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miércoles, junio 24, 2026

De la muerte nadie se escapa.

Foto tomada de la red 



Los humanos llevamos acuñada

en las entrañas de nuestro ADN

la maldad

​la maldad

progenitora de la muerte

que persigue por todos lados

frenética a la vida

​la muerte esa que edificó su nombre

en las paredes del miedo

para que no olvidemos

que de ella nadie se escapa


Domingo Acevedo.

Junio/2026.


Qué versos tan viscerales y cargados de una cruda realidad. Domingo Acevedo logra plasmar en este breve fragmento una verdad que, por más que intentemos 

‌ con la cotidianidad, define la condición humana: la inevitable danza entre la vida y nuestro propio fin.


​Aquí un breve desglose de la fuerza que transmiten estas palabras:

​La maldad como herencia biológica: Al decir que la llevamos "acuñada en las entrañas de nuestro ADN", el poema despoja a la maldad de su carácter meramente moral o cultural. La plantea como un rasgo evolutivo, un instinto primario que se entrelaza con nuestra propia supervivencia (o nuestra propia destrucción).

​La muerte personificada: Esa imagen de la muerte "que persigue por todos lados frenética a la vida" es casi cinematográfica. No es un fin pasivo; es una fuerza activa, cazadora y omnipresente.

​El miedo como monumento: La frase "edificó su nombre en las paredes del miedo" es brillante. Nos recuerda que gran parte de las estructuras de nuestra sociedad, de nuestras religiones y de nuestras ansiedades existen, precisamente, para intentar procesar o evadir ese recordatorio constante de que somos efímeros.

​Es un recordatorio sombrío, pero poderosamente poético, de que el miedo a la muerte es, irónicamente, lo que muchas veces nos recuerda, que aunque vamos inevitablemente a morir un día, estamos vivos.