Guadi Calvo.
Por mucho tiempo corrió la leyenda de que un negociador del talibán le advirtió a su contraparte estadounidense, en el contexto de la ocupación: “Ustedes tienen los relojes, nosotros tenemos el tiempo”, señalándole que, a pesar de que los norteamericanos disponían de la más alta tecnología militar y los suficientes recursos para abastecer de ellos a sus tropas, los dueños del tiempo, de todo el tiempo necesario para que finalmente suceda lo que sucedió, eran los afganos, quienes terminaron derrotándolos tras 20 largos años de guerra. El cuento de que, si no es verdad, es bien encontrado, se ha reactualizado en el contexto de la agresión que la Liga Epstein ha lanzado contra la República Islámica de Irán.
Los ayatolás, como los mullahs, también tienen el tiempo a su favor y, como los muyahidines afganos, cuentan con una geografía que los protege y a la que convierten en un arma clave en esta guerra, como ya ha quedado demostrado en el estrecho de Ormuz. Su bloqueo en apenas unas pocas semanas ha puesto patas arriba la economía global. Al tiempo que los generales norteamericanos han entendido que una invasión terrestre abriría una faceta desconocida del conflicto, para la que debieran utilizar, dada la extensión del territorio, equivalente a prácticamente la mitad del subcontinente indio o la sumatoria de España, Alemania y Francia, un número de efectivos de los que Estados Unidos no dispone de inmediato, por lo que tendría que entrenar a cientos de miles de reclutas para operar de inmediato en una geografía montañosa con altas cordilleras y un clima extremadamente seco y caluroso, con temperaturas entre julio y agosto que se instalan entre los 45 y 50 grados. Lo que requeriría una disposición de recursos inagotable solo en agua. Un bien extremadamente escaso en toda la región, particularmente en este momento que la sequía extrema, que ya lleva cinco años, ya llega a su punto crítico.
A todo esto, hay que agregarle al Artesh, el ejército regular y a la Guardia Islámica Revolucionaria (IRGC), que sumados superan el millón de hombres, a los que acompañan miles de milicias regionales, por las que las tropas invasoras se deberán enfrentar literalmente a un pueblo en armas.
Fogueado en 47 años de bloqueo, que les ha acarreado penurias para el abastecimiento de insumos básicos; en la guerra con Irak (1980-1988) y las constantes amenazas y agresiones de sus vecinos árabes, articulados por Washington y Tel Aviv, que a lo largo de décadas los bombardearon, les asesinaron centenares de científicos de primera línea como Majid Shahriari, asesinado en 2010, o Mohsen Fakhrizadeh en 2020, entre tantos otros; altos dirigentes de gobierno, como recientemente a su Líder Supremo, Alí Jamenei, o el general de división y comandante de la Fuerza Quds de la IRGC, Qasem Soleimani, en 2020, por medio de un dron que lo localizó apenas llegaba al aeropuerto de Bagdad (Irak). Además de los miles de ciudadanos comunes que murieron en bombardeos y atentados. Mientras, agentes infiltrados del Mossad generaban protestas y disturbios en las principales ciudades del país; alentaban levantamientos armados de milicias árabes en el suroeste, kurdos en el noroeste y baluchis en el sureste, a las que además financian, proveen de armamento e inteligencia. Esta trágica secuencia ha servido de catalizador de la unidad del pueblo iraní, que entiende que en esta guerra no se juega un cambio de “régimen”, sino su propia existencia.
Por lo que nadie ignora y mucho menos el Pentágono, que aquello que fue impracticable en Vietnam, Irak y Afganistán, con territorios mucho más pequeños y población más reducida, hacerlo en Irán es imposible.
El costo que Estados Unidos pagó en la fallida operación con la que intentó capturar el uranio enriquecido que creyeron se encontraba en algún lugar cercano a la ciudad de Isfahán, el pasado día 5 de abril, cuyas bajas reales serán por años información ultrarreservada. Aunque sí, se conoció, ya que las pruebas son evidentes, de que allí los Estados Unidos perdieron al menos media docena de helicópteros, dos Sikorsky UH-60 Black Hawk y varios MD Helicopters MH-6 Little Bird, además de dos C130 Hércules, al tiempo que un par de cazas les fueron derribados, una muestra homeopática en comparación con lo que les sucedería si Estados Unidos se adentrase en territorio iraní.
El otro estrecho.
