lunes, julio 17, 2017

Alejo, el mestizo renegado que lideró a los mapuches contra los conquistadores españoles


Por qué Holanda envía cada año 10.000 bulbos de tulipanes a Canadá


Los restos de la primera gran guerra, hace 13 mil años

La llamada Guerra del Arauco fue un continuo dolor de cabeza para la Monarquía Hispánica, hasta el punto de que a veces se hacen comparaciones con lo que supuso la del Vietnam para EEUU. Aunque los primeros españoles pisaron la región en la expedición que realizó Diego de Almagro en 1535, la dureza del clima y el paisaje, la falta de metales preciosos, la escasez de tierra cultivable, la ausencia de una civilización del nivel de la inca y la hostilidad de los indígenas llevaron a abandonar el lugar, al que no se regresó hasta unos años más tarde.
Concretamente, fue en 1541 cuando Pedro de Valdivia acometió la primera campaña de conquista propiamente dicha. Pese a un inicio victorioso, en el que logró derrotar e incorporar a sus filas a los picunches en una expedición al sur del país, la Araucania, situada entre los ríos Itata y Toltén, los mapuches o araucanos ofrecieron una resistencia feroz. Se fundaron ciudades como la que lleva su nombre más Concepción, La Imperial, Villarrica o Los Confines, pero en 1553 una desastrosa derrota en Tucapel, en la que Valdivia en persona perdió la vida, marcó un punto de inflexión.
Pedro de Valdivia (por Federico Madrazo)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
La región se vio envuelta en una larga y sangrienta guerra en la que los conquistadores no lograban imponer su autoridad ni los indios librarse del invasor. Se sucedían los caciques (Michimalongo, Colo-Colo, Lautaro, Caupolicán, Peteleguén, Loble, Millalelmo, Illanguelén) igual que lo hacían los comandantes y gobernadores españoles (García Hurtado de Mendoza, Francisco de Villagra, Pedro de Villagra, Rodrigo de Quiroga), alternando unos y otros triunfos con derrotas, períodos de guerra con otros de paz. En 1575, tras uno de estos últimos que apenas duró cuatro tensos años se volvió a las armas.
Los españoles iniciaron entonces una campaña en la que descubrieron un fenómeno inédito hasta la fecha: varios soldados mestizos se pasaron a las filas enemigas, descontentos con la postergación que recibían a la hora de los ascensos. Entre ellos figuraban Alonso Díaz (alias Paineñamcu, llegó a ser elegido toqui -general, al cambio- por los mapuches) o Juan de Lebú (un mapuche capturado y bautizado que escapó a la primera oportunidad) pero aún faltaba tiempo para que entrara en escena el más famoso.
Fue ya a mediados del siglo XVII, durante el reinado de Felipe IV, después de que las sucesivas campañas dirigidas por Alonso de Sotomayor y Martín García Oñez de Loyola no obtuvieran resultados definitivos y una nueva rebelión mapuche en 1598 propiciara el Desastre de Curalaba, en el que un campamento español fue asaltado por sorpresa terminando en masacre y propiciando que todo el país, enardecido, se alzara en armas. Los españoles tuvieron que evacuar varias ciudades hacia el norte del Bio Bío, la frontera natural, y poner fin a su expansión hacia el sur durante unos años.
Mapa de la Araucania/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Era necesario dar un giro a las cosas y para acometer las siguientes campañas se creó un ejército profesional financiado por el Virrey, los Tercios de Arauco, formados por alrededor de dos millares de soldados bien equipados y entrenados, muchos de ellos veteranos de las guerras europeas, que al término de su servicio recibían tierras para asentarse. Pero aún así, los mapuches siguieron con su resistencia a ultranza hasta 1639, en que mermados por la presión militar de Francisco López de Zúñiga y una serie de epidemias, y desanimados por augurios negativos (la erupción del volcán Villarrica), aceptaron negociar.
