca firmó el tratado.
sendero-lagrimas-destierro-mortal-miles-indios
Hoy en día hay unos 10.000 semínolas sumando ambos grupos, por algo más de 70.000 creeks, 158.000 choctaws y 20.000 chikasaws, siendo los cherokee los más numerosos de todo Estados Unidos con cerca de 300.000 personas. La ruta de aquel duro destierro se llama actualmente Trail of Tears National Historic Trail (Sendero Histórico Nacional Sendero de las Lágrimas), recorre 9 estados y se puede hacer como trayecto turístico-cultural. Parafraseando al personaje de Blade runner, las lágrimas se perdieron como gotas en la lluvia.
TOMADA DE MUY INTERESANTE,

sábado, julio 22, 2017

Ojos de Luna, la leyenda de los misteriosos antepasados blancos de los cherokee


Posible representación de los Ojos de Luna / foto: roadsideamerica.com
El pueblo Cherokee era uno de los que formaban las Cinco tribus civilizadas junto a choctaw, chickasaw, creek y semínolas.
Fueron llamados así por los europeos al considerar que tenían un grado de civilización superior al del resto de los indios y adaptarse rápidamente a las costumbres blancas (lo que no les sirvió para evitar ser despojados de sus tierras y desplazados a Oklahoma partir de 1838, en lo que se conoció como elSendero de las lágrimas).
En el caso de los cherokee, a esa fácil asimilación se le buscó explicación basándose en una extraña leyenda tradicional sobre el origen de un sector de ese pueblo que presentaba unos rasgos físicos diferentes a los demás.
Se la conoce como la leyenda de los Ojos de Luna, en referencia al color predominantemente claro del iris de parte de los cherokee, unido a un tono de piel más pálido de lo normal. Concretamente los cherokee que habitaban en los bosques de Carolina del Norte, en la región correspondiente de los Apalaches, que ha llevado a más de un investigador a intentar averiguar cuánto hay de verdad y cuánto de mito en esa historia. Porque lo que la tradición ha ido pasando de generación en generación es una amalgama de elementos fantásticos mezclados con otros presuntamente históricos que resultan bastante sorprendentes.
Bandera de la nación cherokee/Imagen: Hosmich en Wikimedia Commons
En realidad, cuando contactaron con los colonos blancos por primera vez los cherokee se extendían por un territorio muy amplio que ocupaba zonas de los actuales estados de Alabama, Kentucky, Georgia, Virginia, Tennessee y las dos carolinas. No se sabe exactamente su origen, si procedían del norte y llegaron a los Apalaches en el siglo XV o si llevaban allí desde tiempos prehistóricos, lo cual dificulta la interpretación de sugénesis mitológico, formado por varias leyendas.
En cualquier caso, una de ellas, también recogida en la tradición náhuatl, cuenta que algún día llegarían unos seres malignos de ojos blancos trayendo la desgracia y la destrucción, siendo los niños los encargados de regenerar el mundo. ¿Guardaba todo esto relación con la leyenda de Ojos de Luna?
Es difícil saberlo. Ese otro mito cuenta que en Murphy, Carolina del Norte, antes de la llegada del hombre blanco, vivía una tribu anterior de gente de muy pequeña estatura, rostro pálido y poblada barba a los que se conocía como Ojos de Luna porque sus ojos eran de tono azul claro y muy sensibles a la luz, lo que les obligaba a tener hábitos nocturnos de vida. Ese raro pueblo sería el autor de la construcción de las ruinas precolombinas que hay en la mitad oriental de los actuales EEUU (Cahokia, por ejemplo, una ciudad amurallada con pirámides y túmulos).
Los Ojos de Luna habrían sido expulsados de su territorio por los creek, en un éxodo realizado a la luz de la luna llena siguiendo el cauce de un río. Otra versión dice que los cherokee se enfrentaron a ellos y los expulsaron hacia el oeste (Tennesse) y/o el norte (el occidente de Virginia), haciendo que terminaran ocultándose bajo tierra y viviendo en el subsuelo a partir de entonces.
Reconstrucción de la ciudad de Cahokia/Imagen: Legends of America
