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sábado, julio 18, 2026

Acerca del gentilicio de los dominicanos.

 

Acerca del gentilicio de los dominicanos

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Acerca del gentilicio de los dominicanos

La nacionalidad es una dinámica en evolución permanente. No surge al azar ni se adquiere exclusivamente por virtud de providencias jurídicas o legislativas: simplemente se forja con el devenir del tiempo en una época histórica específica y en determinado espacio geográfico habitado por un conglomerado social que, por lo general, entre otros factores, comparte comunes experiencias lingüísticas, históricas, antropológicas y culturales.

En el caso dominicano, el proceso de construcción de la nación y, lo que es más importante, la conformación de un ethos o sentimiento nacional, han sido fenómenos en gestación durante siglos. Andrés L. Mateo ha escrito que la dominicanidad "es un pendular entre el parecer y el ser", una especie de gerundio, un "siendo", o, más bien, una realidad mutable en constante evolución y transformación hasta adquirir nuevos contornos y perfiles cualitativos.

En el presente artículo insisto nueva vez el tema que versa sobre nuestro gentilicio, pero no me adentraré en el examen de los conceptos de nación y de nacionalidad. Me limitaré, por tanto, a brindar una explicación en torno al origen del vocativo nacional de los dominicanos, al tiempo de establecer a partir de qué época, en el discurrir histórico de nuestra nación, se comenzó a usar el gentilicio de dominicano para identificarnos como pueblo.

¿De dónde proviene y desde cuándo se usa? Hay quienes equivocadamente creen que a los habitantes de la parte española de la isla de Santo Domingo se les comenzó a identificar con el gentilicio de "dominicanos" a partir del 27 de Febrero de 1844 cuando fue proclamada la República Dominicana.

Se impone precisar que el origen y uso de nuestro gentilicio es anterior a la fundación del Estado nacional. Es más: por haber sido el pueblo de Santo Domingo, o lo que es lo mismo, el pueblo dominicano, el que inició y concluyó exitosamente el movimiento de separación de Haití, constituyéndose en una nación independiente y de fundamentos democráticos, fue que el general Juan Pablo Duarte dio el nombre de República Dominicana al nuevo Estado que nació en 1844.

El gentilicio "dominicano" deriva del nombre de Domingo. Recuérdese que el Adelantado Bartolomé Colón -hermano del Almirante Descubridor de América- entre 1496 y 1498 fundó una pequeña ciudad sobre la margen oriental del río Ozama, en el área en donde hoy se encuentra la iglesia del Rosario (contigua a los Molinos Dominicanos). Esa nueva ciudad fue bautizada con el nombre de Santo Domingo, designación que, según las crónicas antiguas, obedeció a tres razones. La primera razón fue que el día en que el Adelantado Bartolomé Colón llegó al lugar escogido se festejaba el onomástico del Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores conocida como "dominicos o dominicanos"; la segunda, que ese día, por coincidencia, era domingo; y, la tercera, que el padre de los Colón se llamaba Domingo.

Los amantes de la historia dominicana recordarán que la primera ciudad de Santo Domingo fue destruida por un huracán en el año 1502, y que el nuevo Gobernador de la colonia, Frey Nicolás de Ovando, dispuso su traslado a la margen opuesta del río, esto es, donde actualmente se encuentra la ciudad colonial.

Es fama que el nombre de Santo Domingo, dado a la ciudad Primada de América (que en una ocasión fue llamada "la Atenas del Nuevo Mundo" porque no tardó en adquirir gran esplendor y prestigio en Europa), desde el año 1508 se extendió a toda la demarcación isleña. También se sabe que Cristóbal Colón, el Gran Almirante de la mar océana, originalmente bautizó nuestra isla con el nombre de Española (y no, como muchos creen, LA ESPAÑOLA). Paulatinamente, la isla Española, erróneamente llamada Hispaniola como consecuencia de una incorrecta traducción al latín (tema a dilucidar en otro artículo), fue conocida primero como Isla Española de Santo Domingo hasta que, finalmente, se impuso el nombre de Santo Domingo (sin el Guzmán).