En los llamados Parlamentos de Quilín, entre 1641 y 1646, se acordó reconocerles su independencia y eximirles tanto de esclavitud como de servidumbre siempre que admitieran la evangelización y el establecimiento de comercio entre ambas partes. En realidad ni españoles ni indios eran sinceros; los primeros aprovecharon el período de paz para apresar a varios loncos (caciques) y los segundos para recuperarse de las adversidades y rearmarse. Por eso se desatarían otra vez las hostilidades, como siempre seguidas de nuevas negociaciones. Y en este contexto entra en escena el mestizo Alejo.
Era hijo de un lonco mapuche y de una española que había sido capturada en una emboscada al encomendero Alejandro de Vivar del Risco, cuando éste regresaba sin escolta a Concepción tras visitar a su hermana en una de las estancias de la familia. La columna se vio interceptada cerca del río Laja por un malón, es decir, una de las razzias que partidas de indios a caballo realizaban esporádicamente a imitación de las que hacían los blancos, que las llamaban malocas.
El malón (por Mauricio Rugendas)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
La mujer se llamaba Isabel y sus captores se la regalaron a Curivilú, cacique de Angol, una localidad de la Araucania donde Valdivia había fundado la ciudad de Los Confines y que además fue el escenario de la mencionada Batalla de Tucapel, en la que perdió la vida. Meses después tuvo con él un niño al que ella llamó Alejo, diminutivo de Alejandro, que los mapuches convirtieron en Ñamku por similitud cacofónica; la palabra significaba aguilucho.
Se calcula que el nacimiento tuvo lugar en torno al año 1635 y el pequeño creció con los indígenas durante un lustro, hasta 1640, cuando una maloca española mató al lonco y rescató a Isabel y su hijo. Usar el término rescate es muy relativo porque, al igual que se ve a veces en algunos westerns, la presencia de aquella mujer en Concepción no fue bien recibida; pese a que su convivencia con los mapuches no había sido voluntaria, el concubinato con Curivilú y el fruto de éste, Alejo, la señalaban de forma infamante. Por ello, ingresó en un convento y el niño quedó a cargo de la familia Vivar del Risco.
Así, de una primera educación indígena pasó a otra cristiana. Siendo mestizo, una de las castas bajas de la sociedad, probablemente no tuvo una juventud fácil y por ello, al cumplir cierta edad, optó por alistarse en el ejército, un estamento donde aparentemente las diferencias tendían a ser más borrosas. Como al parecer era inteligente, aprendió el manejo del arcabuz y tuvo una actuación destacada en la Batalla de Conuco, librada el 20 de enero de 1656 por la tropa del recién nombrado gobernador Pedro Porter Casanate contra los mapuches de la zona, infligiéndoles cuantiosas pérdidas con la ayuda, cómo no, de la providencia: la aparición de San Fabián, en cuyo honor se levantó un fuerte homónimo.
Ilustración de una edición decimonónica de La Araucana/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Alejo esperaba un ascenso por sus méritos pero chocó contra la cruda realidad de que éstos estaban reservados a los blancos. Fue la gota que rebosó su paciencia, tras años de aguantar las humillaciones suya y de su madre; desertó de las filas españolas y se fue en busca del poblado donde nació. Su padre había muerto dos décadas antes, pero le acogió otro cacique amigo, Huenquelao, a cuyo servicio se puso de inmediato. Recuperó su nombre indígena y empezó a instruir a los conas (guerreros) en las tácticas militares de sus enemigos, tal cual hiciera Lautaro un siglo antes: cómo protegerse de las armas de fuego, la forma de enfrentarse a la caballería y el procurar capturarle cañones al adversario para aprovecharlos.
Contando con su carisma y la experimentada ayuda de un jefe cona llamado Huenchullán, organizó un verdadero ejército y desarrolló una serie de acciones guerrilleras durante las cuales lo mismo asaltaba caravanas que apresaba soldados de patrulla, robaba armamamento (o reses) e incluso introducía un nuevo e ingenioso arma: una honda con la que lanzar proyectiles incendiarios. Así, Ñamku se convirtió en el primer toqui que no era enteramente mapuche y estaba listo para su primera batalla.
