lunes, agosto 24, 2026

EL ÚLTIMO ABRAZO ENTRE OSVALDO BAZIL Y RUBÉN DARÍO, Y EL VIACRUCIS QUE TERMINÓ EN LA TUMBA DE LEÓN





"QUIERO ALGO TUYO": EL ÚLTIMO ABRAZO ENTRE OSVALDO BAZIL Y RUBÉN DARÍO, Y EL VIACRUCIS QUE TERMINÓ EN LA TUMBA DE LEÓN

Andres Julio Rivera Bazil



La vida del poeta discurría amable en Barcelona, patriarcal casi, cuando estalló la guerra europea y Rubén se llenó de pavor ante el fantasma del hambre. De Buenos Aires ya no llegaba el dinero de sus colaboraciones para La Nación.

Fue entonces cuando apareció un compatriota suyo, Alejandro Bermúdez, quien lo indujo a una descabellada aventura por Norteamérica: dar conferencias sobre la paz, en plena Primera Guerra Mundial.

Bermúdez sustrajo a Rubén de su casa y de sus amigos. Lo secuestró, lo mantuvo ebrio varios días sin que nadie pudiera verlo ni saber su paradero, mientras gestionaba, gratis y en nombre del poeta, los pasajes del viaje.

Bazil se enteró tarde del día del embarque y corrió a bordo del vapor. En el camarote le confesó a Rubén todo el horror que le producía aquel disparatado viaje a Nueva York, en pleno invierno. Rubén, ya casi ebrio, apenas atinó a contestarle: «¿Y el hambre?».

Bazil comprendió que era inútil todo esfuerzo por contrarrestar la influencia de Bermúdez. Lo despreció, negándole la mano que este le extendía, ante Francisca Sánchez y su hermana María, que lloraban las dos.

El pobre Rubén, de pie, le dijo a Bazil: «Quiero algo tuyo». «Lo que tú quieras», respondió él. Quería su alfiler de corbata; se lo quitó para dárselo.

«Eso no —dijo Rubén—, quiero tus guantes». Se los dio. Lo abrazó y le dio un beso. Bazil se alejó con la impresión de que en aquel primer beso que recibía de un hombre iba encerrado el beso de la muerte: el último adiós de un gran corazón que en breve caería en la tumba.

Y así fue. En Nueva York, Rubén se enfermó gravemente. Sufrió negras calamidades, hasta llegar a ser abandonado y vejado por Bermúdez, que lo dejó herido de muerte para partir hacia Guatemala, y de ahí a su patria, a morir en brazos de su segunda esposa, abandonada por él durante veinte años.

«Tener razón contra un amigo, contra un poeta herido, no es un privilegio que deba ufanar a ningún hombre de corazón», escribió Bazil. «Me duele tener la razón, en el caso de Rubén». Le dirigió una carta pública desde varios periódicos centroamericanos, cubriendo a Bermúdez del más violento género de insultos, a los cuales este nunca respondió. Luego supo de su muerte.

Ante la idea de esa muerte cesó su ira, aunque no su desacuerdo con el plan que había acelerado el final de los días del poeta en la tierra.

Rubén, escribió Bazil, pudo haber prolongado su existencia si se hubiese quedado en España al cuidado de Francisca Sánchez. Ante la tumba de Bermúdez, Bazil cerró la enconada rosa negra de los odios y abrió la blanca rosa del perdón y del olvido.

El viaje a Nueva York, en aquellas condiciones lamentables de salud y con aquel inconsulto plan de lanzarse a predicar el evangelio de la paz en momentos en que solo la voz del cañón era la única que reclamaban los pueblos, no podía ser más absurdo, aunque su palabra evangélica fuera la de un gran poeta. Allí contrajo una pulmonía doble y ni siquiera logró darle a su canto «Pax» las proporciones que él quería de poema monumental: no fue de los más felices de su genio, sino más bien una caída de su estro, a pesar de su bello comienzo.

En Nueva York también lo abandonó su salud del todo. Ya herido de muerte, partió hacia Guatemala y de ahí a su patria, para morir a los pocos meses. Los médicos nicaragüenses Debayle y Lara, atendiendo al enfermo, pensaban que el foco del mal estaba en el hígado y quisieron extraerle el pus.