Tal circunstancia explica que desde mediados del siglo XVII lógicamente se comenzara a aplicar el gentilicio de "dominicano" a todo aquel ciudadano nacido en la isla de Santo Domingo. El historiador Emilio Rodríguez Demorizi, en su libro Seudónimos dominicanos consigna que en una Real Cédula, fechada en 1621, se afirma lo siguiente: "Y este Concilio Provincial le podréis intitular dominicano…" Luis José Peguero, el primer nativo de la isla en escribir una historia local hacia 1762, que tituló Historia de la conquista de la isla Española de Santo Domingo, afirmó que "los valientes dominicanos" habían sabido defender su Isla Española. Más adelante, cuando el padre Antonio Sánchez Valverde escribió su Idea del valor de la Isla Española, publicada en Madrid en 1785, llamó a sus compatriotas "dominicanos o españoles criollos". En el impreso más antiguo hecho en Santo Domingo, la Novena para implorar la protección de María Santísima por medio de su imagen de Altagracia, que data del año 1800, se habla de que "al compás de los reverentes cultos se continuarán los favores, y beneficios, que confiesan debidos a María los dominicanos..."

Un cuidadoso examen de la historia colonial dominicana revela que fue durante la primera mitad del siglo XIX cuando nuestro gentilicio comenzó a popularizarse, tal vez como una manera de establecer diferencias étnicas entre los habitantes del Santo Domingo español y los naturales de la parte oeste de la isla (también conocida como Santo Domingo francés) quienes, después de una cruenta guerra revolucionaria, que duró casi quince años, se constituyeron en la República de Haití. De igual modo, el uso del gentilicio "dominicano" adquirió mayor auge en la medida en que nuestros antepasados de la primera mitad del siglo XIX sentaban las bases para cohesionar una comunidad política que merced a similares características culturales, lingüísticas, geográficas e históricas se hallaba inmersa en el proceso de definición del sentido de pertenencia a una colectividad producto de lo que Ernest Renán ha llamado "la consecuencia de un largo pasado de esfuerzos, de sacrificios y desvelos".

Hacia 1815, el gobernador Carlos Urrutia, célebre personaje de los tiempos de La España Boba (1808-1821), al que también se le conocía como Carlos Conuco, en una Proclama se refiere a los "fieles y valerosos dominicanos" que participaron en un asalto protagonizado por sus tropas colecticias. El 10 de diciembre de 1820, el gobernador Sebastián Kindelán, en un Manifiesto público elogió a los "fieles dominicanos"; y cuando el primero de diciembre de 1821 el doctor José Núñez de Cáceres, el caudillo del frustrado movimiento conocido como La independencia efímera, dio a la luz pública el Manifiesto Político mediante el cual los dominicanos se separaban de España y crearon el Estado Independiente de Haití Español, lo intituló Declaratoria de independencia del pueblo dominicano.

En el decurso del período de la Dominación Haitiana (1822-1844), que algunos autores llaman la Unión con Haití, los legisladores haitianos pretendieron absorber la parte española de la isla integrándola a su República, hasta el punto que en los documentos oficiales, al referirse a los habitantes de la parte del Este de la isla, se los llamaba "hispano-haitianos". Afortunadamente, la herencia cultural, lingüística e histórica del pueblo de Santo Domingo ya había arraigado en lo más profundo de la subconsciencia colectiva y correspondió a Juan Pablo Duarte la gloria de eternizar el gentilicio dominicano disponiendo su inclusión en el nombre del Estado-nación que emergió del grito independentista en el Baluarte del Conde, esto es, la República Dominicana.

Nuestro gentilicio también aparece consignado en el Juramento de los Trinitarios de 1838. Seis años después, el vocablo fue incorporado a la Manifestación del 16 de enero de 1844, documento considerado como nuestra Acta de Independencia y que fungió como base jurídica del gobierno colegiado conocido como Junta Central Gubernativa. El gentilicio fue definitivamente consagrado en la primera Constitución Política de la nación, sancionada el 6 de noviembre de 1844 en la villa de San Cristóbal, en cuyo artículo primero se consignó que "Los Dominicanos se constituyen en nación libre, independiente y soberana…" Postreramente, el legislador modificó ese primer artículo de la manera como actualmente figura en nuestra Carta Magna: "El pueblo dominicano constituye una Nación organizada en Estado libre e independiente, con el nombre de República Dominicana".