Encabezando a un millar de hombres, resultado de lograr una coalición de mapuches con cuncos, pehuenches y picunches, cruzó el Bio Bío para enfrentarse a los huincas, nombre con que se conocía a los españoles y que significaba algo así como nuevos incas, en alusión al intento de conquista que éstos ya habían llevado a cabo antaño. El choque se produjo en San Rafael, cayendo sobre los doscientos soldados de Pedro Gallegos. Éste se atrincheró en un promontorio mientras esperaba refuerzos del Fuerte Conuco. Pero no pudieron llegar y al final sólo sobrevivió una decena de españoles, destinados a ser sacrificados o canjeados por prisioneros.
Epopeya de Chile (por Pedro Subercaseaux)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
A esa rotunda victoria le siguió en 1660 la de Los Perales, en la que derrotó a los dos centenares y medio de efectivos de Bartolomé Pérez Villagrán. Pero ahí se acabó la racha. Un ataque a las fuerzas de Bartolomé Gómez Bravo acabó en fracaso y luego el gobernador organizó una columna de mil doscientos hombres con la que reforzó a la guarnición del Fuerte Conuco. Con ella rechazó una masiva carga de la caballería mapuche para después hacer una serie de malocas en las que devolvió aquellos primeros golpes dados por Alejo, quien tuvo que refugiarse en las montañas.
A finales de 1660 los mapuches acumulaban más de seiscientas bajas entre caídos en combates y afectados por una epidemia de viruela, por lo que el mestizo ya sólo podía contar con unos trescientos conas para un plan tan ambicioso como osado: tomar la ciudad de Concepción. Demasiado ambicioso, quizá, y no lo logró; no por la defensa que ofreció Juan de Zúñiga, ya que su fuerza era inferior numéricamente y cayó en el intento, sino por uno de esos misterios que tantas veces hemos visto a lo largo de la Historia.
En efecto, estando Concepción a su merced, renunció a asaltarla, tal cual pasó con Aníbal o Atila ante Roma. Como en esos casos, leyenda y realidad se confunden y se cuenta que fue su propia madre la que dejó el convento para entrevistarse con él y rogarle que desistiera de su objetivo. Es posible que pese a la victoria sobre Zúñiga hubiera tenido demasiadas bajas como para adueñarse de toda una ciudad pero la decisión de Alejo no gustó y cuentan que mató con sus propias manos a Huenchullán cuando éste le recriminó públicamente su decisión. En cualquier caso Concepción se salvó; en cambio, se aproximaba el final de Alejo.
Mujeres mapuches en 1842/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Y no llegó de manos españolas ni en batalla. Fue en 1680, en una muerte triste y patética, asesinado por dos de sus concubinas que aprovecharon que dormía borracho para coserlo a puñaladas, celosas de que hubiera convertido a dos rehenes blancas en nuevas esposas. Paradójicamente, las autoras del crimen huyeron junto a las españolas y se entregaron al gobernador, quien les concedió una pensión vitalicia. Mientras, Alejo fue enterrado cerca del río Laja y era sucedido en el mando por otro mestizo llamado Misqui e incluso otro mestizo Alejo se levantaría en 1738.
La Guerra del Arauco aún daría coletazos pero la rápida captura y ejecución de Misqui constituyó el principio del fin. La viruela y el cansancio hicieron mella, siendo importante también la real cédula de 1683 que exoneraba a los indios araucanos de la esclavitud, por lo que las rebeliones fueron poco a poco espaciándose más. Eso no quiere decir que no hubiera estallidos violentos y se produjeron varios de importancia como los de 1712, 1723, 1759, 1766, 1769 y 1792 pero la tendencia entre mapuches y españoles fue a coexistir tratando de ahogar en lo posible la tensión. Luego llegó la Independencia de Chile pero ésa ya es otra historia.
Fuentes: Breve historia de los conquistadores (José María González Ochoa)/Historia de Chile (VVAA)/Historia General de Chile (Diego Barros Arana)/Los precursores de la independencia de Chile (Miguel Luis Amunátegui)/Wikipedi