Consultados los doctores Sacasa y Godoy, expresaron opiniones contrarias, y el propio Darío se oponía a la operación, asegurando que no sentía nada en el hígado, pero que tenía, en cambio, en el bajo vientre, «como una placa de fuego». Debayle persistió en su idea y, logrando calmar al enfermo, el 2 de febrero le hizo dos punciones sin lograr extraer pus. El paciente se desmayó.

Esa operación fue fatal. Darío se agravó, perdió el conocimiento, y —según consigna el relato aquí recogido— comenzó a agonizar en la tarde, y esa misma noche, a las diez y cuarto, expiró en estado de inconsciencia, auxiliado por el presbítero Félix Pereira. No tenía más que cuarenta y nueve años, aunque su aspecto era el de un hombre mucho más avejentado.

Lo que ocurrió después con sus restos resulta, todavía hoy, difícil de leer sin indignación. Esa misma noche, Debayle y Lara procedieron a la autopsia y el embalsamamiento del gran poeta. Conservaron el corazón; las demás vísceras fueron enterradas en el cementerio de la Guadalupe, junto al sepulcro de la madre adoptiva del extinto.

Y como si esto no fuera suficiente, al día siguiente los mismos doctores extrajeron el cerebro del difunto. Parece que Debayle había convenido con la esposa de Darío en que aquella víscera le sería confiada; pero, temiendo que el cuñado no lo consintiera, colocó el cerebro en un recipiente y escapó con él.

Fue detenido por los soldados que custodiaban la casa. Siguió un altercado violento, que dio por resultado que el codiciado cerebro fuera conducido a la dirección de policía para esperar la declaración del gobierno.

Debayle lo quería para «hacer un estudio de esa víscera, como Antomarchi lo hizo con la de Napoleón»; los Murillo lo querían, a su vez, para que otro médico tuviera tal honor.

Cuando el gobierno resolvió entregárselo a la viuda, esta lo confió a un médico de Granada —la ciudad rival de León— para que fuera él quien se llevara la gloria.

«El pobre gran poeta debía ser atormentado hasta en los despojos de su carne mortal», sentenció el cronista con amargura, describiendo aquella disputa como una «torpe humillación» y una «profanación vitanda» cometida con el cerebro de Rubén Darío, discutido, perseguido, despedazado, como prenda robada.

Bien que esperada, la noticia del fallecimiento causó una impresión profunda entre los nicaragüenses. El gobierno declaró duelo nacional, acordó rendirle los honores de ministro de guerra y marina, y sufragó funerales solemnes. La autoridad eclesiástica introdujo en las exequias el ceremonial establecido para «los príncipes y los nobles».

El comercio de la ciudad cerró sus puertas; edificios públicos y particulares izaron banderas enlutadas. La viuda recibió más de 1.500 telegramas de duelo.

El 8 de febrero, a las once y media de la mañana, el poeta fue conducido en andas, cubierto de un velo negro, al edificio de la municipalidad, donde tuvo lugar la primera velada de duelo.

Trasladado al día siguiente a la universidad, el cadáver fue vestido de túnica blanca, a guisa de peplo, coronado de laurel, y velado por estudiantes y militares durante cuatro días, mientras desfilaban ante el gran nicaragüense muchísimas personas de todas las clases sociales.

El día 13, por la tarde, los restos fueron conducidos a la catedral, en andas igualmente, entre una profusión de coronas y flores enviadas de toda la república, en medio de un cortejo formado por representantes del gobierno, de las municipalidades, de la iglesia, de la prensa, de otros gobiernos americanos, del cuerpo consular, de diversas asociaciones y escuelas, y una gran muchedumbre —de unas siete mil almas, según se calculó— que portaba palmas en las manos.

Ante el cadáver iba un grupo de niñas vestidas de canéforas, derramando flores, mientras doblaban las campanas de todas las iglesias y tocaban las bandas militares.

El cortejo ganó la antigua basílica, donde tuvo lugar un solemne oficio religioso con ceremonias alusivas: un coro de matronas entonó lamentaciones clásicas mientras ardía la pira olorosa del catafalco, atendida por jóvenes leonesas vestidas de canéforas que regaban flores.