En 1797 el naturalista Benjamin Smith Barton publicó un libro titulado New Views of the Origin of the Tribes and Nations of America (Nuevas opiniones sobre el origen de las tribus y naciones de América) en el que recogía la leyenda india de boca de un colono llamado Leonard Marbury, que había combatido al lado de los revolucionarios llegando a ser congresista por Georgia, puesto en el que hizo de mediador con los indios y aprendió mucho de su folklore. Smith Barton sugería que los Ojos de Luna eran albinos, tal cual había descrito en el siglo XVII el explorador y bucanero Lionel Wafe en un estudio sobre indígenas panameños que también hablaban de antepasados Ojos de Luna.
En 1902 el etnógrafo James Mooney, que había vivido varios años entre los cherokee, publicó una obra titulada Myths of the Cherokee (Mitos de los cherokee) en la que también reseñaba esa leyenda y recordaba que otros autores la habían recogido ya, caso del historiador John Haywood en su The Natural and Aboriginal History of Tennessee of “white people, who were extirpated in part, and in part were driven from Kentucky, and probably also from West Tennessee” (Historia natural y aborigen de Tennessee de” personas blancas, que fueron exterminadas en parte, y en parte fueron expulsadas ​​de Kentucky y probablemente también del Oeste de Tennessee”) publicada en 1823. Tras Mooney insistieron en el tema Ezekial Sanford y James Adair.
Canoas redondas de los indios Mandan, muy similares a las tradicionales galesas/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
La tentación de explicar la leyenda teorizando sobre la llegada de blancos antes de Colón es muy fuerte, por supuesto, y se extendió la hipótesis de algunos que habrían alcanzado el Nuevo Mundo mucho antes que los españoles. Es cierto que los vikingos consiguieron desembarcar en la costa noreste, pero en el caso de los Ojos de Luna se hablaba más bien de navegantes galeses que tocaron aquella tierra en el siglo XII, basándose en lo descrito por un anticuario de Gales en un manuscrito del siglo XVI.
El hombre se llamaba Humphrey Llwyd y contaba que un tal príncipe Madoc o Madog, hijo de Owain Gwynedd, había atravesado el Atlántico hasta arribar en Mobile Bay, Alabama (en realidad hay más sitios candidatos) en el año 1171. Era una actualización de un cuento medieval recuperado por la Inglaterra isabelina como justificación de su derecho a establecer colonias en el Nuevo Mundo a despecho de los españoles, que reclamaban la exclusividad.
Madoc y lo suyos se internaron por el valle de Tennesse y nunca se volvió a saber de ellos pero se habrían mezclado con los indios Mandan en un mestizaje que dejó gente de rasgos blancos e incluso una lengua de resonancia similar al galés. De hecho, esa leyenda atribuye a Madoc la erección de las citadas ruinas, algo a lo que enseguida se apuntaron los blancos decimonónicos, para quienes los indios carecían de capacidad para ello: por ejemplo, el exgobernador de Tennessee, John Sevier, dejó escrito en una carta fechada en 1810 que así se lo había dicho treinta años antes el jefe cherokee Oconostota.
La cosa no pasa del plano fantástico, aunque hizo fortuna en la literatura y muchos norteamericanos lo creen a pies juntillas; sin embargo, hoy sabemos que los autores de aquella peculiar arquitectura correspondían a la llamada Cultura Missisipiana, que floreció entre los años 800 y 1550 aproximadamente. Otros apuestan por una fusión en torno al siglo III d.C. entre los cherokee y otra cultura denominada Adena, de la que quedan muestras similares (tumbas, túmulos…) en el valle del Ohío.
Mapa de culturas Mississipianas/Image: Herb Roe en Wikimedia Commons
Por tanto, de fondo persiste el enigma de los Ojos de Luna, agravado por la ausencia de registro arqueológico, salvo que se considere una muestra representativa laescultura de esteatita encontrada en Murphy en 1840 y conservada en el Museo Histórico del Condado de Cherokee (dos figuras antropomorfas unidas, una de ellas con enormes ojos, como se aprecia en la foto de cabecera).
Fuentes: Myths of the Cherokees (James Mooney) / Encyclopedia of American Indian History (Bruce E. Johansen y Barry M. Pritzker editores) / Fantasy Fiction and Welsh Myth: Tales of Belonging (Kath Filmer-Davies) / Wikipedia.

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