El joven Lautaro (por Pedro Subercaseaux); muy bien podría representar también a Alejo/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
La llamada Guerra del Arauco fue un continuo dolor de cabeza para la Monarquía Hispánica, hasta el punto de que a veces se hacen comparaciones con lo que supuso la del Vietnam para EEUU. Aunque los primeros españoles pisaron la región en la expedición que realizó Diego de Almagro en 1535, la dureza del clima y el paisaje, la falta de metales preciosos, la escasez de tierra cultivable, la ausencia de una civilización del nivel de la inca y la hostilidad de los indígenas llevaron a abandonar el lugar, al que no se regresó hasta unos años más tarde.
Concretamente, fue en 1541 cuando Pedro de Valdivia acometió la primera campaña de conquista propiamente dicha. Pese a un inicio victorioso, en el que logró derrotar e incorporar a sus filas a los picunches en una expedición al sur del país, la Araucania, situada entre los ríos Itata y Toltén, los mapuches o araucanos ofrecieron una resistencia feroz. Se fundaron ciudades como la que lleva su nombre más Concepción, La Imperial, Villarrica o Los Confines, pero en 1553 una desastrosa derrota en Tucapel, en la que Valdivia en persona perdió la vida, marcó un punto de inflexión.
Pedro de Valdivia (por Federico Madrazo)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
La región se vio envuelta en una larga y sangrienta guerra en la que los conquistadores no lograban imponer su autoridad ni los indios librarse del invasor. Se sucedían los caciques (Michimalongo, Colo-Colo, Lautaro, Caupolicán, Peteleguén, Loble, Millalelmo, Illanguelén) igual que lo hacían los comandantes y gobernadores españoles (García Hurtado de Mendoza, Francisco de Villagra, Pedro de Villagra, Rodrigo de Quiroga), alternando unos y otros triunfos con derrotas, períodos de guerra con otros de paz. En 1575, tras uno de estos últimos que apenas duró cuatro tensos años se volvió a las armas.
Los españoles iniciaron entonces una campaña en la que descubrieron un fenómeno inédito hasta la fecha: varios soldados mestizos se pasaron a las filas enemigas, descontentos con la postergación que recibían a la hora de los ascensos. Entre ellos figuraban Alonso Díaz (alias Paineñamcu, llegó a ser elegido toqui -general, al cambio- por los mapuches) o Juan de Lebú (un mapuche capturado y bautizado que escapó a la primera oportunidad) pero aún faltaba tiempo para que entrara en escena el más famoso.
Fue ya a mediados del siglo XVII, durante el reinado de Felipe IV, después de que las sucesivas campañas dirigidas por Alonso de Sotomayor y Martín García Oñez de Loyola no obtuvieran resultados definitivos y una nueva rebelión mapuche en 1598 propiciara el Desastre de Curalaba, en el que un campamento español fue asaltado por sorpresa terminando en masacre y propiciando que todo el país, enardecido, se alzara en armas. Los españoles tuvieron que evacuar varias ciudades hacia el norte del Bio Bío, la frontera natural, y poner fin a su expansión hacia el sur durante unos años.
Mapa de la Araucania/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Era necesario dar un giro a las cosas y para acometer las siguientes campañas se creó un ejército profesional financiado por el Virrey, los Tercios de Arauco, formados por alrededor de dos millares de soldados bien equipados y entrenados, muchos de ellos veteranos de las guerras europeas, que al término de su servicio recibían tierras para asentarse. Pero aún así, los mapuches siguieron con su resistencia a ultranza hasta 1639, en que mermados por la presión militar de Francisco López de Zúñiga y una serie de epidemias, y desanimados por augurios negativos (la erupción del volcán Villarrica), aceptaron negociar.