A las nueve y cuarto de la noche, el cadáver fue descendido a la fosa, a la derecha del templo, bajo la estatua del apóstol San Pablo.

El propio día de su muerte, el poeta y amigo Santiago Argüello tuvo un sueño terrible en el que vio cómo le arrancaban a Rubén el cerebro y el corazón con un serrucho —exactamente lo que sucedería horas después—. Al contárselo, Argüello quiso calmarlo, diciéndole que pronto volvería a París a recomenzar su vida. Rubén lo miró con su última mirada y le dijo, horrorizado: «Eso no, jamás, prefiero morir». Y cerró los ojos, y a poco, murió.

Fue Fabio Fiallo quien le comunicó la noticia a Osvaldo Bazil en Santo Domingo. Esa misma noche, bajo el peso de la noticia, Bazil tuvo un sueño que recogió fielmente en unos versos apenas despertó: un sueño en el que volvía a ver a Rubén, feliz como nunca lo estuvo en la tierra, coronado de gloria entre lirios y laureles, antes de desvanecerse y hacerle comprender, al despertar, que todo aquello había sido, en efecto, un sueño de consuelo frente a una pérdida irreparable.

Con este capítulo se cierra el círculo que Osvaldo Bazil trazó, a lo largo de los años, alrededor de la vida de Rubén Darío: el genio que conoció en La Habana, el amigo al que sostuvo en los peores momentos de su alcoholismo en Barcelona y Mallorca, y finalmente el hombre al que vio partir hacia su muerte en un barco, sin poder impedirlo. Que la disputa por su cerebro se convirtiera en un episodio de forcejeos policiales dice más sobre la mezquindad humana que sobre la grandeza del poeta que se fue.

Y que un dominicano —testigo, cronista y a veces salvador de Rubén Darío— haya preservado todos estos momentos para la posteridad, es quizás el homenaje más genuino que se le pudo hacer al príncipe de las letras castellanas.

LLEGAMOS AL FINAL DE ESTA SERIE SOBRE RUBÉN DARÍO Y OSVALDO BAZIL. ¿QUÉ LES PARECIÓ ESTE RECORRIDO POR LOS ÚLTIMOS AÑOS DEL POETA, CONTADO POR SU AMIGO DOMINICANO? ¿CUÁL DE ESTOS EPISODIOS LOS MARCÓ MÁS? SE LOS LEO A TODOS EN LOS COMENTARIOS

📚
Fuentes y referencias confirmadas
Rodríguez Demorizi, Emilio. Rubén Darío y sus amigos dominicanos (testimonio de Osvaldo Bazil, capítulos XII-XIII «Rubén en la Isla de Oro» / «Viacrucis»), pp. 230-239. [Fuente primaria fotografiada]

Ministerio de Educación de Nicaragua: Cronología de Rubén Darío (gira pacifista organizada por Alejandro Bermúdez, 1914-1915).

Confidencial (Nicaragua): «La muerte de Rubén Darío, príncipe de los poetas castellanos» (contexto de la gira pacifista y el papel de Bermúdez).
Pax Augusta: «¡Pax!... poema de Rubén Darío, el alegato pacifista contra la Primera Guerra Mundial» (enfermedad en Nueva York y abandono de Bermúdez).
El Independiente (España): «Rubén Darío, el 'antiyanqui' del siglo XIX» (lectura del poema «Pax» en Nueva York, 4 de febrero de 1915).
Britannica: «Rubén Darío» (gira de conferencias en Norteamérica, neumonía y muerte poco después de su regreso a Nicaragua).
Wikipedia: «Rubén Darío» (datos biográficos generales, fecha de nacimiento y muerte).
Rutas Cervantes: «Las huellas de la cultura en español. Rubén Darío» (cronología de sus últimos años, testamento y fallecimiento).
Hoy (RD) / Diario Libre / Acento (RD): reseñas de Rubén Darío y sus amigos dominicanos de Emilio Rodríguez Demorizi, empleadas para contextualizar la obra como fuente primaria de esta serie.
(Nota: distintas fuentes registran la fecha exacta del fallecimiento como 6 o 7 de febrero de 1916, según se compute la agonía de la tarde o la medianoche siguiente; el texto aquí seguido es el que consigna la propia obra de Rodríguez Demorizi.)

Archivo del blog