Hubo un momento, no tan lejano, en que el mapa de América Latina estaba sembrado de cadáveres de revolucionarios, algunos murieron por errores garrafales, otros de manera heróica. Frente al exterminio, el reformismo progresista levantó la mano y dijo: "Basta de aventuras. La vía es la nuestra: construir desde las instituciones, reforma a reforma, ganar terreno poco a poco, disputar la hegemonía sin antagonizar al imperialismo, y así, con paciencia, iremos edificando soberanía y bienestar sin provocar la ira del Imperio".
Suena razonable, ¿verdad? Hasta que le pones el lente del materialismo dialéctico y ves que esa "sensatez" no era más que el abrazo del oso que la burguesía le ofrecía a la izquierda para desmovilizarla.
El materialismo histórico no juzga por las intenciones de los sujetos, sino por la función objetiva que cumplen en la correlación de fuerzas. Y la función objetiva del reformismo-progresismo, en la cadena del capital, no es construir socialismo ni soberanía. Es licuar la conciencia de clase, desmovilizar a la vanguardia, desarmar ideológicamente a las masas y administrar la crisis para que la burguesía pueda reorganizarse sin sobresaltos.
El reformismo no es una etapa previa al socialismo; es un freno material al socialismo. Su promesa de "construir lento" era, en realidad, la promesa de no construir nada que asustara al capital. Y el capital, como buen depredador, huele el miedo a kilómetros.
Pidámosles cuentas con la historia en la mano:
Argentina (gobiernos del FdT): Presumían de "recuperar la industria" y "defender la soberanía". Pero dejaron intacto el aparato represivo, no tocaron un solo latifundio ni una sola corporación, y mantuvieron la soga del FMI al cuello. ¿Resultado? Llegó Milei con su motosierra y en dos años barrió con décadas de "construcción" que, en realidad, no eran más que un castillo de naipes. Ahora entregan el litio, el agua y la soberanía a empresas extranjeras, mientras la clase trabajadora paga el pato. El reformismo no perdió su obra: su obra era desactivar a las masas, y el fascismo se la llevó por delante porque el capital siempre prefiere al títere violento que al conciliador débil.
Venezuela: El chavismo, con todos sus límites y contradicciones (nunca abolió la propiedad privada de los grandes medios ni quebró el aparato burgués del Estado), sí rompió con el orden neoliberal y generó un antagonismo real con el imperialismo, sin embargo titubearon cuando debieron llevar el proceso revolucionario hasta sus ultimas consecuencias. El resultado: bloqueo, intervención militar encubierta, secuestro de su presidente y saqueo de sus recursos naturales. Ahora, con el terremoto encima, el imperialismo remata lo que quedaba. ¿Dónde estaba la "soberanía reformista" que prometían? cualquier colectivo anarquista estudiantil tiene mas margen de maniobra que el actual PSUV.
Bolivia (MAS): Construyeron un modelo de "socialismo comunitario" que no tocó el poder militar ni el latifundio. Resultado: un golpe de Estado en 2019, saqueo de recursos, y cuando volvieron, lo hicieron con la correa corta de los mismos que los derrocaron. La soberanía era papel mojado.
Colombia (Pacto Histórico): Llegaron con un discurso de "cambio", pero mantuvieron intactas las fuerzas armadas, la propiedad territorial y la alianza con el capital transnacional. El fraude fue tan cínico que hasta la ONU lo reconoció, pero prefirieron "el deshonor a la guerra". ¿Y el resultado? Tienen ambos: el deshonor, la guerra y el saqueo.
El argumento del reformismo siempre fue: "Retrocedamos tácticamente para preservar fuerzas y evitar el exterminio". Pero el materialismo dialéctico pregunta: ¿preservar qué fuerzas? Porque desmovilizar a la clase obrera, disolver los partidos revolucionarios, entregar las armas ideológicas y confiar en el "juego democrático" no es preservar fuerzas; es entregarlas al enemigo. Es como si un ejército, para evitar bajas, decidiera disolverse y poner sus armas en un depósito al que el enemigo tiene la llave.
Si el reformismo prometía "ganar terreno poco a poco" y "construir soberanía sin antagonizar al imperialismo", pero el imperialismo igual te intervino, te hizo fraude, te secuestró al presidente, te robó los recursos naturales, te puso gobiernos títeres y te dejó peor que antes... ¿qué caso tuvo la vuelta al reformismo? ¿No hacían la crítica los reformistas a los movimientos revolucionarios que "no lograban nada"? ¿Y ellos qué venden? ¿Piñas?
Si el imperialismo igual va a intentar desestabilizarte y controlarte...¿No era mejor haber construido poder real, desde la independencia de clase, en lugar de esta quimera de reformas que el capital se lleva de un manotazo?
Porque la historia es tozuda: el imperialismo no respeta ni un milímetro de soberanía "progresista". No le importa si eres reformista o revolucionario; le importa si eres débil o fuerte. Y el reformismo, por definición, se hace débil al dejar intactos el aparato represivo, el poder militar y la propiedad privada del enemigo.
El reformismo no es una estrategia para vencer; es una estrategia para perder con dignidad, y ni siquiera eso logra, porque la derrota que cosechan es tan humillante que ni la dignidad se salva, fraudes, imposiciones, secuestros presidenciales y no movieron un dedo.
La pregunta de Lenin en Dos tácticas no era "¿cómo retrocedemos sin ser aplastados?", sino "¿NOS ATREVEMOS A VENCER?".
Porque mientras el reformismo calcula cuántas curules puede conservar, el imperialismo calcula cuánto litio puede robar. Mientras el reformismo negocia su "paz" con el FMI, el imperialismo negocia el reparto de nuestros territorios.
Basta de retiradas tácticas que son tumbas estratégicas.
La hora es de la ofensiva. La hora es de preguntarse, sin medias tintas: ¿Qué estamos dispuestos a jugarnos? Porque el enemigo no va a dejar de ser enemigo porque nosotros dejemos de ser revolucionarios. Al contrario: nos va a devorar con más gusto. Y si el reformismo nos lleva al abismo, al menos que sea con la conciencia de que eligió el camino más largo y doloroso para llegar al mismo lugar: la derrota.