En los llamados Parlamentos de Quilín, entre 1641 y 1646, se acordó reconocerles su independencia y eximirles tanto de esclavitud como de servidumbre siempre que admitieran la evangelización y el establecimiento de comercio entre ambas partes. En realidad ni españoles ni indios eran sinceros; los primeros aprovecharon el período de paz para apresar a varios loncos (caciques) y los segundos para recuperarse de las adversidades y rearmarse. Por eso se desatarían otra vez las hostilidades, como siempre seguidas de nuevas negociaciones. Y en este contexto entra en escena el mestizo Alejo.
Era hijo de un lonco mapuche y de una española que había sido capturada en una emboscada al encomendero Alejandro de Vivar del Risco, cuando éste regresaba sin escolta a Concepción tras visitar a su hermana en una de las estancias de la familia. La columna se vio interceptada cerca del río Laja por un malón, es decir, una de las razzias que partidas de indios a caballo realizaban esporádicamente a imitación de las que hacían los blancos, que las llamaban malocas.
El malón (por Mauricio Rugendas)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
La mujer se llamaba Isabel y sus captores se la regalaron a Curivilú, cacique de Angol, una localidad de la Araucania donde Valdivia había fundado la ciudad de Los Confines y que además fue el escenario de la mencionada Batalla de Tucapel, en la que perdió la vida. Meses después tuvo con él un niño al que ella llamó Alejo, diminutivo de Alejandro, que los mapuches convirtieron en Ñamku por similitud cacofónica; la palabra significaba aguilucho.
Se calcula que el nacimiento tuvo lugar en torno al año 1635 y el pequeño creció con los indígenas durante un lustro, hasta 1640, cuando una maloca española mató al lonco y rescató a Isabel y su hijo. Usar el término rescate es muy relativo porque, al igual que se ve a veces en algunos westerns, la presencia de aquella mujer en Concepción no fue bien recibida; pese a que su convivencia con los mapuches no había sido voluntaria, el concubinato con Curivilú y el fruto de éste, Alejo, la señalaban de forma infamante. Por ello, ingresó en un convento y el niño quedó a cargo de la familia Vivar del Risco.
Así, de una primera educación indígena pasó a otra cristiana. Siendo mestizo, una de las castas bajas de la sociedad, probablemente no tuvo una juventud fácil y por ello, al cumplir cierta edad, optó por alistarse en el ejército, un estamento donde aparentemente las diferencias tendían a ser más borrosas. Como al parecer era inteligente, aprendió el manejo del arcabuz y tuvo una actuación destacada en la Batalla de Conuco, librada el 20 de enero de 1656 por la tropa del recién nombrado gobernador Pedro Porter Casanate contra los mapuches de la zona, infligiéndoles cuantiosas pérdidas con la ayuda, cómo no, de la providencia: la aparición de San Fabián, en cuyo honor se levantó un fuerte homónimo.
Ilustración de una edición decimonónica de La Araucana/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Alejo esperaba un ascenso por sus méritos pero chocó contra la cruda realidad de que éstos estaban reservados a los blancos. Fue la gota que rebosó su paciencia, tras años de aguantar las humillaciones suya y de su madre; desertó de las filas españolas y se fue en busca del poblado donde nació. Su padre había muerto dos décadas antes, pero le acogió otro cacique amigo, Huenquelao, a cuyo servicio se puso de inmediato. Recuperó su nombre indígena y empezó a instruir a los conas (guerreros) en las tácticas militares de sus enemigos, tal cual hiciera Lautaro un siglo antes: cómo protegerse de las armas de fuego, la forma de enfrentarse a la caballería y el procurar capturarle cañones al adversario para aprovecharlos.
Contando con su carisma y la experimentada ayuda de un jefe cona llamado Huenchullán, organizó un verdadero ejército y desarrolló una serie de acciones guerrilleras durante las cuales lo mismo asaltaba caravanas que apresaba soldados de patrulla, robaba armamamento (o reses) e incluso introducía un nuevo e ingenioso arma: una honda con la que lanzar proyectiles incendiarios. Así, Ñamku se convirtió en el primer toqui que no era enteramente mapuche y estaba listo para su primera batalla.