Como puede comprobarse, el gentilicio nacional dominicano proviene del nombre de nuestro país, que es Santo Domingo, y ha estado en uso desde principios del siglo XVII. De esta designación también deriva el nombre oficial de nuestro Estado, que es República Dominicana, el cual solo existe desde 1844. No deben confundirse los conceptos de país y Estado, toda vez que por lo general el primero precede al segundo. Existe otro gentilicio que también se aplica a los dominicanos y es quisqueyano, derivado de Quisqueya, voz supuestamente indígena, y que los taínos, según algunos cronistas de Indias, dieron por nombre a una región de la isla. Conviene resaltar que este segundo gentilicio es el preferido por Eugenio María de Hostos y también el que casi siempre utilizan los poetas y escritores en sus composiciones literarias. Por ejemplo, todos los dominicanos saben que con el gentilicio quisqueyano el poeta Emilio Prud'Homme dio inicio al primer verso de nuestro glorioso himno nacional, sublime canto patrio que, de conformidad con la Carta Sustantiva de la nación dominicana, es "único e invariable". Pero eso es tema de otra historia…

El gentilicio nacional dominicano proviene del nombre de nuestro país, que es Santo Domingo, y ha estado en uso desde principios del siglo XVII.

De esta designación también deriva el nombre oficial de nuestro Estado, que es República Dominicana, el cual solo existe desde 1844. No deben confundirse los conceptos de país y Estado, toda vez que por lo general el primero precede al segundo.

Alfredo Gómez Morel (1917-1984) RDF imprimir Reportar Citar

 

Alfredo Gómez Morel (1917-1984)


Nació en Santiago de Chile en 1917, pero a los pocos meses fue abandonado por su madre en las puertas de un conventillo de San Felipe. Años después fue ubicado en un orfanato de la misma ciudad, del cual escapó. Su madre, al enterarse de las andanzas del pequeño Alfredo, decidió llevarlo a la capital en busca de una mejor vida. A la edad de siete años llegó a Santiago, donde quedó admirado de inmediato por el mundo que descubrió en torno al río Mapocho, sitio que lo acompañaría el resto de su infancia.

Pese a los intentos de su padre por recuperar su custodia y matricularlo en la Gratitud Nacional, Gómez Morel huyó en reiteradas ocasiones. Siempre terminaba regresando al río para compartir con los "pelusas", quienes poco a poco se transformaron en su única familia. En una entrevista, el escritor sostuvo: "Desde que conocí el Mapocho, supe que él era otra manera de llamar la libertad y el amor. Continué con mis escapadas. Cada vez que bajaba al río llevaba conmigo cuantas cosas podía robar a mis compañeros de colegio: ropa, dinero, zapatos, cubiertos incluso. Creo que no robaba cosas ni objetos. Robaba amor, robaba efectos personales de los estudiantes para poder comprar el rudo cariño de los pelusas. Les llevaba de todo, menos jabón" (Paula, (101): 102, 1971).

Crecer en el mundo del hampa lo convirtió en delincuente. No solo ejerció como tal en Chile, sino también en otros países de América, por lo que debió cumplir condena en numerosas cárceles. La reclusión fue la circunstancia que hizo germinar su carrera literaria. En 1945, mientras se encontraba tras las rejas en una prisión colombiana, recibió un premio otorgado por el Ministerio de Justicia de ese país por su poema "Canto al café", consistente en una beca para realizar cursos nocturnos de Derecho en la Universidad Javeriana de Colombia, durante un año. Pese a ello, Gómez Morel continuó por la senda delictual, lo que lo trajo de regreso a Chile, donde volvió a caer en prisión.