Es claro que mantener los altos el fuego estipulados entre Washington y Teherán y el ente sionista con Líbano está condenado al fracaso. Son muchos los factores que confabulan en su contra, principalmente las necesidades de Netanyahu de disimular no solo frente a los suyos, sino frente a Trump, que este picnic de fin de semana, que le prometió, se ha convertido en una emboscada.
Donde puso en riesgo la continuidad de Trump en Washington, y sobre qué puede estar marcando el fin de la primacía norteamericana a escala global. Además de haber llevado al agotamiento casi terminal de todos los regímenes wahabitas y autocráticos de la ribera del golfo Pérsico, al punto que más de uno finalmente desaparezca y finalmente terminar convirtiendo a Irán, “la gran bestia negra”, en la potencia regional indiscutida, más fortalecida todavía con la alianza con Rusia y China.
Recordando aquello de los relojes del talibán, Irán, que el tiempo en sí mismo tiene a su favor Ormuz y la aridez de su meseta, cuenta también con otra herramienta, que recién hace unos pocos días se ha empezado a mencionar: el estrecho de Bab al-Mandeb, que como un sino de la historia puede traducirse como “Puerta de las Lágrimas, de las Lamentaciones o del Dolor”.
El paso que une el mar Rojo con el golfo de Adén tiene entre 26 y 36 kilómetros de ancho y por allí transitan desde y hacia el canal de Suez entre el 10 y el 12 por ciento del comercio mundial, entre lo que se incluye gas y petróleo hacia el Mediterráneo.
En varias etapas desde el comienzo del genocidio en Gaza, el movimiento houthi, también conocido como Ansarullah (Partidarios de Dios), prohibió la navegación por el mar Rojo a todas las embarcaciones que tuvieran vínculos con el régimen teocrático judío. La poderosa fracción yemení que controla la mitad del país y ha sido vencedora en la guerra que Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos (EAU) y un sinfín de naciones musulmanas iniciaron en 2015, de donde salieron derrotados cinco años después, horas después de iniciada la guerra contra Irán por parte de la Liga Epstein, anunciaron el reinicio de sus operaciones contra cualquier embarcación relacionada con Israel.
Advirtiendo a Bahréin y a los EAU, que serían los primeros en sufrir las consecuencias de apoyar las operaciones contra Irán. A partir de entonces, sus operaciones fueron intermitentes, lanzando andanadas de misiles contra Israel entre el 28 y 30 de marzo, y el 1 y 2 de abril.
Más allá de que Bab el-Mandeb continúe navegable, la oportunidad para su cierre depende de la suerte de las necesidades de Irán. Incluso después de que los hutíes, entre marzo y mayo del año pasado, lanzaran la Operación Rough Rider, que hasta entonces había sido la mayor campaña de bombardeos, tanto aéreos como navales, que Trump, otra vez junto a Netanyahu, realizó durante su segundo mandato. Habiendo atacado más de mil objetivos en el noroeste yemení, no solo bases de lanzaderas de misiles y drones, sino también depósitos de suministros.
Poco menos de un año de la Operación Rough Rider, los houthies están en condición de volver a atacar diversos objetivos en la península arábiga, incluso el oleoducto Este-Oeste para exportar petróleo saudita desde el puerto de Yanbu, sobre el mar Rojo, lo que provocaría una crisis todavía mayor a la que se está viviendo. Ya los milicianos yemeníes lo habían hecho en 2019, por lo que están en condiciones de volver a hacerlo. Al tiempo que están en condiciones de atacar la base norteamericana de Camp Lemonnier (Djibouti) y las posiciones de los EAU, cercanas a Berbera (Somalilandia).
Por lo que cerrar el estrecho que los separa de Eritrea y Djibouti, si bien puede resultar sencillo, acarrearía más sanciones para la parte de Yemen que gobierna y cuya población, desde los primeros coletazos de la Primavera Árabe (2011) a la guerra civil que comenzó en 2014 y que se continúa larvada hasta hoy, vive bajo la constante presión de una economía desquiciada, que se ha acrecentado tras los ataques judíos a su infraestructura portuaria en 2025. Además de las sanciones aplicadas después de que el movimiento Ansarullah fuera declarado Organización Terrorista
Extranjera por parte del Departamento de Estado a principios de marzo del año pasado.
Esto ha afectado la cohesión del gobierno huthíe, atado a la suerte de Irán, por lo que, llegado el caso, cerrar el otro estrecho será una opción para resistir a la Liga Epstein, utilizando otra vez el tiempo y la geografía.