Encabezando a un millar de hombres, resultado de lograr una coalición de mapuches con cuncos, pehuenches y picunches, cruzó el Bio Bío para enfrentarse a los huincas, nombre con que se conocía a los españoles y que significaba algo así como nuevos incas, en alusión al intento de conquista que éstos ya habían llevado a cabo antaño. El choque se produjo en San Rafael, cayendo sobre los doscientos soldados de Pedro Gallegos. Éste se atrincheró en un promontorio mientras esperaba refuerzos del Fuerte Conuco. Pero no pudieron llegar y al final sólo sobrevivió una decena de españoles, destinados a ser sacrificados o canjeados por prisioneros.
Epopeya de Chile (por Pedro Subercaseaux)/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
A esa rotunda victoria le siguió en 1660 la de Los Perales, en la que derrotó a los dos centenares y medio de efectivos de Bartolomé Pérez Villagrán. Pero ahí se acabó la racha. Un ataque a las fuerzas de Bartolomé Gómez Bravo acabó en fracaso y luego el gobernador organizó una columna de mil doscientos hombres con la que reforzó a la guarnición del Fuerte Conuco. Con ella rechazó una masiva carga de la caballería mapuche para después hacer una serie de malocas en las que devolvió aquellos primeros golpes dados por Alejo, quien tuvo que refugiarse en las montañas.
A finales de 1660 los mapuches acumulaban más de seiscientas bajas entre caídos en combates y afectados por una epidemia de viruela, por lo que el mestizo ya sólo podía contar con unos trescientos conas para un plan tan ambicioso como osado: tomar la ciudad de Concepción. Demasiado ambicioso, quizá, y no lo logró; no por la defensa que ofreció Juan de Zúñiga, ya que su fuerza era inferior numéricamente y cayó en el intento, sino por uno de esos misterios que tantas veces hemos visto a lo largo de la Historia.
En efecto, estando Concepción a su merced, renunció a asaltarla, tal cual pasó con Aníbal o Atila ante Roma. Como en esos casos, leyenda y realidad se confunden y se cuenta que fue su propia madre la que dejó el convento para entrevistarse con él y rogarle que desistiera de su objetivo. Es posible que pese a la victoria sobre Zúñiga hubiera tenido demasiadas bajas como para adueñarse de toda una ciudad pero la decisión de Alejo no gustó y cuentan que mató con sus propias manos a Huenchullán cuando éste le recriminó públicamente su decisión. En cualquier caso Concepción se salvó; en cambio, se aproximaba el final de Alejo.
Mujeres mapuches en 1842/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons
Y no llegó de manos españolas ni en batalla. Fue en 1680, en una muerte triste y patética, asesinado por dos de sus concubinas que aprovecharon que dormía borracho para coserlo a puñaladas, celosas de que hubiera convertido a dos rehenes blancas en nuevas esposas. Paradójicamente, las autoras del crimen huyeron junto a las españolas y se entregaron al gobernador, quien les concedió una pensión vitalicia. Mientras, Alejo fue enterrado cerca del río Laja y era sucedido en el mando por otro mestizo llamado Misqui e incluso otro mestizo Alejo se levantaría en 1738.
La Guerra del Arauco aún daría coletazos pero la rápida captura y ejecución de Misqui constituyó el principio del fin. La viruela y el cansancio hicieron mella, siendo importante también la real cédula de 1683 que exoneraba a los indios araucanos de la esclavitud, por lo que las rebeliones fueron poco a poco espaciándose más. Eso no quiere decir que no hubiera estallidos violentos y se produjeron varios de importancia como los de 1712, 1723, 1759, 1766, 1769 y 1792 pero la tendencia entre mapuches y españoles fue a coexistir tratando de ahogar en lo posible la tensión. Luego llegó la Independencia de Chile pero ésa ya es otra historia.
Fuentes: Breve historia de los conquistadores (José María González Ochoa)/Historia de Chile (VVAA)/Historia General de Chile (Diego Barros Arana)/Los precursores de la independencia de Chile (Miguel Luis Amunátegui)/Wikipedia
Tomado de MUY INTERESANTE.