Participó por segunda vez de un concurso literario para presidarios, ocasión en la que obtuvo un nuevo galardón, esta vez por su cuento "Doce pesos de amor". A partir de entonces, Gómez Morel sí supo sacar provecho de su talento. A principios de los años '60, mientras se encontraba en la cárcel de Valparaíso, le fue ordenado asistir a terapias siquiátricas. Fue entonces cuando los doctores lo alentaron a contar la historia de su vida y él, motivado por los beneficios penitenciarios que podría reportarle este gesto, comenzó a escribir la novela El Río. Esta se convertiría en su obra mayor, llegando incluso a ser publicada en francés por editorial Gallimard, precedida de un prólogo de Pablo Neruda, quien la elogió calificándola como un "clásico de la miseria".

Si bien, a la postre, abandonó sus hábitos delictuales para abocarse a las letras, Gómez Morel nunca logró reinsertarse efectivamente en la sociedad. Pese a que su novela La Ciudad (1963) no tuvo la misma repercusión que su primer título, ello no impidió que continuara dedicado a la escritura: El Mundo, El regreso, Yo me fugué del infierno verde, Pobre Tomás, son algunas de las obras que hasta el día hoy se mantienen inéditas.

Luego de innumerables intentos por acceder a medios de publicación para sus columnas, Alfredo Gómez Morel murió el 15 de agosto de 1984, abandonado y sin que lo reclamaran en la morgue durante días.


Tomado de la red.

Encuentro con la poesía: Presentación de La paz sin fronteras.


El Paraninfo de la Universidad Autónoma de Santo Domingo se vistió de gala en la presentación de la antología La paz sin fronteras. Un  volumen que hermana la palabra y el sentir de poetas de Brasil, Colombia y la República Dominicana en un clamor universal por la  paz.

Honraron esta actividad  con su presencia los poetas brasileños Rita Pinheiro y Valdek Almeida de Jesús.

Esta antología fue  impulsada por Poetas en la Cafetera, esta obra porta un mensaje impostergable: la necesidad de tejer, a través de la poesía, los caminos hacia la paz global.

















Un ganso puede cuidar tu rancho, deshierbar tus cultivos y alertar contra cualquier intruso





Un ganso puede cuidar tu rancho, deshierbar tus cultivos y alertar contra cualquier intruso — sin entrenamiento, sin herbicida y comiendo el pasto que ya crece en tu terreno.

Lo que puede hacer un ganso en el rancho mexicano:
— Alerta contra intrusos día y noche sin entrenamiento. El ganso distingue lo familiar de lo extraño. Cuando alguien o algo desconocido entra a su territorio, grazna tan fuerte que se escucha a cientos de metros. Los romanos ya los usaban como guardias hace más de dos mil años.
— Deshierba cultivos sin dañar ciertas plantas. Come pasto y hierbas jóvenes pero ignora cultivos como frutales, fresa, espárrago y tabaco. En California llegaron a usarse más de 175,000 gansos al año como deshierbadores en campos de algodón.
— Defiende su territorio contra depredadores pequeños. Persigue y ataca ratas, comadrejas, serpientes y tlacuaches. Contra amenazas mayores como coyotes, funciona como alarma para que el ranchero actúe a tiempo.
— Se alimenta casi solo con pasto y hierba del terreno. Un par de hectáreas de pradera sostiene una parvada sin problema. El único suplemento necesario es un poco de grano por la tarde.
— Fertiliza el suelo mientras pastorea. Su excremento es rico en nitrógeno y materia orgánica. Donde el ganso camina, abona.
— Se vincula con otras aves y las protege. Criado desde pollito junto a gallinas, el ganso las adopta como parvada y las defiende de gavilanes, ratas y depredadores nocturnos.
— Vive entre 15 y 20 años. Una guardia que cubre más de una década de trabajo continuo.
Nota para quien combine gansos con gallinas: el ganso puede portar el virus de Newcastle sin síntomas y contagiar aves más vulnerables. Consulta con tu veterinario sobre vacunación. En temporada de cría, el macho puede ser agresivo con personas — contacto frecuente desde polluelo reduce el problema.
Donde hay un ganso, nadie entra sin que se sepa

Tomado de la red.