HAITIANOS Y DOMINICANOS UNIDOS EN UNA CANCION POR LA PAZ Y LA UNIDAD.

HAITÍ Y REPÚBLICA DOMINICANA HERMANADOS EN LA ALEGRÍA

Danza Haitiana

domingo, julio 16, 2017

La Piedra de Sayhuite, un mapa tridimensional en relieve hallado en un yacimiento inca


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Sayhuite es un yacimiento arqueólogico inca situado a unos 47 kilómetros al este de Abancay en Perú. Según los historiadores el lugar era un santuario relacionado con el culto al agua, con un templo que las leyendas describen como cubierto por láminas de oro del grosor de una mano. Se han hallado múltiples restos en el lugar, pero el más extraño de todos es la Piedra de Sayhuite.
Cuando los españoles llegaron a Sayhuite, según cuenta John Hemming en su libroMonuments of the Incas, el templo estaba regido por la sacerdotisa Asarpay quien, antes de ser capturada, se arrojó desde lo alto de una cascada cercana de 400 metros de alto.
Los restos del templo no muestran ni rastro de ese oro, evidentemente, pero por todo el lugar hay dispersos grandes bloques de piedra andesita tallados con escalinatas, como si hubieran formado parte de una construcción mayor.
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El más extraño de todos estos bloques es la Piedra de Sayhuite, un enorme monolito en el que hay relieves geométricos y zoomorfos, como reptiles, ranas y felinos. Se encontró en lo alto de la colina Concacha, y los expertos creen que puede ser una especie de modelo topográfico hidraúlico. En la piedra se pueden apreciar claramente terrazas, estanques, ríos, túneles y canales de irrigación.
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Para que servía no está muy claro. Arlan Andrews opina que se trata de un modelo a escala para hacer pruebas y estudiar las propiedades del agua (recordemos que el lugar era un santuario dedicado al líquido elemento), de cara a realizar proyectos de abastecimiento, o para instruir a los ingenieros y técnicos.
Se ha comprobado que la piedra se remodeló varias veces, añadiendo y quitando elementos, y cambiando los cursos de agua. El relieve tiene unas dimensiones de dos por cuatro metros, y hoy en día es el principal atractivo turístico de la zona.
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Quien la creo es todavía un misterio. A pesar de que se sabe a ciencia cierta que el lugar era un santuario inca, los arqueólogos no están seguros de que éstos fueran sus constructores.
Se ha especulado que podría ser también una representación del sistema de irrigación utilizado por los incas, e incluso un modelo a escala de todo su imperio con cada una de las regiones representadas. Las selvas estarían indicadas por la presencia de animales como monos, iguanas o jaguares, mientras que las costas se indican con animales como pelícanos o pulpos.
Fotos por Rainbowasi
Tomado de MUY INTERESANTE.

viernes, julio 14, 2017

Una aclaración de rigor




Hay quienes no te perdonan que tengas una posición diferente a las de ellos. Se que no tengo la verdad absoluta, que puedo estar equivocado, pero siento que no soy racista y no puedo puedo serlo, porque vengo de  una raza que ha sido históricamente discriminada y perseguida, soy negro y muy orgulloso de mis orígenes perdidos en el tiempo, en una aldea lejana en África.   


Tengo una posición ante la problemática haitiana que la he externado lo más claro posible. Estoy de acuerdo que todo ilegal que esté en nuestro territorio no sólo los haitianos,  nuestro país tiene el derecho constitucional de devolverlos a su país de origen respetándoles sus derechos universales. Todo inmigrante haitiano que tenga el tiempo que establece la ley para ser dominicano u otra condición legal se le debe reconocer ese derecho.


Además las potencias mundiales que han estrangulado y saqueado a ese país, deben asumir el problema de la pobreza del pueblo haitiano con responsabilidad haciendo inversiones para producir un cambio positivo en ese país,   creando las bases para un futuro esperanzador, no cargando a nuestro país que es pobre, el peso de la pobreza de ese hermano país, pueblo glorioso,  heroico  que hoy sucumbe ante el hambre y la pobreza e invadido por la Minustah,


Pueblo hermano que ha estado de nuestro lado en los momentos estelares de nuestra historia, como es el caso de la propia guerra de independencia contra ellos mismos, hubo un sector del  pueblo haitiano que colaboró con nuestros independentistas, en la anexión a España contamos con su ayuda  permanente en el camino hacia la liberación del yugo español y en abril del 1965 los haitianos jugaron un papel glorioso en la resistencia contra el yankee invasor, derramando en nuestro territorio su sangre gloriosa.


Tengo también posiciones contraria a muchos sobre el aborto y la homosexualidad que choca con otras posiciones, algunos hasta me han borrado de su facebook y es su derecho y lo respeto, pero el mundo es mundo por la diversidad en el pensamiento  si todos pensáramos iguales, sino hubieran contradicciones el mundo estaría estancado es el choque de las ideas lo que nos permite avanzar.


Y sobre la problemática haitiana recalco que no somos francófonos, que nos somos uno, somos dos naciones muy distintas una de otra,  que estamos condenados a compartir un mismo territorio insular por lo que debemos buscar la manera de convivir de manera pacífica, en paz y en colaboración permanente.


Domingo Acevedo.
15/7/17





Amaya & Joan Manuel Serrat-Palabras de amor

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